Belisario Betancur
«En ciertos momentos la mejor manera de tener razón es perdiéndola.»
José Bergamín
Entre amigos del libro y en especial entre amigos del Quijote, como los aquí presentes, se comprende la gratificación que significa para quien les habla el haber sido invitado por la Real Academia Española y por las Academias de la Lengua, para comentar la fecha memorable de aparición de la obra máxima y plena de vigencia del lenguaje castellano: Vida del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra. Y para festejar la hermosa y densa edición celebratoria de Santillana-Alfaguara, hecha por encargo de la Real Academia y de la Asociación de Academias de la Lengua.1
¿Qué motivo mayor de orgullo podría encontrar en su vida un lector, que el pregonar, a los cuatrocientos años de su existencia, el imperio intelectual de una novela de tema ya anacrónico en su época, y quizá también ahora, en este mundo caótico y enemigo de la ilusión y de la esperanza; de una novela que, por contraste, muestra la condición humana en sus pliegues más hermosos pero también los más horribles, para lo que utiliza un humor cruel, detrás del cual se perfilan la realidad de la historia y el diapasón de la vida misma? Estas últimas facetas se nos aparecen —con una continuidad de milenios, interrumpida, en su expresión literaria en el siglo que feneció y en el que comienza: después de Balzac y de Dickens en el siglo xix, en esas materias hemos sido un erial—, se nos aparecen, repito, en tres grandes hitos de la creatividad: el teatro griego, el teatro de Shakespeare y el Quijote cervantino.