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El español en el mundo > Anuario 2005 > M. Ariza. Fonética
El español en el mundo

Algunas notas de fonética y de léxico del judeoespañol

Manuel Ariza

2. Fonética

El judeoespañol es, sin duda, un tesoro para los que nos dedicamos a la historia del español, a él recurrimos constantemente para explicaciones de fonética histórica, de dialectología, etc. Yo lo he hecho en repetidas ocasiones en mis estudios y espero seguir haciéndolo. Permítanme que me refiera a algunos de esos aspectos.

Como es sabido, la velarización de los fonemas palatales /š/ y /ž/ del español medieval no afectaron al judeoespañol —salvo al de Marruecos—, lo que muestra claramente que este retroceso articulatorio no se dio a fines del siglo xv. Por el contrario, la confusión de las dentoalveolares con las alveolares indica, al menos, que ya en el siglo xv las primeras se habían hecho fricativas, pero que todavía no se habían adelantado para hacerse interdentales.

Un hecho de especial atención es el de la conservación de la /z/. Y lo es porque sabemos que empezó a ensordecerse en la segunda mitad del siglo xiv. El judeoespañol nos muestra varias cosas: primero que todavía a fines del siglo xv el ensordecimiento no se había generalizado en España —y que tardaría en generalizarse, como muestra todavía hoy su mantenimiento en Serradilla (Cáceres)—, segundo que el ensordecimiento, sorprendentemente, debió ser un fenómeno extendido bien por el habla urbana o el habla culta, de ahí su conservación en los ámbitos que podríamos llamar populares y su confusión en textos escritos, es decir, en la «norma culta».

No solo; tanto el judeoespañol como el serradillano y el denominado «chinato» —la recién desaparecida habla de Malpartida de Plasencia— nos muestra que en el español medieval se producía lo que se suele llamar liaison, la sonorización de /s/ final de palabra seguida de palabra que comenzase por vocal, realización que, por cierto, no encuentro reflejada en ninguno de los sistemas de transcripción propuestos. Hasta en un trabajo como el de Moshe Shaul3 puedo comprobar que junto a «paiz onde», «vez al mes», etc., hay «mas eyos», «kuentos i», etc., y sonoras seguidas de sorda como «mez komo».

Por otra parte, el hecho de que sea sonora la /s/ intervocálica en los pronombres mozotros / vozotros nos muestra la conservación de la /z/ por fonética sintáctica cuando se produce la unión de otros al primitivo pronombre.

Otro aspecto que merece la pena comentar es el de las realizaciones de la labial sonora. También en este caso son frecuentes las confusiones entre /b/ y /b/ desde la segunda mitad del siglo xiv. Sabido es que se discute si en español medieval hubo una realización o no de /v/, sea ello como fuere, parece claro que la confusión entre ambos fonemas eliminó el fonema labiodental —en el caso de que hubiese existido—. Como en el caso de la /z/, la pérdida debió de empezar en niveles cultos y ciudadanos, puesto que todavía hoy se mantienen diferenciados ambos fonemas —ambos bilabiales— en Serradilla. El caso del judeoespañol es diferente pues parece haber confluido en /v/ tanto la oclusiva como la fricativa, por lo que no se puede considerar como una conservación del sistema medieval, sino como una innovación propia.4 Aparte de la compleja situación sobre las variantes fonéticas de la labial sonora —con o sin /v/ o /ç/, de lo que ya hablé en otra ocasión—, las propuestas gráficas nada me dicen sobre cuál es la realización, aunque parece por la grafía que debe ser labiodental, pero hay mucha vacilación al respecto. La verdad es que cuando se examinan las grafías la sensación es que siguen las pronunciaciones francesas, incluso en inicial —aunque aquí la Real Academia siguió el criterio etimológico—, aunque ello varía de autor a autor, así en Recuero nos encontramos con unas pocas palabras que empiezan por v, pues las más están en la b. Ahora bien, en esta letra hay dos tipos, una normal y otra b con rayita que se corresponde con las palabras que en español se escriben con v. ¿Es que hay tres labiales sonoras? Pero es que Nehama en su cuadro de fonemas da también tres labiales sonoras: dos bilabiales —oclusiva y fricativa— y una labiodental.

Sea ello como sea, parece que en el judeoespañol de Israel se ha optado por las realizaciones labiodentales, que no son generales al judeoespañol y que en algunas zonas son un mero alófono de /b/.5

A veces parece todo artificio, así Nehama distingue entre ğenğibre (jengibre) y ğenğivre (encía), pero en ambos casos había una /ç/ fricativa en la Edad Media. Malinowski distingue entre bos (voz) y vos (pronombre), lo que no tiene ninguna base científica.

En relación con ella está la conservación de la labial sonora en situación implosiva, que refleja de nuevo la situación del español en el siglo xv. Las grafías medievales cibdad, debda, comienzan pronto a escribirse con u, y, a partir de la segunda mitad del siglo xiv también con v. En el siglo xv hay incluso formas «hipercorrectas» como cabsa por causa, que por cierto se ha mantenido en judeoespañol. Es cierto que es posible que en muchas ocasiones estas alternancias no reflejen más que vacilaciones gráficas, pero lo que no admite duda es que existía una tendencia a la vocalización que no acabó de triunfar hasta la primera mitad del siglo xvi, recuérdese que todavía Valdés prefiere las formas con la consonante implosiva. El judeoespañol nos muestra que la vocalización no era la norma general del pueblo a fines del siglo xv.

Siguiendo con las labiales, sabemos que en judeoespañol alternan las formas con /f/ inicial conservada y con su pérdida. Independientemente del porqué de su mantenimiento —algunas son seguramente dialectalismos, es decir: palabras tomadas de otros dialectos hispánicos—, creo que hoy se puede afirmar, de forma general, que lo normal es la pérdida y que la conservación es, hoy, una mera cuestión léxica, como en español. Ello no quita para que todavía hoy en algunas zonas perduren diferenciaciones sociolingüísticas, así parece ser en Salónica cuando Nehama siempre considera que la forma sin f es la «forma noble»: s. v. avlar, aldikera, arina, etc.

Habida cuenta de la situación existente en la Península a fines del siglo xv, en donde casi la mitad norte ya no aspiraba, mientras que sí lo hacía la mitad sur, y habida cuenta también de que no se puede decir que hubiese una corte cuyo uso lingüístico pudiese ser considerado como modélico —ni siquiera Granada puede ser considerada como tal, por más que fuese uno de los puntos estables de residencia de Isabel y Fernando—, hay que pensar que ambos usos gozaban de parejo prestigio en la época. Sin duda esta dualidad se dio en los primeros siglos de la expulsión, y perduró con mayor o menor intensidad en determinadas zonas, como muestra su permanencia en el judeoespañol de Esmirna, para pasar después a la situación más generalizada que hemos visto.

Otra cosa es que haya un fonema aspirado que en principio no tiene nada que ver con la vieja aspirada —aspirada que existió en el antiguo judeoespañol, como veremos— y que es debido a préstamos de otras lenguas, principalmente del hebreo. Por ello no dejan de sorprender los restos de la vieja aspirada castellana, así en el Diccionario de Pascual Recuero aparecen jaro (jarro) y juyir (huir). Recordemos que para este investigador la grafía j significa una aspirada. La primera es muy importante, porque indica una presunta velarización de una palatal sonora, la que tenía en su étimo árabe. Nehama señala una auténtica velar fricativa sorda /x/ que también en su inmensa totalidad proviene de palabras hebreas y turcas,6 pero que sorprendentemente procede también de palabras castellanas. Examinemos estas palabras: en primer lugar tenemos /x/ en palabras con /wé/: jwego (fuego) jwente, jwersa, fwerte, jwe lo ke jwe.7 Es evidente que son las viejas aspiradas que existieron y existen todavía en esta secuencia fónica, aunque en el habla culta fueron desplazadas por las formas conservadoras con f. Lo mismo cabe decir de jaragán, jarrapo o jarapyento. Pero lo más sorprendente son las formas jarambusa, jamás y Jadayon. La primera —de la que volveremos a hablar en el léxico— proviene, al parecer, de una s inicial palatalizada, la etimología de la segunda es conocida y, respecto de la tercera parece ser la deformación del nombre propio Gedeón. Lo sorprendente es que en los tres casos el origen es una palatal medieval, lo que hace suponer en principio que ya hubo a fines del siglo xv una velarización, contra lo que hemos visto hasta ahora. Bien es cierto que el adverbio dice Nehama que solo se emplea en un proverbio,8 lo que podría indicar una introducción tardía, no así las otras dos, lo que unido al testimonio citado de Recuero nos lleva a plantear dos hipótesis: 1.ª) ya existía una incipiente velarización a fines del siglo xv, como quieren algunos; 2.ª) se trata de palabras introducidas en el judeoespañol en época tardía por los emigrados del siglo xvii. Volveremos a tratarlo más adelante.

De las dentales poco quiero hablar. Solo señalaré que no creo que la dental africada sonora que suele aparecer en inicial de palabra —y que Nehama no señala en Salónica— sea un fonema, puesto que solo se da en muy escasas palabras, sino un alófono, por lo que creo que no debería ser marcado con una grafía distinta. No estoy seguro de que sus realizaciones —dodzi, etc.— se deban a un origen catalán o provenzal como quiere Wexler. Más acertada podría ser la de Marius Sala, que considera que es influjo del ladino por darse más frecuentemente en los hombres.

En cuanto a las palatales creo que habría que señalar varias cosas. Nada de extraño tiene que la /s/, dental en judeoespañol (como lo es también en otros dialectos y lenguas en los que se han fundido un sonido palatal /s/ y uno dental /ş/, tal es el caso del español atlántico o del francés), en situación implosiva seguida de velar haya «evolucionado» a /š/, pues en esa posición era muy frecuente en español y lo sigue siendo la palatalización de la /s/, como ya señalé en otro lugar. Claro, al hacerse dental la /s/ en situación implosiva se ha identificado con el fonema palatal fricativo sordo —moxka, kaxka, etc.—. No se trata, pues, de una evolución o característica del judeoespañol en sí, sino de la refonologización de una variante alofónica del castellano.

El sistema de las palatales sigue siendo bastante rico al no existir la velarización de las sibilantes palatales. Por lo tanto tenemos /ĉ/, /y/, /š/ y /ž/. Para algunos existe también un fonema sonoro africado, que unos transcriben como /ŷ/ (Recuero), y que algunos proponen transcribir con la grafía dj. De nuevo creo que se trata de un mero alófono de /z/ —como ya señaló hace tiempo el profesor Hassan— puesto que generalmente aparece en situación inicial como proveniente de la vieja palatal sonora rehilada del español medieval. De hecho en todas estas palabras el español tiene /x/, frente al fonema fricativo sonoro no rehilado /y/ —ŷente, ŷuebes, ŷugar, ŷuisyo, etc.—. Digo esto porque, por ejemplo, si atendemos al sistema de transcripción de Recuero parece que /y/ debería ser un alófono de /ŷ/, pero a mi modo de ver el fonema palatal africado sonoro del judeoespañol es rehilado, como /ž/. Tampoco en este caso creo que merezca tener una grafía particular. Se me puede aducir que no puede ser un alófono porque en situación inicial existe también el fonema rehilado sonoro fricativo /ž/, lo que es ciertamente verdad, pero en el diccionario de Nehama no son más que veintitrés las palabras que comienzan por /ž/, todas ellas galicismos a mi modo de ver. No recoge ninguna Recuero. Prueba de lo que digo son las variantes como anğel/anžel, apoğar/apoŷar, gaŷo/gažo, prestiğyo/prestižyo, privileğyado/priviležyado, ažitar/ağitar, ğente/ŷente, etc.

Y eso por no hablar del caos de las transcripciones fonéticas, pues si para Nehama /ğ/ es la transcripción de fonema palatal africado sonoro, para Bunis lo es para el sordo.

Tampoco son de extrañar las palatalizaciones de la /s/ explosiva, en inicial de palabra, fenómeno no ajeno al español como šavon, šeringa, šastre, usual en el español de los siglos xv y xvi y hoy vivo en Galicia, o šimio, forma usual en el español medieval y clásico.9 También pertenece a la tradición hispánica la palatal de kiže (quise), no rara todavía en el siglo xvi. En el caso de secutar (Recuero) lo que tenemos es una forma que fue corriente en el siglo xv. Por el contrario no hay testimonios antiguos de la palatalización de /s/ en axufre.

Distinta es la palatalización de la /s/ en situación final en las segundas personas del plural de los verbos, como es el caso de komeš, pues se trata de un influjo de la /į/ semivocal: comedes > komees > komeiš > komeš.

Interesantes son también las vacilaciones articulatorias entre palatales. Una de ellas es la que hace aparecer /ĉ/ en vez de una palatal sonora. Me refiero a casos como anĉel, lonĝe, yenĉibre, enĉenyar, enĉenyer, enĉendrar, enĉolyar (enjoyar), etc. Ello podría obedecer a que sigue existiendo la regla de que a una nasal debe seguir una consonante oclusiva. Explicaré esto. Cuando se palatalizó dy allá por el latín vulgar, dio una semivocal /į/, que seguramente se consonantizó en el siglo xiv y de la que después hablaré. Cuando a esta le precedía una nasal o una /r/ la regla citada hizo que no pudiese ir una semivocal, por lo que tuvo que transformarse en la única palatal de tipo oclusivo que existía, la procedente de ky, ty y evolucionó como ella. Ello explica evoluciones como gingiva > encía. Todavía hoy sabemos que si a una aproximante le precede una nasal, se hace oclusiva. Es lo que ocurre, por ejemplo, con /dón¸ de/ o /kón¸ ŷuxe/. Pues bien, esta regla es la que hace que un fonema palatal sonoro se convierta en /ĉ/; lo que tiene, además, una consecuencia fonológica importante, si existiese realmente un fonema africado sonoro /ŷ/ no se explica el ensordecimiento, lo que de nuevo incide en lo dicho anteriormente: /ŷ/ era un alófono de /ž/.

He usado el pasado porque en todas las palabras citadas Nehama las transcribe con /ğ/, es decir, con una palatal africada sonora, lo que parece indicar o bien que esa pronunciación ha desaparecido o bien que no se ha dado en Salónica, si no son meros problemas de transcripción de una palatal africada sin más.10 Quiero decir: en hebreo —que yo sepa— solo hay una palatal africada, el gimal con rafé, que unas veces hay que transliterar como /ĉ/ y otras como /ž/, por lo que pueden ser meras equivocaciones de Recuero.

Es verdad que hay algún ejemplo en intervocálica como en soĉefto, pero es explicable, pues se trata de un italianismo en donde se ha reproducido la palatal africada italiana.11 Quizá por ello sean también italianismos —como quiere Recuero— aĉuntar, aĉuntamiento12 y aĉustar.

No encuentro explicación a la palatalización de inĉendyar, salvo que se trate también de un italianismo. No es el único caso en que se encuentra una palatal en donde hay una interdental en español actual; registro también doğe, treğe, lağo (lazo) y poğo (pozo). Las tres primeras son a mi modo de ver italianismos, como lo son también otras palabras con /ğ/, como ğenayo (enero) o ğelata.13 No así en la última, que no tiene una palatal africada en ninguna lengua romance. Tampoco me explico la palatal inicial de ğovillo (ovillo), puesto que en español no palataliza gl inicial.

Otros cambios dignos de destacar son la palatalización en /ŷ/ africada que ofrece Recuero en ŷantidad y ŷanto.

Casi nada hay que destacar de las velares, salvo la existencia de un sonido velar fricativo sordo que aparece sobre todo en turquismos, hebraísmos y, en menor medida, grecismos. Parece ser una aspirada, no una velar como la española. Ya comentamos que esta aspirada puede aparecer en palabras de origen español y las consecuencias que ello podía tener para la fecha de la velarización. Ello se confirmaría si consideramos las formas que Kovacec recoge en Dubrovnik: vieha (vieja), hudios, aunque este autor considera que se trata de castellanismos.

Pero lo que ahora me interesa destacar es que se conserva en varios arabismos, como en aljabaka (ár. habaca), aljarxofa (ár. harsufa), jaragán (ár. harun), jarrova (ár. harruba), (algarroba), aljeña (ár. hinna) y aljorza que para Recuero es «alforja» y para Nehama «alforza, pliegue», aunque la palatal indicaría más la etimología hury. Son arabismos hispánicos sin duda y su aspirada es la originaria. Lo interesante es que la mayoría están fechados en el siglo xv, lo que muestra sin duda que ya estaban consolidados en el habla.

En cuanto a las nasales solo plantearé el dilema de si existe un fonema nasal palatal como el castellano. Parece que sí, aunque algunos consideran que se trata de la secuencia de sonidos /ni/, lo que tampoco es de extrañar. Ello explica que en Nehama —además de las palatalizaciones «tradicionales» como ñudo, etc.—, se den cuando hay una secuencia de ni+vocal: ñervo, ñeto, ñeve, ñegar, etc.

En lo que respecta a las líquidas. Dos comentarios. El primero es si existe o no en el judeoespañol la vibrante múltiple /r/. Según Nehama, o Altabé, entre otros, no existe; sin embargo, el sistema de Aki Yerushalayim distingue dos grafías distintas, lo mismo que Nehama. El caso más sorprendente es el de Recuero, que solo pone una vez la rr en perro de la que dice «con rr para distinguirla de pero»¡! El mismo Nehama a veces ofrece doble grafía, es lo que ocurre con araviado y arravyado.

Mucho mayor problema plantea la vieja palatal lateral del español. Sabido es que el yeísmo es uno de los temas debatidos en la fonética histórica del español. Parece que los primeros ejemplos son de la segunda mitad del siglo xiv, aunque tardó en propagarse y todavía quedan zonas de mantenimiento en la Península. El yeísmo es también general en judeoespañol, pero no lo era en el ladino. No entro ahora en si el fenómeno vino ya con la emigración del siglo xv, con mayor o menor extensión, o si es un fenómeno tardío —algunos autores hablan del siglo xviii— e independiente del castellano, aunque haya confluido con él. Seguramente las grafías con li o ly sean reflejo del mantenimiento de la vieja lateral en textos antiguos,14 pero resulta chocante que todavía hoy se proponga dicha grafía —como hace Altabé— que distingue y yorar— y li —liamo—. Esto produce un verdadero caos, que se comprueba en el Recuero y, en menor medida, en el Nehama. Empezaré por el primero. Nada tengo que decir sobre que aparezcan formas como lyorar, lyaga, etc. Tampoco que haya dobletes como lyorar/yorar, lyebar/yebar, o en situación no inicial entre kalye y kae, pero qué decir de formas como lyelado, lyo (yo), lyugo, malyoral o alyer, en donde jamás ha habido una palatal lateral, y no digamos nada de olyir (oír). Estas «ultracorrecciones» hacen pensar que las demás formas tampoco son laterales. En Nehama impera la grafía y para la vieja palatal lateral, pero su empeño en grafiar la realización semiconsonante o semivocal de la vocal palatal —que él considera erróneamente fonema— como y lleva a equívocos, así ocurre con folyo, kamelya o en malyevar, etc. Por otra parte hay algún caso en que ly representa una palatal sorprendentemente, así en gavilya o en Sevilya. Creo que una cosa es que la realización de esta palatal sonora no rehilada sea como semivocal,15como lo fue en el español medieval, por cierto, y otra que toda realización vocálica de /i/ en diptongo sea ese mismo fonema. Como ya demostró el profesor Alarcos hace mucho tiempo, estos son meros alófonos de la vocal.

Desde antiguo se sabe que a veces la palatal se simplifica en judeoespañol. En situación inicial parece que solo se produce en luvia, pero no escasea en interior —pelezo, pelisko—. Es evolución de difícil explicación pues no puede explicarse por dialectalismo, aunque a veces puede tratarse de un barbarismo como en kavaleria,16 que puede ser un italianismo.

La denominada yod derivativa —es decir, la que se forma con la semiconsonante de un diptongo— puede palatalizar esporádicamente en español: lievo > llevo. Esta tendencia es más acusada en judeoespañol: kayentar, yenso (lienzo), palatalizaciones que debieron de ser antiguas, pues se han visto afectadas por el yeísmo. En el primer caso tenemos ejemplos desde Sem Tob y todavía llega a Cervantes. Pero no solo afecta a la /l/, pues es sabido que la /š/ también se palataliza —seš, sabeš, etc.—, y en algunas zonas incluso k y t.

Y ya para acabar este apartado, la fonética del judeoespañol para mí es un maravilloso ejemplo de variedad, no solo diatópica o diastrática, sino incluso personal. Pondré un ejemplo: en el relato que recoge Kovacec de un hablante de Dubrovnik conviven tsirka, ĉirka y sirka, la primera, al parecer, de influjo croata, la segunda de italiano, la tercera, claro, es la originaria.

  • (3) Cf. «Grafía del ladino al uzo de Aki Yerushalayim», Neue Romania, n.º 28 (2003), pp. 7-11. volver
  • (4) Kovacec considera que se debe al influjo de otras lenguas romances. volver
  • (5) Crews señala que en Salónica aparece /v/ en pronunciación rápida. volver
  • (6) Junto a algunos grecismos. volver
  • (7) Y su variante jwese lo ke jwese. volver
  • (8) Kyen negro nase jamás se enderecha. volver
  • (9) Por lo tanto no se trata de un italianismo como quiere Nehama. volver
  • (10) Es sintomático que la alternancia se dé incluso en cultismos como encenyer/engeñer, incurya/inguria, etc. volver
  • (11) Nótese además la disimilación de la geminada latina. volver
  • (12) Pese al diptongo. volver
  • (13) O galicismos como ğamay o ğornal. volver
  • (14) M. Sala señala que ya hay confusiones, al menos en Bucarest, en el siglo xvii. volver
  • (15) Semiconsonante la llama Altabé y Hassan habló hace tiempo de hieísmo. Kovacec habla abiertamente de /i/ en Sarajevo. volver
  • (16) Con el significado de «cuerpo de ejército». volver
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