Manuel Ariza
Como es sabido, la Segunda Guerra Mundial supuso, entre otros males, el principio del fin del judeoespañol. Se acabaron prácticamente las comunidades florecientes de hablantes y los pocos supervivientes acabaron yéndose en gran parte a Israel. Bien es verdad que no solo fueron los nazis y su política de exterminio los que propiciaron la situación actual. En Turquía fue la política de Ataturk la que obligó a aprender el turco, con lo que se favoreció su pérdida como lengua de la comunidad. Pero no solo, en Marruecos el profesor Alvar ya no encontró hablantes de judeoespañol hace unos años. Hoy solo quedan hablantes, al parecer, en Estambul y en Israel. Ha dejado de hablarse en los antiguos países del Este, salvo algunas personas aisladas, generalmente mayores de cincuenta años.
Ese parece ser también el estado de cosas en Israel. En el último encuentro, celebrado en diciembre pasado en Tel Aviv, solo una persona tenía menos de cuarenta años, y algunos hablaban una mezcla de judeoespañol y español actual. Quizá sea sintomático el hecho de que en la Universidad de Tel Aviv haya quinientos estudiantes de español y solo cinco del programa de judeoespañol. En la Universidad Ben Gurion parece haber habido más alumnos. Puede ser también sintomático el que el periódico en español Aurora1 se encuentre en todos los quioscos y que, sin embargo, no haya podido encontrar ningún número de Aki Yerushalayim.
Es lógico, por otra parte, que la gente joven prefiera aprender una lengua de gran importancia en el mundo, mejor que un dialecto de uso exclusivamente familiar y en franca decadencia. No hay que olvidar un hecho primordial: cerca del 20% de los habitantes de Israel hablan español por las grandes migraciones de Hispanoamérica.
Lo dicho no quita para que merezcan todos los elogios y ayudas los intentos para fomentar el empleo del judeoespañol. Y en este sentido hay que citar sin duda la importancia de que exista un periódico, y que se haya comenzado recientemente la publicación de un boletín —en judeoespañol y en hebreo— en la Universidad Ben Gurion. También son importantes los centros de judeoespañol de la Universidad Ben Gurion y de la de Bar-Ilan. Hay que citar que el Instituto Cervantes ha apoyado siempre las actividades que se han desarrollado en torno a la cultura judeoespañola.
Dos son los grandes retos que, a mi modo de ver, tiene el judeoespañol. Uno se refiere al uso escrito, otro a la investigación. Como es sabido, el sistema de escritura tradicional del judeoespañol fue la aljamía en caracteres hebreos, solucionándose los problemas que encierra el hecho de que algunos de los fonemas judeoespañoles no existan en hebreo con la utilización de elementos diacríticos que no hacen al caso. Solo muy recientemente se ha empleado el alfabeto latino, casi cuando ya no se habla judeoespañol. Como no existía una tradición gráfica romance, en distintos puntos se «inventaron» diversos sistemas, de los que principalmente hay que mencionar: el propuesto por Jacob Hassan y el CSIC, al que siguen sus discípulos dentro y fuera de España, el propuesto por los editores del periódico Aki Yerushalayim, el propuesto en Francia por Sephiha y su asociación Vidas Largas, y el que propone el periódico de Estambul Salom.
Además hay otros sistemas que emplean diversos investigadores —Nehama, Armistead, Bunis, etc.— con algunos caracteres en transcripción fonética. Ante este caos, se han llevado a efecto diversas reuniones para intentar llegar a un acuerdo sobre qué grafía se debería utilizar, sin que hasta la fecha se haya llegado a un acuerdo, aunque hay que decir que las dos más enfrentadas son la de Aki y la de Hassan.
Estas dos posiciones volvieron a encontrarse enconadamente en la última reunión de Tel Aviv. Algo dije yo al respecto, como se puede observar en las páginas siguientes, pero adelantaré que es absolutamente imposible llegar a un acuerdo porque no existe voluntad para ello, en primer lugar, y, en segundo lugar, porque se parte de dos bases o principios totalmente opuestos, incluso diré que ideológicamente enfrentados.
El sistema propuesto por el profesor Hassan arranca de 1970 como método para transcribir y estudiar los textos aljamiados judeoespañoles, con un sistema relativamente cercano al español actual, al menos para aquellos fonemas en que participan ambas modalidades. Sistema que ha modificado un tanto con el correr de los años. Un poco más tarde, en 1979, se creó en Israel el periódico Aki Yerushalayim, fundado por Moshe Shaul, escrito todo él en judeoespañol con la intención de llegar y aglutinar a los hablantes que todavía quedan dispersos por el mundo. Su sistema gráfico es mucho más alejado de la norma española.
El problema, a mi modo de ver, es que el profesor Hassan quiere un sistema próximo al castellano para así facilitar la lectura de textos judeoespañoles al público hispánico en general, mientras que a los editores de Aki Yerushalayim les importan poco los hablantes del español actual y solo quieren dirigirse a los conocedores del judeoespañol. Ser la voz escrita y «oficial» de los hablantes de judeoespañol. Y para ello ciertamente cuentan con poderosos influjos, como puede ser el apoyo de la Autoridad Nasionala del Ladino y el de un ex presidente de Israel. Por otra parte afirman que nadie tiene el derecho de decirles cómo deben escribir su lengua.
Otra cosa es la investigación. Quedan aún muchos textos, escritos en aljamía hebrea, sin publicar ni estudiar. Es verdad que existen múltiples centros en Europa y América dedicados a estas investigaciones, pero queda mucho por hacer. Por ejemplo, los diccionarios existentes, todos muy útiles, no son un modelo filológico precisamente. Y si la fonética es algo bastante estudiado, no ocurre lo mismo con el léxico.
Finalmente hay que decir que en el Centro Virtual Cervantes, en el apartado dedicado al español en el mundo hay una muy completa información sobre centros y cultura del judeoespañol. A continuación ofrezco lo que iba a ser mi intervención en ese encuentro celebrado en Tel Aviv, que no pude exponer en su totalidad.
Es difícil decir algo nuevo sobre las grafías del judeoespañol. Bastaría, por poner un ejemplo, con ojear los artículos aparecidos en Neue Romania el año pasado para darse cuenta de las posturas existentes al respecto. En este número hay un excelente panorama de mi colega y amigo Antonio Salvador, de la Universidad de Extremadura, que no es su única aportación al tema, como es bien sabido. He de decir que estoy plenamente de acuerdo con sus palabras y observaciones.
Antonio Salvador era pesimista en las conclusiones que podían salir de una posible reunión de un grupo de expertos. Por su parte el profesor Hassan pidió la intervención del Instituto Cervantes. La verdad es que el Instituto Cervantes, por medio de su sede en Tel Aviv, ha organizado desde hace tiempo diferentes actividades al respecto, por otra parte, la postura del Cervantes es clara al respecto; dice así en su página electrónica dedicada al español en el mundo: «Este hecho fundamental legitima y obliga, al mismo tiempo, a las instituciones españolas que se interesen por la promoción y el desarrollo del sefardí (el Instituto Cervantes, por ejemplo) a una enseñanza en la que se respete lo distintivo de la modalidad sefardí, pero dentro de ese objetivo prioritario que debe constituir su integración en el mundo hispánico, para lo cual la adopción de una norma ortográfica es indispensable».2
De todas formas, creo que acudir al Instituto Cervantes como árbitro de una polémica ortográfica no es pertinente ni está dentro de sus obligaciones. La autoridad hispánica en materia de lengua es la Real Academia Española, puntualizaré más: la Asociación de Academias. Ya lo señaló el profesor Salvador: el gran acierto del español como lengua supranacional ha sido conservar la unidad idiomática en múltiples aspectos, entre ellos el ortográfico. Creen ustedes una Academia del judeoespañol, con participación no solo de expertos o de lingüistas, sino de todos los ámbitos culturales y geográficos y que sean ellos —en unión con el resto de las Academias— los que decidan la cuestión de una vez por todas. Porque —que yo sepa— ha habido ya demasiadas reuniones al respecto sin que ninguna de las partes llegue ni siquiera a una solución de compromiso. Y esa Academia es la que debería hacer valer su voz ante el resto del mundo hispánico para la integración de su léxico y acepciones, de su sintaxis, de su fonética en el fondo común del español. Todo lo demás es ganas de templar gaitas.
Lo que no sé es si esta idea será aceptada porque mucho me temo que en el fondo de la cuestión —y es algo que también ha sido ya señalado— lo que late debajo de la polémica son dos posturas antagónicas también ante el mundo hispánico: la del acercamiento y la del alejamiento, por no decir rechazo. Quiero decir: ¿quieren los sefardíes integrarse en la comunidad hispánica o prefieren mantenerse aislados de un mundo que los rechazó hace algo más de quinientos años? Porque creo sinceramente que este es el problema y que sobre él giran los demás. De todas formas, afirmar que la diferencia gráfica puede evitar que el sefardí se convierta en un dialecto es cuando menos una barbaridad, pues el judeoespañol podrá ser considerado como un dialecto o no, no por su grafía, sino por el significado que le demos a la palabra «dialecto».
Es verdad que el judeoespañol tiene algunos fonemas de los que carece el español actual, como son /z/ y /š/, y que ello representa, sin duda, un problema gráfico importante, pero en otras ocasiones, como sucede con /ĉ/ o con /ž/, apartarse de lo habitual en el español actual o tradicional no tiene mucho sentido, a mi modo de ver.
Las alegaciones a favor de que es mejor para la enseñanza no me parecen demasiado convincentes porque la ortografía es una convención; algo independiente que se aprende independientemente de la pronunciación, y en el mundo hispánico los niños aprenden sin demasiada dificultad a escribir b, v, h, c, z, etc., aunque haga siglos que no se distinga entre los fonemas labiales sonoros, y cuando la mayoría del mundo hispánico no distingue entre los sonidos que representan las grafías c, z y s, y no digamos nada de la h.
También me parece superfluo discutir si el judeoespañol es una variedad del español o un sistema romance cercano pero independiente del español. En mi opinión no admite ninguna duda que es una variedad del español, preciosa y admirable, eso sí.
Pero, como digo, no es de esto de lo que quería hablar, sino de fonética y de léxico, y en ello me voy a centrar.