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Regreso finalmente al concepto de Octavio Paz de
«la imaginación transferida». ¿Debe concebirse la cultura latina
y, por ende, el castellano en Estados Unidos como una extensión
de sus equivalentes al sur del Río Bravo? Ya lo dije antes: tengo
mis dudas al respecto. Se trata ciertamente de una diáspora. O mejor
dicho, de la diáspora de una diáspora. Esta minoría tiene su estirpe
en la Península Ibérica, pero sus raíces están al otro lado del
Río Bravo. Son raíces diversas. Como ya dije, hablar de la comunidad
hispánica en Estados Unidos es hablar de una suma de partes. Hablar
pues de su imaginación como un receptáculo ancestral, un banco colectivo
de datos y estrategias es hablar de una pluralidad: la mexicana,
la puertorriqueña, la cubana... Cada unidad en esta pluralidad tiene
un carácter propio y se distingue por un uso único del castellano.
El choque de esos usos misceláneos, sumado al contacto incesante
con el inglés, conlleva como corolario una identidad nueva: la identidad
latina. Se trata de una identidad mestiza, yuxtapuesta, una identidad
en parte anglosajona, en parte hispánica y en parte multiétnica.
Una identidad que tiene su propio idioma híbrido: el spanglish.
Llego así a ese término sincrético que genera tanta controversia
y lo hago con cautela. Estamos, por una parte, ante una manera mestiza
de comunicarse, pero el spanglish es algo más: la metáfora
de una imaginación transferida. Estoy convencido de que estamos
ante un fenómeno que no es exclusivamente verbal sino psicológico
y social. La minoría latina en Estados Unidos puede ser vista como
una diáspora más de la civilización que empezó a gestarse en la
Península Ibérica y cuyas mutaciones son infinitas. Pero tal es
su ahínco, tal su proyección, que debe ser entendida, de igual manera,
como una realidad diferente, con características propias, como una
realidad nueva.
Desde hace
años me ocupa el estudio del spanglish a ambos lados del
Río Bravo. Hay quien dice que el spanglish es un estadio
intermedio, transitorio, en el tránsito asimilatorio de la minoría
hispánica. Ese razonamiento sugiere que, cuando los latinos hayan
logrado adaptarse de una vez por todas a la sociedad estadounidense,
lo abandonarán por completo. El argumento tiene validez pero adolece
de un defecto: no contempla la historia entera de esta comunidad.
Como dije anteriormente, mientras otros grupos de inmigrantes en
Estados Unidos han perdido su propio idioma en tres o cuatro generaciones,
la población hispánica lo mantiene vivo. De lo que se desprende
que el spanglish no es reciente sino que tiene un pasado.
Ese pasado cohabita con el del español en estos territorios. La
guerra méxico-americana, el Tratado de Guadalupe Hidalgo y el enfrentamiento
de 1898 lo hicieron posible. Y su expansión viene dada como consecuencia
de programas como el de la Educación Bilingüe, que surgió en el
condado de Dade, en Miami, a principios de los sesenta —si bien
esta expansión acabaría por provocar reacciones radicalmente adversas,
como las políticas del English Only y del English First de los años
ochenta—. Hay rastros del spanglish en la batalla del Álamo,
en la prensa de Nuevo México en 1886, en California durante las
llamadas Zoot Suit Riots, en la Segunda Guerra Mundial, durante
la lucha por los derechos civiles. Esta jerga mestiza es a la vez
partícipe y testigo de algunas de las mayores transformaciones históricas
norteamericanas del siglo XX.
En alguna ocasión, al referirse a la trivialización
de la lengua, a su desvalorización, Javier Marías sugirió que esa
contaminación, si bien no afecta al conjunto, sin duda repugna:
«Todos sabemos que la mejor manera de desvalorizar una palabra es
repetirla hasta la saciedad y abusar de ella (quién no ha jugado
a decir una muchas veces seguidas hasta verle perder su significado)».2
El spanglish surge de ese tipo de deformación y maltrato.
Sus estrategias lingüísticas son variadas pero podrían resumirse
en tres: el cambio instantáneo de códigos, la traducción simultánea
y la génesis de voces nuevas. Ya en mi libro Spanglish: The Making
of a New American Language3 hice un análisis de esas
estrategias. Importa recalcar que, tal como establecí antes, si
bien no existe un español único en Estados Unidos, tampoco hay un
solo spanglish, sino muchos. Su comportamiento y su densidad
dependen de muchos avatares: la edad, la clase social, el nivel
educativo, la ascendencia nacional, la ubicación geográfica y, asimismo,
la conveniencia y el humor. Un paseo despreocupado por Spanish Harlem,
Little Habana, La Villita o East Los Ángeles es suficiente para
darse cuenta de la diversidad. En las tiendas, en las escuelas,
en el transporte público. está por doquier. A nadie sorprende entonces
que corporaciones como Hallmark Cards, Taco Bell, Mountain Dew o
hasta el propio ejército estadounidense emprendan campañas publicitarias
en spanglish. La literatura registra esa frecuencia verbal.
Autores como Gloria Anzaldúa y Giannina Brasci van del castellano
al inglés y de éste de nuevo al castellano. O mejor habría que decir
que ni van ni vienen, sino que la lengua en la que estos autores
se expresan se mantiene parada en un sitio único y hace que esos
dos idiomas vayan a ella, y ella los desarticula y recompone, los
reinventa. Estos cambios se registran en el contexto político, donde
es frecuente el uso del spanglish en los discursos de los
congresistas, senadores, diputados y hasta en los del presidente
del Estado, la mayor parte de ellos de origen anglosajón. Y en el
ámbito educativo su uso se ha intensificado notablemente. Crece
su presencia en el salón de clase: hay libros de texto que lo estudian
y discuten sobre él, es utilizado en cátedras universitarias, etc.
No hace mucho, en una escuela preparatoria neoyorquina, un grupo
de estudiantes del Bronx montó una versión escénica de Romeo
y Julieta en spanglish. Y a mediados de 2003 me llegó
un correo electrónico en el que se anunciaba el diseño de «una identidad
nueva» para una institución universitaria, un PCC (Professional
Career College), en el condado de Orange, en California. Dicha identidad
se reducía a un conjunto de imágenes visuales, una página web y
un catálogo académico, rediseñados todos en una ensalada de idiomas.
El spanglish con el tiempo incrementa su
legitimidad social. ¿Es ello señal de un deterioro mental generalizado?
¿O es más bien evidencia del ingenio y la creatividad? Si bien,
y como ya mencionaba antes, en Estados Unidos el español jamás ha
sido considerado por la inmensa mayoría de la población como una
lengua de prestigio intelectual, su relevancia frente al spanglish
es obvia; los enemigos del spanglish lo describen como un
ataque enconado en contra de la lengua de Quevedo y Góngora. Dicen
que el castellano perderá su honra aún más si el spanglish
no desaparece de inmediato. Pero ¿debe hablarse de una rivalidad
entre ambas maneras de comunicarse? Hacerlo es cometer un error
craso. Un miembro de la Real Academia Española en Madrid me dijo
en una ocasión que no debemos tomarlo en serio hasta que no sea
capaz de expresar sentimientos complejos en formas artísticas sofisticadas,
digamos un poema o una narración extensa. Ambas creaciones culturales
—me alegra confirmarlo— existen ya. Algunas de ellas incluso circulan
desde hace tiempo. Basta invocar la obra del puertorriqueño Tato
Laviera (AmeRícan, por ejemplo) o la autobiografía de Susana
Chávez-Silverman (Killer Crónicas) o los cuentos Jac-in-the-bag
y Pollito Chicken de Rosaura Sánchez y Ana Lydia Vega, respectivamente,
o los poemas de Cecilio García-Camarillo, Demetria Martínez y Juan
Felipe Herrera, y la traducción de T'was the Night de María
Eugenia Morales.4 Estos autores me hacen pensar en Melchorejo
y Julianillo: son vasos comunicantes entre dos civilizaciones; alegóricamente,
hace pensar de nuevo en el aforismo tradutore, tradittore.
A un tiempo enlazan dos universos y los divorcian. Ese doble filo
se registra igualmente —sin la misma calidad, ciertamente— en la
sección de clasificados de los periódicos, en los menús de los restaurantes,
así como en anuncios comerciales, en murales y grafitos, en recetas
de cocina y en las letras de canciones pertenecientes a ritmos musicales
como la salsa, el merengue y el hip-hop. Ya no se trata pues
de un vehículo exclusivamente de comunicación oral. Lo vemos cada
vez más por escrito. ¿Tendrá en el futuro una sintaxis propia? Sigo
creyendo que es prematuro hablar del fenómeno como una lengua perfectamente
formada. Pero, como he dicho con anterioridad, tampoco es improbable
imaginar un clásico como El Quijote de Cervantes —o la aventura
borgiana del de Pierre Menard— escrito en ella.5 Y en
la línea de Francisco Ximenes de Cisneros o en la de Yom Tob Atias,
¿por qué no imaginar también la misma Biblia en spanglish?
Los medios de comunicación a veces dan la impresión
que el spanglish es un producto de ciencia ficción. Nos hacen
creer que su importancia apunta a un futuro distrópico. Pero hablar
del spanglish hoy no es hablar del presente y no hablar del
futuro. Su existencia es ineludible y su importancia y legitimidad
se extienden a diario. Contrario a lo que piensan los puristas,
no creo que atente en contra del español porque una porción considerable
—aunque no toda— de los «spanglish-parlantes» es bilingüe
y hasta trilingüe: español, inglés y spanglish. Saben cuándo
y cómo usar cada uno de estos idiomas. Las diferencias de clase
social, herencia étnica y nivel económico son innegables. Para la
clase media y alta puede ser un lujo y una opción, mientras que
para los trabajadores puede ser una trampa, porque no saber inglés
en Estados Unidos es como apostar al número equivocado en la lotería.
Incluso entre la población con escasos recursos su uso —querámoslo
o no— incrementa su valor. El spanglish es como el jazz:
su nacimiento es humilde y hasta tímido pero su relevancia es gigante.
Tarde o temprano, terminará por coartar al poder —si es que no lo
ha hecho ya—. Al igual que el español en las Américas, no hay un
spanglish único sino muchos: el cubonics, el nuyorrican,
el dominicanish, el spanglish pocho y el pachuco,
etc. Esta pluralidad es clave: cada una de estas variantes tiene
su propio vocabulario, aunque todas ellas comparten un mismo caudal
lexicográfico. En Spanglish: The Making of a New American Language
recopilé unas 6.000 voces provenientes de regiones y nacionalidades
distintas. ¿Se entienden los hablantes de spanglish de origen
diverso? Para responder a esta pregunta hicimos un experimento en
Amherst College. Reunimos en una sola habitación a jóvenes latinos
de proveniencias geográficas diversas. Su única instrucción era
usar el spanglish. Pronto nos dimos cuenta de que durante
la conversación ellos sentían la necesidad de desglosar términos
y explicar proveniencias. Pero esto no impedía el diálogo. Una vez
reconocidas sus raíces comunes, los participantes se sentían cómodos
en su habla híbrida.
A principios de los noventa George Steiner auguró:
«Llegará el día en el que el planeta sólo sea un gigantesco aeropuerto
que difunda, por los altavoces, música y palabras anglo-americanas.
Y de ese modo los hombres arraigados en esa cultura habrán olvidado
la identidad misma de sus recuerdos».6 Pero yo quiero
terminar con una nota optimista. A través de los medios de comunicación,
una persona que emplea cubonics y otra que habla pocho
hallan un «sitio» común. Ese «sitio lingüístico» se perpetúa a nivel
global en Internet, donde el spanglish cibernético —el cyber-spanglish—
tiene su propio espacio. Estos canales de comunicación son cada
vez más importantes pero no creo que vaticinen el derrumbe de la
civilización hispánica. Para algunos son las exigencias de las nuevas
tecnologías las que posibilitan la perversión del idioma. «Yo considero
que esto es un atentado contra el espíritu de la lengua»,7
dijo una vez Margarita Guerrero, miembro de la Academia Guatemalteca
de la Lengua. «Son las máquinas las que deben someterse a la lengua
y no al contrario».8 Tiene razón, pero la tecnología
—querámoslo o no— establece pautas de conducta. El cyber-spanglish
es un factor indispensable en el forjamiento de una identidad mestiza
nueva, una identidad que se comunica de forma rebelde y cacofónica.
La palabra «cacofónica» me hace pensar en Igor Stravinski y Alban
Berg y su revolución atonal. Lo que para unos es disonante para
otros es armónico. Puede que el spanglish moleste a los oídos
de los puristas de hoy. No por eso molestará necesariamente a los
de mañana. Sea como sea, en su cimiento está el concepto de «la
imaginación transferida». Pero ese concepto obliga a una reconsideración:
transferir la imaginación de un pueblo es también reconfigurarla.
Toda transferencia implica una renovación, que es precisamente lo
que es el spanglish: una mutación más del español en las
Américas (igual que un capítulo en la historia del inglés a nivel
global), pero también un nuevo principio. Imaginación transferida,
imaginación restaurada.
A veces es difícil atar cabos. ¿Qué relación hay
en la actualidad entre el español de Madrid y el de un lugar como
San Antonio, en Texas? Una relación tortuosa, cuyo atributo más
claro es la elasticidad. Pero ¿cuán elástico es el español? De tanto
tensarla, ¿es posible que la cadena se rompa? Dicha sea la verdad,
gran parte de la minoría latina que reside en Estados Unidos no
siente ninguna conexión con España y menos con su idiosincrasia
verbal. El proceso de mestizaje la ha distanciado considerablemente
de sus orígenes. Es más, la enorme mayoría de los latinos ni siquiera
tiene un conocimiento mínimo de lo que es y lo que significa la
Real Academia Española: ni sospecha de su existencia, ni tampoco
ha hojeado el diccionario que ésta prepara periódicamente y que
distribuye en el orbe entero. ¿Hay manera de remediar esta desconexión?
Francamente, lo dudo. Hay quien afirma que esa falta de afiliación
es peligrosa: sin timón ni brújula, la lengua y la cultura quedan
a la deriva. Pero ¿se trata de verdad de una ausencia de timón?
¿O es que estamos ante una rotación de áreas de influencia y poder,
del centro a la periferia? ¿Quién dice que, en este milenio que
apenas comienza, el timón del español y la brújula que guía su rumbo
han de permanecer en España? La historia del español es la historia
de sus accidentes.
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