Centro Virtual Cervantes
Lengua
El español en el mundo > Anuario 2004 > I. Stavans. III
El español en el mundo

La imaginación restaurada

Ilan Stavans

III

Regreso finalmente al concepto de Octavio Paz de «la imaginación transferida». ¿Debe concebirse la cultura latina y, por ende, el castellano en Estados Unidos como una extensión de sus equivalentes al sur del Río Bravo? Ya lo dije antes: tengo mis dudas al respecto. Se trata ciertamente de una diáspora. O mejor dicho, de la diáspora de una diáspora. Esta minoría tiene su estirpe en la Península Ibérica, pero sus raíces están al otro lado del Río Bravo. Son raíces diversas. Como ya dije, hablar de la comunidad hispánica en Estados Unidos es hablar de una suma de partes. Hablar pues de su imaginación como un receptáculo ancestral, un banco colectivo de datos y estrategias es hablar de una pluralidad: la mexicana, la puertorriqueña, la cubana... Cada unidad en esta pluralidad tiene un carácter propio y se distingue por un uso único del castellano. El choque de esos usos misceláneos, sumado al contacto incesante con el inglés, conlleva como corolario una identidad nueva: la identidad latina. Se trata de una identidad mestiza, yuxtapuesta, una identidad en parte anglosajona, en parte hispánica y en parte multiétnica. Una identidad que tiene su propio idioma híbrido: el spanglish. Llego así a ese término sincrético que genera tanta controversia y lo hago con cautela. Estamos, por una parte, ante una manera mestiza de comunicarse, pero el spanglish es algo más: la metáfora de una imaginación transferida. Estoy convencido de que estamos ante un fenómeno que no es exclusivamente verbal sino psicológico y social. La minoría latina en Estados Unidos puede ser vista como una diáspora más de la civilización que empezó a gestarse en la Península Ibérica y cuyas mutaciones son infinitas. Pero tal es su ahínco, tal su proyección, que debe ser entendida, de igual manera, como una realidad diferente, con características propias, como una realidad nueva.

Desde hace años me ocupa el estudio del spanglish a ambos lados del Río Bravo. Hay quien dice que el spanglish es un estadio intermedio, transitorio, en el tránsito asimilatorio de la minoría hispánica. Ese razonamiento sugiere que, cuando los latinos hayan logrado adaptarse de una vez por todas a la sociedad estadounidense, lo abandonarán por completo. El argumento tiene validez pero adolece de un defecto: no contempla la historia entera de esta comunidad. Como dije anteriormente, mientras otros grupos de inmigrantes en Estados Unidos han perdido su propio idioma en tres o cuatro generaciones, la población hispánica lo mantiene vivo. De lo que se desprende que el spanglish no es reciente sino que tiene un pasado. Ese pasado cohabita con el del español en estos territorios. La guerra méxico-americana, el Tratado de Guadalupe Hidalgo y el enfrentamiento de 1898 lo hicieron posible. Y su expansión viene dada como consecuencia de programas como el de la Educación Bilingüe, que surgió en el condado de Dade, en Miami, a principios de los sesenta —si bien esta expansión acabaría por provocar reacciones radicalmente adversas, como las políticas del English Only y del English First de los años ochenta—. Hay rastros del spanglish en la batalla del Álamo, en la prensa de Nuevo México en 1886, en California durante las llamadas Zoot Suit Riots, en la Segunda Guerra Mundial, durante la lucha por los derechos civiles. Esta jerga mestiza es a la vez partícipe y testigo de algunas de las mayores transformaciones históricas norteamericanas del siglo xx.

En alguna ocasión, al referirse a la trivialización de la lengua, a su desvalorización, Javier Marías sugirió que esa contaminación, si bien no afecta al conjunto, sin duda repugna: «Todos sabemos que la mejor manera de desvalorizar una palabra es repetirla hasta la saciedad y abusar de ella (quién no ha jugado a decir una muchas veces seguidas hasta verle perder su significado)».2 El spanglish surge de ese tipo de deformación y maltrato. Sus estrategias lingüísticas son variadas pero podrían resumirse en tres: el cambio instantáneo de códigos, la traducción simultánea y la génesis de voces nuevas. Ya en mi libro Spanglish: The Making of a New American Language3 hice un análisis de esas estrategias. Importa recalcar que, tal como establecí antes, si bien no existe un español único en Estados Unidos, tampoco hay un solo spanglish, sino muchos. Su comportamiento y su densidad dependen de muchos avatares: la edad, la clase social, el nivel educativo, la ascendencia nacional, la ubicación geográfica y, asimismo, la conveniencia y el humor. Un paseo despreocupado por Spanish Harlem, Little Habana, La Villita o East Los Ángeles es suficiente para darse cuenta de la diversidad. En las tiendas, en las escuelas, en el transporte público. está por doquier. A nadie sorprende entonces que corporaciones como Hallmark Cards, Taco Bell, Mountain Dew o hasta el propio ejército estadounidense emprendan campañas publicitarias en spanglish. La literatura registra esa frecuencia verbal. Autores como Gloria Anzaldúa y Giannina Brasci van del castellano al inglés y de éste de nuevo al castellano. O mejor habría que decir que ni van ni vienen, sino que la lengua en la que estos autores se expresan se mantiene parada en un sitio único y hace que esos dos idiomas vayan a ella, y ella los desarticula y recompone, los reinventa. Estos cambios se registran en el contexto político, donde es frecuente el uso del spanglish en los discursos de los congresistas, senadores, diputados y hasta en los del presidente del Estado, la mayor parte de ellos de origen anglosajón. Y en el ámbito educativo su uso se ha intensificado notablemente. Crece su presencia en el salón de clase: hay libros de texto que lo estudian y discuten sobre él, es utilizado en cátedras universitarias, etc. No hace mucho, en una escuela preparatoria neoyorquina, un grupo de estudiantes del Bronx montó una versión escénica de Romeo y Julieta en spanglish. Y a mediados de 2003 me llegó un correo electrónico en el que se anunciaba el diseño de «una identidad nueva» para una institución universitaria, un PCC (Professional Career College), en el condado de Orange, en California. Dicha identidad se reducía a un conjunto de imágenes visuales, una página web y un catálogo académico, rediseñados todos en una ensalada de idiomas.

El spanglish con el tiempo incrementa su legitimidad social. ¿Es ello señal de un deterioro mental generalizado? ¿O es más bien evidencia del ingenio y la creatividad? Si bien, y como ya mencionaba antes, en Estados Unidos el español jamás ha sido considerado por la inmensa mayoría de la población como una lengua de prestigio intelectual, su relevancia frente al spanglish es obvia; los enemigos del spanglish lo describen como un ataque enconado en contra de la lengua de Quevedo y Góngora. Dicen que el castellano perderá su honra aún más si el spanglish no desaparece de inmediato. Pero ¿debe hablarse de una rivalidad entre ambas maneras de comunicarse? Hacerlo es cometer un error craso. Un miembro de la Real Academia Española en Madrid me dijo en una ocasión que no debemos tomarlo en serio hasta que no sea capaz de expresar sentimientos complejos en formas artísticas sofisticadas, digamos un poema o una narración extensa. Ambas creaciones culturales —me alegra confirmarlo— existen ya. Algunas de ellas incluso circulan desde hace tiempo. Basta invocar la obra del puertorriqueño Tato Laviera (AmeRícan, por ejemplo) o la autobiografía de Susana Chávez-Silverman (Killer Crónicas) o los cuentos Jac-in-the-bag y Pollito Chicken de Rosaura Sánchez y Ana Lydia Vega, respectivamente, o los poemas de Cecilio García-Camarillo, Demetria Martínez y Juan Felipe Herrera, y la traducción de T'was the Night de María Eugenia Morales.4 Estos autores me hacen pensar en Melchorejo y Julianillo: son vasos comunicantes entre dos civilizaciones; alegóricamente, hace pensar de nuevo en el aforismo tradutore, tradittore. A un tiempo enlazan dos universos y los divorcian. Ese doble filo se registra igualmente —sin la misma calidad, ciertamente— en la sección de clasificados de los periódicos, en los menús de los restaurantes, así como en anuncios comerciales, en murales y grafitos, en recetas de cocina y en las letras de canciones pertenecientes a ritmos musicales como la salsa, el merengue y el hip-hop. Ya no se trata pues de un vehículo exclusivamente de comunicación oral. Lo vemos cada vez más por escrito. ¿Tendrá en el futuro una sintaxis propia? Sigo creyendo que es prematuro hablar del fenómeno como una lengua perfectamente formada. Pero, como he dicho con anterioridad, tampoco es improbable imaginar un clásico como El Quijote de Cervantes —o la aventura borgiana del de Pierre Menard— escrito en ella.5 Y en la línea de Francisco Ximenes de Cisneros o en la de Yom Tob Atias, ¿por qué no imaginar también la misma Biblia en spanglish?

Los medios de comunicación a veces dan la impresión que el spanglish es un producto de ciencia ficción. Nos hacen creer que su importancia apunta a un futuro distrópico. Pero hablar del spanglish hoy no es hablar del presente y no hablar del futuro. Su existencia es ineludible y su importancia y legitimidad se extienden a diario. Contrario a lo que piensan los puristas, no creo que atente en contra del español porque una porción considerable —aunque no toda— de los «spanglish-parlantes» es bilingüe y hasta trilingüe: español, inglés y spanglish. Saben cuándo y cómo usar cada uno de estos idiomas. Las diferencias de clase social, herencia étnica y nivel económico son innegables. Para la clase media y alta puede ser un lujo y una opción, mientras que para los trabajadores puede ser una trampa, porque no saber inglés en Estados Unidos es como apostar al número equivocado en la lotería. Incluso entre la población con escasos recursos su uso —querámoslo o no— incrementa su valor. El spanglish es como el jazz: su nacimiento es humilde y hasta tímido pero su relevancia es gigante. Tarde o temprano, terminará por coartar al poder —si es que no lo ha hecho ya—. Al igual que el español en las Américas, no hay un spanglish único sino muchos: el cubonics, el nuyorrican, el dominicanish, el spanglish pocho y el pachuco, etc. Esta pluralidad es clave: cada una de estas variantes tiene su propio vocabulario, aunque todas ellas comparten un mismo caudal lexicográfico. En Spanglish: The Making of a New American Language recopilé unas 6.000 voces provenientes de regiones y nacionalidades distintas. ¿Se entienden los hablantes de spanglish de origen diverso? Para responder a esta pregunta hicimos un experimento en Amherst College. Reunimos en una sola habitación a jóvenes latinos de proveniencias geográficas diversas. Su única instrucción era usar el spanglish. Pronto nos dimos cuenta de que durante la conversación ellos sentían la necesidad de desglosar términos y explicar proveniencias. Pero esto no impedía el diálogo. Una vez reconocidas sus raíces comunes, los participantes se sentían cómodos en su habla híbrida.

A principios de los noventa George Steiner auguró: «Llegará el día en el que el planeta sólo sea un gigantesco aeropuerto que difunda, por los altavoces, música y palabras anglo-americanas. Y de ese modo los hombres arraigados en esa cultura habrán olvidado la identidad misma de sus recuerdos».6 Pero yo quiero terminar con una nota optimista. A través de los medios de comunicación, una persona que emplea cubonics y otra que habla pocho hallan un «sitio» común. Ese «sitio lingüístico» se perpetúa a nivel global en Internet, donde el spanglish cibernético —el cyber-spanglish— tiene su propio espacio. Estos canales de comunicación son cada vez más importantes pero no creo que vaticinen el derrumbe de la civilización hispánica. Para algunos son las exigencias de las nuevas tecnologías las que posibilitan la perversión del idioma. «Yo considero que esto es un atentado contra el espíritu de la lengua»,7 dijo una vez Margarita Guerrero, miembro de la Academia Guatemalteca de la Lengua. «Son las máquinas las que deben someterse a la lengua y no al contrario».8 Tiene razón, pero la tecnología —querámoslo o no— establece pautas de conducta. El cyber-spanglish es un factor indispensable en el forjamiento de una identidad mestiza nueva, una identidad que se comunica de forma rebelde y cacofónica. La palabra «cacofónica» me hace pensar en Igor Stravinski y Alban Berg y su revolución atonal. Lo que para unos es disonante para otros es armónico. Puede que el spanglish moleste a los oídos de los puristas de hoy. No por eso molestará necesariamente a los de mañana. Sea como sea, en su cimiento está el concepto de «la imaginación transferida». Pero ese concepto obliga a una reconsideración: transferir la imaginación de un pueblo es también reconfi­gurarla. Toda transferencia implica una renovación, que es precisamente lo que es el spanglish: una mutación más del español en las Américas (igual que un capítulo en la historia del inglés a nivel global), pero también un nuevo principio. Imaginación transferida, imaginación restaurada.

A veces es difícil atar cabos. ¿Qué relación hay en la actualidad entre el español de Madrid y el de un lugar como San Antonio, en Texas? Una relación tortuosa, cuyo atributo más claro es la elasticidad. Pero ¿cuán elástico es el español? De tanto tensarla, ¿es posible que la cadena se rompa? Dicha sea la verdad, gran parte de la minoría latina que reside en Estados Unidos no siente ninguna conexión con España y menos con su idiosincrasia verbal. El proceso de mestizaje la ha distanciado considerablemente de sus orígenes. Es más, la enorme mayoría de los latinos ni siquiera tiene un conocimiento mínimo de lo que es y lo que significa la Real Academia Española: ni sospecha de su existencia, ni tampoco ha hojeado el diccionario que ésta prepara periódicamente y que distribuye en el orbe entero. ¿Hay manera de remediar esta desconexión? Francamente, lo dudo. Hay quien afirma que esa falta de afiliación es peligrosa: sin timón ni brújula, la lengua y la cultura quedan a la deriva. Pero ¿se trata de verdad de una ausencia de timón? ¿O es que estamos ante una rotación de áreas de influencia y poder, del centro a la periferia? ¿Quién dice que, en este milenio que apenas comienza, el timón del español y la brújula que guía su rumbo han de permanecer en España? La historia del español es la historia de sus accidentes.

  • (2) El País, 11 de diciembre de 1994, pág. 13. volver
  • (3) Nueva York, HarperCollins, 2003. volver
  • (4) Véase la antología Wáchale! Poetry and Prose on Growing Up Latino, Chicago, Carus Publishing, 2001. volver
  • (5) Spanglish: The Making of a New American Language incluye una versión en spanglish del primer capítulo de la primera parte de El Quijote. La traducción apareció por vez primera en el suplemento «Cultura/s» de La Vanguardia, Barcelona, 3 de julio de 2002. volver
  • (6) Ramin Jahanbegloo y George Steiner, George Steiner en diálogo con Ramin Jahanbegloo, trad. de M. Serrat Crespo, Madrid, Anaya y Mario Muchnik, 1994, pág. 201. volver
  • (7) El País, 27 de abril de 1994. volver
  • (8) ibíd. volver
flecha a la izquierda (anterior) flecha hacia arriba (subir) flecha a la derecha (siguiente)
Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es