Ilan Stavans
Menos fecundo, aunque por fortuna nunca olvidado del todo, ha sido el estudio del español en Estados Unidos. ¿De verdad forma parte ese español de la heterogeneidad lingüística del continente? En las últimas décadas ha aparecido un número considerable de estudios al respecto. La lengua «novomexicana», por ejemplo, es un legado de la conquista. Lo mismo son sus hermanas en estados como Texas, Arizona, Colorado, Oregón y California, por citar unos cuantos en el suroeste norteamericano. Pero las fuerzas históricas a que han estado expuestas esas variedades del español son, de manera importante, distintas a las del español en el sur de la frontera entre México y Estados Unidos. En Paraguay, el castellano, a fuerza de colonización, terminó compartiendo con el guaraní el espacio social. El idioma de ese país, por ende, tiene características que no son las del español de la Argentina —digamos—, donde la población indígena jugó un papel menos prominente. De cierta manera, la situación del guaraní allí es simétrica a la del español en Estados Unidos, aunque sólo «de cierta manera». Según estadísticas del año 1998, un 68% de la población paraguaya es bilingüe, dato que —no está de más decirlo— es asombroso. El bilingüismo es un fenómeno importante en la actualidad de la América hispánica y portuguesa, pero raras veces alcanza un porcentaje tan elevado. Suele estar definido por factores como la época, la herencia étnica, el nivel social, etc. En la época de Humboldt el alemán era la lengua del ámbito científico. En la época del modernista Rubén Darío, hipnotizada con la cultura parisina, el francés era el idioma más en boga entre la burguesía. Hoy ambos han sido reemplazados por el inglés, que es el idioma que se utiliza preferentemente en el ámbito de los negocios y el quehacer diplomáticos. Si bien su estructura sintáctica y su banco léxico se han transformado, el que el guaraní tenga tanto alcance en Paraguay, a más de quinientos años de la conquista, es milagroso. Aun así, nadie niega en el país que el castellano sea la lengua dominante. ¿Podría ser de otra forma?
¿Qué decir del castellano en Estados Unidos? Para empezar es necesario establecer que su estatus ha cambiado desde el siglo xvi. El bilingüismo es una característica fundamental de la minoría hispánica que reside en Estados Unidos. Claro que no se trata de un bilingüismo estático. ¿Hay alguno que sí lo sea? El inglés y el castellano en Estados Unidos son «lenguas en contacto»: la primera es la lengua dominante, la segunda, la subalterna. Cada una de estas palabras tiene una connotación distinta. Conozco un sinfín de inmigrantes colombianos que, si bien llevan unas tres décadas en Estados Unidos, no hablan ni jota de inglés. ¿Qué diferencia hay entre ellos y el hablante de guaraní en Paraguay o Bolivia? El colombiano recién llegado es eso: un inmigrante. Por varias razones opta por abandonar su lugar y lengua de origen y trasladarse no únicamente a otro país sino a otro idioma. En su caso, hay una opción: si su intención es asimilarse a la cultura imperante, la única manera de hacerlo es la adquisición del inglés. Pero esa adquisición no está libre de obstáculos. Hay millones de inmigrantes hispánicos como él, con los mismos anhelos y aspiraciones. Esa saturación demográfica es un factor importante: a nuestro colombiano recién llegado le permite, por el momento al menos, seguir utilizando su castellano natal como vehículo de comunicación. Al fin y al cabo, ésa es la lengua que escucha a diario en el mercado, en la televisión, en su ámbito profesional y en su ámbito educativo. Pero ¿hasta cuándo seguirá utilizándola? En las últimas décadas, ese período de transición se ha prolongado: el colombiano la utilizará por un lustro, una década, puede que incluso durante más tiempo. de lo que se desprende que la inmediación del inglés y el español en Estados Unidos es un fenómeno dilatador del fenómeno asimilatorio. Hace que el fenómeno sea, si no difícil, por lo menos inestable. Con la excepción de la minoría negra, que es un caso aparte, uno por uno los grupos inmigrantes que se establecieron previamente en Estados Unidos —los alemanes, los italianos, los judíos, etc.—, luego de dos o tres generaciones, terminaron por renunciar a su lengua de origen. Los latinos, sin embargo, se resisten: ellos están sumamente apegados al español, un español impuro, tambaleante quizá, pero español a fin de cuentas. Ese español siempre está a punto de desaparecer. Pero «por angas o por mangas» no desaparece. Al contrario, multiplica su uso, lo diversifica. ¿Cómo explicar tal resistencia?
La historia del español al norte del Río Grande aún está por escribirse. ¿Es ésta la historia de un triunfo o la de un fracaso? ¿Ha sido el español de estas regiones una herramienta diestra para diseminar la cultura hispánica? Si asumimos, como decía Octavio Paz, que cada cultura lleva consigo su propia idiosincrasia imaginativa, ¿podría hablarse de una «imaginación transferida»? ¿En qué medida el español de la minoría hispánica, población que según el censo del año 2002 asciende a unos 38 millones y medio (y que según fuentes cualificadas llega a los 50 millones), representa una reubicación de esa imaginación ancestral? ¿O se trata quizá de una renovación? Confieso, sin ir más lejos, que el concepto de Octavio Paz genera en mí una cierta incomodidad. Los movimientos migratorios, y por ende las diásporas, son un elemento esencial de Occidente. ¿Es la inmigración del Imperio romano a la Península Ibérica entre el año 200 a. C. y el 200 d. C. una traslación de la imaginación grecorromana de una esquina del Mediterráneo a la otra —Roma en España? ¿Representa la llegada de esclavos de África a Cuba en el siglo xvi una corriente similar —África en Cuba? La respuesta es sí y no. Las diásporas romana o africana, al reorganizarse en otra región, adaptan su herencia a condiciones nuevas. La imaginación heredada sigue presente pero el encuentro con una realidad distinta la reconfigura y renueva. Pero ya mi lector le habrá hallado el punto flaco a este concepto: en tan alto grado es la civilización occidental el resultado de mutaciones, de un ir y venir incesante, que es imposible circunscribir dónde empieza y dónde termina la imaginación de una nación. ¿No es la India hija de Inglaterra, que a su vez es hija de los anglos, sajones y jutos, que a su vez y respectivamente son.?
Hace poco llegó a mis manos una copia de Hispanos 2000, un libro útil e informativo de Alberto Moncada y Juan Olivas que publicó en Madrid Ediciones Libertarias. A decir verdad, más que un libro se trata de una recopilación de tablas estadísticas, gráficas y mapas. Moncada y Olivas reproducen los datos anunciados por la oficina del censo estadounidense en 1990 y 2000. La minoría hispánica en Estados Unidos representaba un 9% de la población en general en el año 1990, pero en 2000 ese porcentaje se incrementó a un 12,5%, lo que representa una variación de un 57,9%. El tema que me interesa discutir es el dedicado al idioma. En el 2000 el 10,71% del país hablaba español, que es la segunda lengua en orden de importancia. Le siguen diversas variantes del chino, el francés, el vietnamita, el alemán, el coreano, el tagalo, el árabe, el ruso, el francés criollo y el portugués. Pero la cifra de 10,71% oculta una realidad mucho más complicada: casi el 13% de la población entre 5 y 17 años de edad habla español pero el porcentaje disminuye a un 10,16% entre aquellas personas de 18 años en adelante. Los recién llegados tienden a hablar en español pero sus hijos lo pierden paulatinamente, primero en la escuela y luego en la casa. Entre la población latina, el 69,86% de aquellos entre 5 y 17 años utilizan el español en el ámbito doméstico, el 81,51% entre los de 18 a 64 años y el 85,85% de los de 65 años en adelante. Estos datos estadísticos son estremecedores. El español al norte de la frontera con México da señas de una vitalidad enorme.
¿De qué español se trata? ¿Quién lo habla, cuándo y por qué? En realidad, así como ocurre en la América hispánica, en Estados Unidos no existe un español sino muchos. La minoría hispánica es una suma de partes. La mayor y más prominente es la mexicana, con el 58,5%. Le siguen en orden de tamaño los puertorriqueños con el 9,6% y los cubanos con el 3,5%. El 28,4% restante está compuesto de varios subgrupos, entre ellos los dominicanos, los nicaragüenses, los salvadoreños, etc. Así pues, hablar de un español es imposible: el utilizado por los mexicanos difiere del que emplean los puertorriqueños y demás. Al decir «difiere» no apunto sólo a una diferencia nacional. Hay diferencias geográficas, de clase social, edad y ciudadanía. No todos los mexicanos en el estado de California, por ejemplo, hablan el mismo español. El que utilizan aquellos que llegaron hace poco es distinto al español que habla la gente nacida en Estados Unidos. Además, dentro del propio México la gente que llega de Oaxaca, Sinaloa o Yucatán habla un español diferente. Hay una tensión dialéctica entre unidad y multiplicidad. Pero no quiero dar una impresión equivocada: la población latina de Estados Unidos tiene su «lengua franca». Las dos cadenas de televisión en castellano, Univisión y Telemundo, si bien no borran las diferencias sintácticas y léxicas, ni mucho menos los acentos distintos, buscan, en buena medida, un justo punto medio: un español estándar, neutral, que sea entendido por la inmensa mayoría de costa a costa. Lo mismo hacen el amplio número de estaciones radiofónicas y periódicos, como El Nuevo Herald. La unión hace la fuerza; lo que implica esta estrategia sintetizadora tiene efectos políticos: las variantes lingüísticas quizá sean de interés para los especialistas, pero para la industria de los medios de comunicación lo fundamental es que la gente se entienda.
El español de Estados Unidos —de más está decirlo— no apareció de la noche a la mañana. Tiene un pasado a la vez complejo e inquietante. Durante la época colonial el sudoeste del país —el territorio que componen hoy estados como Arizona, Colorado, Nuevo México, California y Texas, entre otros— era un satélite de la Nueva España, que ya exhibía un centralismo político. De Juan de Castellanos y Álvar Núñez Cabeza de Vaca a Juan de Oñate, Sebastián Viscaíno y el padre Eusebio Francisco Kino, la lista de exploradores, misioneros y cronistas que cubrieron dichos territorios es a un mismo tiempo variada y polifónica. El español fue usado en sus recuentos históricos y como instrumento de adoctrinamiento. Tarde o temprano, ese idioma se convirtió en la lengua pública y privada de los territorios fronterizos. Se mantuvo en esa condición durante la guerra méxico-americana y hasta mediados del siglo xix. México logró su independencia de España en 1821 pero su autonomía quedó en entredicho inmediatamente, cuando Agustín de Iturbide anunció sus aspiraciones monárquicas. Pronto otros regímenes menos capaces fueron sucediéndose y el país se vio en una espiral de anarquía y confusión política. Ese caos hizo que los intereses periféricos de la región fronteriza no fueran escuchados. El Tratado de Guadalupe Hidalgo, firmado en 1848, cambió el orden de cosas. Del mismo modo que el Imperio español del siglo xvi había soñado una expansión transoceánica, así la empresa del nuevo Imperio, el norteamericano, bajo la consiga del Destino Manifiesto, aspiró a una ampliación similar: de Louisiana a Texas y de ahí en adelante. El poder concentrado en Washington D.C. buscó, a través de la compra de propiedades y los enfrentamientos bélicos, y a la vez se comprometió con un nuevo tipo de conquista: la expansión capitalista.
¿Cuánta gente vivía por entonces en el suroeste norteamericano? Es difícil saberlo con precisión. Algunos historiadores proponen la cifra de 50.000 personas. Otros piensan que el número sea quizá el doble. El caso es que esa población dejó de ser mexicana y se convirtió en estadounidense. El tratado otorgaba dos años como límite para aquellos pobladores que, descontentos con el nuevo régimen, optaran por su nacionalidad anterior, yéndose del otro lado. Pero ello, por supuesto, significaba el abandono de la propiedad privada, los amigos, las memorias. ¿Cuál fue la reacción general? ¿Hubo resistencia local? Por un lado, era tan rústica la infraestructura que se necesitaron más de dos años para que muchos se enteraran de los estatutos nuevos. Por otro lado, la opción no era tal: ¿cuántos eran conscientes de los cambios radicales que traería la nueva situación, apenas ésta anunciara su arribo? Sea como sea, la población, en medida considerable, se quedó en su lugar. Las cosas empezaron a transformarse rápidamente. A base de leyes y exhortaciones, los nuevos asentamientos anglosajones se multiplicaron. Hordas de inmigrantes del noreste del país se trasladaron a estos territorios en los años siguientes. Antes, las leyes que llegaban desde México eran vistas con sospecha. Ahora, el régimen norteamericano apuntaba en dirección distinta. La textura socioeconómica, por ende, se transformó rápidamente. De uno u otro modo, la influencia de la población de origen hispánico de la región, incluidos los criollos, era mínima. ¿Y el castellano? Disminuyó su importancia. Era todavía un idioma importante pero de pronto el inglés era la lengua necesaria. Útil y necesaria, pues era, al fin y al cabo, la lengua de los nuevos conquistadores. Y en la medida en que la aculturación se incrementara, lo esperado era que el español perdiera su influencia.
Pero el futuro tenía guardadas algunas sorpresas. El progreso en el que se vio embarcado Estados Unidos en la segunda mitad de ese siglo y la industrialización que este progreso trajo consigo durante la primera parte del siglo xx aumentaron la demanda de mano de obra barata. Como resultado, la población hispanoparlante, primero en zonas urbanas como Los Ángeles y luego en el campo, en vez de disminuir, comenzó a crecer. Así, el español utilizado por familias «novohispanas» o tejanas se mezcló con el de inmigrantes en busca de trabajo. Este contacto de clases no solamente generó tensiones políticas y sociales. Hizo que el español no perdiera su área de influencia. Esa influencia se agudizó aún más durante la Revolución mexicana, cuyos enfrentamientos armados forzaron a casi un millón de personas a trasladarse en bandadas hacia el norte. Luego llegó la Primera Guerra Mundial, que acrecentó la necesidad de braceros mexicanos en Estados Unidos. Este ciclo continuó hasta la depresión de 1929, momento en que se interrumpió nuevamente. Pero el New Deal de Roosevelt otra vez posibilitó la entrada a trabajadores del sur. En fin, lo que quiero decir es que la relación entre México y Estados Unidos es una relación simbiótica de amor y de odio. La modernidad norteamericana habría sido imposible sin la fuerza trabajadora que entraba subrepticiamente, en silencio, por la puerta de atrás. Y por esa puerta ha ido abriéndose paso asimismo la influencia del español, cuya presencia es incuestionable, si bien nunca ha sido considerada de manera generalizada como una lengua de prestigio cultural en los círculos intelectuales y de poder, como quizá lo han sido en diferente medida el francés, el alemán y el ruso.
Por supuesto, eso nada tiene que ver con su fertilidad en la imaginación popular. El español fue la lengua literaria del suroeste en la edad colonial. Hoy en día sigue siéndolo, aunque en escala menor, en beneficio, no obstante, de otros canales de comunicación de mucho mayor alcance. En la actualidad hay más estaciones de radio que emiten en castellano en California que en toda Centroamérica. Igualmente, la prensa en español en ese estado tiene una importancia fundamental. La Opinión es el segundo periódico en importancia después de Los Angeles Times, que, por cierto, hace algunos años compró casi la mitad de sus acciones públicas. La inversión valió la pena: en 2002, uno de cada dos bebés nacidos en un hospital de Los Ángeles era de origen hispánico. Ya en la segunda mitad del siglo xix se redactaron en el suroeste de Estados Unidos un número importante de autobiografías políticas (Juan Seguín, Jesse Pérez, et ál.), así como poemarios, obras teatrales y novelas (Eulalia Pérez, la familia Chacón, María Amparo Ruiz de Burton, et ál.), algunos de ellos en inglés, otros en español. En la lengua de Cervantes se publicaron además revistas y periódicos en ciudades de Nuevo México, Arizona, Oregón, Texas y Colorado. Esta fecundidad se diversifica en el siglo siguiente. En el xx, aparecen figuras como Leonor Villegas de Magnón, Cleofas Jaramillo y Daniel Venegas. A cambio, algunos utilizan el inglés como vehículo de comunicación, pero otros —el caso de Las aventuras de Don Chipote, de Venegas— lo hacen en diversos castellanos, a veces de manera accesible a los trabajadores inmigrantes, otras dirigido a hispanoparlantes de la región.
Hasta aquí me he concentrado en el suroeste. Pero la historia del castellano al norte del Río Bravo tiene un capítulo igualmente importante al otro lado del país, en el flanco geográfico opuesto, en los estados de La Florida y Nueva York. En tiempos de José Martí había ya asentamientos cubanos en Cayo Hueso y otras partes de La Florida. La guerra hispano-americana de 1898, en la que España perdió el control de sus colonias en el Caribe y Estados Unidos ganó esa órbita geográfica, inauguró un período de inmigración de capas sociales diversas pertenecientes a las sociedades cubana y puertorriqueña, respectivamente. El exilio político fue una de sus consecuencias. Pero además fue importante el arribo de mano de obra barata a la agricultura y la industria tabacalera. Cuba terminó siendo independiente, pero el Tratado de Jones en 1902, que eventualmente convirtió a Puerto Rico en un estado libre asociado, trajo como consecuencia un vínculo cultural ambiguo, cuyo impacto a nivel lingüístico es inconfundible. No cabe duda que la isla mantiene un estatus complejo: ¿Es parte integral de la América hispánica o debe ser considerada una extensión de Estados Unidos? La respuesta es abierta: ni lo uno ni lo otro. Esa apertura explica la presencia del inglés en Puerto Rico. En la capital, San Juan, el 92% de los habitantes es bilingüe. A su vez, el español paga las consecuencias: es una lengua impura, mezclada, híbrida. Sea como sea, ese español es diferente del hablado por los «nuyorriqueños», esto es, la comunidad puertorriqueña en Manhattan y sus alrededores. Esta comunidad tiene un pasado importante en las décadas de los años treinta y cuarenta, y en adelante, en las que destacan figuras como los agitadores políticos Bernardo Vega y Jesús Colón o la poeta Julia de Burgos. Las dos comunidades, la cubana y la puertorriqueña, crecieron después de la Segunda Guerra Mundial, por razones diversas. La quiebra de la economía puertorriqueña en los cincuenta produjo una ola migratoria de jíbaros, esto es, masas pobres procedentes de zonas rurales de la isla, cuyo objetivo era la urbe de hierro. El estatus de estado libre asociado trajo consigo la ciudadanía estadounidense, lo que permitió que esa población se beneficiara de programas federales. El exilio cubano fue menos económico que ideológico. El triunfo de la Revolución cubana de Fidel Castro en 1958-1859 hizo que la clase media y alta saliera del país y se asentara en La Florida y en Nueva Jersey principalmente, aunque también en España, Puerto Rico y en otros países de Hispanoamérica. La comunidad cubana en Estados Unidos, al menos al principio, tenía un nivel educativo sustancial, lo que le permitió ascender en la jerarquía social. Parte de esa comunidad era ya bilingüe al llegar al país. El español con el que llegó era distinto al utilizado por sus homólogos mexicanos o puertorriqueños. La población mexicana en Estados Unidos tiene y mantiene un lazo telúrico. El rasgo distintivo de las diferentes minorías caribeñas es más bien uno de carácter nostálgico. La literatura caribeña en español hace gala de esta característica: lo prueba la obra de René Marqués, Pedro Juan Soto y Piri Thomas de un lado, y del otro, Martí, Eugenio Florit y Óscar Hijuelos.