Emilio Sola
Cervantes fue crítico con las tres leyes clásicas de la frontera mediterránea del momento, la ley de Mahoma, la de Cristo y la de Moisés, pues el mundo hebreo que aquí no abordamos está presente con mercaderes o hechiceros/sanadores, en tonos broncos, pero en los que el propio Américo Castro encuentra, no obstante, un resquicio crítico al descubrir que Cervantes les da voz propia en ocasiones. Es éste otro amplio debate que aún sigue abierto.19 Y se puede pensar que es crítico —tanto con el cristianismo como con el judaísmo y el islam, con una escala de tonos que van del más duro y tajante al más matizado o retórico— por situarse en un marco global más elevado —la ley de la naturaleza, la luz natural de la razón o del conocimiento y la ciencia pura— que pudiera poner fin a la vieja «querella» de las leyes enfrentadas; querella que permite la esclavitud desde las fronteras, el germen del «cambio injusto y trato con maraña», el germen de la guerra. Con la conciencia de que es imposible resolver la polémica de las fes/leyes enfrentadas «con la luz de la fe» —la polémica religiosa—, Cervantes concreta, pues, ese marco global en términos de «luz natural» y «ley de la naturaleza», a niveles racionalistas, «sin la luz de la fe»; o mediante metáforas literarias arriesgadas, como esos variopintos emparejamientos mixtos fruto del amor, que pudieran propiciar la encarnación englobadora/pacificadora de un «otomano español».