Emilio Sola
Más allá —o más acá— de la «luz natural» o de «la ley de la naturaleza», la «querella» de las leyes enfrentadas, generadoras de bárbaros tratos y guerra en la frontera, pudiera parecer inviable. Eso es lo que sugiere Cervantes en otro fragmento particular del Quijote, dado que es uno de los textos que puede decirse que no ha sido escrito por Cide Hamete Benengeli, porque está incluso en la novela El curioso impertinente (Q. I, 33-35), encontrada en una maleta en una venta y que será leída en público por un cura. El texto en cuestión es el inicio de un discurso muy elaborado de Lotario a su amigo Anselmo, tan amigos que en Florencia, donde se desarrolla la acción, los conocen como «los dos amigos». En ese discurso, Lotario le contesta a Anselmo, quien, recién casado con la bella y virtuosa Camila, quiere que Lotario la corteje para probar su virtud. Considerado en principio por ambos como una locura, una obsesión dominante y enfermiza, —hoy pudiéramos pensar que esquizofrénica, si no paranoica, nada crítica al fin y al cabo—, Lotario inicia su discurso para disuadir al amigo de esa locura de esta manera:
—Paréceme, ¡oh Anselmo!, que tienes tú ahora el ingenio
como el que siempre tienen los moros,
a los cuales no se les puede dar a entender el error de su secta
con las acotaciones de la Santa Escritura,
ni con razones que consistan en especulación del entendimiento,
ni que vayan fundadas en artículos de fe,
sino que les han de traer ejemplos palpables,
fáciles, intelegibles, demonstrativos, indubitables,
con demostraciones matemáticas que no se pueden negar,
como cuando dicen:
«Si de dos partes iguales quitamos partes iguales,
las que quedan también son iguales»;
y cuando esto no entiendan de palabra, como, en efecto, no lo
[entienden,
háseles de mostrar con las manos y ponérselo delante de los ojos,
y aún con todo esto,
no basta nadie con ellos a persuadirles las verdades de mi sacra
[religión. (Q. I, 33)16
Tan locura y disparate —«simplicidad», «desatino», «mal deseo» o «peligro de perderse»— es la pretensión de Anselmo de que su amigo colabore en la acción de «probar» la virtud de Camila, como la pretensión de la polémica religiosa clásica de intentar refutar el islam con citas bíblicas, «artículos de fe» o argumentos racionales —«especulaciones del entendimiento»—, ni siquiera con la racionalidad más científica, diríamos hoy, de las matemáticas. Son ámbitos diferentes, más allá o más acá, sistemas —como aparatos de citas— diferentes, como diversos son los «libros» sagrados en que ambas religiones —cristianismo e islam— se sustentan.
Un nuevo marco global se apunta aquí —como el de la «ley de la naturaleza» y la «luz natural» de la razón/entendimiento humanos—, el de la contraposición entre fe y ciencia, las verdades religiosas y las verdades científicas, en pleno estallido esta nueva «querella» en el tiempo de Cervantes, con la «revolución copernicana» como telón de fondo, y poco antes —Il Saggiatore (1623)— del hallazgo expresivo de Galileo de que el libro de la naturaleza está escrito en lenguaje matemático. Una vez más, más allá de la «luz de la fe» —generadora de imposibilidad de acuerdo, de discordia—, se asientan la naturaleza, la razón, la ciencia.