Emilio Sola
La importancia de la «invención» de Cide Hamete Benegeli —«arábigo y manchego», en principio «morisco» por lo tanto, y pariente del morisco Arriero de Arévalo, novio de la asturiana Maritornes, sabremos luego—, se comprende mejor así. Su aparición/invención en el capítulo 9 de la primera parte de la novela me sigue pareciendo uno de los momentos más emocionantes de la literatura hispana, la más explícita recreación literaria del acto mismo de creación de un escritor, sobre todo tras ese capítulo 8 que se alarga y alarga sin cesar, hasta dejar a don Quijote y al vizcaíno con las espadas en alto; la evocación del momento en el que decide que dos horas de lectura son insuficientes para desarrollar todo lo que puede dar de sí un personaje como el engendrado; y en el que resuelve —pudiera ser— perdonarle la vida al caballero loco para que siga cabalgando y generando aventuras sin fin. La invención de Cide Hamete como verdadero y primer autor de esa historia verdadera que pretende el segundo autor es considerada por muchos cervantistas el germen de la invención de la novela moderna. Cuando ya está seguro de su creación (Q. II, 40), el desmesurado Cervantes lo expresa en un fragmento en verdad —como tantos otros de sus textos— poemático:
¡Oh, autor celebérrimo! (y se refiere a Cide Hamete)
¡Oh, don Quijote dichoso!
¡Oh, Dulcinea famosa!
¡Oh, Sancho gracioso!
Todos juntos y cada uno de por sí
viváis siglos infinitos
para gusto general
y pasatiempo de los vivientes.
El personaje/autor Cide Hamete —Cide, «que en arábigo quiere decir Señor» (Q. II, 2)— es uno de los protagonistas claves del texto, y a medida que éste discurre lo será más, pero no es un personaje cómodo, sobre todo por el hecho de que Cervantes —contra todo convencionalismo contrarreformista— no lo «cristianó»: «¡Bendito sea el poderoso Alá! —dice Hamete Benengeli...—, ¡Bendito sea Alá!, repite tres veces...» (Q. II, 8). Esta interjección se convierte en un arranque de capítulo premeditado, sin sombra de burla denigratoria, en esa realidad/ficción que es el texto todo. Ya muy avanzado el desarrollo de la novela (Q. II, 53), Cervantes se siente fuerte para matizar otra de las posibles paradojas que pudieran presentarse en la redacción misma, cómo un moro como Cide Hamete puede tener ese punto de vista global tan próximo a lo que se considera cristiano: «Yo, aunque moro, bien sé, por la comunicación que he tenido con cristianos, que la santidad consiste en la caridad, humildad, fe, obediencia y pobreza...» (Q. II, 44); es en un discurso sobre la pobreza, en el que critica sutilmente la concepción de la «pobreza de espíritu» —que permitía a señores y eclesiásticos la posesión de riquezas— contraponiéndola a la pobreza de «la hambre de su estómago», la pobreza dramática y real de los hidalgos, aunque éstos, «hipócritas», intenten disimularlo.
Pero es en otro arranque de capítulo —como para «abrir pluma», pudiéramos pensar hoy—, cuando Cervantes elabora uno de sus más refinados planteamientos globales, por encima de las leyes enfrentadas, esta vez aludiendo a la «luz natural» del conocimiento:
Pensar que en esta vida las cosas della
han de durar siempre en un estado es pensar en lo escusado;
antes parece que ella anda todo en redondo, digo, a la redonda:
la primavera sigue al verano, el verano al estío,
el estío al otoño, y el otoño al invierno, y el invierno a la primavera,
y así torna a andarse el tiempo con esta rueda continua;
sola la vida humana corre a su fin ligera más que el tiempo,
sin esperar renovarse si no es en la otra,
que no tiene términos que la limiten.
Esto dice Cide Hamete, filósofo mahomético;
porque esto de entender la ligereza e instabilidad de la vida presente,
y de la duración de la eterna que se espera,
muchos sin lumbre de fe, sino con la luz natural,
lo han entendido;
pero aquí, nuestro autor lo dice
por la presteza con que se acabó, se consumió, se deshizo,
se fue como en sombra y humo el gobierno de Sancho. (Q, II, 53)15
Junto a la «ley de la naturaleza» —la de la Edad de Oro, sin duda—, la «luz natural» —sin duda la de la razón—, más allá o más acá de la «lumbre/luz de la fe». Una suerte de gran inversión sincretizadora, con respecto al mismo intento sincretizador que suponían los «libros plúmbeos» del Sacromonte, al parecer planeados por los moriscos Alonso del Castillo y Miguel de Llana con técnicas embaucadoras en nada diferentes a las católicas cristianas tan criticadas por los erasmistas y por el mismo Cervantes, como el engaño y la falsa palabra.