Emilio Sola
Casi todo el cervantismo internacional hoy parece de acuerdo en que el cristianismo de Cervantes es, por lo menos, un cristianismo crítico de base erasmista,11 y Américo Castro en su día abrió el debate sobre si Cervantes era «hipócrita» o no en este asunto. Una postura extrema sería la de Georges Camamis,12 que quiere ver en el Quijote mismo una parodia ridiculizadora del papado romano y en algunos capítulos de la novela incluso una toma de posición contra la muerte en Roma, en la hoguera, de Giordano Bruno en 1600. Apasionantes aún las posibilidades críticas.
Pero es tras Américo Castro y su visión del «casticismo» hispano cuando algunos aspectos fronterizos de la obra de Cervantes comienzan a cobrar nueva perspectiva: la riqueza interpretativa de Cide Hamete Benengeli, arábigo y manchego —morisco— como autor verdadero del Quijote, o los personajes moriscos como Ricote y su familia, su hija Ana Félix y su novio cristiano viejo Gaspar Gregorio sobre todo, así como el teatro del cautiverio, comenzando por El trato y Los baños, que ya hemos comentado, y culminando en El gallardo español y La gran sultana.
Aniano Peña, en su estudio sobre Américo Castro y su visión de España y de Cervantes (1975), glosa ampliamente los hallazgos y excesos de la crítica de Castro, y uno de sus límites interpretativos —«es algo extremista y descabellado» (pág. 282)— lo establece en la afirmación rotunda del último Castro de que «Cervantes no hubiera escrito el Quijote» sin la aparición del Guzmán de Alfarache(1599) y sin el hallazgo (1588-ss.) y la polémica en torno a los «libros plúmbeos» del Sacromonte de Granada —«unos pseudoevangelios escritos en pergaminos y placas de plomo», «en mal latín y en árabe... en los cuales cristianismo e islam se sincretizaban» (pág. 277)—, admitidos y hasta considerados milagrosos hasta bien iniciado el siglo xvii, aún no considerados como una falsificación, como una «patraña». «El espíritu íntegro, selecto, antivulgar de Cervantes reaccionó irónica, pero literariamente, contra lo que había de falsedad, de religiosidad exterior, gregaria y sin alma, en tal "camelo" religioso, "libro de caballerías" del Sacromonte» (pág. 281). Y de ahí su alusión a ellos al final de la primera parte del Quijote (Q. I, 52), en parodia clara —«una caja de plomo que... se había hallado en los cimientos derribados de una antigua ermita que se renovaba; en la cual caja se habían hallado unos pergaminos...»—, sobre las noticias encontradas por el autor para la prosecución de la historia de don Quijote —la tercera salida en busca de aventuras—, continuación de aquella que había encontrado en arábigo y escrita por Cide Hamete Benegeli (Q. I, 9). Pura alquimia literaria, pero que deja clara la postura profunda de Cervantes esencialmente crítica y contraria a «una fe no encorsetada por el folklore de los ritos y el integrismo de los dogmas»,13 según la lectura de un personaje/intérprete tan fronterizo como puede ser Roger Garaudy (1988) —un muladí o musulmán nuevo del siglo xx—. Garaudy, en su lectura de Cervantes, capta precisamente a un autor contrario al casticismo, al exclusivismo integrista y a las formas exteriores de religiosidad. Esa religiosidad sospechosa para la época, de raigambre erasmista, pero que parece ir mucho más allá.14
A esta luz es más fácil abordar los dos momentos del Quijote en los que Cervantes parece interesarse más directamente por la «querella» generada por las diferencias religiosas, en concreto entre cristianismo e islam.