Emilio Sola
Como en El trato, en Los baños se puede captar también el perfil de una propaganda muy matizada. A la necesaria retórica ortodoxa católica cristiana de los personajes —hasta el martirio de Hazen y de Francisquito—, contrapone rasgos, anécdotas o detalles de un marco más amplio; la contraposición fe civilizadora frente a barbarie que habíamos visto en El trato es sustituida ahora en Los baños por la contraposición de la ley —«de gracia» o «escrita»— y de la fe —de iglesia o de mezquita— con la «ley de la naturaleza». Todos ellos son marcos más amplios y englobadores y que tendrían por modelo ideal la Edad de Oro. Una ley de la naturaleza y del amor anterior a las leyes de «los tratos» o económicas —de la envidia, la usura y la avaricia— y de la guerra.
Si en El trato los motivos del renegado —del cambio de ley— eran algo tan concreto y esencial como «alcanzar libertad en esta vida» —libertad física, del cuerpo, aunque peligrara el alma—, en Los baños el asunto de la libertad alcanza también a lo que pudiera considerarse «libertad de conciencia»10 —aunque en esclavitud del cuerpo— o libertad a la hora de observar una religión diferente de la musulmana, libertad de culto que sería impensable en la propia España del momento. La dureza retórica —«perros sin fe»— utilizada por el cautivo Vivanco a la hora de formular esta nueva paradoja es el contrapunto de la importancia del dato presentado: la mayor tolerancia religiosa —en la línea de la «libertad de conciencia», diríamos hoy— en el sistema imperial otomano:
Y aún otra cosa... / ... es de admiración,
y es que estos perros sin fe
nos dejan, como se ve,
guardar nuestra religión.
Que digamos nuestra misa
nos dejan, aunque en secreto. (B. III, 2.069-2.075)
Es esta otra apreciación cervantina de hondo calado, y que en el Quijote se completa con la alabanza del morisco Ricote —que no sabe ya si es mal moro o mal cristiano— a la «libertad de conciencia» de la ciudad de Augusta, (Augsburgo, en Alemania), un guiño sin duda a la ciudad en cuya Dieta el emperador Carlos V admitió la libertad de cultos para católicos y protestantes. Otra «frontera» pacificada, en principio, con un marco englobador de fes/leyes enfrentadas, aunque europeas y cristianas. En la otra frontera mediterránea y berberisca —islamo-cristiana— también es importante esa «conciencia» que un anciano cautivo reprocha al apicarado sacristán Tristán de Mollorido tener muy laxa, en aras de la supervivencia o de la «libertad del cuerpo»:
Viejo:Ya vos
tenéis ancha la conciencia
ya coméis carne en los días
vedados.
Sacristán: ¡Qué niñerías!
Como aquello que me da
mi amo.
Viejo: Mal os hará.
Sacristán: ¡Que no hay aquí teologías!
(B. II, 1.160-1.166)
Asunto de la ley de los cristianos el no comer en días vedados, el anciano le pone al Sacristán el ejemplo de los Macabeos bíblicos, mártires «por no comer grosura» (B. II, 1.171) y le señala su temor de que «caiga», se sobreentiende que en la tentación de renegar —de manera similar a la conversación entre los cautivos Pedro y Sayavedra en El trato—, a lo que el Sacristán reacciona defendiendo la fortaleza de su fe: «Eso no, porque en la fe / soy de bronce» (B. II, 1.178-1.179). Podría resumirse el mensaje del pícaro Tristán, el sacristán cautivo, en que, si bien puede transgredir ley/costumbre cristianas, en la fe es firme, en lo profundo de su conciencia, similar al «ni niego a Cristo ni en Mahoma creo» del cautivo Pedro de El trato o al escepticismo del morisco Ricote en el Quijote (II, 44).