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El español en el mundo > Anuario 2004 > E. Sola. IV
El español en el mundo

Cervantes y el Islam. Sin la luz de la fe

Emilio Sola

5. IV

El trato de Argel pudiera leerse como una descripción dramática del mundo de la frontera —islamo-cristiana, habsburgo-otomana— de gran eficacia evocadora y, al mismo tiempo, —en boca de cautivos o esclavos cristianos— como una refinada pieza de propaganda a favor de los miles de esclavos en Argel; 15.000 se citan en el texto expresamente. Tiene un tono y perfil muy próximo a lo que se puede considerar como una «literatura de avisos» surgida de la necesidad de informar sobre el «otro», como una «literatura de la frontera».7 Stanislav Zimic —profesor en universidades norteamericanas de origen esloveno— realizó una lectura muy perspicaz de esta pieza teatral y afirma que las diferentes escenas dramáticas Cervantes las quiso «como si fueran la vida misma, sin asomo de ficción», «trasunto directo y fiel de la realidad actual, palpitante en una obra dramática»; Cervantes resumía las informaciones e imploraciones que no podía hacer llegar directamente a Felipe II, «para que las oyera y viera todo el público español y para que respondiera con toda la ayuda posible, en nombre del patriotismo y, sobre todo, de la caridad humana».8 Es el espíritu mismo del «aviso», del «aviso de plaza» fruto del «yo he visto y oído», la información. Y es en ese tono en el que Cervantes debió sortear los peligros de una «burda» propaganda —propaganda obligada para un público hispano contrarreformista, su público natural y real— y lo hace convirtiéndola en una «refinada» propaganda, dejando esos «hilos sueltos» de la historia que permitieran posteriores interpretaciones más próximas a su «intención».

Lo propagandístico aparece desde la escena I, al contraponer el «pueblo cristiano» con la «descreída gente y maldito lugar» (T. I, 551-552), en términos de «sin fe y sin ley», de barbarie —de ahí la Berbería, de alguna manera— más que de leyes enfrentadas, así como «pueblo injusto» (T. I, 472) o «ciegos sin luz» (T. I, 539). De esta manera se puede comprender mejor la paradoja expresiva, una de las claves del discurso propagandista, en boca del muchacho cautivo Sebastián que viene con un aviso —«Yo he venido a referiros / lo que no pudistes ver, / si oslo ha dejado entender / mis lágrimas y suspiros»— a otros compañeros cautivos, entre ellos Sayavedra: «¡Oh, España, patria querida! / mira cuál es nuestra suerte, / que si allá das justa muerte / quitas acá justa vida» (T. I, 475-478).

La historia que va a referir el muchacho cautivo es una fiel versión poética de un suceso real narrado por Antonio de Sosa, compañero de Cervantes en Argel, la cruel muerte de fray Miguel de Aranda en represalia por la muerte a manos de la Inquisición de Valencia del morisco corsario Caxeta, de origen valenciano y residente con su familia en Sargel, cerca de Argel.9 El morisco era un «cristiano nuevo» de Oliva que, al pasarse a converso o «musulmán nuevo» en Argel, se había convertido en doblemente renegado, base de la condena inquisitorial: «los justos inquisidores / al fuego le condenaron» (T. I, 517-518). Aunque en este caso se considera justicia inquisitorial la ejecución, la condena a muerte y ejecución en Argel del fraile cristiano es vista como «venganza», «... que las muertes en Valencia, se venguen acá en Argel» (T. I, 697-698). La retórica propagandística no oculta, sin embargo, la realidad paradójica, diríase especular:

Muéstrase allá (Valencia) la justicia
en castigar la maldad;
muestra acá la crueldad
cuánto puede la injusticia. (T. I, 699-702)

En boca de Sayavedra lo anterior, es el muchacho cautivo Sebastián quien define a continuación el marco global, por encima de leyes enfrentadas, por encima de las «querellas»:

En tan amarga querella,
¿quién detendrá los gemidos?
Ellos con culpa punidos;
nosotros, muertos sin ella. (T. I, 703-706)

Y el cautivo más veterano llamado Leonardo, que ha comenzado su intervención en la pieza teatral con duras acusaciones de barbarie a los argelinos berberiscos: «¿Hase visto tal maldad? / ¿Hay tierra tan sin concordia / do falta misericordia / y sobra la crueldad?...» (T. I, 463-466), termina también resaltando la paradoja y con una vaga alusión a la contundencia valenciana a la hora de tratar estos asuntos, al envenenar a los renegados:

Bastábanos ser cautivos,
sin temer más desconciertos,
pues si allá (Valencia) queman los muertos,
abrasan acá (Argel) los vivos.
Usa Valencia otros modos
en castigar renegados,
no en público sentenciados,
¡mueran a tósico todos! (T. I, 711-714)

De alguna manera, la esclavitud se presenta como la única realidad común que se imponía a los discursos político-religiosos enfrentados, fruto de la «querella». En la escena II el eje principal será la contraposición entre la subasta de esclavos, de dramatismo liminar, y en el que los esclavos son animalizados:

Pregonero: ¿Hay quien compre dos perritos,
y el viejo, que es el perrazo,
y la vieja y su embarazo?
Pues, ¡a fe que son bonitos!

con un discurso de la Edad de Oro en boca del cautivo Aurelio también memorable, pues señala abiertamente el marco global de la tragedia que para muchos de sus protagonistas supone la frontera mediterránea: la gente que no dio jamás palabra que cumpliese, «falsa, sin ley, sin fe y traidora». Una vez más, la gente «de ley» frente a los «sin ley», pero una «ley ideal» de una edad de oro, previa o por encima de cualquier ley —de Moisés, de Cristo, de Mahoma— generadora de la «querella», de la frontera.

¡Oh sancta edad, por nuestro mal pasada,
a quien nuestros antiguos le pusieron
el dulce nombre de la Edad dorada!
¡Cuán seguros y libres discurrieron
la redondez del suelo los que en ella
la caduca, mortal, vida vivieron!
No sonaba en los aires la querella
del mísero cautivo...
Entonces libertad dulce reinaba
y el nombre odioso de la servidumbre
en ningunos oídos resonaba... (T. II, 1.313-1.324)

El descubrimiento del oro, «ocasión principal de nuestros males» (T. II, 1330), y la emulación trajeron consigo la guerra y la esclavitud. Son las nuevas leyes del mundo económico moderno, en el que la galeota corsaria —de cualquier ley o nación que sea— se convierte en emblema de la nueva «empresa» paradigmática que emerge incontenible, «todo se compra y todo se vende», y en la escena de la venta de esclavos verdaderamente contra naturaleza, la empresa económica moderna, de los repartos de beneficios, «del robo, de la fraude y del engaño, / del cambio injusto y trato con maraña.» (T. II, 1.335-1.336).

  • (7) Emilio Sola, «Literatura de avisos. Historia y literatura de la frontera», publicado simultáneamente en Antonina Paba y Gabriel Andrés Renales (eds.), Encuentro de Civilizaciones (1500-1750). Informar, narrar, celebrar, Actas del III Coloquio Internacional sobre Relaciones de Sucesos, Cagliari, 5-8 de septiembre de 2001, Alcalá, Universidad de Alcalá, 2003, págs. 255-270, y en España-Turquía. Del enfrentamiento al análisis mutuo, Actas de las I Jornadas de Historia organizadas por el Instituto Cervantes de Estambul en la Universidad del Bósforo los días 31 de octubre y 1 y 2 de noviembre de 2002, Estambul, Isis, 2003, págs. 83-113. volver
  • (8) Stanislav Zimic, El teatro de Cervantes, Madrid, Castalia, 1992, págs. 53-55. volver
  • (9) Sosa, op.cit., relato 23, págs. 162-173. volver
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