Emilio Sola
Junto a la pertenencia individual a una «fe» —de fides,de donde fidelidad, confianza, confidencia religadoras, hasta el perfil religioso— y a una ley —y una costumbre, como en el «es costumbre entre los turcos» que inicia (AL. pág. 544) la descripción del sistema imperial otomano—,la pertenencia a una «nación».
Es precisamente en la «frontera» mediterránea en donde esas diversas pertenencias se entrelazan y entremezclan de tal manera que permitirían tipificar un «hombre de frontera», y para ello no hay texto más expresivo que el muy citado de Antonio de Sosa/Diego de Haedo sobre la ciudad de Argel, el «reino» de los «turcos de profesión», los denostados «renegados» para los cristianos, que han cambiado de fe y de ley pasando a convertirse en «musulmanes nuevos» o muladíes:4
No hay nación de cristianos en el mundo de la cual no haya renegado y renegados en Argel. Y comenzando de las remotas provincias de Europa, hallan en Argel renegados moscovitas, roxos (sic.), rojaianos (sic.), válacos, búlgaros, polacos, húngaros, bohemios, alemanes, de Dinamarca y Noruega, escoceses, ingleses, irlandeses, flamencos, borgoñones, franceses, navarros, vizcaínos, castellanos, gallegos, portugueses, andaluces, valencianos, aragoneses, catalanes, mallorquines, sardos, corsos, sicilianos, calabreses, napolitanos, romanos, toscanos, genoveses, saboyanos, piamonteses, lombardos, venecianos, esclavones, albaneses, bosnos, arnautes, griegos, candiotas, chipriotas, surianos y de Egipto, y aún abisinios del Preste Juan e indios de las Indias de Portugal, del Brasil y de Nueva España.5
Aunque el italiano y el español —y el austriaco— desaparecen de la enumeración ante la personalidad «nacional» de sus diferentes componentes pudiera decirse regionales o «provinciales», Cervantes no dejó de utilizar el término «español». En el Persiles —en relación con un personaje singular, la Talaverana, adúltera y prostituta que termina enamorando a Bartolomé Manchego— es rotundo al respecto: «¡Bendito sea Dios, que veo gente, si no de mi tierra (Talavera), a lo menos de mi nación: España!» (P. III, 16). O incluso ensayar una tipología temperamental de una nación, tan queridas en la época y relacionadas con los climas y los humores: «Los corteses catalanes, gente —enojada— terrible y —pacífica— suave, gente que con facilidad da la vida por la honra; y por defenderlas entrambas se adelantan a sí mismos, que es como adelantarse a todas las naciones del mundo...» (P. III, 12).6
Los vínculos de la fe, la ley y la nación —y por encima de ellos los vínculos del amor con la dolencia/discordia de los celos—, entreverados por las leyes de la Fortuna, con las «pasiones» muy poderosas que son Ocasión y Necesidad —las tentadoras del cautivo Aurelio de El trato de Argel para que transgreda sus principios y ley en favor de una posible «libertad» (T. III, 1665-ss.)—, prevalecen siempre, constituyen una de las facetas de la realidad.