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El español en el mundo > Anuario 2004 > E. Sola. III
El español en el mundo

Cervantes y el Islam. Sin la luz de la fe

Emilio Sola

4. III

Junto a la pertenencia individual a una «fe» —de fides,de donde fidelidad, confianza, confidencia religadoras, hasta el perfil religioso— y a una ley —y una costumbre, como en el «es costumbre entre los turcos» que inicia (AL. pág. 544) la descripción del sistema imperial otomano—,la pertenencia a una «nación».

Es precisamente en la «frontera» mediterránea en donde esas diversas pertenencias se entrelazan y entremezclan de tal manera que permitirían tipificar un «hombre de frontera», y para ello no hay texto más expresivo que el muy citado de Antonio de Sosa/Diego de Haedo sobre la ciudad de Argel, el «reino» de los «turcos de profesión», los denostados «renegados» para los cristianos, que han cambiado de fe y de ley pasando a convertirse en «musulmanes nuevos» o muladíes:4

No hay nación de cristianos en el mundo de la cual no haya renegado y renegados en Argel. Y comenzando de las remotas provincias de Europa, hallan en Argel renegados moscovitas, roxos (sic.), rojaianos (sic.), válacos, búlgaros, polacos, húngaros, bohemios, alemanes, de Dinamarca y Noruega, escoceses, ingleses, irlandeses, flamencos, borgoñones, franceses, navarros, vizcaínos, castellanos, gallegos, portugueses, andaluces, valencianos, aragoneses, catalanes, mallorquines, sardos, corsos, sicilianos, calabreses, napolitanos, romanos, toscanos, genoveses, saboyanos, piamonteses, lombardos, venecianos, esclavones, albaneses, bosnos, arnautes, griegos, candiotas, chipriotas, surianos y de Egipto, y aún abisinios del Preste Juan e indios de las Indias de Portugal, del Brasil y de Nueva España.5

Aunque el italiano y el español —y el austriaco— desaparecen de la enumeración ante la personalidad «nacional» de sus diferentes componentes pudiera decirse regionales o «provinciales», Cervantes no dejó de utilizar el término «español». En el Persiles —en relación con un personaje singular, la Talaverana, adúltera y prostituta que termina enamorando a Bartolomé Manchego— es rotundo al respecto: «¡Bendito sea Dios, que veo gente, si no de mi tierra (Talavera), a lo menos de mi nación: España!» (P. III, 16). O incluso ensayar una tipología temperamental de una nación, tan queridas en la época y relacionadas con los climas y los humores: «Los corteses catalanes, gente —enojada— terrible y —pacífica— suave, gente que con facilidad da la vida por la honra; y por defenderlas entrambas se adelantan a sí mismos, que es como adelantarse a todas las naciones del mundo...» (P. III, 12).6

Los vínculos de la fe, la ley y la nación —y por encima de ellos los vínculos del amor con la dolencia/discordia de los celos—, entreverados por las leyes de la Fortuna, con las «pasiones» muy poderosas que son Ocasión y Necesidad —las tentadoras del cautivo Aurelio de El trato de Argel para que transgreda sus principios y ley en favor de una posible «libertad» (T. III, 1665-ss.)—, prevalecen siempre, constituyen una de las facetas de la realidad.

  • (4) Diego de Haedo, Topographia e historia general de Argel, Madrid, Sociedad de Bibliófilos Españoles, 1614 (3 vols.). Tras la publicación del libro de Georges Camamis, Estudio sobre el cautiverio en el Siglo de Oro, Madrid, Gredos, 1977, parece clara la autoría de este importante texto de Antonio de Sosa, y a su nombre publicamos J. M. Parreño y E. Sola una parte de esa magna obra, Antonio de Sosa, Diálogo de los mártires de Argel, Madrid, Hiperión, 1990 volver
  • (5) Haedo, op. cit. I, págs. 52-53. volver
  • (6) La reproducción de la puntuación de la cita no es textual, está modificada. volver
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