Emilio Sola
Hay otro texto —de un Cervantes más joven— que puede completar esta visión final y ortodoxa que nos trasmite el Persiles, de la contraposición entre la fe cristiana católica civilizadora y la barbarie. Es breve y está en la novela ejemplar de El amante liberal, cuyo título constituye en sí un verdadero emblema sobre la generosidad del amor. La novela es un despliegue de personajes de frontera y se desarrolla entre Trápani y Nicosia, en las islas —Pantanalea, la Fabiana, Lampedusa— y en el mar mismo, con batallas navales y tormentas. Casi todos los personajes son «musulmanes nuevos» o muladíes —principalmente sicilianos o griegos— y cristianos cautivos, como los protagonistas sicilianos, Ricardo y Leonisa, salvo el Cadí de Nicosia, al que en el texto se le equipara expresamente con los obispos cristianos —«religioso moro» (AL.pág. 549) y «ministro de Mahoma» (AL. pág. 554) se le llega a denominar—, a la vez que se resalta su poder como juez y como hombre de la administración otomana, encargado de hacer el juicio de residencia al Bajá cesante en el traspaso de poderes al nuevo Bajá de Chipre. Es el texto cervantino en el que se ensaya una descripción —hoy sabemos que bastante fidedigna— de la administración otomana, desde la Corte en Estambul, «la Puerta del Gran Señor, que es como decir en la Corte, ante el Gran Consejo del Turco» y «... el visirbajá y... los otros cuatro bajaes menores, como si dijésemos... el presidente del Gran Consejo y oidores», hasta las «provincias» a las que se envían bajaes como «visorreyes». Una administración en la que resalta la compra de «cargos y oficios» —habitual también en la administración de los Habsburgos— en un marco que hoy nos parece de gran modernidad en el que «todo se compra y todo se vende». De alguna manera, un modelo de administración imperial en el que la Justicia en nombre del Sultán está ligada al «ministro de Mahoma» y «religioso moro» que es el Cadí. Una «ley de Mahoma» —frente a la «ley de Cristo»— que podríamos decir que se muestra también «civilizadora» frente a la verdadera «barbarie», como la del bárbaro Bradamiro, «menospreciador de toda ley», del Persiles.
Y es en este contexto, donde el breve fragmento cervantino cobra altura, precisamente a propósito de los hombres de frontera por excelencia en ese mundo de los dos imperios/leyes enfrentados, los corsarios o los «cosarios», como se dice aún en la época preferentemente y escribe Cervantes. Los protagonistas, en su huida hacia la libertad —el grito de «¡libertad, libertad!» surge en el momento álgido de la acción— «temían la insolencia de la gente cosaria, pues jamás la que se da a tales ejercicios, de cualquiera ley o nación que sea, deja de tener un ánimo cruel y una condición insolente».
Insolencia y crueldad «bárbaras» por excelencia, más allá de cualquier ley o nación, relacionadas en este caso como antes se habían relacionado ley y fe.