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El español en el mundo

Cervantes y el Islam. Sin la luz de la fe

Emilio Sola

2. I

Cervantes no habla abiertamente del islam en ningún momento de su obra —mi lectura personal al menos no lo ha captado así—, aunque sí lo hace indirectamente, y en especial de los «musulmanes» y de los «nuevos musulmanes» —o renegados/muladíes—, así como de los «cristianos nuevos» de moro o «moriscos», la desdichada «nación» de los moriscos (Q. II, 63).

Sí habla expresamente de la fe católica, e incluso elabora una síntesis esencial de su contenido —arrancando de la envidia y soberbia de Lucifer y su expulsión del cielo, la creación y redención del hombre para llenar su hueco allí, hasta llegar al Sumo Pontífice, «visorrey de Dios en la tierra y llavero del cielo»—, en un texto admirable y sobrio que supone el adoctrinamiento de Auristela/Sigismunda en Roma, adonde ha peregrinado desde su reino de Tule con ese motivo: «informarse de todo aquello que a ella le parecía que le faltaba por saber de la fe católica; a lo menos, de aquello que en su patria escuramente se platicaba» (P. IV, 5). Más adelante (P. IV, 12) se dice sobre lo mismo «que había hecho voto de venir a Roma, a enterarse en ella de la fe católica, que en aquellas partes septentrionales andaba algo de quiebra...».

La fe católica cristiana, como queda patente a lo largo de todo el Persiles, es vista como contraposición de lo bárbaro, como portadora de civilización, diríamos hoy. La descripción de uno de los personajes del Persiles (P. I, 4) es particularmente significativa: «... un bárbaro, llamado Bradamiro, de los más valientes y más principales de toda la isla, menospreciador de toda ley, arrogante sobre la misma arrogancia y atrevido tanto como él mismo, porque no se halla con quién compararlo». En ese «menospreciador de toda ley» está el contrapunto básico, la negación del otro aspecto de lo católico cristiano, su aspecto de «ley de Cristo» —una ley además de una fe, como la de Mahoma o la de Moisés—. Todo el arranque de la novela última de Cervantes, su síntesis ortodoxa y taimada de la vejez, gira sobre esa contraposición entre lo bárbaro de las islas nórdicas frías y lejanas, por una parte, en donde reinaba el caos y la guerra —«con las uñas se despedazaban y con los puñales se herían sin haber quien los pusiera en paz» (P. I, 4), islas en llamas con frecuencia, «vieron mil diferentes géneros de muerte, de quien la cólera, sinrazón y enojo suelen ser inventores» (P. I, 6)—, y, por otra, la fe y la ley civilizadora y pacificadora, en este caso la fe católica cristiana, así como el amor.

Un texto muy representativo a este respecto culmina una historia ejemplar (P. III, 16-17) en la que el amor acaba con el odio y la venganza de la viuda Ruperta, que trata de matar a Croriano, el hijo del asesino de su marido —«los piadosos cielos te han traído a las manos, como simple víctima al sacrificio, al alma de tu enemigo; que los hijos, y más los únicos, pedazos del alma son de los padres» (P. III, 17)—, pero, finalmente, se enamora de él y termina entregándole su cuerpo y con él su alma: «Triunfó aquella noche la blanda paz desta dura guerra, volvióse el campo de la batalla en tálamo de desposorio; nació la paz de la ira; de la muerte, la vida, y del disgusto, el contento...».

La metáfora amorosa de la «entrega del alma» cobra más significado como metáfora civilizadora/cristianizadora más adelante (P. IV, 10), en boca de Auristela/Sigismunda, cuando piensa llegada la hora de su muerte a causa de un hechizo y se despide de Periandro/Persiles: «Nuestras almas, como tú bien sabes y aquí me han enseñado, siempre están en continuo movimiento y no pueden parar sino en Dios, como en su centro...». Al mismo tiempo, considera a Persiles: «mi enseñador y mi maestro, pues me has traído a esta ciudad [Roma], donde he llegado a ser cristiana como debo».

Tal vez ése sea uno de los mensajes principales, mensaje último y premeditado así por Cervantes, y no es raro que esta novela —de la que se sentía orgulloso el autor como planteamiento literario— fuese considerada por Antonio Vilanova como novela arquetípica de la Contrarreforma, un nuevo modelo novelístico que podía significar la cristianización definitiva del viejo modelo de la novela bizantina —de Heliodoro de Éfeso y Aquiles Tacio principalmente—, tan en boga en el siglo xvi sus traducciones humanísticas de gran prestigio.3

  • (3) Antonio Vilanova, Erasmo y Cervantes, Barcelona, Lumen, 1989, págs. 330-333. volver
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