Michel Moner
La diferencia entre traducción y adaptación no siempre resultó bien clara en las versiones francesas del Quijote o de alguno que otro de sus episodios. Basta con hojear los catálogos bibliográficos, en los que se mencionan a bulto traducciones, adaptaciones, imitaciones, antologías y hasta manuales escolares para darse cuenta de esa dificultad en encontrar criterios discriminatorios. Bien es verdad que las mismas estrategias autoriales o editoriales no siempre resultan muy claras ni del todo deontológicas: antes intentan abusar del lector, a quien se pretende engatusar a base de títulos más o menos engañosos.
Amén de las ediciones «piratas», que no vienen al caso, y de la segunda parte fraudulenta del seudónimo Fernández de Avellaneda, que tuvo cierta posteridad en Francia, gracias a Lesage,8 la historia de las estafas editoriales de menor o mayor cuantía que se realizaron a la sombra de la obra maestra queda todavía por hacer. Un repaso sumario de las supuestas «traducciones» permite al respecto hacerse una idea de los procedimientos y estratagemas utilizados por los que no son en realidad sino meros adaptadores: unas veces se reduce la historia de don Quijote a unas cuantas aventuras, entre las más llamativas o tópicas, otras veces se condensan o se pasan por alto capítulos enteros, y no faltan ejemplos en que se trastorna el ordende los episodios o se engastan nuevos materiales narrativos.
Entre los casos de reescritura que merecen la pena mencionarse, figura la «traducción» de Filleau de Saint-Martin (1677), en la que el trad uctor (a no ser que se trate de un simple imitador, Robert Challes, que tomara cartas en el asunto) se convierte solapadamente en adaptador y continuador de la obra maestra, en una edición «ampliada» que apareció en París en 1771.9 La estratagema adoptada es sumamente ingeniosa, aunque un tanto desvergonzada, ya que el ingenuo lector no puede detectar la estafa, como no conozca ya de antemano el original cervantino. El toque está en hacer caso omiso del capítulo 74 de la segunda parte, para eliminar así el inconveniente de la muerte del protagonista y seguir, por lo tanto, adelante con una improvisada «tercera salida» de don Quijote. Ahora bien, no por ser apócrifa dicha «continuación» carece de gracia e ingeniosidad: todo lo contrario. En realidad, se trata de una suerte de pastiche en el que se retoman y barajan episodios conocidos de la obra maestra, perfectamente reconocibles, a través de un discreto juego de homologías y contrastes. Ejemplo de ello es cómo el episodio del encuentro de don Quijote con los leones (II, 17) se convierte bajo la pluma del imitador en un encontronazo con avestruces (lo que da lugar a un malicioso juego de palabras autruche/maison d'Autriche), en el que el protagonista ya no es don Quijote, sino Sancho Panza, mientras que los avestruces, muy al revés de los pacíficos leones ideados por Cervantes, se muestran tan agresivos como para dar con Sancho Panza en el suelo, con la cabeza llena de picotazos.10
Finalmente, huelga decir que no se puede cerrar este apartado sobre la novelización de Don Quijote en Francia, sin mencionar Le berger extravagant, de Charles Sorel (1627-1628),11 en el que se metamorfosea al caballero andante en un pastor ridículo, conforme a la pista abierta por el propio Cervantes en su Don Quijote (II, 67).
Las adaptaciones de Don Quijote para el teatro arraigan en una larga tradición que se remonta al siglo xvii. Cabe mencionar, entre las más destacadas, las obras teatrales en versos de Guyon Guérin de Bouscal (París, 1639-1640), a quien debemos también una comedia sobre el gobierno de Sancho en Barataria (1642).12 Ahora bien, ha sido el siglo xx tal vez el más prolífico, en cuanto a la producción teatral inspirada por la obra maestra. Por cierto, no todas las obras merecen pasar a la posteridad; pero representan un conjunto nada despreciable, por la diversidad y la riqueza de sus planteamientos, sin contar con auténticos y exitosos logros, como la inolvidable adaptación de Yves Jamiaque, llevada a la escena por Jean-Paul Le Chanois, con Philippe Clay en el papel de don Quijote (1965), y la no menos espléndida creación de Serge Ganzl (1977), presentada en el festival de teatro de Aviñón, con el comediante Rufus, en el papel de don Quijote, y Pierre Santini, en el de Sancho Panza.13
Por supuesto, las adaptaciones teatrales, como las novelescas, no dejan de aprovechar las potencialidades cómicas de la obra, si bien éstas se plasman en las peculiaridades del lenguaje teatral. Así, por ejemplo, la aventura de los molinos de viento da lugar, en la adaptación de Georges Berdot (1989), a un gag audiovisual, nada original, pero de evidente eficacia cómica, ya que, después de oírse gran estruendo entre bastidores, sale don Quijote titubeando a la escena, con un aspa de molino encastrada a medio cuerpo.14 Estos elementos farsescos no eliminan del todo el interés por otros aspectos de la obra, siendo uno de ellos la transposición teatral de los diálogos y el cuestionamiento de la peculiar relación entre don Quijote y Sancho Panza. En el Don Quichotte de Maryse Lefebvre (1993), ambos protagonistas se distinguen por el uso de determinados modos y tiempos verbales (don Quijote habla en futuro de indicativo y Sancho en condicional), mientras que en el espectáculo teatral de Dau y Catella (2000), Mais qui est don(c) Quichotte?, el espectador se lleva la sorpresa de encontrarse frente a un don Quijote bajito y rechoncho que tiene que vérselas con un Sancho Panza alto y flaco.15
Entre los temas y problemas de mayor alcance que interesan a los dramaturgos, cabe mencionar la cuestión de la justicia y de la defensa de los débiles, que se plantea a través de varios lances y episodios de la novela, como el de los azotes de Andrés (I, 4), o el de la liberación de los galeotes (I, 22), siendo éste probablemente el que más inspiró a los dramaturgos. Ambos episodios dan lugar a una escenografía bastante sofisticada en L'ingénieux hidalgo Don Quichotte, de Georges Berdot (1989), en el que son los propios espectadores los que actúan de galeotes y son «liberados» por don Quijote.16
La locura del protagonista es otro de los temas privilegiados en las adaptaciones teatrales. Entre los episodios más llamativos, cabe citar, amén de los habituales casos de «alucinación», como el de la pelea contra los molinos (I, 8), o contra el rebaño de carneros (I, 18), el encuentro con los comediantes de «Las Cortes de la Muerte» (II, 11) y el de la estancia en el palacio de los Duques (II, 30-57), donde la locura se relaciona con la figura del bufón. Ni que decir tiene que las potencialidades histriónicas de la figura la predisponían a que los dramaturgos echaran mano de ellas para llevarla a la escena. Y de hecho, no faltan adaptaciones teatrales de estos episodios carnavalescos, aunque no todos cortados en el mismo paño. Las más antiguas suelen, por lo general, ridiculizar a los dos protagonistas, que se convierten en «truhanes», como lo temía el propio don Quijote, según consta en el texto cervantino (II, 31).17 Las más recientes, en cambio, parecen marcar un desplazamiento del blanco de la risa hacia los que pretenden burlarse de don Quijote y Sancho. Es la postura adoptada por Nele Paxinou (1992), en su Don Quichotte, en el que se valora sistemáticamente el comportamiento de don Quijote y Sancho, en la aventura de «Las Cortes de la Muerte», así como en los episodios sacados de la estancia en el castillo de los Duques.
Por fin, la propia muerte de don Quijote da lugar a un amplio abanico de desenlaces sumamente reveladores de la diversidad de lecturas que suscitaron las locas aventuras de don Quijote y su final tan prosaico. La vuelta a la razón y su coincidencia con la muerte del hidalgo, o bien suscitan la reprobación, como en el Don Quichotte de Jean-Luc Bosc (1993), o bien se representan en la forma más fugaz y subrepticia, como en Quijotypanza, por ejemplo, de Vincent Bady (1993), o en Quichotte, de Maryse Lefebvre (1993), donde una breve didascalia da la acción por concluida (Il meurt), a imitación de la fría despedida del narrador de Don Quijote: «quiero decir que se murió» (II, 74). Como si la contrición del protagonista y su consecutiva muerte no tuvieran más cabida ni más espacio que el de un mero signo de puntuación: el insoslayable e irritante punto final del desenlace. Es significativo, desde esta perspectiva, que la mayoría de las adaptaciones teatrales francesas haya recogido, al parecer, este indefectible apego a don Quijote y este rechazo solapado de Alonso Quijano. L'ingénieux hidalgo Don Quichotte, de Georges Berdot (1989), constituye, desde este punto de vista, un ejemplo meridiano, al cerrarse la obra con el gesto furioso de un muchacho que acaba desgarrando las últimas páginas del Quijote y que exclama: «Pourquoi qu'il est devenu fou à la fin ?.18 No es menos sorprendente, al respecto, el final del Don Quichotte de François Joxe (1990), donde el protagonista se niega a renunciar a sus ideales y se encara con la propia muerte con equívocas palabras de desafío: «Et viva la muerte!».19
Las adaptaciones musicales (óperas, operetas, ballets y demás poemas sinfónicos) tampoco faltan, por supuesto, en la recepción del Quijote en Francia. Todo lo contrario: antes merecen un estudio aparte que no cabe en esta breve reseña dedicada a la literatura. Baste con recordar, a modo de botón de muestra, el Don Quichotte de Massenet, y la comedia musical de Jacques Brel, L'homme de La Mancha, creada en Bruselas en 1967, y representada en París, al año siguiente, ambas bien conocidas y representativas de una recepción «musical» que oscila entre lo cómico y lo patético y llega a abarcar a todos los públicos.20
Junto con el teatro, es probablemente en el campo de la literatura infantil y juvenil donde El Quijotetiene el mayor número de traslaciones y adaptaciones, si bien el mismo texto de Cervantes, en algunas de sus traducciones, llegó a considerarse como un libro para niños o adolescentes.21 No es de extrañar por lo tanto que la obra tuviera amplias repercusiones en el registro de la literatura infantil, en la que se utilizan y aprovechan los materiales de la fábula cervantina, con miras y propósitos bien determinados. Uno de ellos, por supuesto, procede de las potencialidades cómicas y gráficas de los personajes, tanto más fáciles de transformar en peleles cuanto que el enlace con el mundo de las marionetas queda poco menos que evidente en el mismo texto de Cervantes, con la desopilante representación del retablo de maese Pedro (II, 26). Cantidad de adaptaciones, que presentan un marcado carácter recreativo se publican así en forma de libritos o álbumes, editados en colecciones como la de La bibliothèque rose illustrée (Hachette), por ejemplo, no siempre fáciles de rastrear en las recensiones bibliográficas, ya que, hasta una fecha relativamente reciente, la literatura infantil y juvenil no se ha considerado como material de investigación y estudio. Es muy revelador al respecto que no se mencione adaptación alguna del Quijote para el público infantil o juvenil en el monumental estudio de Maurice Bardon.22 Bien es verdad que algunos catálogos y compendios bibliográficos incluyen la literatura infantil, pero así y todo, queda poco menos que evidente que no se le dedica en ellos la merecida atención. Ejemplo de ello es cómo la Bibliografía crítica de Suñé Benages (1917), en la que se registran las traducciones del Quijote a diferentes idiomas, cuenta con menos de treinta fichas (sobre un total de doscientas treinta traducciones al francés) dedicadas a ediciones para la juventud.23 Lo cual es poquísimo y probablemente muy por debajo de la realidad editorial, cuanto más si se incluyen en esta lista las adaptaciones moralizadoras, o simplemente educativas o pedagógicas, controladas por la Iglesia, o patrocinadas por las instituciones públicas.24
No cabe duda de que el valor educativo de la obra de Cervantes se consideró desde el principio tan importante como su valor recreativo. Es significativo, desde este punto de vista, que se haya arriesgado la hipótesis de que el propio nieto de Luis XIV, el duque de Anjou, que iba a ser rey de España, bajo el nombre de Felipe V, llegara a componer, a los 10 años de edad, una «continuación» de las aventuras de don Quijote.25 Y no menos significativo, por supuesto, que el libro de Cervantes haya pasado a la categoría de manual para enseñar la lengua española en los colegios, como es el caso, por ejemplo, de la antología de Morceaux choisis avec notes et questionnaires, publicada por Th. Alaux, quien, tal y como recoge de manera explícita el propio volumen, era profesor del Lycée de Burdeos.26 Huelga decir que las escasas huellas de esta producción que pueden rastrearse en las bibliografías cervantinas no reflejan en absoluto la realidad estadística de este tipo de difusión. En primer lugar, porque, como ya se ha dicho, no son de fiar las recensiones bibliográficas y, en segundo lugar, porque no se sabe cuántos ejemplares se sacaron en las diferentes tiradas y reediciones de esas «traducciones» o «adaptaciones», aunque no faltan indicios para apoyar la hipótesis de que la recepción del Quijote en el sistema educativo francés debió de dar lugar a una actividad editorial considerable. Basta escudriñar, en efecto, en los fondos de cualquier librería de viejo, para encontrar cantidad de reliquias de ediciones y reediciones del siglo xix, o principios del xx, que atestiguan que muchas de ellas fueron objeto de varias y numerosas tiradas.27
Es probable que las cosas hayan cambiado en estos últimos decenios, con la diversificación y la proliferación de nuevos personajes en el campo de la literatura infantil, procedentes del cómic, del dibujo animado o de la televisión. Lo cierto es que, en una reciente recensión publicada por la Universidad Blaise Pascal, de Clermont-Ferrand (2003), apenas se registran una docena de ediciones del Quijote dedicadas a un público infantil o juvenil, lo cual tampoco debe corresponderse con la realidad editorial.28 Dichas ediciones presentan una gran variedad de formatos y de opciones en cuanto a la mayor o menor fidelidad al texto original, si bien todas coinciden en abreviarlo, hasta quedarse, en algunos casos, con unas pocas páginas. Entre las que mantienen la división del texto en partes o capítulos, cabe mencionar el espléndido Don Quichotte ilustrado por Gilles Rapaport (París, 1993), a partir de la traducción de Florian, en el que se reduce la historia a unos 26 capítulos (17 para la primera parte y 9 para la segunda).29 Pero, si bien es verdad que sus abundantes ilustraciones polícromas convierten el álbum en una pequeña obra de arte, el trabajo del adaptador y la traslación del texto deja mucho que desear. Claro ejemplo de ello es cómo el hidalgo Alonso Quijano cambia inexplicablemente de nombre: «Il s'appelait Quixaro» (pág. 3), o cómo la palabra «lana» (en francés: «laine») del refrán «ir por lana y volver trasquilado», se cambia por la palabra «odio» (en francés: «haine»), en una traducción que no deja de resultar algo superrealista: «Qui va chercher la haine revient quelquefois tondu» (pág. 34). Añádase a esto que, en algunos pasajes, las inexactitudes del texto inducen al dibujante a incurrir a su vez en notables deformaciones.30
Entre las adaptaciones que prescinden de las divisiones internas es de señalar el curioso y, al parecer, poco conocido Don Quichotte de la Manche, de Joseph Groussin (1933), también notable por sus ilustraciones ingenuas y su tipografía adaptada a lectores jóvenes.31 El adaptador consiguió compactar el texto en un continuum de 158 páginas, en las que caben casi todos los episodios del original, aunque no siempre en el orden cronológico. Basta con hojear el libro, sin embargo, para darse cuenta de que las modificaciones introducidas no son nada arbitrarias. Ejemplo de ello es como se elimina la novela de El curioso impertinente (I, 33-35), poco apropiada para un público juvenil. Pero no por eso se suprime el episodio de los cueros de vino, que viene «intercalado» en ella, a modo de paréntesis quijotesco, en la versión original (I, 35). El sagaz adaptador lo recoge, en efecto, para trasladarlo a continuación del episodio de Maese Pedro en el que las desaforadas cuchilladas de don Quijote a los cueros de vino vienen a hacer contrapunto a los no menos desgraciados altibajos que destrozan las marionetas del titiritero.32
Muy diferente es, al respecto, la adaptación de Colette d'Orgeval, Ce fou de Don Quichotte (París, 2001), aunque comparte con la precedente la opción de no recortar el texto en partes y capítulos. Se trata de una versión abreviadísima, por el tamaño (12,5´16,5) y sobre todo por el número de páginas, ya que el texto apenas alcanza unas ocho paginitas de 13 a 16 renglones, que alternan con otros tantos grabados polícromos de indudable calidad artística.33 La autora exalta la figura de un don Quijote extravagante, bondadoso e incurable soñador: cuenta cómo lo encontró en un libro antiquísimo («un très, très vieux livre») y cómo se convirtió en su amigo.
Esta formidable pujanza de la imagen que se observa en la literatura infantil no es privativa de las ediciones para la juventud. La recepción del Quijote en Francia ha sido marcada, como se sabe, por grandes ilustradores que han contribuido de manera considerable a desdibujar las figuras de don Quijote y Sancho, hasta convertirlos, en el caso de Gustave Doré, en auténticos estereotipos.34 Asimismo la televisión y el cine han enriquecido la imagen de don Quijote y Sancho con nuevas facetas, sin que éstas llegaran sin embargo a modificarlas notablemente en la mente del público francés: como si las figuras emblemáticas del gran texto cervantino se resistieran a encarnarse en los rasgos de un actor de carne y hueso. Pero ello no quita que el Quijote de las pantallas tenga a su vez impacto en el entorno cultural y siga despertando el mayor interés del otro lado de los Pirineos. Resulta significativo al respecto que la última tentativa cinematográfica, con participación del actor francés Jean Rochefort, en el papel de don Quijote, aunque fracasada, ha tenido gran repercusión en las páginas francesas de la Web, donde sigue alimentando debates y hasta polémicas.35 Allí es donde probablemente, entre los innumerables repliegues de la Red, se está forjando la figura de un Quijote sin fronteras, que parece destinado a escaparse sin retorno de la jaula de su libro, para perpetuar, en los horizontes electrónicos del ciberespacio, las aventuras de la inolvidable pareja.