Michel Moner
Por más que resulte sorprendente, la traducción del Quijote de 1605 por César Oudin y la de la segunda parte de 1615 por François de Rosset no llegaron a mejorarse de manera significativa hasta que salió, ya bien entrado el siglo xix, la esmerada e insoslayable traducción de Louis Viardot (1836). Bien es cierto que tampoco son nada despreciables las traducciones de Filleau de Saint Martin (1677-1678) y de Florián (1799), pero aunque resulten más amenas y probablemente más logradas, en cuanto a sus cualidades literarias, no por eso dejan de adolecer de graves defectos —amén de los inevitables errores y distorsiones que conlleva cualquier translación—, por las excesivas libertades que se toman los traductores con el texto cervantino.5 Dicho en otras palabras, cabe reconocer que la traducción de Don Quijote en Francia no suscitó ninguna labor de fondo, ni llegó a cuajar en ninguna edición sobresaliente (con notable excepción de la de Viardot), después de las traducciones «históricas» de Oudin y de Rosset, durante más de tres siglos.
En los primeros decenios del siglo xx fue cuando se realizaron traducciones con nuevos criterios editoriales, más rigurosos, por lo general, y con mayores exigencias en cuanto al sentido literal. Cabe destacar entre ellas, las de Jean Labarthe y Xavier Cardaillac (1923-1927), Jean Babelon (1929) y Francis de Miomandre (1935), que gozaron en su tiempo de cierto prestigio entre los cervantistas y contribuyeron —con fortunas y méritos diversos— a poner El Quijote al alcance de los lectores galos,6 aunque a todas esas traducciones se adelantó la que realizó Jean Cassou (1949) para la prestigiosa colección La Pléiade. Con todo, es significativo que tampoco llegara el ilustre hispanista a una revisión en profundidad de las primeras traducciones del Quijote. En realidad, y por más paradójico que parezca, Jean Cassou ni siquiera reivindicó la paternidad de tan famosa traslación, sino que tan sólo la publicó como una nueva edición, por supuesto «revisada y enmendada» de la traducción de Oudin y de Rosset.7 Así fue como se cerró, en cierto modo, el círculo de las traducciones «históricas» del Quijote.
La que sí, en cambio, contribuyó a renovar la recepción del texto cervantino en Francia fue la traducción de Aline Schulman (1997), publicada sin notas, ni aparato crítico. El concepto, nada nuevo (si se compara con traducciones anteriores, y especialmente con las de Viardot o de Babelon), corresponde al parecer a una demanda del público (¿y de las casas editoriales?), que no es propia del mercado francés del libro, sino que refleja, al parecer, las preocupaciones hedonistas de un lectorado al que se supone cada vez más ávido de solaz y recreo, y fuertemente alérgico a todo lo que huela a erudición y trabajo universitario. La traducción de Aline Schulman consigue sin embargo sortear el escollo, ya que supo aprovechar atinadamente las aportaciones de la crítica e incluirlas entre los renglones de su amenísima y elegante traducción, si bien ésta adolece de las inevitables «infidelidades» deliberadas que presupone este tipo de proyecto editorial.
Muy diferente ha sido la última traducción que salió a luz, junto con la de La Galatea, en la colección La Pléiade, bajo la dirección de Jean Canavaggio (2001), en uno de los dos tomos dedicados a la obra narrativa de Cervantes. Conforme a los criterios editoriales de la colección, los traductores (Jean Canavaggio, Claude Allaigre y, en una mínima parte, el autor del presente artículo) intentaron preservar en ella un difícil equilibrio entre el rigor del trabajo universitario, y la necesidad de poner al alcance del público francófono un texto amenizado y limpio de arcaísmos, así como de cualquier alarde de farragosa erudición, sin dejar de facilitar al curioso lector los datos imprescindibles para la inteligencia del texto, en todos sus aspectos, literarios, históricos y culturales. Dicha traducción es a su vez la primera que llegó a aprovecharse de la enorme labor ecdótica realizada en torno a la obra maestra de Cervantes, en el último decenio del siglo xx, y especialmente de los materiales y aportaciones de la enjundiosa edición crítica del Quijote publicada por el Instituto Cervantes y la editorial Crítica, bajo la dirección de Francisco Rico (1998). En una palabra, fue la primera en realizarse a partir de un original ya limpio (hasta donde se puede alcanzar) de buena parte de sus dudas y erratas.