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El español en el mundo

El Centro Virtual del Instituto Cervantes (1997-2003) como propuesta y como modelo para la difusión del español en la red

Andrés Elhazaz Molina y Miguel Marañón Ripoll

2. Introducción

El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre,
y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.

No estamos hablando de Macondo, sino de Internet. En este mundo sorprendente y fantástico un finlandés se puede comunicar con un turco a vuelta de correo electrónico; un madrileño puede leer un periódico de Bogotá en el momento exacto de su publicación; desde Valparaíso se puede adquirir una botella de moscatel en Málaga; y un peruano, un argentino, un ecuatoriano y un español pueden mantener, desde sus respectivos países, un animado debate sobre si su idioma común se llama español o castellano. Sentado ante su ordenador, el Curioso Impertinente puede jugar a ser el Diablo Cojuelo, destapando, por «arte diabólica», los techos de los edificios, no sólo de Madrid sino del mundo entero, o creerse el Magistral que «no se daba por enterado de cosa que no viese a vista de pájaro, abarcándola por completo y desde arriba».

Sin embargo, da la impresión de que el mundo real, el de siempre, el de todos los días, el que conocimos desde nuestra infancia sigue girando impertérrito, mientras que el otro mundo, el nuevo, el que la Real Academia no sabe si identificarlo con mayúscula o con minúscula, es como un mundo espejo que refleja el mundo real, pero sin llegar a tener una plena existencia. Hasta tal punto es así que se suele hablar de mundo virtual —en oposición a efectivo o real; implícito, tácito; que tiene existencia aparente y no real.

Así no es de extrañar que en las primeras aplicaciones educativas por línea, cuando alguien diseñaba un «campus virtual» no se olvidaba en modo alguno de insertar en él una secretaría, una jefatura de estudios y hasta una cafetería, para después cumplir con el engorroso trámite de proporcionar contenidos introduciendo fotocopias ordenadas de forma secuencial; tampoco lo es que el icono más repetido en una tienda virtual sea un carrito para transportar las compras hasta la caja. Tal parece como si existiera un angustioso horror al vacío que nos impidiera prescindir de nuestros seguros asideros y lanzarnos a caminar por ese otro mundo tan real como distinto utilizando sus propias reglas. Pero ¡qué decimos! Si tal vez esas reglas aún no existen, y si existen, aún no tienen nombre, y si tienen nombre, no sabemos cómo utilizarlas.

Pero ¿cómo romper ese círculo vicioso en el que el mundo virtual refleja al real, que, a su vez, acaba irremisiblemente por transformarse en el reflejo del reflejo? Posiblemente no quepa otra solución que tirar el tenderete. Antes de que se nos acuse de iconoclastas, lo que no sería justo ante la poca merecida autoridad en este campo de la mayoría de los maestros, normas y modelos, conviene aclarar en qué consiste la destructiva propuesta, tal vez por la vía del ejemplo. Supongamos que queremos ofrecer al ciudadano un servicio de información a través de Internet. Para empezar aniquilemos el concepto de ventanilla. De la expresión ventanilla única más vale ni hablar. ¿Se imagina alguien a un vetusto burócrata con manguitos emergiendo ferozmente de una única y angosta ventanilla flotando amenazadora en la página web para ordenar a todos los postulantes de una larga cola a volver al día siguiente? Retrocedamos en la noche de los tiempos y digamos: Si pudiéramos partir de cero y contáramos con un lugar maravilloso donde todo el mundo pudiera entrar, a cualquier hora del día o de la noche, libremente y sin identificarse para preguntarnos cómo hacer las cosas y nosotros lo supiéramos, ¿cómo lo organizaríamos? ¿Exigiríamos al peticionario que rellenara un prolijo formulario? ¿Desplegaríamos un complejo organigrama en la pantalla?

Abramos las puertas a la imaginación. No se trata de retorcer la realidad preexistente para introducirla con calzador en un medio nuevo, sino de valorar las posibilidades de ese medio en relación con el hecho concreto e intentar limpiar el fondo de la cuestión de todas las ataduras formales que, a lo largo del tiempo, han ido embrollando el objetivo real que se pretendía. Concretemos. El Instituto Cervantes enseña la lengua y difunde la cultura. Si el objetivo es enseñar al que no sabe, matricular, pasar lista, examinar y expedir un título son aspectos formales, que aparecen como necesarios si hay que acreditar que el que no sabía ya sabe. ¿Y si no nos preocupa que se produzca esa acreditación? Las aulas, los pupitres, el material, el transporte escolar, la secretaría, la biblioteca, el comedor y la cafetería del centro son elementos que pueden ser imprescindibles si hay que reunir a los alumnos en grupos para que el profesor pueda entrar en contacto directo con ellos. ¿Y si los alumnos pueden relacionarse con el profesor y, en su caso, con otros alumnos, sin necesidad de salir de su casa? Podríamos partir de la premisa de que lo único imprescindible es el alumno y, tal vez, el profesor. Pongamos en marcha ahora la tremenda fábrica de relaciones en que se ha convertido Internet y usemos su ilimitada capacidad de proporcionar información y obremos en consecuencia. Los resultados pueden ser impredecibles.

Demos un paso adelante. Lo que queremos es enseñar español a cualquier alumno de cualquier lugar del mundo —y divulgar la cultura hispánica, dicho sea de paso—. Lo que se pone en marcha en el año 1991, con un criterio correcto y adecuado a las posibilidades del momento es un Instituto que sitúa centros en todo el mundo. Son edificios con aulas, biblioteca y sala de exposiciones. Se les dota del personal necesario, fundamentalmente docente y se abre la matrícula. El éxito es innegable. Años después el Instituto Cervantes dispone de un número importante de centros donde acuden miles de alumnos y goza de un bien ganado prestigio. Situémonos ahora en el año 1997. Se tiene ya la sensación de que nunca serán suficientes los centros que se abran, porque la demanda del español crece aceleradamente. Internet empieza a ofrecer ya un abanico importante de posibilidades y se decide crear un centro más, un centro que opere en la Red, que abarque el mundo entero y que esté abierto día y noche, días laborables y festivos. A finales de 1997 nace el Centro Virtual Cervantes.

Recordemos argumentos precedentes. Irremediablemente el Centro Virtual nace como un trasunto de un centro —da igual que sea el de Londres, o el de Roma, o el de París—. Tiene por tanto su aula de lengua, biblioteca, sala de exposiciones, etc. Si se visita virtualmente el Colegio del Rey de Alcalá de Henares, sede física del CVC,1 se podría tener la sensación de estar paseando por el centro de Bremen, o el de Mánchester. Quizá fuera necesario, en ese primer momento, acudir a tal subterfugio. Pero no pasó demasiado tiempo sin que el Centro Virtual comenzara a tener opiniones propias y decidiera, pese a su nombre, transformarse en algo real. Entendámonos. Los objetivos son, como no puede ser de otra forma, los fundacionales. Pero el medio condiciona la forma de realizar tales objetivos. La portada del CVC reza en letras destacadas: La ventana a la lengua española y a las culturas hispánicas. ¿Qué quiere decir esto? Que se van a utilizar todas las posibilidades de Internet. Pongamos un ejemplo. Lo que podríamos llamar la biblioteca del CVC se compone en primer lugar de una sección denominada Obras de referencia donde se pueden encontrar, entre otras cosas, la edición de Don Quijote de la Mancha, realizada por el propio Instituto Cervantes y dirigida por el profesor Francisco Rico, las Actas de los Congresos de la lengua española de Sevilla, Zacatecas y Valladolid o los Anuarios del Instituto. Pero si entramos en el Oteador, tendremos la ocasión de encontrar las mejores direcciones sobre lengua española y cultura en español de la Red, seleccionadas y revisadas por un equipo de profesionales, y, visitando dichas direcciones, llegar a un número inimaginable de referencias de todo tipo. El Buscador panhispánico, que se pondrá en marcha a lo largo de 2004, potenciará estas posibilidades de una forma extraordinaria.

Transformar nuestros centros de todo el mundo, de Estambul a Manila, o desde Chicago hasta Moscú, en lugares de encuentro es un deseo a veces incompleto, por la falta de espacios adecuados, por la complejidad de las comunicaciones o por la disparidad de los horarios. El CVC es el mayor lugar de encuentro para los interesados en la lengua española y su didáctica, en las culturas hispánicas e incluso en las nuevas terminologías de la informática y las comunicaciones. A través de sus foros se ha transformado en una auténtica plaza mayor. Los foros se han consolidado como sistemas de comunicación ricos y variados en los que la espontaneidad de los intervinientes remeda en la realidad el didactismo de los clásicos y ficticios colloquia.

Todo un capítulo aparte merecería lo referente a la enseñanza de la lengua española. Desde sus comienzos, y dentro de la sección denominada Aula de lengua, el CVC apostó por ir incorporando materiales didácticos que pudieran servir de apoyo a los profesores de español repartidos por todo el mundo. Más adelante, describiremos con detalle el gran número de recursos didácticos existentes y que van desde juegos interactivos —Rayuela—, a consejos para la enseñanza de la lengua —DidactiRed y su Didactiteca—, pasando por lecturas graduadas —Lecturas paso a paso—, materiales didácticos específicos para niños de 7 a 9 años —Mi mundo en palabras— o un original experimento para el perfeccionamiento de los estudiantes de traducción de inglés, francés o portugués al español —El atril del traductor—. Sin embargo, entre los fines fundacionales del CVC estaba ya el germen de un curso de español a través de Internet que, lógicamente, debería ser el núcleo duro de la apuesta del Instituto Cervantes por la Red de redes.

El presente trabajo analizará retrospectivamente los diferentes ámbitos en los que se ha desenvuelto el proyecto en una reflexión sobre el tipo de función que un centro virtual dedicado a las culturas hispánicas ha de desempeñar.

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