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El español en el mundo

La novela española de los últimos veinte años: ¿una comedia ligera?

Constantino Bértolo

6. A modo de conclusión: una comedia ligera

Apenas acaba de terminar el siglo xx (recuerden: aquel que denigró toda la novela del siglo anterior bajo el despectivo rótulo de «novela decimonónica») y a la tentación de balance hacia el que la fecha de fin de milenio parece inclinarnos se suma la propensión, semejante, hacia la profecía que el inicio de otro suscita. Tratando de evitar ambas tentaciones me van a permitir que proponga dos conclusiones si no divergentes no fácilmente casables. Una de cal y otra de arena (y final).

No sabemos cómo leerán la historia literaria de la novela española de estas dos décadas los estudiosos futuros, porque no sabemos desde qué parámetros ideológicos y estéticos la leerán, ni estamos muy seguros de que lo que hoy llamamos literatura y novela mantenga una identidad reconocible en un futuro más o menos lejano. Pero podemos arriesgar la opinión de que, si en su mirada se mantienen registros parejos en algún grado a los que hoy nos hacen valorar los textos literarios —tanto en razón a su valor significativo respecto al tiempo social en que aparecen, como en razón a la exigencia interna de rigor y oficio que cualquier actividad humana conlleva, y más si atañe a ese tipo de actividades de alta complejidad que llamamos artísticas—, cabe pensar que no dejarán de ponderar en su recuento la presencia de algunas novelas o autores que nos parecen difícilmente desechables. Obras como El testamento de Yarfóz, de Sánchez Ferlosio, Herrumbrosas lanzas, de Juan Benet, Antagonía, de Luis Goytisolo, Un día volveré, de Juan Marsé o Largo noviembre de Madrid, de Juan Eduardo Zúñiga. Cabe también pensar que sopesarán la «nueva narrativa» y acaso la integren en un más amplio título de «narrativa de la democracia» como un momento de giro narrativo en el que una sociedad que elige un nuevo y menos heroico proyecto colectivo necesita construir un espejo narrativo más autogratificante que riguroso. Y ahí cabe a su vez esperar que por su significación o relevancia hagan mención de obras como La ciudad de los prodigios, Belver Yin, El jardín vacío, Los mares del Sur, El expediente del náufrago, Los aires difíciles, Amado monstruo, Corazón tan blanco, Cristales, Obabakoak, El metro de platino iridiado, La buena letra, Lo peor de todo, El mal de Montano, La casa del padre, Lo real, Belinda y el monstruo, El Sur, Mi hermana Elba... Acaso alguna más porque la onda narrativa que nace en los ochenta aún no ha finalizado. Seguramente alguna menos porque el paso del tiempo si no garantiza mejor criterio sí mejor perspectiva. En todo caso ejemplos suficientes del dinamismo (más o menos lábil) de nuestra novela actual, de su salud (al menos editorial y mediática), de su papel activo (¿la actividad de lo ecléctico?) en nuestra escena (escaparate) cultural.

Para la conclusión de arena (y final) necesito hablar de una novela que sentiría no reclamase la atención de esos imaginarios lectores del futuro. Me refiero a Una comedia ligera de Eduardo Mendoza. Como recordarán la novela se inicia con una descripción irónica de la sociedad española de posguerra que refleja un mundo autosatisfecho:

Tampoco faltaban infortunados que, no habiendo conseguido trabajo y no pudiendo permitirse ni siquiera una de aquellas barracas cochambrosas, merodeaban por las calles practicando la mendicidad y dormían bajo los bancos públicos o en el interior de los camiones estacionados en las afueras. Pero estos pequeños contratiempos no bastaban para alterar la buena marcha de la ciudad, ni la callada conformidad de sus gentes, dispuestas a comprar el reposo a cualquier precio.9

El protagonista es un escritor dramático, Prullás, que ha escrito una nueva obra, Arrivederci, pollo, que se está ensayando para su estreno. Es una obra ligera con estructura policíaca, con mucho suspense, y el autor es consciente de que, aun no siendo la obra muy buena, con un buen montaje se puede arreglar: «con el material más deleznable hemos acabado levantando un éxito». Defiende su obra porque la trama es ingeniosa, el desenlace es sorprendente y utiliza para lograr la amenidad las infalibles gracias clásicas de las figuras estereotipadas, la de un tartamudo y semejantes.

El comienzo de la acción coincide —lo sabemos a través de las noticias que aparecen en los periódicos que ojea el protagonista— con el inicio de los juicios de Núremberg, y en concreto con el proceso entablado contra el industrial Krupp por haber puesto su colosal industria, sus dotes y su ingente fortuna al servicio de una mala causa. También sabemos que el autor protagonista lee con fruición novelas policíacas y muy especialmente novelas de Simenon.

Prullás se ve cuestionado por su habitual director de escena, que está un poco harto de los bodrios teatrales que aquél escribe, y piensa que es necesario cambiar, hacer otro tipo de teatro, más ligado a los problemas reales de la gente. Nuestro «héroe», el escritor de comedias de enredo y crimen, no está de acuerdo. Él no quiere ni manipular los sentimientos ni alterar la visión de la realidad que tenga el público: «que la perciban como les dé la gana».

a novela nos cuenta también que Prullás lleva una doble vida. Por un lado, familia burguesa acomodada, casado e hijos, suegro empresario, vacaciones en la Costa Brava. Por otro, vida de «escritor», vida social, ligues y canas al aire. Todo parece estar controlado. De pronto se comete un crimen y Prullás, que conoce a la víctima, se ve involucrado. Su posición está en peligro. No voy a resumirles toda la historia. Si la obra de Prullás es una comedia policíaca con tono de humor, la novela de Mendoza es, a otra escala, un calco de esa misma obra: trama policíaca, enredos de vodevil, encuentros inesperados, gracias manidas, personajes arquetípicos. Un excelente ejemplo de autoironía literaria.

En mi opinión el interés de esta novela reside en que al mismo tiempo que encarna —en otro registro— una reproducción crítica del vodevil que escribe Prullás, ofrece, a su vez, una caricatura certera de eso que se viene llamando «nueva narrativa española» y que, como se ha comentado, representa el núcleo hegemónico de la novela española de las dos últimas décadas. De ahí que me parezca oportuno indicar algunos de los rasgos presentes en la novela de Mendoza: estructura policíaca, predominio del suspense, entramado virtuoso, ironía cómplice, conflicto en clave de misterio, argumento blando, personajes arquetípicos, mirada costumbrista, utilización de los clichés del cine, mezcla de géneros... y de este modo concluir que Una comedia ligera deviene juicio y maliciosa metáfora, personal sin duda pero con voluntad de objetiva, de ese paisaje narrativo del que nos hemos venido ocupando.

  • (9) Eduardo Mendoza, Una comedia ligera, Barcelona, Seix Barral, 1996, pág. 5. volver
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