Constantino Bértolo
A principios de la década de los noventa parecía palparse un agotamiento de la nueva legitimidad que la narrativa de los ochenta había encontrado en la narratividad al servicio del lector y en aquella normalización de las relaciones con el mercado (el arte es el mercado) y con el poder, propias de una sociedad que se narraba a sí misma desde una autosatisfecha y cómoda mirada. Eran los tiempos de la socialdemocracia en Moncloa, de la caída del muro en Berlín y del desarme ideológico en aras de aquel sacralizado pragmatismo del «qué más da que el gato sea negro o blanco, lo importante es que cace ratones». Como datos de aquel aparente desfallecimiento de las fórmulas, reglas, clichés y servidumbres de la «narratividad» se recibieron las primeras obras de un grupo de escritores jóvenes que parecía plantearse un retorno hacia una concepción de la narrativa como forma de conocimiento más allá de la consideración imperante que parecería exigir tan sólo que cumpliese con su condición de instrumento de entretenimiento más o menos refinado. De esta guisa libros como El triunfo de Francisco Casavella, Lo peor de todo de Ray Loriga, La escala de los mapas de Belén Gopegui, Los aéreos de Luis Magrinyà o Velocidad de los jardines de Eloy Tizón parecieron anunciar un cambio de legitimación que, sin embargo, no terminaría por construirse o asentarse alrededor de ellos a causa, sin duda entre otras, de la aparición en el escenario (y nunca mejor dicho) literario de un nuevo grupo generacional, «los jóvenes narradores» que, como señala Ignacio Echevarría (el crítico que va a acompañar de modo más continuo y desde posiciones de exigencia el desarrollo de la novela española en esa década), iban a encontrar en «lo joven» seña, tema y bandera, prosiguiendo la estela abierta por Ray Loriga tras el éxito mediático de su segunda novela Héroes. La joven narrativa española de los noventa se va a construir como «fenómeno más editorial que literario» alrededor de novelas neocostumbristas como Historias del Kronen, de José Ángel Mañas, o Amor, curiosidad, Prozac y dudas, de Lucía Etxebarría, que con la fuerza de su inesperado y estrepitoso éxito comercial atraen a su órbita o etiqueta generacional («Generación X» sería otro intento fracasado de dar marca al grupo) a una constelación de nuevos autores, como Marta Sanz, Paula Izquierdo, Félix Romeo, Ismael Grasa, Ignacio García Valiño, Josan Hatero, Nicolás Casariego, José Machado... entre los que quizá haya que esperar todavía un decantamiento un poco más optimista del que diagnostica Ignacio Echevarría: «Los nombres de muchos de los autores por entonces catapultados, incluido el del propio Mañas, han sucumbido, en menos de una década, en un olvido más o menos discreto, más o menos piadoso, que conviene no remover».8
Fuera de la vorágine de lo joven mantienen su andadura narrativa inusual —frente al eclecticismo dominante— aquellos autores ya mencionados como Luis Magrinyà (Los dos luises), Belén Gopegui (La conquista del aire) o Casavella (El día del Watusi); cumple también tomar cuenta de otras obras de autores que durante esos años noventa lograron añadir sus voces narrativas al ya largo corpus de la novela española de fin de siglo: Fernando Aramburu, Las bailarinas muertas de Antonio Soler, El palacio varado de Clara Sánchez, La música del mundo de Andrés Ibáñez, Las máscaras del héroe de Juan Manuel de Prada o el propio Luis Landero, aun cuando su novela más significativa, Juegos de la edad tardía, se encuadre mejor en los modos de las novelas de los ochenta, de manera semejante a lo que ocurre con la obra en su conjunto de Almudena Grandes o Arturo Pérez-Reverte, que han visto como la década de los noventa les situaba en la cimas de lo que Francisco Rico llamó «la pleamar de los nuevos narradores». Sin olvidar la integración de nuevos escritores de las otras lenguas estatales como el vasco Unai Elorriaga, los gallegos Manuel Rivas y Suso de Toro o el mismo Xuan Bello, representante de una literatura en lengua asturiana de la que casi no había constancia. Apenas se inicia el siglo y ya por el horizonte narrativo aparece una nueva órbita de escritores que ven en la novela más reciente norteamericana una línea de propuesta: Xavi Calvo, Germán Sierra, Eloy Fernández Porta, entre otros.
Por otro lado, si bien la novela española de estos últimos veinte años está fuertemente caracterizada por la «toma de posesión» de la nueva narrativa de los ochenta y en menor grado por el desembarco de los nuevos y jóvenes narradores de los noventa, hay que tener presente que durante este tiempo autores ya asentados en años y generaciones anteriores continuaron interviniendo en la escena narrativa con especial relieve y ofreciendo títulos imprescindibles dentro del conjunto de su obra. A modo de simple recordatorio y a fin de no convertir, en lo posible, esta propuesta de conversación en un nomenclátor, quisiera señalar la aparición de títulos como El embrujo de Shangai de Juan Marsé, La sonrisa etrusca de José Luis Sampedro, Nubosidad variable o Caperucita en Manhattan de Carmen Martín Gaite, El testimonio de Yarfóz de Sánchez Ferlosio, Olvidado Rey Gudú de Ana María Matute, El hereje de Miguel Delibes, El reloj de Luis Goytisolo, La saga de los Marx de Juan Goytisolo o Madera de boj de Camilo José Cela, y el redescubrimiento de autores como Juan Eduardo Zúñiga, que con Largo noviembre de Madrid y Madrid, capital de la gloria se ha convertido en uno de los referentes necesarios de la mejor narrativa de hoy.