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El español en el mundo

La novela española de los últimos veinte años: ¿una comedia ligera?

Constantino Bértolo

4. La «Edad de Plata» de la novela española

El último de los lugares comunes que se saca a procesión a propósito de esta novela española de las dos últimas décadas de la que venimos hablando se desprende de modo casi natural de los dos anteriores ya comentados y hace referencia a la alta calidad literaria de la media o al menos de un número muy estimable de títulos y firmas. Desde este entendimiento se concelebra la coexistencia de un amplio conjunto de novelistas de talento que con sus obras han dado lugar a uno de los períodos más fecundos en la historia de la novelística española, de ahí el calificativo de «Edad de Plata» con que se pretende designar este tiempo.

Si uno repasa los estudios de conjunto que durante estos últimos tiempos han ido apareciendo, y salvo excepciones escasas y reparos más bien parciales que en todo caso parecen provenir de personales juegos de preferencias o fobias, cabe pensar que, cuando se formula la larga nómina de narradores presentes en nuestra novela al tiempo que se describe o ubica, se certifica la valía literaria de todos (o casi todos) y cada uno de los autores recogidos y de todas (o casi todas) y cada una de las obras comentadas, aun cuando nadie se atreva a explicitar francamente una jerarquía de rangos. Labor que el lector debe deducir (y deduce inevitablemente) en función de la estadística: a mayor número de citas mayor calidad, o de la geometría literaria: a mayor extensión del comentario mayor reconocimiento. En cualquier caso nuestros animosos historiadores de la literatura reciente parecen dejar en manos del tiempo (ese «impersonal» que al parecer tiene la llave de las calidades literarias) la formulación de una valoración al respecto.

Esta escurridiza cuestión de las calidades, en los tiempos postmodernos en que habitamos, parece ser para muchos tema innecesario ya por molesto ya por estéril. Quizá tengan razón los que a tal opinión se acogen, salvo que olvidan que en ausencia de vertebración ad hoc la única jerarquización real será la del mercado. Dado el incumplimiento real de esa función por parte de la crítica, si efectuáramos un repaso detallado de sus aportaciones, nos podríamos encontrar con la paradoja de que si, por una parte, en el transcurso de semana a semana o de mes a mes las valoraciones de «obra maestra», «cima», «cumbre» y similares servirían para llenar la guía de teléfonos de una mediana ciudad de provincias, por otra, en los resúmenes anuales la mayoría de las menciones desaparecen por arte de magia y olvido, y no digamos la anchura de tal fosa del olvido cuando se trata de síntesis de lustro, siglo o cuarto de siglo (en un número reciente de la revista Quimera, a propósito de una consulta o encuesta sobre las diez mejores novelas españolas del siglo xx, creo recordar que sólo encontraban acomodo dos publicadas con posterioridad a 1975).

No falta quien quiere ver en el dato de las traducciones a otras lenguas el elemento de objetividad que evidenciaría o al menos aclararía tan delicado tema. Y llevados por ese criterio hacen ver que nunca como en estos años que nos ocupan tantas novelas han logrado pasar las fronteras de la traducción. Y no les falta, otra vez, razón. Salvo el breve tiempo en que el mundo editorial francés de los años cincuenta (y con la intervención muy concreta en esa labor de promoción generosa de Juan Goytisolo, asesor editorial en aquellos momentos para la Editorial Gallimard) fijó su atención sobre la novela realista, nunca un número tan copioso de autores españoles ha visto sus obras traducidas a todas las lenguas comunitarias, a muchas de un entorno cultural menos esperable y, aunque en cifras significativamente más restringidas, no faltan tampoco algunos asaltos felices al duro fortín del mundo editorial anglosajón. Y en casos muy concretos pero muy llamativos, libros de autores y autoras españoles se han convertido en verdaderos éxitos de crítica y venta absolutamente irrefutables. Desde el éxito de Corazón tan blanco que convirtió a Javier Marias en escritor estrella en Alemania, hasta la acogida de Soldados de Salamina de Javier Cercas en Francia, pasando por los buenos recibimientos de Chirbes o Ruiz Zafón también en Alemania, por la atenta acogida en Estados Unidos a las obras de Pérez-Reverte, por el interés despertado en ese mismo país por la traducción de Sefarad de Muñoz Molina o por la atención constante y entregada hacia la obra de Vila-Matas en esa Francia donde Vázquez Montalbán es al tiempo succès d'estime y comercial.

La existencia constatable de estas y muchas otras traducciones no deja de indicar hasta cierto punto un grado de receptividad muy estimable en nuestra novela actual, si bien resulta aventurado ponderar si tal evidencia proviene de una mera cuestión de calidades o si responde a la acertada política de difusión de la cultura española en general (y muy en concreto de la literatura), que diversas instituciones estatales han venido llevando a cabo en estas últimas décadas, con decidido apoyo a la política de subvenciones a la traducción o con el buen servicio de promoción cultural que están suponiendo las tareas que lleva a cabo la dinámica red de los centros con que el Instituto Cervantes teje su labor cultural y pedagógica y cuyos frutos a medio y largo plazo todavía estamos lejos de poder recoger en toda su extensión.

Curioso y oportuno me parece también hacer ver que en el amplio campo de la literatura española y muy concretamente en la parcela que da límites a la novela no hay posiciones intermedias: en nuestra novela o se es cumbre o mero llano, o genio o un manta, o bueno o malo. En nuestro paisaje narrativo nadie se resigna a ser colina ni hay lugar para esa categoría de novelas y novelistas —de calidad media y digna— que en otras cordilleras constituyen precisamente el basamento fundamental de la vida editorial y literaria. La ausencia de tal espacio dificulta extraordinariamente cualquier intento de poner orden (que no es exactamente, en orden) en el territorio de la novela.

He de confesar que mi vocación por la topografía literaria no es tan alocada como para conducirme al matadero. Ni deseo que este comentario, propuesto más como inicio de conversación que como síntesis ya cerrada, devenga la carta al señor juez que se encuentra siempre al lado del cuerpo del suicida. Y no tanto por razones de prudencia (que también) como por cuestiones de oportunidad. Ni éste es el espacio ni éste es el momento ni seguramente soy la persona más capacitada para poner en marcha uno de esos debates que agradecen los responsables de las secciones de sucesos literarios. Pero tampoco sería honesto no tratar de trasladar, con la mayor de las humildades por delante, una interpretación personal de la cuestión, no con voluntad de imponer criterios o cánones sino con el deseo de que a la vista del mapa propuesto cada quien trace el suyo propio, pues no sin razón afirmaba Benjamin que bajo el infinito cielo estrellado alguien debía someterse a la humilde tarea de poner nombre y figura a las vías, estrellas y constelaciones. Pero antes de «limpiar la plata», o a un mismo tiempo, acerquemos nuestra conversación a tiempos todavía más cercanos.

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