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El español en el mundo

Sor Juana, «americana poetisa»

Antonio Alatorre

A diferencia de Juan Ruiz de Alarcón, que no dejó en sus comedias señal visible de «consciencia americana», sor Juana se deleita en manifestarla una y otra vez ante los lectores. Es una mujer que verdaderamente vive sus tiempos y su entorno. Si no existieran historias de los siglos coloniales, lo que ella dice bastaría para hacernos ver, a grandes rasgos, lo que fue México durante ese último tercio del siglo xvii en que ella escribió sus obras. Vemos allí una sociedad racial y culturalmente compleja: el grueso de la población es indio y mestizo; los españoles son la minoría, pero tienen la sartén por el mango; imponen su sello en la vida, así material como intelectual, a la vez que la controlan. En tiempos de sor Juana, la ciudad de México puede presumir de su universidad, su arquitectura cívica y religiosa, su productividad musical, pictórica y escultórica; pero, en comparación con la vida de Madrid, la de México es más bien provinciana. El número uno, que en España es un rey, en la Nueva España es apenas un conde o un marqués. México era, decididamente, una colonia.

La corte virreinal, dijo Marcos Arróniz en 1857, era en tiempos de sor Juana «un remedo en galanterías de los últimos años del reinado de Felipe IV», con sus «costumbres un tanto licenciosas». Remedo sí, desde luego, a la manera como las ciudades de provincia remedan los usos de la capital, pero lo «galante» y lo «licencioso» era mucho más prominente en la corte real que en la virreinal; ésta tenía una existencia más morigerada (y las intrigas palaciegas, endémicas en Madrid, aquí casi no existían).

En su juventud, quizá de los 15 a los 19 años, la futura sor Juana fue una de las criadas del palacio virreinal (la criada predilecta de la virreina, marquesa de Mancera), y así tuvo amplias oportunidades de asomarse a la vida palaciega. Pero cuando la conoció a fondo, esto es, no como espectadora, sino como verdadera partícipe, fue en su edad adulta, de los 32 a los 44 años (1680-1692). En este período escribió la monja la mayor y mejor parte de sus obras, que se imprimieron en 1689 (Inundación castálida) y en 1692 (Segundo volumen). Y buena parte de estas obras se la llevan las composiciones «cortesanas». Uno de sus lectores, el conde de la Granja, le mandó desde el Perú un romance rebosante de admiración, y entre las ponderaciones de su excelencia literaria está la siguiente:

[...] pues lo palaciego es tal,
que allá, en vuestro Buen Retiro,
parece tenéis la toca
en infusión de abanino.1

La toca, prenda caracterizadora de las monjas, y el abanino (o abanico), prenda caracterizadora de las damas de la corte, están «en infusión» en la persona de la monja; y su «retiro», la clausura monástica, equivale al palacio del Buen Retiro, el non plus ultra de lo cortesano. El romance del conde debe de ser de 1691 o 1692. Unos años antes le había dicho sor Juana al capitán Velázquez de la Cadena, padrino suyo:

[...] a vos, que de la etiqueta
sabéis tan bien el estilo,
que temo que han de llevaros
a enseñar al Buen Retiro;

«a enseñar», o sea a darles lecciones a esos madrileños, a mostrarles lo que es un perfecto cortesano. El romance «Salud y gracia, sepades...» es quizá la composición más rematadamente cortesana que escribió sor Juana: la monja se nos convierte sin el menor esfuerzo en toda una dama de palacio, y como tal le escribe al gallardo joven que, por sorteo, va a ser su pareja en un sarao de la corte, y minuciosamente despliega sus dotes de seducción y exhibe su coquetería. (Por cierto que la dama, mexicana, le hace observar al galán, español, «que en México también hay / su poquito de etiqueta»).

A sor Juana le encargaron dos series de letras para cantarse al son de las piezas musicales que se bailaban en los saraos. Una de estas series contiene letras para danzas que evidentemente estaban haciendo furor: un turdión, una españoleta, un panamá y una jácara. En la otra serie, fin de fiesta de Los empeños de una casa, danzan cuatro grupos en este orden: españoles, negros, italianos y mexicanos, o sea indios (los italianos se explican por la italianidad de María Luisa Gonzaga, condesa de Paredes). Pero, desde el punto de vista estrictamente literario, la perla de los divertimenti cortesanos es sin duda el Sainete I de Los empeños de una casa, cuyos personajes son «entes de palacio», personificaciones alegóricas de los elementos, los aspectos, los vaivenes del «galanteo» —el Amor, el Respeto, el Obsequio, la Fineza y la Esperanza—, a quienes un severo Alcalde de Corte va sometiendo a juicio. (El libro que Elizabeth Wallace publicó en 1944 está bien nombrado: Sor Juana Inés de la Cruz, poetisa de corte y convento).

Al final de las diversas loas de sor Juana, destinadas a ser cantadas y representadas en palacio, los personajes saludan ceremoniosamente a los asistentes en estricto orden jerárquico: el virrey, la virreina, la nobleza, el «senado» (los señores de la Real Audiencia), las bellas damas, y el resto. En el remate de la loa del Divino Narciso, obra escrita para ser escenificada en Madrid, sor Juana mantiene los saludos protocolarios, poniendo al principio, como es natural, al rey y a la reina.

En la loa de Amor es más laberinto, dirigida al conde de Galve, virrey recién llegado, se disculpa sor Juana por las imperfecciones de la pieza: para componer algo digno de tan ilustre personaje hubiera necesitado mucho más tiempo del que tuvo,

[...] y más, cuando, acostumbrado
a las grandezas de Europa,
a los célebres saraos,
regios festines, discursos
de aquellos ingenios claros...

es de temer que vea en el homenaje novohispano «más desprecio que tributo, / más desaire que no aplauso».2

Pero el conde de Galve no habrá tardado en comprobar que el culto de adoración que en la Nueva España se rendía a la excelsa Majestad de Carlos II era tan fervoroso como el que se le rendía en la España europea. Más fervoroso tal vez. Pienso en el cuento de Francisco Ayala, El Hechizado, historia de un cholo peruano que, ¡cosa apenas soñable!, se las arregla para viajar a Madrid sin otro objeto que ver con sus ojos al rey, ese hombre poco menos que divino, y se horroriza cuando ve, semiderrumbado en el majestuoso trono, a un ser enclenque, babeante, repulsivo.

A mí me impresiona algo que sucedió a comienzos de 1685. Paseaba Carlos II en su carroza, y con numeroso séquito, a orillas del Manzanares, cuando apareció de pronto un humilde cura que, acompañado de su sacristán, llevaba el viático a un moribundo. Y el rey, ¡oh maravilla!, se bajó de la carroza y se la cedió al humilde cura. Inmediatamente ocurrió lo que tenía que ocurrir: un cortesano oficioso (y sagaz) convocó a un magno certamen poético para celebrar la «heroica acción» del monarca, de tal modo que apenas dos semanas después se leyeron, en una «academia» reunida ad hoc, los muchísimos versos que los «ingenios de la corte» dedicaron al asunto. La convocatoria llegó también a México, y, aunque habían transcurrido ya varios meses, hubo «ingenios de esta corte», sor Juana entre ellos, que se apresuraron a componer sonetos celebratorios. (Además de su soneto, «Altísimo señor, monarca hispano...», sor Juana glosó una endiablada quintilla que comenzaba con el verso «La acción religiosa de»).

La persona del rey es el símbolo supremo y la garantía inquebrantable de la cohesión del Imperio. Esta idea reaparece, con distintas formulaciones retóricas, en las cinco loas que escribió sor Juana para otros tantos festejos de cumpleaños de Carlos II. Al final de la segunda de estas las hace sor Juana que la «Nobleza» y la «Plebe» (la porción alta y la porción baja de la sociedad novohispana) le digan al virrey lo mucho que para ellas significa:

[...] que, con vos unida,
se exalta la Plebe,
lo Noble se humilla,
pues para serviros
están avenidas.

De la manera más inocente dice sor Juana en estos versos algo bastante atrevido: no es verdad que en la Nueva España estén «avenidos» los nobles, de piel blanca, y los variopintos plebeyos; lo están, sí, pero sólo ritualmente, cuando se trata de reconocer que todos son vasallos de la Corona española. En cuanto vasallos, los españoles más presumidos tienen que renunciar a sus humos, y los mexicanos más humildes pueden erguir con orgullo la frente. Por debajo de lo que dice la sor Juana oficial se percibe muy bien lo que piensa la sor Juana personal: todos somos iguales, pero algunos lo son «más» que otros. Y eso mismo se ve en la esfera religiosa. Sor Juana finge que todos los indios de México son cristianos devotos. Como dice en un villancico de la Asunción:

Los mexicanos, alegres
también, a su usanza salen,
que en quien campa la lealtad,
bien es que el aplauso campe;
y con las cláusulas tiernas
del mexicano lenguaje,
en un tocotín sonoro
dicen con voces süaves:
Tla yo timohuica...3

y prosiguen las cláusulas tiernas del náhuatl. La lealtad que aquí se pregona no va dirigida al rey, sino a la religión. Y es muy digno de notar el hecho de que sor Juana nunca menciona al humilde indio Juan Diego; habla, sí, de la Virgen de Guadalupe:

La compuesta de flores maravilla,
divina protectora americana,
que a ser se pasa Rosa Mexicana
apareciendo Rosa de Castilla...

Pero este soneto —muy refinado, muy gongorino— no parece haber brotado de una devoción especial de sor Juana, sino que es, propiamente, elogio del jesuita madrileño Francisco de Castro, residente en México, autor de un «poema heroico» sobre las cuatro Apariciones. (Además, esa protectora de América se ha aparecido como Virgen «castellana», o sea europea: no tiene aún la tez indígena que en época posterior se le quiso descubrir).

Lo que sor Juana siente acerca de los indios se ve diáfanamente en el último de los villancicos de san Pedro Nolasco. Aparece aquí un pobrecito indio que, «cayendo y levantando», midiendo con la cabeza cada paso que da, y acompañándose con una guitarrilla de mala muerte, toda desafinada, canta en loor del santo «un tocotín mestizo / de español y mexicano»; el indio se presenta a sí mismo como «valentón» de verdad, y no como «hablador», y lo demuestra relatando hechos: una vez derribó de un «poñete» a un rival, y

[...] también un topil
del gobernador,
caipampa tributo
prenderme mandó,
mas yo con un cuáhuitl
un palo lo dio
ipam i sonteco:
no sé si morió.

(Inesperada y estupenda caracterización del indio, tan humildito y sumiso como lo vemos, y tan capaz de entrar en acción si el caso lo requiere). Todo ha sido «caipampa tributo», o sea a causa del odioso tributo que durante los tres siglos coloniales tuvieron que pagar los indios, contribuyendo así a la perpetuación del statu quo, o sea a su propia desgracia. Ha llegado a casa de este indio el topil (alguacil o corchete) de parte de la autoridad encargada de recaudar los impuestos, y él, con un cuáhuitl («árbol», pero aquí «garrote»), le da un buen golpe ipam i sonteco: en la cabeza («en la mera cholla», «en el mero coco», como decimos en México), dejándolo ni más ni menos que como Lázaro de Tormes deja «medio muerto» al ciego después de hacer que se estrellara la cabeza contra el poste: «No supe más lo que Dios dél hizo, ni curé de lo saber». (Sor Juana pinta la hazaña de su indio con colores muy «realistas», pero no es posible que la pintura corresponda a una «realidad». Ese garrotazo no es sino fantasía de sor Juana, idea suya).

En otro villancico, el indio es sólo una especie de «gracioso» de comedia que les propone a españoles y criollos una extraña adivinanza: ¿cuál san José es «el mejor»? Todos se ríen del «gran disparate», pero el indio sostiene que su adivinanza es buena y que nadie ha podido contestarla; pues bien, ¡el mejor de todos es el san José de Xochimilco!, (y, en efecto, hasta el día de hoy, es san José el patrono titular de la parroquia de Xochimilco).

También es notable lo que dice sor Juana en su romance de agradecimiento a los poetas y prosistas españoles que la cubrieron de elogios en las páginas preliminares del Segundo volumen. Ella encuentra muy exagerados esos elogios, y reflexiona: siendo mis versos tan poca cosa,

[...] ¿qué mágicas infusiones
de los indios herbolarios
de mi patria, entre mis letras
el hechizo derramaron?

Sor Juana sabe que nuestros indios poseen drogas que los sacan de la cruda realidad y los lanzan al reino de la fantasía y de las alucinaciones: el mezcal, el peyote, el toloache, los honguitos de Huautla... (En su elogio del verso octosílabo, el de los romances, había dicho sor Juana que «tiene no sé qué yerbas, / qué conjuros, qué exorcismos» que lo hacen irresistiblemente encantador; pero aquí no menciona a «indios herbolarios»).4

La presencia de los negros es más asidua que la de los indios. He aquí el comienzo de un villancico de la Concepción, cantado «entre un negro y la música castellana:

¿Quién es? Un neglillo.
¡Vaya, vaya fuera,
que en fiesta de luces,
toda de purezas,
no es bien se permita
haya cosa negra!
Aunque neglo, blanco
somo, lela, lela,
que el alma rivota
blanca sá, no prieta.

Es visible la huella de Góngora, autor de dos maravillosos villancicos de negro, «Mañana sá Corpus Crista...» y «¡Oh, qué vimo, Mangalena!...»; también Góngora se sirve de la expresión proverbializada «Aunque negros, gente somos». Pero en las calles de Madrid no se verían tantos negros como en las de México. Lo notable, en todo caso, es que sor Juana no se limita a decir, como Góngora, que los negros son tan hijos de Dios como los blancos y que tienen idéntico derecho a hallarse presentes en los festejos religiosos, sino que se complace en hacerlos hablar de la vida que llevan. Las mujeres están encadenadas a la cocina, o venden «antojitos mexicanos» en calles y plazas, como esas tortitas de pepitas de calabaza en pasta de azúcar que llamamos pepitorias; y los hombres están sudando día tras día en el obraje, o vendiendo también camotes, requesón, garbanzos salados y tostados. He aquí cuatro viñetas.

En un villancico de la Asunción cantan dos «princesas de Guinea»:

Ha, ha, ha, - monan vuchilá.
He, he, he, - cambulé...
Gulungú, gulungú, - hu, hu, hu...
Flasica, naquete día
no vindamo pipitolia...;
dejémoso la cocina
y vámono a puro trote,
sin que vindamo gamote
nin garbanzo a la vecina...

En otro villancico de la Asunción no es un negro quien habla, sino un criollo novohispano que sabe imitar el lenguaje de los «negros camoteros» y metaforiza a la Virgen con el blanco requesón y la delicada carne de los camotes. No lo hace mal, por cierto:

¡Oh Santa María          que a Dioso parió!...
Garbanza salara          tostada ri doy...
Camotita linda,          fresca requesón...
Mas, ya que te va,          ruégale a mi Dios
que nos saque lible          de aquesta plisión...

Ese criollo no sólo habla como negro, sino que siente como negro. La «plisión» de la cual quiere que la Virgen lo saque no es el cuerpo, «cárcel del alma» (como dicen los místicos), sino una prisión real y concreta: la esclavitud.

En la Asunción, la Virgen se va triunfalmente y en cuerpo y alma al cielo mientras los negros se quedan penando en la tierra:

Cantemo, Pilico,          que se va las Reina...
Igual é yolale,          Flacico, de pena,
que nos deja a scula          a turo las negla...
Déjame yolá,          Flacico, por eya,
que se va, y nosotlo          la oblaje nos deja.

Y aquí, maravillosamente, sor Juana hace que Flacico le aconseje más discreción a Pilico. Esas cosas no son para cantarse a voz en cuello y en plena catedral, ante un público de españoles y criollos:

Calla, que sá siempre          milando la iglesia;
mila las pañola,          que se queda plieta...

Por lo demás, los negros conocen esta frase del Cantar de los Cantares que la liturgia cristiana ha puesto en boca de la Virgen: Nigra sum, sed formosa: «Só molena / con los soles que mirá». (Góngora: «Entra, dijo, prima mía, / que negra só, ma hermosa»).

La cuarta viñeta es la más impresionante, y vale la pena leerla entera. Es uno de los villancicos de san Pedro Nolasco, hechos por encargo de los frailes de la orden de la Merced, por él fundada. En la mente del santo fundador, la misión de sus frailes era «redimir» cristianos cautivos en tierras de infieles. (Idealmente, el mercedario que no conseguía de limosna el dinero necesario para rescatar a alguien se obligaba, por voto, a quedarse cautivo en su lugar). Los mercedarios, en efecto, negociaron el rescate de cierto número de españoles capturados por los turcos. Pero si en las Indias no hay turcos, ¿qué hacen aquí los mercedarios? Francamente nada, salvo enriquecerse con las limosnas de los fieles. (El claustro del convento de la Merced es una de las joyas arquitectónicas de la Colonia). He aquí lo que canta el negro:

¡Túmbala lala! ¡Túmbala lele!
¡Que donde ya Pilico, escrava no quede!
¡Tumba, túmbala lele! ¡Túmbala lala!
¡Que donde ya Pilico, no quede escrava!
Hoy dici que en las Melcede
estos parre mercenaria
hace una fiesa a su Padre.
¿Qué fiesa? ¡Como su cala!
Eya dici que redimi:
cosa palece encantala,
porque yo la oblaje vivo
y las parre no mi saca.
La otra noche con mi conga
turo sin durmí pensaba
que no quiele gente plieta,
como eya sá gente branca.
Sólo saca la pañole:
¡pues, Dioso, mila la trampa,
que aunque neglo, gente somo,
aunque nos dici cabaya!
Mas ¿qué digo, Dioso mío?
¡Los demoño, que me engaña
pala que esé mulmulando
a esa Redentola santa!
El santo me lo perrone,
que só una malo hablala,
que aunque padesca la cuerpo,
en ése libla las alma.

Todo esto lo canta el negro «al son de un calabazo» mientras baila un puerto-rico (un antepasado de la salsa). El «calabazo» o güiro es el pendant de la guitarra destemplada del indio. Dice, pues, que donde está «Pilico» (Pedrito, Perico), o sea Pedro Nolasco, no debiera haber esclavos, y se queja de esos frailes mercedarios que organizan una fiesta tan brillante «como su cara» (cara de gente satisfecha de la vida) y se olvidan por completo del cautiverio de los negros. Esta vez no hay un segundo negro que aconseje un poco de prudencia al quejoso, sino que es el propio quejoso quien, después de desahogarse a gusto, sale con un «¡Perdón, se me fue la lengua!».5

Cuando se leen estos villancicos «de indio» y «de negro», no hay que perder de vista el hecho de que es sor Juana quien está expresándose. También piensa ella en los mestizos:

En el día de san Pedro...
entraron a celebrarle
de lo mejor de los barrios
multitud de personajes.
El primero fue un mestizo
que, con voces arrogantes,
le disparó estos elogios
disfrazados en coraje:
«Hoy es el señor san Pedro,
que fue la Piedra de Cristo...».

Y continúa así, con los acentos propios de la «jácara» rufianesca, identificándose denodadamente con san Pedro, bravucón como él, que dejó desorejado a Malco en el huerto, «pues del barrio de San Juan / se dice que era vecino» (el mismo barrio bravo en que viven los mestizos). Es ésta la única aparición del mestizo, pero ¡qué bien nos deja ver sor Juana lo que pensaba de él! Sus voces son «arrogantes» porque es consciente de los derechos que se le niegan en la sociedad novohispana; y, como está enojado todo el tiempo, hasta cuando se halla frente al glorioso san Pedro habla como mascando su «coraje». El mestizo se distingue por su hondo, entrañable resentimiento.6

Sor Juana misma, por supuesto, está feliz de ser lo que es. Si no fuera porque mexicano significa sobre todo «indio», bien hubiera podido decir «Soy mexicana». Lo que dice es: «Soy americana» (añadiendo «¡y a mucha honra!»). Donde más enfáticamente lo dice es en la larga carta-romance que, por insinuación de la condesa de Paredes, dirigió a la duquesa de Aveiro, que residía en Madrid:

Desde la América enciendo
aromas a vuestra imagen,
y en este apartado polo
templo os erijo y altares...

Tras cubrir de elogios a la aristocrática dama a lo largo de quince cuartetas, sor Juana le aclara que la carta que le está escribiendo es absolutamente «desinteresada»; va desnuda de todo propósito. «Yo no he menester de vos», le dice; no voy a pediros una carta de recomendación, ni tampoco una ayudita económica para mí y mis parientes, ni nada por el estilo:

[...] que yo, señora, nací
en la América opulenta,
compatrïota del oro,
paisana de los metales,
adonde el común sustento
se da casi tan de balde,
que en ninguna parte más
se ostenta la tierra madre...

El de sor Juana es un patriotismo prístino y espontáneo, sin contagio alguno de «ideología»: simple y puro amor a la hermosa tierra en que nació. Dice América, y se le llena la boca. Ella es «paisana» y «compatriota» de los metales preciosos, pero también lo es del oro intelectual que la Nueva España produce, como ese capitán Velázquez de la Cadena,

[...] honor de Occidente,
de la América el prodigio,
la corona de la patria,
de la nación el asilo...

varón insigne, por quien nuestra «imperial laguna», nuestros montes, nuestros campos y bosques vencen a los lagos y montes y campos del Viejo Mundo, y

[...] por quien América, ufana,
de Asia marchita los lirios,
de África quita las palmas,
de Europa el laurel invicto...7

El emblema heráldico de la «patria» es para sor Juana, como para nosotros, el águila real. Dibujada primero por los indios bajo la mirada de los franciscanos, el águila siguió apareciendo en grabados y pinturas durante los siglos coloniales; nunca dejó de estar presente en el «imaginario colectivo». Con toda razón figura en esa especie de «himno nacional» que entona sor Juana con ocasión del nacimiento de José de la Cerda, el hijo de los virreyes:

¡Levante América ufana
la coronada cabeza,
y el Águila mexicana
el imperial vuelo tienda,
pues ya en su alcázar real,
donde yace la grandeza
de gentiles Moctezumas,
nacen católicos Cerdas!

El águila real es ahora «águila imperial», y el recién nacido está destinado a ser «gloria de su patria / y envidia de las ajenas». Así como el palacio virreinal se levanta sobre lo que fue palacio de Moctezuma, así la «patria» está hecha con los vestigios de la «gentilidad» pasada y las presentes y poderosas realidades del cristianismo hispano. «¡Feliz América!», dice varias veces sor Juana. En la letra hecha para cantarse al son de la españoleta, menciona lo americano al ponderar la grandeza del marqués de la Laguna, ese

[...] alto Cerda famoso
que, con cadena de afecto sutil,
suavemente encadena y enlaza
de América ufana la altiva cerviz;

y otro tanto hace en un romance dirigido al mismo marqués,

[...] cuyas victoriosas plantas
al Águila de las Indias
la coronan de laureles
más que la huellan vencida...

y vuelve a repetirlo, refiriéndose una vez al conde de Galve y otra a Carlos II:

De América, en hora buena,
huelle la cerviz robusta,
que adora, en el pie que besa,
la mano que la sojuzga.

Lo notable, en todos estos pasajes, es la sabiduría con que sor Juana entrevera las ideas de «sometimiento» y de «altivez»; la cerviz pisada es «altiva» y «robusta»; lo negativo (cadena, hollar, sojuzgar) está trabado con lo positivo (corona, vuelo...).8

Dos veces figura la ciudad de México en el Neptuno alegórico, prolija explicación de los lienzos del arco triunfal que por orden del virrey saliente, fray Payo Enríquez, se erigió para recibir al entrante, marqués de la Laguna. En el tercero de los lienzos se veía, abajo, la isla Delos, fluctuando al capricho de las olas del mar, y arriba el dios Neptuno, que con su poderoso tridente le daba firmeza y «consistencia»: Delos es alegoría de México, «ciudad sobre las ondas fabricada», «émula de Venecia», y Neptuno es alegoría del marqués de la Laguna, a quien la Nueva España se dispone a adorar como a un dios. Y en el octavo lienzo se pintó de un lado la catedral de México, «de hermosa arquitectura, aunque sin su última perfección», y del otro lado el muro de Troya, edificado por Neptuno con ayuda de Apolo: no de otra manera el marqués apresurará (sin duda) la terminación de la catedral, pues ¿no es una vergüenza que esa «imperial mexicana maravilla» siga inconclusa? 9

Quizá para sentir más cerca del corazón a sus amigas virreinas, sor Juana las «mexicaniza». Exalta a

[...] la que, naciendo en Europa,
pasó su luz matutina
brillando estrella en Italia,
a lucir Sol en las Indias...

o sea la condesa de Paredes, que si no fue Sol para las Indias, ciertamente lo fue para sor Juana (y que en efecto debe de haberse mexicanizado, puesto que en una ocasión le mandó de regalo a sor Juana una diadema de plumas). A la condesa de Galve, recién llegada, le regala la monja «un zapato bordado [¿con sus manos?] según el estilo de México, y un recado de chocolate», para que se vaya aclimatando (y cuanto antes, mejor).10

Bien hubiera podido sor Juana situar la acción de Los empeños de una casa en México y Puebla: la trama de la comedia habría quedado intacta, y el auditorio mexicano se habría puesto muy contento; pero en este caso tuvo que someterse a las convenciones literarias vigentes, y la situó en Madrid y Toledo. Si Castaño, el gracioso, está tan enterado de las fortunas y adversidades de Martín Garatuza, es porque él nació en las Indias, donde seguía viva la leyenda del famoso timador. No de otra suerte, la única mención de México que hace Ruiz de Alarcón (en El semejante a sí mismo: «México, la celebrada / cabeza del indio mundo...») está en labios de un español que en México había admirado las obras del Canal de Desagüe y elogia a Luis de Velasco, el virrey que las emprendió.

Pero el Sainete II de Los empeños de una casa sí tiene lugar en México, y los interlocutores, Arias, Muñiz y Acevedo, se representan a sí mismos: son personajes reales, aficionados al arte teatral y, evidentemente, amigos de sor Juana.

Y es en este Sainete II donde pone sor Juana su única mención de los gachupines, que no podían faltar. Finge que Acevedo es el autor de la comedia, y hace que Arias y Muñiz, que son unos bromistas, le organicen una rechifla tan ensordecedora, que el infeliz, encogiendo la cabeza y tapándose las orejas, comenta:

Gachupines parecen
recién venidos,
porque todo el teatro
se hunde a silbos.11

Esos españoles recién llegados, que se creen en la cúspide y ven por encima del hombro a todo el mundo, incluso a los criollos, no son sino unos patanes que exhiben su mala educación en el teatro. Ellos, por supuesto, podían replicar que, acostumbrados al teatro profesional de Madrid, no soportaban chambonadas de aficionados. (De todos modos, los gachupines han hecho mal papel en México).

Finalmente, a sor Juana le gusta evocar el pasado histórico de América: habla de los indios del México antiguo, habla del descubrimiento del Nuevo Mundo y menciona a Cortés y a Pizarro. En el «Sarao de cuatro naciones» son indios mexicanos los que cantan en alabanza del virrey:

¡Venid, mexicanos!          ¡Alegres venid
a ver en un Sol          mil soles lucir!
Si América, un tiempo          bárbara y gentil
su deidad al Sol          quiso atribuïr,
a un Sol animado          venid a aplaudir...

La loa del Cetro de José nos lleva a los primerísimos tiempos de la conquista de América, cuando apenas comienza a difundirse el evangelio. Hay dos confrontaciones relacionadas entre sí: una de la Ley Natural con la Ley de Gracia, y otra de la Idolatría con la Fe. La Idolatría no ha estado presente en la primera confrontación, pero, no bien recibe noticias de que la Fe, con ayuda de las dos Leyes, está tramando su ruina, irrumpe violentamente en escena, personificada en una elocuentísima india mexicana (de esplendoroso atuendo, debemos suponer, y hermosa y gallarda):

¡No, mientras viva mi rabia,
Fe, conseguirás tu intento,
que aunque (a pesar de mis ansias),
privándome la corona
que por edades tan largas
pacífica poseía,
introdujiste, tirana,
tu dominio en mis imperios...,
con todo (vuelvo a decir),
no ha de ser tu fuerza tanta
que pueda de una vez sola
quitar las tan radicadas
reliquias de mis costumbres!...

Pedro Mártir de Angera, cronista de los primeros contactos de la Fe con la Idolatría, los había visto con no poca agudeza crítica: esas «conversiones» multitudinarias de indios, que Pedrarias Dávila consigna en su hoja de servicios como gran mérito, son una farsa; según Pedrarias, los indios le dieron, por ya inútiles, seis estatuas de oro de sus dioses, y Pedro Mártir comenta: «¡Como si fuera tan sencillo para los indios renunciar de golpe a sus creencias, a su cultura, a los antiguos monumentos de sus antepasados!». Es lo mismo que dice la Idolatría de sor Juana. Como «plenipotenciaria» de los indios, y haciendo frente a sus alegóricas enemigas, ella se empeña en mantener intactas las creencias y costumbres de su sociedad, sin excluir «la antigua usanza / que en sus sacrificios tienen»; los indios mandan decir

[...] que mientras víctima humana
no permitáis ofrecer,
no viváis en confïanza
de que es fija la obediencia...

esto es, amenazan con sedición y guerra permanentes. Al final, abrumada por los argumentos de sus adversarias, la Idolatría muestra interés por un Pan que es carne y sangre de una Víctima divina, y acepta no volver a sacrificar víctimas a «deidades falsas»; pero, aun así, no da su brazo a torcer: le reconoce a la Ley Natural su victoria, y en seguida le pide que no sea demasiado rígida, y que admita

[...] esta leve circunstancia
de sacrificar siquiera
los cautivos que Tlaxcala
le da al mexicano imperio.

La «leve circunstancia» (una niñería) es, por supuesto, la «guerra florida», tan tradicional, tan arraigada; sacrificar tlaxcaltecas en la Gran Pirámide no tiene por qué ser rito de una religión falsa; que sea sólo parte de un periódico evento deportivo; ¡que siquiera eso se salve! (Ocurrencia de sor Juana que nos muestra su excelente sentido del humor).

A la cuestión de la conquista se dedica por entero el medio millar de versos de la loa del Divino Narciso. Los personajes alegóricos son el Celo y la Religión por un lado, y el Occidente y la América por el otro. El Celo representa a los conquistadores y la Religión a los frailes de los primeros tiempos; el Occidente y la América encarnan una sola realidad (la geminación se debe a simples razones de simetría). Con la presencia del Celo se hace más complejo el drama de la conquista; ahora hay lucha armada, ahora hay sangre. Al Occidente le toman de nuevo la caballería y la artillería («¿Qué armas son éstas, /nunca de mis ojos vistas?»), y la América dice:

¿Qué rayos el cielo vibra
contra mí? ¿Qué fieros globos
de plomo ardiente graniza?
¿Qué centauros monstrüosos
contra mis gentes militan?

Como es natural, el Occidente y la América quedan derrotados. El Celo levanta ya la espada para acabar con la América, cuando se interpone la Religión: «Espera, no le des muerte, / que la necesito viva». Pero ni aun así pierde la América su dignidad:

[...] pues aunque lloro, cautiva,
mi libertad, mi albedrío
con libertad más crecida
adorará mis deidades...

y el Occidente declara que seguirá adorando en su corazón a Huitzilopochtli, pues «no hay fuerza ni violencia / que a la voluntad impida / sus libres operaciones».

Sor Juana escribió El Divino Narciso para que se representara en Madrid, y creyó oportuno, por lo visto, recordarles a esos españoles que en la conquista de México se cometieron muchas barbaridades.
Y su atrevimiento llega a más, pues hace de Huitzilopochtli una prefiguración de Cristo sacramentado: los antiguos mexicanos comulgan con «el gran dios de las semillas» tal como los cristianos comul-
gan con la hostia consagrada. A las «figuras» eucarísticas encontradas por Calderón en la Biblia y en las Metamorfosis de Ovidio ha añadido la innovadora monja una más: el gran dios americano.12

Coda. El primer diccionario académico, llamado Diccionario de Autoridades porque sus voces van acompañadas de ejemplos tomados de los «buenos autores» (modelos del castellano bueno y castizo), se imprimió entre 1726 y 1739, cuando sor Juana contaba en España con muchos admiradores, uno de ellos el académico Gabriel Álvarez de Toledo Pellicer, que le dedicó un enfático elogio en el Segundo volumen. Entre las «autoridades» del Diccionario están dos contemporáneos de sor Juana, Agustín de Salazar y Torres y José Pérez de Montoro. ¿Por qué no está ella, que gozaba de mucho más prestigio? La respuesta no puede ser sino ésta: porque sor Juana era americana.

  • (1) Cito a sor Juana por la edición de sus Obras completas (México, 1951-1957). A lo largo del artículo, en sucesivas notas a pie de página, indico muy brevemente la proveniencia de mis citas. El número en cursiva remite al que tienen las composiciones en esa edición, y los números en redonda al pasaje citado. volver
  • (2) Lo cortesano: 36: 43-44; 46: 41-44; 49bis: 165-168; 64-69; 396: 260-271. volver
  • (3) Lealtad a la Corona: 224: 74-82; 375: 469-474. volver
  • (4) Indios: 50: 29-30; 51: 53-56; 224: 74-82; 241:65-120; 299: 163-180. volver
  • (5) Negros: 224: 51-72; 232: 5-14; 241: 5-36; 258: 33-60; 274: 67-102. volver
  • (6) Mestizo: 249: 1-36. volver
  • (7) América: 26: 67; 37: 61-104; 46: 49-72; 374: 354-356; 376: 407-409. volver
  • (8) Águila americana y sometimiento: 22: 37-40; 24: 39-44; 35: 17-20; 64: 13-16; 396: 603-610. volver
  • (9) Neptuno alegórico: 401: 811-898 y 1.323-1.371; 402: 119-140 y 259-284. volver
  • (10) Virreinas: 23: 128; 44: 1-8; 44: 49-52; 69: 17-20. volver
  • (11) Los empeños de una casa: 393:134-137; 394: 293-298. volver
  • (12) Pasado histórico: 80: 9-16; 367; 369: 243-286; 371: 232-447; 395: 158-201. volver
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