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A
diferencia de Juan Ruiz de Alarcón, que no dejó en sus comedias
señal visible de «consciencia americana», sor Juana se deleita en
manifestarla una y otra vez ante los lectores. Es una mujer que
verdaderamente vive sus tiempos y su entorno. Si no existieran
historias de los siglos coloniales, lo que ella dice bastaría para
hacernos ver, a grandes rasgos, lo que fue México durante ese último
tercio del siglo XVII en que ella escribió
sus obras. Vemos allí una sociedad racial y culturalmente compleja:
el grueso de la población es indio y mestizo; los españoles son
la minoría, pero tienen la sartén por el mango; imponen su sello
en la vida, así material como intelectual, a la vez que la controlan.
En tiempos de sor Juana, la ciudad de México puede presumir de su
universidad, su arquitectura cívica y religiosa, su productividad
musical, pictórica y escultórica; pero, en comparación con la vida
de Madrid, la de México es más bien provinciana. El número uno,
que en España es un rey, en la Nueva España es apenas un conde o
un marqués. México era, decididamente, una colonia.
La corte virreinal,
dijo Marcos Arróniz en 1857, era en tiempos de sor Juana «un remedo
en galanterías de los últimos años del reinado de Felipe IV», con
sus «costumbres un tanto licenciosas». Remedo sí, desde luego, a
la manera como las ciudades de provincia remedan los usos de la
capital, pero lo «galante» y lo «licencioso» era mucho más prominente
en la corte real que en la virreinal; ésta tenía una existencia
más morigerada (y las intrigas palaciegas, endémicas en Madrid,
aquí casi no existían).
En su juventud,
quizá de los 15 a los 19 años, la futura sor Juana fue una de las
criadas del palacio virreinal (la criada predilecta de la virreina,
marquesa de Mancera), y así tuvo amplias oportunidades de asomarse
a la vida palaciega. Pero cuando la conoció a fondo, esto es, no
como espectadora, sino como verdadera partícipe, fue
en su edad adulta, de los 32 a los 44 años (1680-1692). En este
período escribió la monja la mayor y mejor parte de sus obras, que
se imprimieron en 1689 (Inundación castálida) y en 1692 (Segundo
volumen). Y buena parte de estas obras se la llevan las composiciones
«cortesanas». Uno de sus lectores, el conde de la Granja, le mandó
desde el Perú un romance rebosante de admiración, y entre las ponderaciones
de su excelencia literaria está la siguiente:
[...] pues
lo palaciego es tal,
que
allá, en vuestro Buen Retiro,
parece
tenéis la toca
en
infusión de abanino.1
La toca,
prenda caracterizadora de las monjas, y el abanino (o abanico),
prenda caracterizadora de las damas de la corte, están «en infusión»
en la persona de la monja; y su «retiro», la clausura monástica,
equivale al palacio del Buen Retiro, el non plus ultra de lo cortesano.
El romance del conde debe de ser de 1691 o 1692. Unos años antes
le había dicho sor Juana al capitán Velázquez de la Cadena, padrino
suyo:
[...] a vos,
que de la etiqueta
sabéis
tan bien el estilo,
que
temo que han de llevaros
a enseñar
al Buen Retiro;
«a enseñar»,
o sea a darles lecciones a esos madrileños, a mostrarles lo que
es un perfecto cortesano. El romance «Salud y gracia, sepades...»
es quizá la composición más rematadamente cortesana que escribió
sor Juana: la monja se nos convierte sin el menor esfuerzo en toda
una dama de palacio, y como tal le escribe al gallardo joven que,
por sorteo, va a ser su pareja en un sarao de la corte, y minuciosamente
despliega sus dotes de seducción y exhibe su coquetería. (Por cierto
que la dama, mexicana, le hace observar al galán, español, «que
en México también hay / su poquito de etiqueta»).
A sor Juana
le encargaron dos series de letras para cantarse al son de las piezas
musicales que se bailaban en los saraos. Una de estas series contiene
letras para danzas que evidentemente estaban haciendo furor: un
turdión, una españoleta, un panamá y una jácara.
En la otra serie, fin de fiesta de Los empeños de una casa,
danzan cuatro grupos en este orden: españoles, negros, italianos
y mexicanos, o sea indios (los italianos se explican por la italianidad
de María Luisa Gonzaga, condesa de Paredes). Pero, desde el punto
de vista estrictamente literario, la perla de los divertimenti
cortesanos es sin duda el Sainete I de Los empeños de una casa,
cuyos personajes son «entes de palacio», personificaciones alegóricas
de los elementos, los aspectos, los vaivenes del «galanteo» —el
Amor, el Respeto, el Obsequio, la Fineza y la Esperanza—, a quienes
un severo Alcalde de Corte va sometiendo a juicio. (El libro que
Elizabeth Wallace publicó en 1944 está bien nombrado: Sor Juana
Inés de la Cruz, poetisa de corte y convento).
Al final de
las diversas loas de sor Juana, destinadas a ser cantadas y representadas
en palacio, los personajes saludan ceremoniosamente a los asistentes
en estricto orden jerárquico: el virrey, la virreina, la nobleza,
el «senado» (los señores de la Real Audiencia), las bellas damas,
y el resto. En el remate de la loa del Divino Narciso, obra
escrita para ser escenificada en Madrid, sor Juana mantiene los
saludos protocolarios, poniendo al principio, como es natural, al
rey y a la reina.
En la loa de
Amor es más laberinto, dirigida al conde de Galve, virrey
recién llegado, se disculpa sor Juana por las imperfecciones de
la pieza: para componer algo digno de tan ilustre personaje hubiera
necesitado mucho más tiempo del que tuvo,
[...] y más,
cuando, acostumbrado
a las
grandezas de Europa,
a los
célebres saraos,
regios
festines, discursos
de
aquellos ingenios claros...
es de temer
que vea en el homenaje novohispano «más desprecio que tributo, /
más desaire que no aplauso».2
Pero el conde
de Galve no habrá tardado en comprobar que el culto de adoración
que en la Nueva España se rendía a la excelsa Majestad de Carlos
II era tan fervoroso como el que se le rendía en la España europea.
Más fervoroso tal vez. Pienso en el cuento de Francisco Ayala, El
Hechizado, historia de un cholo peruano que, ¡cosa apenas soñable!,
se las arregla para viajar a Madrid sin otro objeto que ver
con sus ojos al rey, ese hombre poco menos que divino, y se horroriza
cuando ve, semiderrumbado en el majestuoso trono, a un ser enclenque,
babeante, repulsivo.
A mí me impresiona
algo que sucedió a comienzos de 1685. Paseaba Carlos II en su carroza,
y con numeroso séquito, a orillas del Manzanares, cuando apareció
de pronto un humilde cura que, acompañado de su sacristán, llevaba
el viático a un moribundo. Y el rey, ¡oh maravilla!, se bajó de
la carroza y se la cedió al humilde cura. Inmediatamente ocurrió
lo que tenía que ocurrir: un cortesano oficioso (y sagaz) convocó
a un magno certamen poético para celebrar la «heroica acción» del
monarca, de tal modo que apenas dos semanas después se leyeron,
en una «academia» reunida ad hoc, los muchísimos versos que los
«ingenios de la corte» dedicaron al asunto. La convocatoria llegó
también a México, y, aunque habían transcurrido ya varios meses,
hubo «ingenios de esta corte», sor Juana entre ellos, que se apresuraron
a componer sonetos celebratorios. (Además de su soneto, «Altísimo
señor, monarca hispano...», sor Juana glosó una endiablada quintilla
que comenzaba con el verso «La acción religiosa de»).
La persona
del rey es el símbolo supremo y la garantía inquebrantable de la
cohesión del Imperio. Esta idea reaparece, con distintas formulaciones
retóricas, en las cinco loas que escribió sor Juana para otros tantos
festejos de cumpleaños de Carlos II. Al final de la segunda de estas
loas hace sor Juana que la «Nobleza» y la «Plebe» (la porción alta
y la porción baja de la sociedad novohispana) le digan al virrey
lo mucho que para ellas significa:
[...] que,
con vos unida,
se
exalta la Plebe,
lo
Noble se humilla,
pues
para serviros
están
avenidas.
De la manera
más inocente dice sor Juana en estos versos algo bastante atrevido:
no es verdad que en la Nueva España estén «avenidos» los
nobles, de piel blanca, y los variopintos plebeyos; lo están, sí,
pero sólo ritualmente, cuando se trata de reconocer que todos
son vasallos de la Corona española. En cuanto vasallos, los españoles
más presumidos tienen que renunciar a sus humos, y los mexicanos
más humildes pueden erguir con orgullo la frente. Por debajo de
lo que dice la sor Juana oficial se percibe muy bien lo que piensa
la sor Juana personal: todos somos iguales, pero algunos lo son
«más» que otros. Y eso mismo se ve en la esfera religiosa. Sor Juana
finge que todos los indios de México son cristianos devotos.
Como dice en un villancico de la Asunción:
Los mexicanos,
alegres
también,
a su usanza salen,
que
en quien campa la lealtad,
bien
es que el aplauso campe;
y con
las cláusulas tiernas
del
mexicano lenguaje,
en
un tocotín sonoro
dicen
con voces süaves:
Tla
yo timohuica...3
y prosiguen
las cláusulas tiernas del náhuatl. La lealtad que aquí se
pregona no va dirigida al rey, sino a la religión. Y es muy digno
de notar el hecho de que sor Juana nunca menciona al humilde indio
Juan Diego; habla, sí, de la Virgen de Guadalupe:
La compuesta
de flores maravilla,
divina
protectora americana,
que
a ser se pasa Rosa Mexicana
apareciendo
Rosa de Castilla...
Pero este soneto
—muy refinado, muy gongorino— no parece haber brotado de una devoción
especial de sor Juana, sino que es, propiamente, elogio del jesuita
madrileño Francisco de Castro, residente en México, autor de un
«poema heroico» sobre las cuatro Apariciones. (Además, esa protectora
de América se ha aparecido como Virgen «castellana», o sea europea:
no tiene aún la tez indígena que en época posterior se le quiso
descubrir).
Lo que sor
Juana siente acerca de los indios se ve diáfanamente en el último
de los villancicos de san Pedro Nolasco. Aparece aquí un pobrecito
indio que, «cayendo y levantando», midiendo con la cabeza cada paso
que da, y acompañándose con una guitarrilla de mala muerte, toda
desafinada, canta en loor del santo «un tocotín mestizo / de español
y mexicano»; el indio se presenta a sí mismo como «valentón» de
verdad, y no como «hablador», y lo demuestra relatando hechos: una
vez derribó de un «poñete» a un rival, y
[...] también
un topil
del
gobernador,
caipampa
tributo
prenderme
mandó,
mas
yo con un cuáhuitl
un
palo lo dio
ipam
i sonteco:
no
sé si morió.
(Inesperada
y estupenda caracterización del indio, tan humildito y sumiso como
lo vemos, y tan capaz de entrar en acción si el caso lo requiere).
Todo ha sido «caipampa tributo», o sea a causa del
odioso tributo que durante los tres siglos coloniales tuvieron que
pagar los indios, contribuyendo así a la perpetuación del statu
quo, o sea a su propia desgracia. Ha llegado a casa de este indio
el topil (alguacil o corchete) de parte de la autoridad encargada
de recaudar los impuestos, y él, con un cuáhuitl («árbol»,
pero aquí «garrote»), le da un buen golpe ipam i sonteco:
en la cabeza («en la mera cholla», «en el mero coco», como decimos
en México), dejándolo ni más ni menos que como Lázaro de Tormes
deja «medio muerto» al ciego después de hacer que se estrellara
la cabeza contra el poste: «No supe más lo que Dios dél hizo, ni
curé de lo saber». (Sor Juana pinta la hazaña de su indio con colores
muy «realistas», pero no es posible que la pintura corresponda a
una «realidad». Ese garrotazo no es sino fantasía de sor Juana,
idea suya).
En otro villancico,
el indio es sólo una especie de «gracioso» de comedia que les propone
a españoles y criollos una extraña adivinanza: ¿cuál san José es
«el mejor»? Todos se ríen del «gran disparate», pero el indio sostiene
que su adivinanza es buena y que nadie ha podido contestarla; pues
bien, ¡el mejor de todos es el san José de Xochimilco!, (y, en efecto,
hasta el día de hoy, es san José el patrono titular de la parroquia
de Xochimilco).
También es
notable lo que dice sor Juana en su romance de agradecimiento a
los poetas y prosistas españoles que la cubrieron de elogios en
las páginas preliminares del Segundo volumen. Ella encuentra
muy exagerados esos elogios, y reflexiona: siendo mis versos tan
poca cosa,
[...] ¿qué
mágicas infusiones
de
los indios herbolarios
de
mi patria, entre mis letras
el
hechizo derramaron?
Sor Juana sabe
que nuestros indios poseen drogas que los sacan de la cruda realidad
y los lanzan al reino de la fantasía y de las alucinaciones: el
mezcal, el peyote, el toloache, los honguitos de Huautla... (En
su elogio del verso octosílabo, el de los romances, había dicho
sor Juana que «tiene no sé qué yerbas, / qué conjuros, qué exorcismos»
que lo hacen irresistiblemente encantador; pero aquí no menciona
a «indios herbolarios»).4
La presencia
de los negros es más asidua que la de los indios. He aquí el comienzo
de un villancico de la Concepción, cantado «entre un negro
y la música castellana:
¿Quién es?
Un neglillo.
¡Vaya,
vaya fuera,
que
en fiesta de luces,
toda
de purezas,
no
es bien se permita
haya
cosa negra!
Aunque
neglo, blanco
somo,
lela, lela,
que
el alma rivota
blanca
sá, no prieta.
Es visible
la huella de Góngora, autor de dos maravillosos villancicos de negro,
«Mañana sá Corpus Crista...» y «¡Oh, qué vimo, Mangalena!...»; también
Góngora se sirve de la expresión proverbializada «Aunque negros,
gente somos». Pero en las calles de Madrid no se verían tantos negros
como en las de México. Lo notable, en todo caso, es que sor Juana
no se limita a decir, como Góngora, que los negros son tan hijos
de Dios como los blancos y que tienen idéntico derecho a hallarse
presentes en los festejos religiosos, sino que se complace en hacerlos
hablar de la vida que llevan. Las mujeres están encadenadas a la
cocina, o venden «antojitos mexicanos» en calles y plazas, como
esas tortitas de pepitas de calabaza en pasta de azúcar que llamamos
pepitorias; y los hombres están sudando día tras día en el
obraje, o vendiendo también camotes, requesón, garbanzos salados
y tostados. He aquí cuatro viñetas.
En un villancico
de la Asunción cantan dos «princesas de Guinea»:
Ha, ha, ha,
- monan vuchilá.
He,
he, he, - cambulé...
Gulungú,
gulungú, - hu, hu, hu...
Flasica,
naquete día
no
vindamo pipitolia...;
dejémoso
la cocina
y vámono
a puro trote,
sin
que vindamo gamote
nin
garbanzo a la vecina...
En otro villancico
de la Asunción no es un negro quien habla, sino un criollo novohispano
que sabe imitar el lenguaje de los «negros camoteros» y metaforiza
a la Virgen con el blanco requesón y la delicada carne de los camotes.
No lo hace mal, por cierto:
¡Oh Santa
María que
a Dioso parió!...
Garbanza
salara tostada
ri doy...
Camotita
linda, fresca
requesón...
Mas,
ya que te va, ruégale
a mi Dios
que
nos saque lible de
aquesta plisión...
Ese criollo
no sólo habla como negro, sino que siente como negro. La
«plisión» de la cual quiere que la Virgen lo saque no es el cuerpo,
«cárcel del alma» (como dicen los místicos), sino una prisión real
y concreta: la esclavitud.
En la Asunción,
la Virgen se va triunfalmente y en cuerpo y alma al cielo mientras
los negros se quedan penando en la tierra:
Cantemo,
Pilico, que
se va las Reina...
Igual
é yolale, Flacico,
de pena,
que
nos deja a scula a
turo las negla...
Déjame
yolá, Flacico,
por eya,
que
se va, y nosotlo la
oblaje nos deja.
Y aquí, maravillosamente,
sor Juana hace que Flacico le aconseje más discreción a Pilico.
Esas cosas no son para cantarse a voz en cuello y en plena catedral,
ante un público de españoles y criollos:
Calla, que
sá siempre milando
la iglesia;
mila
las pañola, que
se queda plieta...
Por lo demás,
los negros conocen esta frase del Cantar de los Cantares que la
liturgia cristiana ha puesto en boca de la Virgen: Nigra sum,
sed formosa: «Só molena / con los soles que mirá». (Góngora:
«Entra, dijo, prima mía, / que negra só, ma hermosa»).
La cuarta viñeta
es la más impresionante, y vale la pena leerla entera. Es uno de
los villancicos de san Pedro Nolasco, hechos por encargo de los
frailes de la orden de la Merced, por él fundada. En la mente del
santo fundador, la misión de sus frailes era «redimir» cristianos
cautivos en tierras de infieles. (Idealmente, el mercedario que
no conseguía de limosna el dinero necesario para rescatar a alguien
se obligaba, por voto, a quedarse cautivo en su lugar). Los mercedarios,
en efecto, negociaron el rescate de cierto número de españoles capturados
por los turcos. Pero si en las Indias no hay turcos, ¿qué hacen
aquí los mercedarios? Francamente nada, salvo enriquecerse con las
limosnas de los fieles. (El claustro del convento de la Merced es
una de las joyas arquitectónicas de la Colonia). He aquí lo que
canta el negro:
¡Túmbala
lala! ¡Túmbala lele!
¡Que
donde ya Pilico, escrava no quede!
¡Tumba,
túmbala lele! ¡Túmbala lala!
¡Que
donde ya Pilico, no quede escrava!
Hoy
dici que en las Melcede
estos
parre mercenaria
hace
una fiesa a su Padre.
¿Qué
fiesa? ¡Como su cala!
Eya
dici que redimi:
cosa
palece encantala,
porque
yo la oblaje vivo
y las
parre no mi saca.
La
otra noche con mi conga
turo
sin durmí pensaba
que
no quiele gente plieta,
como
eya sá gente branca.
Sólo
saca la pañole:
¡pues,
Dioso, mila la trampa,
que
aunque neglo, gente somo,
aunque
nos dici cabaya!
Mas
¿qué digo, Dioso mío?
¡Los
demoño, que me engaña
pala
que esé mulmulando
a esa
Redentola santa!
El
santo me lo perrone,
que
só una malo hablala,
que
aunque padesca la cuerpo,
en
ése libla las alma.
Todo esto lo
canta el negro «al son de un calabazo» mientras baila un puerto-rico
(un antepasado de la salsa). El «calabazo» o güiro es el pendant
de la guitarra destemplada del indio. Dice, pues, que donde está
«Pilico» (Pedrito, Perico), o sea Pedro Nolasco, no debiera haber
esclavos, y se queja de esos frailes mercedarios que organizan una
fiesta tan brillante «como su cara» (cara de gente satisfecha de
la vida) y se olvidan por completo del cautiverio de los negros.
Esta vez no hay un segundo negro que aconseje un poco de prudencia
al quejoso, sino que es el propio quejoso quien, después de desahogarse
a gusto, sale con un «¡Perdón, se me fue la lengua!».5
Cuando se leen
estos villancicos «de indio» y «de negro», no hay que perder de
vista el hecho de que es sor Juana quien está expresándose. También
piensa ella en los mestizos:
En el día
de san Pedro...
entraron
a celebrarle
de
lo mejor de los barrios
multitud
de personajes.
El
primero fue un mestizo
que,
con voces arrogantes,
le
disparó estos elogios
disfrazados
en coraje:
«Hoy
es el señor san Pedro,
que
fue la Piedra de Cristo...».
Y continúa
así, con los acentos propios de la «jácara» rufianesca, identificándose
denodadamente con san Pedro, bravucón como él, que dejó desorejado
a Malco en el huerto, «pues del barrio de San Juan / se dice que
era vecino» (el mismo barrio bravo en que viven los mestizos). Es
ésta la única aparición del mestizo, pero ¡qué bien nos deja ver
sor Juana lo que pensaba de él! Sus voces son «arrogantes» porque
es consciente de los derechos que se le niegan en la sociedad novohispana;
y, como está enojado todo el tiempo, hasta cuando se halla frente
al glorioso san Pedro habla como mascando su «coraje». El mestizo
se distingue por su hondo, entrañable resentimiento.6
Sor Juana misma,
por supuesto, está feliz de ser lo que es. Si no fuera porque mexicano
significa sobre todo «indio», bien hubiera podido decir «Soy mexicana».
Lo que dice es: «Soy americana» (añadiendo «¡y a mucha honra!»).
Donde más enfáticamente lo dice es en la larga carta-romance que,
por insinuación de la condesa de Paredes, dirigió a la duquesa de
Aveiro, que residía en Madrid:
Desde la
América enciendo
aromas
a vuestra imagen,
y en
este apartado polo
templo
os erijo y altares...
Tras cubrir
de elogios a la aristocrática dama a lo largo de quince cuartetas,
sor Juana le aclara que la carta que le está escribiendo es absolutamente
«desinteresada»; va desnuda de todo propósito. «Yo no he menester
de vos», le dice; no voy a pediros una carta de recomendación, ni
tampoco una ayudita económica para mí y mis parientes, ni nada por
el estilo:
[...] que
yo, señora, nací
en
la América opulenta,
compatrïota
del oro,
paisana
de los metales,
adonde
el común sustento
se
da casi tan de balde,
que
en ninguna parte más
se
ostenta la tierra madre...
El de sor Juana
es un patriotismo prístino y espontáneo, sin contagio alguno de
«ideología»: simple y puro amor a la hermosa tierra en que nació.
Dice América, y se le llena la boca. Ella es «paisana» y
«compatriota» de los metales preciosos, pero también lo es del oro
intelectual que la Nueva España produce, como ese capitán Velázquez
de la Cadena,
[...] honor
de Occidente,
de
la América el prodigio,
la
corona de la patria,
de
la nación el asilo...
varón insigne,
por quien nuestra «imperial laguna», nuestros montes, nuestros campos
y bosques vencen a los lagos y montes y campos del Viejo Mundo,
y
[...] por
quien América, ufana,
de
Asia marchita los lirios,
de
África quita las palmas,
de
Europa el laurel invicto...7
El emblema
heráldico de la «patria» es para sor Juana, como para nosotros,
el águila real. Dibujada primero por los indios bajo la mirada de
los franciscanos, el águila siguió apareciendo en grabados y pinturas
durante los siglos coloniales; nunca dejó de estar presente en el
«imaginario colectivo». Con toda razón figura en esa especie de
«himno nacional» que entona sor Juana con ocasión del nacimiento
de José de la Cerda, el hijo de los virreyes:
¡Levante
América ufana
la
coronada cabeza,
y el
Águila mexicana
el
imperial vuelo tienda,
pues
ya en su alcázar real,
donde
yace la grandeza
de
gentiles Moctezumas,
nacen
católicos Cerdas!
El águila real
es ahora «águila imperial», y el recién nacido está destinado a
ser «gloria de su patria / y envidia de las ajenas». Así como el
palacio virreinal se levanta sobre lo que fue palacio de Moctezuma,
así la «patria» está hecha con los vestigios de la «gentilidad»
pasada y las presentes y poderosas realidades del cristianismo hispano.
«¡Feliz América!», dice varias veces sor Juana. En la letra hecha
para cantarse al son de la españoleta, menciona lo americano
al ponderar la grandeza del marqués de la Laguna, ese
[...] alto
Cerda famoso
que,
con cadena de afecto sutil,
suavemente
encadena y enlaza
de
América ufana la altiva cerviz;
y
otro tanto hace en un romance dirigido al mismo marqués,
[...]
cuyas victoriosas plantas
al
Águila de las Indias
la
coronan de laureles
más
que la huellan vencida...
y vuelve a
repetirlo, refiriéndose una vez al conde de Galve y otra a Carlos
II:
De América,
en hora buena,
huelle
la cerviz robusta,
que
adora, en el pie que besa,
la
mano que la sojuzga.
Lo notable,
en todos estos pasajes, es la sabiduría con que sor Juana entrevera
las ideas de «sometimiento» y de «altivez»; la cerviz pisada es
«altiva» y «robusta»; lo negativo (cadena, hollar,
sojuzgar) está trabado con lo positivo (corona, vuelo...).8
Dos veces figura
la ciudad de México en el Neptuno alegórico, prolija explicación
de los lienzos del arco triunfal que por orden del virrey saliente,
fray Payo Enríquez, se erigió para recibir al entrante, marqués
de la Laguna. En el tercero de los lienzos se veía, abajo, la isla
Delos, fluctuando al capricho de las olas del mar, y arriba el dios
Neptuno, que con su poderoso tridente le daba firmeza y «consistencia»:
Delos es alegoría de México, «ciudad sobre las ondas fabricada»,
«émula de Venecia», y Neptuno es alegoría del marqués de la Laguna,
a quien la Nueva España se dispone a adorar como a un dios. Y en
el octavo lienzo se pintó de un lado la catedral de México, «de
hermosa arquitectura, aunque sin su última perfección», y del otro
lado el muro de Troya, edificado por Neptuno con ayuda de Apolo:
no de otra manera el marqués apresurará (sin duda) la terminación
de la catedral, pues ¿no es una vergüenza que esa «imperial mexicana
maravilla» siga inconclusa? 9
Quizá para
sentir más cerca del corazón a sus amigas virreinas, sor Juana las
«mexicaniza». Exalta a
[...] la
que, naciendo en Europa,
pasó
su luz matutina
brillando
estrella en Italia,
a lucir
Sol en las Indias...
o sea la condesa
de Paredes, que si no fue Sol para las Indias, ciertamente lo fue
para sor Juana (y que en efecto debe de haberse mexicanizado, puesto
que en una ocasión le mandó de regalo a sor Juana una diadema de
plumas). A la condesa de Galve, recién llegada, le regala la monja
«un zapato bordado [¿con sus manos?] según el estilo de México,
y un recado de chocolate», para que se vaya aclimatando (y cuanto
antes, mejor).10
Bien hubiera
podido sor Juana situar la acción de Los empeños de una casa
en México y Puebla: la trama de la comedia habría quedado intacta,
y el auditorio mexicano se habría puesto muy contento; pero en este
caso tuvo que someterse a las convenciones literarias vigentes,
y la situó en Madrid y Toledo. Si Castaño, el gracioso, está tan
enterado de las fortunas y adversidades de Martín Garatuza, es porque
él nació en las Indias, donde seguía viva la leyenda del famoso
timador. No de otra suerte, la única mención de México que hace
Ruiz de Alarcón (en El semejante a sí mismo: «México, la
celebrada / cabeza del indio mundo...») está en labios de un español
que en México había admirado las obras del Canal de Desagüe y elogia
a Luis de Velasco, el virrey que las emprendió.
Pero el Sainete
II de Los empeños de una casa sí tiene lugar en México, y
los interlocutores, Arias, Muñiz y Acevedo, se representan a sí
mismos: son personajes reales, aficionados al arte teatral y, evidentemente,
amigos de sor Juana.
Y es en este
Sainete II donde pone sor Juana su única mención de los gachupines,
que no podían faltar. Finge que Acevedo es el autor de la comedia,
y hace que Arias y Muñiz, que son unos bromistas, le organicen una
rechifla tan ensordecedora, que el infeliz, encogiendo la cabeza
y tapándose las orejas, comenta:
Gachupines
parecen
recién
venidos,
porque
todo el teatro
se
hunde a silbos.11
Esos españoles
recién llegados, que se creen en la cúspide y ven por encima del
hombro a todo el mundo, incluso a los criollos, no son sino unos
patanes que exhiben su mala educación en el teatro. Ellos, por supuesto,
podían replicar que, acostumbrados al teatro profesional de Madrid,
no soportaban chambonadas de aficionados. (De todos modos, los gachupines
han hecho mal papel en México).
Finalmente,
a sor Juana le gusta evocar el pasado histórico de América: habla
de los indios del México antiguo, habla del descubrimiento del Nuevo
Mundo y menciona a Cortés y a Pizarro. En el «Sarao de cuatro naciones»
son indios mexicanos los que cantan en alabanza del virrey:
¡Venid, mexicanos! ¡Alegres
venid
a ver
en un Sol mil
soles lucir!
Si América,
un tiempo bárbara
y gentil
su deidad
al Sol quiso
atribuïr,
a un
Sol animado venid
a aplaudir...
La loa del
Cetro de José nos lleva a los primerísimos tiempos de la
conquista de América, cuando apenas comienza a difundirse el evangelio.
Hay dos confrontaciones relacionadas entre sí: una de la Ley Natural
con la Ley de Gracia, y otra de la Idolatría con la Fe. La Idolatría
no ha estado presente en la primera confrontación, pero, no bien
recibe noticias de que la Fe, con ayuda de las dos Leyes, está tramando
su ruina, irrumpe violentamente en escena, personificada en una
elocuentísima india mexicana (de esplendoroso atuendo, debemos suponer,
y hermosa y gallarda):
¡No, mientras
viva mi rabia,
Fe,
conseguirás tu intento,
que
aunque (a pesar de mis ansias),
privándome
la corona
que
por edades tan largas
pacífica
poseía,
introdujiste,
tirana,
tu
dominio en mis imperios...,
con
todo (vuelvo a decir),
no
ha de ser tu fuerza tanta
que
pueda de una vez sola
quitar
las tan radicadas
reliquias
de mis costumbres!...
Pedro Mártir
de Angera, cronista de los primeros contactos de la Fe con la Idolatría,
los había visto con no poca agudeza crítica: esas «conversiones»
multitudinarias de indios, que Pedrarias Dávila consigna en su hoja
de servicios como gran mérito, son una farsa; según Pedrarias, los
indios le dieron, por ya inútiles, seis estatuas de oro de sus dioses,
y Pedro Mártir comenta: «¡Como si fuera tan sencillo para los indios
renunciar de golpe a sus creencias, a su cultura, a los antiguos
monumentos de sus antepasados!». Es lo mismo que dice la Idolatría
de sor Juana. Como «plenipotenciaria» de los indios, y haciendo
frente a sus alegóricas enemigas, ella se empeña en mantener intactas
las creencias y costumbres de su sociedad, sin excluir «la antigua
usanza / que en sus sacrificios tienen»; los indios mandan decir
[...] que
mientras víctima humana
no
permitáis ofrecer,
no
viváis en confïanza
de
que es fija la obediencia...
esto es, amenazan
con sedición y guerra permanentes. Al final, abrumada por los argumentos
de sus adversarias, la Idolatría muestra interés por un Pan que
es carne y sangre de una Víctima divina, y acepta no volver a sacrificar
víctimas a «deidades falsas»; pero, aun así, no da su brazo a torcer:
le reconoce a la Ley Natural su victoria, y en seguida le pide que
no sea demasiado rígida, y que admita
[...] esta
leve circunstancia
de
sacrificar siquiera
los
cautivos que Tlaxcala
le
da al mexicano imperio.
La «leve circunstancia»
(una niñería) es, por supuesto, la «guerra florida», tan tradicional,
tan arraigada; sacrificar tlaxcaltecas en la Gran Pirámide no tiene
por qué ser rito de una religión falsa; que sea sólo parte de un
periódico evento deportivo; ¡que siquiera eso se salve! (Ocurrencia
de sor Juana que nos muestra su excelente sentido del humor).
A la cuestión
de la conquista se dedica por entero el medio millar de versos de
la loa del Divino Narciso. Los personajes alegóricos son
el Celo y la Religión por un lado, y el Occidente y la América por
el otro. El Celo representa a los conquistadores y la Religión a
los frailes de los primeros tiempos; el Occidente y la América encarnan
una sola realidad (la geminación se debe a simples razones de simetría).
Con la presencia del Celo se hace más complejo el drama de la conquista;
ahora hay lucha armada, ahora hay sangre. Al Occidente le toman
de nuevo la caballería y la artillería («¿Qué armas son éstas, /
nunca de mis ojos vistas?»), y la América dice:
¿Qué rayos
el cielo vibra
contra
mí? ¿Qué fieros globos
de
plomo ardiente graniza?
¿Qué
centauros monstrüosos
contra
mis gentes militan?
Como es natural,
el Occidente y la América quedan derrotados. El Celo levanta ya
la espada para acabar con la América, cuando se interpone la Religión:
«Espera, no le des muerte, / que la necesito viva». Pero ni aun
así pierde la América su dignidad:
[...] pues
aunque lloro, cautiva,
mi
libertad, mi albedrío
con
libertad más crecida
adorará
mis deidades...
y el Occidente
declara que seguirá adorando en su corazón a Huitzilopochtli, pues
«no hay fuerza ni violencia / que a la voluntad impida / sus libres
operaciones».
Sor Juana escribió
El Divino Narciso para que se representara en Madrid, y creyó
oportuno, por lo visto, recordarles a esos españoles que en la conquista
de México se cometieron muchas barbaridades.
Y su atrevimiento llega a más, pues hace de Huitzilopochtli una
prefiguración de Cristo sacramentado: los antiguos mexicanos comulgan
con «el gran dios de las semillas» tal como los cristianos comul-
gan con la hostia consagrada. A las «figuras» eucarísticas encontradas
por Calderón en la Biblia y en las Metamorfosis de Ovidio
ha añadido la innovadora monja una más: el gran dios americano.12
Coda.
El primer diccionario académico, llamado Diccionario de Autoridades
porque sus voces van acompañadas de ejemplos tomados de los «buenos
autores» (modelos del castellano bueno y castizo), se imprimió entre
1726 y 1739, cuando sor Juana contaba en España con muchos admiradores,
uno de ellos el académico Gabriel Álvarez de Toledo Pellicer, que
le dedicó un enfático elogio en el Segundo volumen. Entre
las «autoridades» del Diccionario están dos contemporáneos de sor
Juana, Agustín de Salazar y Torres y José Pérez de Montoro. ¿Por
qué no está ella, que gozaba de mucho más prestigio? La respuesta
no puede ser sino ésta: porque sor Juana era americana. |