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El español en el mundo > Anuario 2003 > I. Sotelo. El ensayo en español
El español en el mundo

El español, ¿lengua de pensamiento?

Ignacio Sotelo

10. El ensayo en español

La unidad del español como lengua de pensamiento se manifiesta también en un influirse mutuamente en el estilo y, mucho más llamativo, incluso en los contenidos a ambos lados del Atlántico. El desplome de la cultura en la segunda mitad del xvii la lleva a mínimos en la primera del xviii. Claro que a punto de secarse, el pozo suele volver a tener agua. A finales del xvii, alejados de la corte —la Academia de Matemáticas de Madrid había cerrado en 1625—, en Sevilla, Valencia, Barcelona o Zaragoza, nos encontramos con algunas personas interesadas en la filosofía y la ciencia que se hace en Europa; las conocemos como los «novatores». España, que hasta bien entrado el siglo xvi ha pertenecido plenamente a la cultura europea, en el xviii tiene que esforzarse en adquirirla, como si se tratase de una ajena. Europeizarse supone, justamente, este arduo proceso de aculturación a la modernidad.

El español, como lengua de pensamiento, surge tras el vacío que va desde 1681, año de la muerte de Calderón de la Barca, por poner una fecha, hasta la segunda mitad del xviii. En este resurgir de la lengua, la influencia francesa, por lo menos hasta bien entrado el siglo xix, es creciente. Si los españoles piensan en francés y llenan su lengua de galicismos, los hispanoamericanos no tienen por qué seguir orientándose en España; desde la Independencia, pueden comerciar con Inglaterra y leer en francés sin necesidad de intermediarios.

El que el impacto del francés haya sido tan fuerte se debe a que el español, como lengua de pensamiento, empezase a partir de niveles ínfimos. «El siglo xviii español hereda un lenguaje escolástico, barroco y dislocado entre la chabacanería y la artificiosidad», diagnostica Rafael Lapesa26. Todavía en 1760, Francisco Mariano Nipho publica un libro titulado Cajón de sastre literario o percha de maulero erudito con muchos retales buenos, mejores y medianos, útiles, graciosos y honestos para evitar las funestas consecuencias del ocio, encabezamiento que basta para captar el nivel que debe alcanzar su contenido. En este mismo año, la Inquisición prohíbe la Historia del famoso predicador fray Gerundio de Campazas, alias Zotes, que José Francisco de Isla había publicado en 1758; en la novela, así la llama el autor, ridiculiza la lengua de la oratoria sagrada de la época, no muy diferente de la que se empleaba en otros géneros literarios. Una simple lista de los títulos de los libros españoles de la época sería suficiente para dejar constancia de las razones por las que no los encontramos en las bibliotecas europeas del xviii.

El español como lengua de pensamiento se inaugura en la segunda mitad del siglo xviii de forma bien modesta. El precursor fue sin duda fray Benito Feijoo, una cumbre, medido con lo que se publica en la España de su tiempo, y un pigmeo, comparado con el pensamiento que a la sazón se escribe en inglés, francés y alemán. Mérito de Feijoo es haber roto con el barroquismo chapucero de su tiempo, volviendo al estilo sencillo, conversacional, de Juan de Valdés o de Antonio de Guevara. El lector no se libra de la impresión de estar sentado a su vera, en amigable tertulia, escuchándole tratar de los temas más diversos: artes, astronomía, geografía, economía y derecho, filosofía, física y matemáticas, historia natural, medicina, historia, supersticiones y costumbres. En rigor, Feijoo inventa el ensayo en español; una curiosidad insaciable involucra su persona en ese «discurrir a lo libre», que dijera Gracián. Desde su celda de Oviedo, Feijoo trata de importar todo lo que puede del pensamiento europeo de su tiempo; como no lee inglés ni alemán, sus fuentes están en francés —sigue periódicamente el Journal des Savants de París— lengua que admira y que considera incluso más útil que el mismo griego.

La unidad del español, como lengua de pensamiento, es un hecho y no sólo en cuanto a las semejanzas en el estilo, sino también en lo tocante a los contenidos. Para terminar, un ejemplo de esta convergencia. Una de las preocupaciones centrales a ambos lado del Atlántico es determinar quiénes somos, la cuestión de la identidad. Desde que Simón Bolívar se preguntara quiénes son, en realidad, los hispanoamericanos, al no ser ni españoles ni americanos, hasta que el joven Ortega insistiese que para un español la cuestión esencial es conocer quién es él en su especial circunstancia, y cómo condiciona esta circunstancia su modo de vivir y de pensar, la literatura ensayística sobre la identidad del iberoamericano, o en concreto, del español, argentino, mexicano, o peruano, es amplísima. Nos preguntamos quiénes somos, y en la pregunta queda sobreentendida nuestra relación con la modernidad, que se nos presenta como algo propio —proviene de raíces que compartimos— a la vez que extraño, al no haber participado en los siglos xvii y xviii en el primer despliegue de la modernidad.

  • (26) Cf. R. LAPESA, El español moderno y contemporáneo. Estudios lingüísticos, Barcelona, Crítica, 1996, pág. 12. volver
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