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En la tradición romántica
de Humboldt lo menos convincente es la identificación que
hace de lengua y nación, como si cada lengua implicara la
existencia de una nación. Tesis que, si bien ha echado raíces
profundas en Cataluña, no encaja con lo ocurrido en el inglés
o el español, idiomas que lo son de muchas naciones. El caso
del español es ejemplar a este respecto. Por un lado, una
misma lengua pertenece a diferentes naciones, cada una con una sólida
conciencia nacional; por otro, España, por lo menos desde
el punto de vista de sus lenguas, es una «nación de
naciones». Además del castellano, se habla el catalán,
el gallego y el vascuence20
y, como las cuatro lenguas son españolas, el castellano no
debiera monopolizar el nombre. La Constitución de 1978 en
su artículo tercero sostiene que «el castellano es
la lengua española oficial del Estado (...) Las demás
lenguas españolas serán también oficiales en
las respectivas Comunidades Autónomas». El que el castellano
haya pasado a denominarse español constituye un proceso bastante
complejo, en buena parte debido a la reacción de las demás
lenguas peninsulares.
En el siglo XVI,
con el surgir de una conciencia nacional, empieza a llamarse español
a nuestra lengua, aunque esta denominación sigue conviviendo
con la de castellano. La Real Academia Española, fundada
a comienzos del XVIII, se inclina por llamar
castellana a nuestra lengua, lo que no es óbice para que
el valenciano Gregorio Mayáns y Siscar en sus Orígenes
de la lengua española (1737) cargado de razón
manifestara: «Por lengua española entiendo aquella
lengua que solemos hablar todos los españoles cuando queremos
ser entendidos perfectamente unos de otros»21.
La Real Academia, en 1924 a su gramática y en 1925 a su diccionario,
los llama de la lengua española, sin dar ya marcha atrás,
para acoplarse a la Constitución española de 1978.
En los países americanos
a nuestra lengua a menudo se la llama castellano, a veces por arcaísmo,
otras con la intención de subrayar que ya no es una lengua
exclusiva de España. Con este fin se propuso por suerte,
sin el menor éxito sustituir los términos de
castellano o español por «idioma nacional». En
1900 Luciano Abeille publica Idioma nacional de los argentinos,
libro en que anuncia a bombo y platillo el nacimiento de una nueva
lengua, «el idioma argentino, expresión de una nueva
raza, la raza argentina». Amado Alonso juzga con acierto la
aportación de Abeille. «En los últimos años
del siglo XIX y al principio del XX
se hablaba apasionadamente del idioma argentino hasta que un señor
francés, Lucien Abeille, que lo quiso defender con aparato
teórico, lo desacreditó del todo»22.
Así pues, la idea que aporta el romanticismo alemán
de que la nación implicaría una lengua propia, no
sólo fructifica en la Cataluña de la segunda mitad
del XIX; antes lo hizo en Argentina.
Conseguida la emancipación
política, las nuevas naciones americanas, en el sentir de
los argentinos Estebán Echeverría, Juán Bautista
Alberdi y Domingo Faustino Sarmiento, habrían de conquistar
la independencia cultural y hasta lingüística de España,
y, aunque hablaban de libertad, en el fondo caían en un nuevo
vasallaje, al sustituir el español por la lengua y la civilización
francesas. El mismo Sarmiento defendía que «el idioma
de América deberá pues, ser suyo propio, con su modo
de ser característico y sus formas e imágenes tomadas
de las virginales, sublimes y gigantescas que su naturaleza, sus
revoluciones y su historia indígena le presentan. Una vez
dejaremos de consultar a los gramáticos españoles,
para formular la gramática hispanoamericana, y este paso
de la emancipación del espíritu y del idioma requiere
la concurrencia, asimilación y contacto de todos los interesados
en él» (Obras, XII, pág. 184). Acertaba
Sarmiento cuando decía que «los pueblos en masa, y
no las academias, forman los idiomas», pero erraba, y gravemente,
cuando en 1843, en su Memoria sobre ortografía americana
proponía una ortografía «vulgar, ignorante,
americana», como la forma expedita de romper todos los lazos
con «la Academia de la Lengua y con la Nación española».
Desde el prejuicio de que no habría nación sin lengua,
ser plenamente argentino exigiría una lengua propia, como
Estados Unidos no alcanzaría la categoría de nación,
mientras no dejara de hablar inglés.
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De la misma manera que el
término español es un provenzalismo si la palabra
hubiese nacido en Castilla, nos hubiéramos llamado «españuelos»23
también el idioma que hablamos a ambos lados del Atlántico
empezó a llamarse español fuera de nuestro espacio
lingüístico antes que entre nosotros. En cualquier parte
del mundo, un hispanoparlante, peninsular o americano, se anuncia
como profesor de español, y no de castellano, y seguro que
verá en los escaparates el letrero de «Se habla español».
Al final terminamos llamándonos tal como nos llaman los otros.
También el nombre de América Latina surgió
en Francia en la segunda mitad del siglo XIX
y llegó a América por conducto de Estados Unidos,
y hoy los hispanoamericanos lo tienen perfectamente asumido.
No sólo, superados
resabios nacionalistas del pasado, se ha impuesto a ambos lados
del Atlántico la denominación de español para
nuestra lengua, sino que, pese a los intentos decimonónicos
en sentido contrario, estamos en camino de mantener como un verdadero
tesoro la unidad de nuestra lengua común. Hoy nadie duda
que nuestra fuerza radica en que 400 millones de hispanoparlantes
nos entendemos oralmente o por escrito sin la menor dificultad.
Bueno, para no recibir alguna sorpresa que pudiera resultar hasta
desagradable, basta con prestar alguna atención a ciertas
palabras o modismos, propios de cada país y que se aprenden
fácilmente24.
El que sea así no debe ser óbice para dejar de reconocer
que son significativas las diferencias; ahora bien, las peculiaridades
del español no se traducen en una escisión entre el
que se habla en España y en América, sino que cabría
distinguir, siguiendo a Diego Catalán, un español
castellano de otro atlántico, que incluiría Andalucía,
Extremadura, Canarias e Hispanoamérica.
Si la lengua está
inmersa en la historia, y cuentan los caracteres étnicos,
la situación socioeconómica, la mentalidad de las
gentes y un larguísimo etcétera, a la larga la consecuencia
tendría que ser la descomposición del español
que se habla en países tan diferentes. A partir de las tesis
humboldtianas, y teniendo en cuenta el aislamiento de la población
rural, incluso de buena parte de la urbana, parecía plausible
el vaticinio del colombiano Rufino José Cuervo de que el
español estaría condenado a fragmentarse, de la misma
manera que lo hizo el latín vulgar después de largos
siglos de desaparecido el Imperio romano de Occidente, máxime
si a ello contribuía un nacionalismo que pretendía
tomar cuerpo también en la lengua. La experiencia de los
dos últimos siglos, empero, no ha confirmado este pronóstico,
lo que no debe tranquilizarnos en exceso, pese a que trabajen a
favor de la unidad, por un lado, la conciencia compartida de la
ventaja que supone hablar una lengua, y, por otro, la infinitamente
mayor comunicación que a ambos lados del Atlántico
existe hoy entre los hispanohablantes, dados los actuales medios
de transporte y de comunicación, así como el que se
mantenga la migración, aunque ahora en sentido inverso, de
América a la Península.
Sí, cabe albergar
la esperanza de que no se convierta en realidad la duda angustiosa
de Rubén Darío, «¿Tantos millones de
hombres hablaremos inglés?». Porque, efectivamente,
la mayor amenaza a la unidad de la lengua proviene hoy del inglés.
No porque se incrusten en nuestra habla cada vez más anglicismos,
proceso tan imparable, como a la postre enriquecedor como
lo fue en la Edad Media que el castellano se llenase de arabismos,
en el Renacimiento, de italianismos, y en la Ilustración,
de galicismos sino porque una misma palabra inglesa adopte
una forma distinta en cada país. Ya es grave que se emplee
una palabra inglesa, cuando tenemos la española a punto,
y se diga bluyins para vaqueros, pero resulta exterminador,
cuando en cada lugar toma una forma diferente el anglicismo de turno.
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NOTAS
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20.
Juan
VALDÉS en Diálogo de la lengua (edición
a cargo de José F. Montesinos, Madrid, La lectura, 1928),
distingue también cuatro lenguas en la Península,
«la catalana, la valenciana, la portuguesa y la vizcaína»
(pág. 29). La gallega desaparece absorbida por el portugués
y, en cambio, diferencia el catalán de la lengua valenciana,
aunque reconociendo que «la valenciana es tan conforme
a la catalana que el que entiende la una entiende casi la otra,
porque la principal diferencia consiste en la pronunciación,
que se llega más al castellano, y así es más
inteligible al castellano que la catalana» (pág.
31).
21.
Cf.
A. Alonso, Castellano, español, idioma nacional,
Buenos Aires, Losada, 4.ª ed., 1968, pág. 101.

22.
Ibíd.,
pág. 117.

23.
Probablemente
fueron los catalanes durante siglos los únicos a los
que se les llamó españoles, ya que los habitantes
del reino astur-leonés y del condado de Castilla se
identificaban como cristianos; cf. A. CASTRO, Sobre el
nombre y el quién de los españoles, ed.
al cuidado de Rafael Lapesa, Madrid, Sarpe, 1985.

24.
Ángel
ROSENBLAT nos ofrece un rico catálogo en «El castellano
de España y el castellano de América (unidad y
diferenciación)», en Sentido mágico de
la palabra, Caracas, Universidad Central de Venezuela, 1977,
págs. 97-128.
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