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El español en el mundo

El español, ¿lengua de pensamiento?

Ignacio Sotelo

9. La lengua culta del pensamiento

Si en algunas novelas el lector que no sea del país, o incluso de la región, puede encontrar alguna dificultad en la comprensión, como en Doña Bárbara o Don Segundo Sombra y en grado sumo en Tirano Banderas o La Catira, estas dos últimas escritas por españoles en un idioma artificial inventado —algo que también puede ocurrir leyendo al novelista cántabro José María de Pereda—, en cambio, en lo que concierne a la lengua escrita de la filosofía y el ensayo, la que llamamos lengua del pensamiento por antonomasia, no sólo es total la unidad lingüística a ambos lados del Atlántico en los siglos xix y xx, sino que hasta cabe rastrear semejanzas en el estilo e incluso en los contenidos. Podemos leer a Sarmiento, Menéndez Pelayo, Martí, Rodó, Unamuno, Ortega, Picón-Salas, Reyes, Borges, Paz, cada uno con sus peculiaridades, pero sin la menor diferenciación regional. El español del pensamiento es una sola lengua.

A finales del siglo xv y primera mitad del xvi, cuando las lenguas europeas se habían emancipado del latín, en cada una se hace el elogio de la propia lengua —León Battista Alberti, Pietro Bembo, Antonio de Nebrija, Joachim du Bellay— que, como es natural, es siempre la que nos resulta la más entrañable y en la que descubrimos las mayores virtudes. En este contexto llama la atención que el conquense Juan de Valdés al comienzo de su Diálogo de la Lengua reconozca que el castellano es inferior al toscano; y ello porque esta lengua «está ilustrada y enriquecida por un Boccaccio y un Petrarca... y como sabéis la lengua castellana nunca ha tenido quien escriba en ella con tanto cuidado y miramiento cuanto sería menester para que hombre... se pudiere aprovechar de su autoridad» (pág. 8). Su aprecio del castellano no debía de ser muy grande, pues, cuando sus interlocutores le preguntan por los mejores escritores castellanos en prosa, Valdés confiesa haberlos leído poco «porque, como entiendo el latín y el italiano, no curo de ir al romance» (pág. 164). Sí, en cambio, admite que, como buen español, se dejó embaucar por los libros de caballerías, los Amadís de Gaula o los Palmerines. «Diez años, los mejores de mi vida, que gasté en palacios y cortes, no me empleé en ejercicio más virtuoso que en leer estas mentiras en las cuales tomaba tanto sabor, que me comía las manos tras ellas» (pág. 169).

Franqueza y apertura de espíritu que considero cualidades principales del que exprese por escrito su pensamiento, y de las que Valdés da cumplida muestra en el siguiente pasaje. «Porque jamás me sé aficionar tanto a una cosa que el afición me prive del uso de la razón, ni deseo jamás tanto complacer a otros que vaya contra mi principal profesión, que es decir libremente lo que siento de las cosas que soy preguntado»25. Esta libertad de espíritu que se plasma en «decir a la clara mi parecer» exige un estilo natural «y sin afectación ninguna escribo como hablo, solamente tengo cuidado de usar de vocablos que signifiquen bien lo que quiero decir» (pág. 150). En resumidas cuentas, la lección que nos da Valdés, que sigue siendo válida, es que el verdadero valor de una lengua como vehículo de pensamiento no depende de su estructura gramatical, ni de la riqueza de su léxico, sino de lo que tengan que decir de bello, bueno y verdadero aquellos que la utilizan. El mérito del español, como lengua de pensamiento, es el que otorguemos a los pensadores, ensayistas y escritores que se expresan en esta lengua.

  • (25) Ibíd., pág. 180. Aunque he modernizado la ortografía en las citas, respeto la regla que nos da Valdés para evitar la cacofonía de poner el artículo masculino sobre las palabras femeninas que empiecen por a, y así como decimos «el alma», Valdés escribe «el afición» y no «la afición». volver
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