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El español en el mundo > Anuario 2003 > I. Sotelo. Lengua y nación
El español en el mundo

El español, ¿lengua de pensamiento?

Ignacio Sotelo

8. Lengua y nación

En la tradición romántica de Humboldt lo menos convincente es la identificación que hace de lengua y nación, como si cada lengua implicara la existencia de una nación. Tesis que, si bien ha echado raíces profundas en Cataluña, no encaja con lo ocurrido en el inglés o el español, idiomas que lo son de muchas naciones. El caso del español es ejemplar a este respecto. Por un lado, una misma lengua pertenece a diferentes naciones, cada una con una sólida conciencia nacional; por otro, España, por lo menos desde el punto de vista de sus lenguas, es una «nación de naciones». Además del castellano, se habla el catalán, el gallego y el vascuence20 y, como las cuatro lenguas son españolas, el castellano no debiera monopolizar el nombre. La Constitución de 1978 en su artículo tercero sostiene que «el castellano es la lengua española oficial del Estado (...) Las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas». El que el castellano haya pasado a denominarse español constituye un proceso bastante complejo, en buena parte debido a la reacción de las demás lenguas peninsulares.

En el siglo xvi, con el surgir de una conciencia nacional, empieza a llamarse español a nuestra lengua, aunque esta denominación sigue conviviendo con la de castellano. La Real Academia Española, fundada a comienzos del xviii, se inclina por llamar castellana a nuestra lengua, lo que no es óbice para que el valenciano Gregorio Mayáns y Siscar en sus Orígenes de la lengua española (1737) cargado de razón manifestara: «Por lengua española entiendo aquella lengua que solemos hablar todos los españoles cuando queremos ser entendidos perfectamente unos de otros»21. La Real Academia, en 1924 a su gramática y en 1925 a su diccionario, los llama de la lengua española, sin dar ya marcha atrás, para acoplarse a la Constitución española de 1978.

En los países americanos a nuestra lengua a menudo se la llama castellano, a veces por arcaísmo, otras con la intención de subrayar que ya no es una lengua exclusiva de España. Con este fin se propuso —por suerte, sin el menor éxito— sustituir los términos de castellano o español por «idioma nacional». En 1900 Luciano Abeille publica Idioma nacional de los argentinos, libro en que anuncia a bombo y platillo el nacimiento de una nueva lengua, «el idioma argentino, expresión de una nueva raza, la raza argentina». Amado Alonso juzga con acierto la aportación de Abeille. «En los últimos años del siglo xix y al principio del xx se hablaba apasionadamente del idioma argentino hasta que un señor francés, Lucien Abeille, que lo quiso defender con aparato teórico, lo desacreditó del todo»22. Así pues, la idea que aporta el romanticismo alemán de que la nación implicaría una lengua propia, no sólo fructifica en la Cataluña de la segunda mitad del xix; antes lo hizo en Argentina.

Conseguida la emancipación política, las nuevas naciones americanas, en el sentir de los argentinos Estebán Echeverría, Juán Bautista Alberdi y Domingo Faustino Sarmiento, habrían de conquistar la independencia cultural y hasta lingüística de España, y, aunque hablaban de libertad, en el fondo caían en un nuevo vasallaje, al sustituir el español por la lengua y la civilización francesas. El mismo Sarmiento defendía que «el idioma de América deberá pues, ser suyo propio, con su modo de ser característico y sus formas e imágenes tomadas de las virginales, sublimes y gigantescas que su naturaleza, sus revoluciones y su historia indígena le presentan. Una vez dejaremos de consultar a los gramáticos españoles, para formular la gramática hispanoamericana, y este paso de la emancipación del espíritu y del idioma requiere la concurrencia, asimilación y contacto de todos los interesados en él» (Obras, XII, pág. 184). Acertaba Sarmiento cuando decía que «los pueblos en masa, y no las academias, forman los idiomas», pero erraba, y gravemente, cuando en 1843, en su Memoria sobre ortografía americana proponía una ortografía «vulgar, ignorante, americana», como la forma expedita de romper todos los lazos con «la Academia de la Lengua y con la Nación española». Desde el prejuicio de que no habría nación sin lengua, ser plenamente argentino exigiría una lengua propia, como Estados Unidos no alcanzaría la categoría de nación, mientras no dejara de hablar inglés.

De la misma manera que el término español es un provenzalismo —si la palabra hubiese nacido en Castilla, nos hubiéramos llamado «españuelos»23— también el idioma que hablamos a ambos lados del Atlántico empezó a llamarse español fuera de nuestro espacio lingüístico antes que entre nosotros. En cualquier parte del mundo, un hispanoparlante, peninsular o americano, se anuncia como profesor de español, y no de castellano, y seguro que verá en los escaparates el letrero de «Se habla español». Al final terminamos llamándonos tal como nos llaman los otros. También el nombre de América Latina surgió en Francia en la segunda mitad del siglo xix y llegó a América por conducto de Estados Unidos, y hoy los hispanoamericanos lo tienen perfectamente asumido.

No sólo, superados resabios nacionalistas del pasado, se ha impuesto a ambos lados del Atlántico la denominación de español para nuestra lengua, sino que, pese a los intentos decimonónicos en sentido contrario, estamos en camino de mantener como un verdadero tesoro la unidad de nuestra lengua común. Hoy nadie duda que nuestra fuerza radica en que 400 millones de hispanoparlantes nos entendemos oralmente o por escrito sin la menor dificultad. Bueno, para no recibir alguna sorpresa que pudiera resultar hasta desagradable, basta con prestar alguna atención a ciertas palabras o modismos, propios de cada país y que se aprenden fácilmente24. El que sea así no debe ser óbice para dejar de reconocer que son significativas las diferencias; ahora bien, las peculiaridades del español no se traducen en una escisión entre el que se habla en España y en América, sino que cabría distinguir, siguiendo a Diego Catalán, un español castellano de otro atlántico, que incluiría Andalucía, Extremadura, Canarias e Hispanoamérica.

Si la lengua está inmersa en la historia, y cuentan los caracteres étnicos, la situación socioeconómica, la mentalidad de las gentes y un larguísimo etcétera, a la larga la consecuencia tendría que ser la descomposición del español que se habla en países tan diferentes. A partir de las tesis humboldtianas, y teniendo en cuenta el aislamiento de la población rural, incluso de buena parte de la urbana, parecía plausible el vaticinio del colombiano Rufino José Cuervo de que el español estaría condenado a fragmentarse, de la misma manera que lo hizo el latín vulgar después de largos siglos de desaparecido el Imperio romano de Occidente, máxime si a ello contribuía un nacionalismo que pretendía tomar cuerpo también en la lengua. La experiencia de los dos últimos siglos, empero, no ha confirmado este pronóstico, lo que no debe tranquilizarnos en exceso, pese a que trabajen a favor de la unidad, por un lado, la conciencia compartida de la ventaja que supone hablar una lengua, y, por otro, la infinitamente mayor comunicación que a ambos lados del Atlántico existe hoy entre los hispanohablantes, dados los actuales medios de transporte y de comunicación, así como el que se mantenga la migración, aunque ahora en sentido inverso, de América a la Península.

Sí, cabe albergar la esperanza de que no se convierta en realidad la duda angustiosa de Rubén Darío, «¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?». Porque, efectivamente, la mayor amenaza a la unidad de la lengua proviene hoy del inglés. No porque se incrusten en nuestra habla cada vez más anglicismos, proceso tan imparable, como a la postre enriquecedor —como lo fue en la Edad Media que el castellano se llenase de arabismos, en el Renacimiento, de italianismos, y en la Ilustración, de galicismos— sino porque una misma palabra inglesa adopte una forma distinta en cada país. Ya es grave que se emplee una palabra inglesa, cuando tenemos la española a punto, y se diga bluyins para vaqueros, pero resulta exterminador, cuando en cada lugar toma una forma diferente el anglicismo de turno.

  • (20) Juan VALDÉS en Diálogo de la lengua (edición a cargo de José F. Montesinos, Madrid, La lectura, 1928), distingue también cuatro lenguas en la Península, «la catalana, la valenciana, la portuguesa y la vizcaína» (pág. 29). La gallega desaparece absorbida por el portugués y, en cambio, diferencia el catalán de la lengua valenciana, aunque reconociendo que «la valenciana es tan conforme a la catalana que el que entiende la una entiende casi la otra, porque la principal diferencia consiste en la pronunciación, que se llega más al castellano, y así es más inteligible al castellano que la catalana» (pág. 31). volver
  • (21) Cf. A. Alonso, Castellano, español, idioma nacional, Buenos Aires, Losada, 4.ª ed., 1968, pág. 101. volver
  • (22) Ibíd., pág. 117. volver
  • (23) Probablemente fueron los catalanes durante siglos los únicos a los que se les llamó españoles, ya que los habitantes del reino astur-leonés y del condado de Castilla se identificaban como cristianos; cf. A. CASTRO, Sobre el nombre y el quién de los españoles, ed. al cuidado de Rafael Lapesa, Madrid, Sarpe, 1985. volver
  • (24) Ángel ROSENBLAT nos ofrece un rico catálogo en «El castellano de España y el castellano de América (unidad y diferenciación)», en Sentido mágico de la palabra, Caracas, Universidad Central de Venezuela, 1977, págs. 97-128. volver
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