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En suma, si tomamos «pensamiento»
en el sentido estricto de filosofía y ciencias modernas,
hay suficiente base empírica para dudar de que el español
sea una lengua de pensamiento. En cambio, no cabe la menor duda
de que el español es vehículo de pensamiento, tomado
este término en el sentido más amplio, incluso en
el más estricto de haber creado desde el siglo XVIII
un tipo de ensayo que a ambos lados del Atlántico distingue
a los llamados «pensadores», como se les conoce tal
vez más entre los especialistas estadounidenses de América
Latina que en nuestra América. Este segundo enfoque conlleva
dos cuestiones a las que tenemos que enfrentarnos, a sabiendas de
que no cabe constreñirlas en el espacio disponible y de que
sobrepasan con mucho, no sólo mis conocimientos, sino los
de la lingüística y la filosofía del lenguaje
de nuestro tiempo. La primera reza, ¿cómo influye,
si es que lo hace de alguna forma, la estructura del español
sobre el pensamiento, de la misma manera que se supone que el griego
o el alemán han configurado el pensamiento escrito en estas
lenguas? Y la segunda, ¿se reflejan de algún modo
los rasgos específicos del español en los ensayos
escritos en los dos últimos siglos a ambos lados del Atlántico?
Por supuesto que en lo que sigue no cabe ofrecer más que
un armazón elemental con el único fin de tratar de
ordenar un poco, ayudando a su formulación, cuestiones de
tamaño calibre.
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