Ignacio Sotelo
En suma, si tomamos «pensamiento» en el sentido estricto de filosofía y ciencias modernas, hay suficiente base empírica para dudar de que el español sea una lengua de pensamiento. En cambio, no cabe la menor duda de que el español es vehículo de pensamiento, tomado este término en el sentido más amplio, incluso en el más estricto de haber creado desde el siglo xviii un tipo de ensayo que a ambos lados del Atlántico distingue a los llamados «pensadores», como se les conoce tal vez más entre los especialistas estadounidenses de América Latina que en nuestra América. Este segundo enfoque conlleva dos cuestiones a las que tenemos que enfrentarnos, a sabiendas de que no cabe constreñirlas en el espacio disponible y de que sobrepasan con mucho, no sólo mis conocimientos, sino los de la lingüística y la filosofía del lenguaje de nuestro tiempo. La primera reza, ¿cómo influye, si es que lo hace de alguna forma, la estructura del español sobre el pensamiento, de la misma manera que se supone que el griego o el alemán han configurado el pensamiento escrito en estas lenguas? Y la segunda, ¿se reflejan de algún modo los rasgos específicos del español en los ensayos escritos en los dos últimos siglos a ambos lados del Atlántico? Por supuesto que en lo que sigue no cabe ofrecer más que un armazón elemental con el único fin de tratar de ordenar un poco, ayudando a su formulación, cuestiones de tamaño calibre.