Ignacio Sotelo
La «polémica de la ciencia española» rebrota, más emponzoñada que nunca, cuando es la misma historia patria la que se cuestiona desde la España liberal del último tercio del xix, y no ya tan sólo en el extranjero, como en el siglo xviii, en que el libro en español había desaparecido de las bibliotecas europeas; es reveladora una carta del joven Lessing a su padre en la que le comunica que va a aprender español, porque es una lengua que nadie conoce. En 1876, Gumersindo de Azcárate se atreve a expresar lo evidente, que la Inquisición, al haber ahogado por completo la libertad, era la causa de que durante tres siglos España hubiera dado la espalda al despliegue prodigioso de la filosofía y las ciencias modernas. Marcelino Menéndez Pelayo, un muchacho de 22 años imbuido de un catolicismo a machamartillo, responde con un libro, La ciencia española (en su forma definitiva, de 1887), en el que, identificado plenamente con la Inquisición6, pretende mostrar con un amplio catálogo de nombres y obras en todas las ramas del saber que no sólo no habría impedido el desarrollo de la ciencia, sino que la habría potenciado manteniendo la fe incólume. La respuesta contundente que da Ortega, justamente la persona que pasa por ser la que hizo «apto el castellano para la faena filosófica»7, reza: «Antes de su libro entrevíase ya que en España no había habido ciencia; luego de publicado se vio paladinamente que jamás la había habido». A la tesis de que no habría habido filosofía moderna en español, habría que añadir el estrambote de «hasta que Ortega la crease en el siglo xx»8.
«La polémica de la ciencia española» retoña por tercera vez en el franquismo. Por un lado, a Menéndez Pelayo se le declara santo patrono de la España imperial y reciamente católica que se pretende instaurar; por otro, se persigue con furia exacerbada cualquier rastro de pensamiento liberal, aunque fuese claramente de derecha y, claro está, el odio principal va dirigido a la figura más eximia del pensamiento liberal español, José Ortega y Gasset9. En este contexto importa subrayar la actuación de mediador que ejerció Pedro Laín Entralgo; como científico (médico y químico) y católico practicante, desde sus primeros escritos le preocupa la difícil relación del catolicismo con la ciencia moderna, y a Menéndez Pelayo dedica uno de sus primeros libros10 con el fin de rescatar al polígrafo santanderino del integrismo en el que el régimen lo tenía confinado. Laín se esfuerza en poner de manifiesto algo que en aquellos años no era tarea fácil ni baladí, a saber, que el integrismo católico del polemista Menéndez Pelayo pertenece a un período juvenil (1876-1883) del que con un mejor conocimiento de la cultura europea se distancia en su obra posterior, tratando de reconciliar catolicismo y ciencia moderna. Con este mismo espíritu, Laín y sus amigos de la revista Escorial, Dionisio Ridruejo, José Luis López Aranguren, sin renegar de su catolicismo11, reivindican la obra de Ortega.
El católico Laín reconoce la animadversión de la Iglesia contra la modernidad, aunque, en su función de mediador, la excusa en cierto modo por el pretendido anticlericalismo del liberalismo hispánico. Lejos de participar en la autosatisfacción que destila la universidad española hacia la ciencia patria, tanto la que se hizo en el pasado como la que se hace en el presente, Pedro Laín ha sabido criticar nuestras deficiencias del pasado, pero también gritar a menudo su indignación por el estado de la investigación en la España de nuestros días, a la vez que ha contribuido a que surgiese una historia de la medicina rigurosa que ha terminado ampliándose a la historia de la ciencia.
Uno de sus discípulos, José María López Piñero, ha escrito una historia de la ciencia en la España de los siglos xvi y xvii12. No se circunscribe a una simple «historiografía de las grandes figuras» (si para certificar la existencia de una ciencia española necesitásemos recurrir al Galileo o al Newton español, obviamente sólo cabría refrendar su no existencia), sino que se limita a estudiar, como un simple fenómeno social, los conocimientos de los fenómenos naturales y sus aplicaciones prácticas, dejando a un lado la relevancia que estos saberes hayan podido tener en la historia de la ciencia. En este libro se pasa revista a las matemáticas, la cosmografía y la astrología (aplicación de los conocimientos de los astros para pronosticar sucesos futuros; la astronomía desapareció de nuestro horizonte tras la expulsión del judío Abraham Zacuto, nacido en Salamanca en 1452), la geografía y la historia natural.
A mayor altura quedamos en los saberes prácticos ligados a la navegación y a los descubrimientos geográficos, como la cartografía, la náutica y la ingeniería naval, la metalurgia y el arte militar (la artillería, como entonces se decía en un sentido más amplio que el actual). Todo ello muestra que España en la primera mitad del xvi, al menos en lo que respecta a la técnica, se encontraba en una buena situación. Ello hace aún más estrepitoso el descalabro que sufre a finales del xvi y a lo largo del xvii. López Piñero tiene que reconocer que, justamente, cuando empieza a alborear la ciencia nueva, «los obstáculos que hemos visto ir creciendo a lo largo del siglo xvi se convirtieron en auténticas barreras que aislaron la actividad científica española de las corrientes europeas y desarticularon su inserción en la sociedad» (pág. 372). López Piñero no puede menos que hacer patente la causa de tamaño estropicio. «Durante el siglo xvii la represión, además de hacerse más intensa e intolerante, se dirigió contra el cultivo de la ciencia de modo directo y explícito. Esta diferencia se refleja, por ejemplo, en los índices inquisitoriales de libros prohibidos y expurgados». Por consiguiente, «el colapso de la producción científica durante el siglo xvii es un hecho tan evidente que su comprobación no plantea dificultades» (pág. 373).