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Con ironía finísima
Cervantes nos pone sobre la pista de algunas de las causas que explican
el poder omnímodo de la Inquisición, y es que encaja
de manera perfecta con el orden aristocrático de una sociedad
en la que, al menos en valores y creencias, prevalecen los de la
alta nobleza, que comparten hidalgos y labriegos, tres grupos sociales
que por distintas razones desconfían de los sectores medios
urbanos, en los que hasta su expulsión en 1492 habían
dominado los judíos. La relación, tan íntima
y personal, que tiene el señor don Quijote con su escudero
Sancho es algo inconcebible en el resto de Europa, donde las distancias
sociales han estado siempre, y pienso que siguen estándolo,
marcadas por una frialdad, digamos más educada. Castilla,
que se forja con una frontera abierta en continuo litigio, no pudo
consolidar el tipo de feudalismo que cuajó en la Europa central;
el siervo podía escapar a las zonas recién conquistadas,
cuyos pobladores contaban con fueros que garantizaban su libertad.
En su primera fase Castilla se construye con hombres libres; después
de la conquista de Andalucía, aunque suele ser el morisco
el que queda sujeto a la tierra, el latifundio señorial y
eclesiástico configura toda la vida social. La familiaridad
entre las clases que observamos en España proviene de que
señores y criados asumen los mismos ideales aristocratizantes;
en cambio, es enorme la distancia entre castas.
Si bien es cierto que vida
y pensamiento de los españoles vienen marcados de manera
indeleble por el «conflicto entre las tres castas»,
que en los siglos XVI y XVII
configura la que Castro ha llamado «edad conflictiva»5,
un acontecer de tal envergadura no se entiende únicamente
atendiendo a sus raíces religiosas, ideológicas o
culturales, aunque tal vez tampoco baste para explicarlo, como insiste
Castro, un marxismo elemental que lo reduzca al enfrentamiento de
una sociedad llegada demasiado tarde al feudalismo con una burguesía
naciente. Aceptando la autonomía de los fenómenos
culturales, ideológicos y religiosos, no cabe, sin embargo,
desconectarlos por completo del sustrato socioeconómico.
El «conflicto» se engendró en los siglos XIV
y XV, al desplomarse el anterior equilibrio
de fuerzas entre cristianos y musulmanes, del que los judíos,
al moverse con bastante libertad entre ambos mundos, se habían
beneficiado. Castilla había sido, todavía en el siglo
XIII, un modelo avanzado de convivencia y
tolerancia religiosa, que en Europa, no se olvide, cuajó
después de la paz de Westfalia en 1648. En cambio, cuando
algunas ciudades del continente ya han iniciado una profunda reconversión
económica, social y cultural, en Castilla se consolida una
aristocracia terrateniente que, estrechamente vinculada a una Iglesia
con la que comparte el monopolio de la tierra, establece una dominación
férrea que no deja espacio para la convivencia pacífica
de las tres religiones. Las guerras civiles de los siglos XIV
y XV tienen como trasfondo unas ciudades que
llegaron muy pronto a ser libres y la feudalización tardía
de la tierra con la expansión conquistadora en Andalucía.
Después de casi un
siglo de guerras civiles, a costa de la población urbana
de comerciantes y artesanos, entre la que en algunas ciudades el
número de judíos era alto, los Reyes Católicos
lograron fundir a la nobleza y a la Iglesia terratenientes con la
Monarquía. La Inquisición, establecida en 1478, tiene
como función principal consolidar el poder que resulta de
esta fusión. Inquisición y expulsión de los
judíos convergen en la consolidación de una sociedad
aristocrática que, por paradójico que parezca, cuenta
con el apoyo de amplios sectores populares, orgullosos de su linaje
de cristianos viejos. Las grandes perdedoras son las ciudades, las
únicas preparadas para el advenimiento de las corrientes
humanísticas, en lo ideológico, y comerciales y financieras,
en lo económico, que son las que en la Europa central llevarían
a cabo la revolución de la modernidad. La España imperial
de Carlos V es también la de su fragilidad económica,
social y cultural; sólo los metales preciosos que empiezan
a llegar de las Indias hacen posible que se sostenga un orden social
trasnochado. El desplome de la cultura y de la economía españolas
en la segunda mitad del siglo XVII son acontecimientos
congruentes que van a marcar por siglos la vida española
y, por tanto, su lengua y su pensamiento.
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