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No hay forma de evitarlo;
al preguntarnos por el español como lengua de pensamiento,
nos tropezamos una vez más con la vieja «polémica
de la ciencia española». Como es bien sabido, la primera
versión surge en 1782 con el artículo que en la Enciclopedia1
dedica a España Nicolás Masson de Morvilliers; en
él llega a afirmar que «quizá sea la nación
más ignorante de Europa. ¿Qué se puede esperar
de un pueblo que necesita permiso de un fraile para leer y pensar?».
Por ofensivos que sean, que lo son, los modos de expresarse en unas
páginas que destilan todo el desprecio francés por
nuestro país, aciertan, sin embargo, en el diagnóstico.
La Inquisición es sin duda el factor principal que nos aparta
de la modernidad, al haber contribuido de manera decisiva a que
diéramos la espalda a la filosofía nueva y a las ciencias,
con consecuencias gravísimas que aún padecemos, en
mayor o menor medida, a ambos lados del Atlántico.
El que la Inquisición
sólo haya actuado en Italia, España y Portugal, si,
por un lado, sus efectos quedan bien palpables en los tres países,
acusándola como causa principal del atraso, por otro, nos
hace caer en la cuenta de que echar toda la culpa a la Iglesia y
a su celo inquisitorial supone quedarse en la superficie, sin entrar
a indagar causas más profundas. El hecho que necesita explicación
es por qué la Inquisición ha ejercido en España
un poder tan destructor, mientras que otros países católicos,
como la «cristianísima» Francia, se han visto
libres de semejante plaga; incluso en una Italia partida en su mitad
por los Estados Pontificios, las secuelas más negativas se
observan en los territorios que estuvieron dominados por la Corona
española. Aun así, la Inquisición en Italia,
con los casos de Giordano Bruno y de Galileo incluidos, no ha mostrado
la capacidad de destrucción que tuvo en España.
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En suma, la Inquisición,
más que un fenómeno católico, es uno particular
del catolicismo español; preguntarse por qué fue así
no implica eximir a la institución de sus culpas, sino hacerse
cargo de la enorme complejidad del asunto2.
No cabe la menor duda de que en
la España de los siglos XVI y XVII
el temor al Santo Oficio arrancó de raíz cualquier
preocupación intelectual. Levantaba desconfianza todo aquel
que se dedicase a los estudios humanísticos o a los saberes
profanos, por parecer actividades propias de judaizantes, e incluso
los laicos o clérigos demasiado preocupados en cuestiones
teológicas podían dar la impresión de estar
influidos por la herejía luterana, de modo que la mejor forma
de verse libre de cualquier sospecha era permanecer dentro de la
inmensa mayoría de los analfabetos. En el entremés
de Cervantes, La elección de los alcaldes de Daganzo,
(Daganzo es un pueblito cerca de Alcalá de Henares) cuatro
candidatos a alcalde formulan ante los regidores los méritos
que se atribuyen para ocupar el cargo. La primera pregunta que hace
el bachiller Pesuña a uno de los labriegos candidatos, por
nombre Francisco Humillos, es si sabe leer; su respuesta no tiene
desperdicio. «No, por cierto, / Ni tal se probará que
en mi linaje / Haya persona tan de poco asiento, / Que se pongan
a aprender esas quimeras / Que llevan a los hombres al brasero /
Y a las mujeres, a la casa llana. / Leer no sé, mas sé
otras cosas tales / Que llevan al leer ventajas muchas.» Al
preguntársele qué cosas son ésas, la respuesta
es contundente. «Sé de memoria / Todas cuatro oraciones,
y las rezo / Cada semana cuatro y cinco veces. Y ¿con eso
pensáis de ser alcalde? Con esto, y con ser yo cristiano
viejo, / Me atrevo a ser un senador romano.»
El leer lleva a los hombres
al «brasero», es decir, a la hoguera del auto de fe,
y a las mujeres a la «casa llana», o sea, al prostíbulo.
Dos son los méritos de que se enorgullece Humillos y piensa
que bastan para ser alcalde, lo que es lo mismo, para prosperar
en aquella España, ser analfabeto y, por lo tanto, libre
del riesgo de leer o haber leído libros prohibidos, virtud
que garantiza el hecho de ser cristiano viejo, de venir de buen
linaje, que es lo único que importa. «Sea por Dios
dijo Sancho; que yo cristiano viejo soy, y para ser
conde esto me basta. Y aun te sobra dijo don Quijote»
(Parte I, cap. 21). Lo decisivo no es la pertenencia a una clase
social, sino a una casta (cristiano, moro o judío); de clase,
aunque es difícil, cabe cambiar, pues, como corrobora don
Quijote en el mismo capítulo, los hay que «tuvieron
principio de gente baja y van subiendo de grado en grado, hasta
llegar a ser grandes señores»; en cambio, de casta
no; se nace judío, y aunque se bautice, ni él ni sus
descendientes dejarán de ser «cristianos nuevos»,
es decir, de pertenecer a otra casta. Nada se entiende de la América
colonial sin la distancia que se establece entre españoles
y las otras «castas». «Españoles y otras
castas» es la expresión que se encuentra en los documentos.
El paso de una sociedad de castas a una de clases ha sido un proceso
arduo y harto doloroso, aún no acabado en nuestra América.
En tal ambiente social se
comprende que en el mundo hispánico no se desarrollase el
hábito de la lectura ni floreciese la industria editorial.
En la Europa reformada el leer la Biblia en la lengua vernácula
el alemán moderno es una creación de Lutero
en su traducción del Libro sagrado lleva consigo el
que la lectura se expanda en amplias capas sociales, en cambio,
Roma pone dificultades a la Biblia Políglota Complutense
que, acabada en 1517, no se puede terminar de publicar hasta que
la autoriza el papa León X en 1522. Ésta es sin duda
la mayor hazaña y en cierto modo también la última
del raquítico humanismo español3.
Sin público lector que le sostenga4,
el que escribe en español hasta bastante avanzado el siglo
XIX, depende en grado sumo del poder constituido,
tanto por la existencia de la censura, como por el hecho de que
no podía subsistir sin ayuda.
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NOTAS
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1.
Cf. Encyclopédie ou Dictionnaire raisonné des
sciences des arts et des métiers, 35 volúmenes,
publicados entre 1751 a 1780, bajo la dirección de Denis
Diderot.
2.
Cf.
J.P. DEDIEU, ¿Es responsable la Inquisición
en el atraso económico de España? Elementos
para la respuesta. En B. BENNASSAR et al., Orígenes
del atraso económico español, Barcelona,
Ariel, 1985, págs. 176-187.

3.
El
que quiera conocer en detalle la pobreza de los estudios clásicos
en la España de los siglos XVI
al XIX, así como las causas sociales
de este raquitismo, cuestión clave para entender «el
cortacircuito de la modernidad», ha de leer el libro
de LUIS GIL FERNÁNDEZ, Panorama social del humanismo
español (1500-1800), Madrid, Alhambra, 1981.

4.
Gracias
a la imprenta, Erasmo fue el primer europeo que pudo vivir
de sus libros.

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