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Tal vez extrañe el
signo de interrogación en el título. A unos porque,
al tomar el término «pensamiento» en el sentido
estricto de «filosofía» o «ciencia»,
se preguntan si el español es una lengua de pensamiento de
la misma manera que lo son el griego y el alemán, el latín
y el inglés, el italiano y el francés; cabe dudar
de que en español podamos encontrar un pensamiento en el
que valga la pena detenerse. Tenemos ciertamente una literatura
en sus momentos de grandeza comparable con la más sobresaliente
de Europa, y en las artes plásticas destacan algunas cumbres,
pero nada similar ocurre en el pensamiento; de manera que muchos
se preguntarán a qué viene plantearse la cuestión
del español como lengua de pensamiento. Otros, en cambio,
darán a la palabra «pensamiento» un significado
mucho más amplio y concluirán que el español,
como cualquier otra lengua, es vehículo de pensamiento.
No sólo se piensa
en español, lo que es obvio, sino que además en el
ámbito de esta lengua nos encontramos con la figura del «pensador»,
denominación que compite con la de «filósofo»
en la nueva acepción que adquiere en el XVIII;
luego, a finales del XIX sustituida en parte
por la de «intelectual», importadas ambas con estos
contenidos del francés. Sin la menor duda, contamos con una
literatura ensayística muy digna, expresión cabal
de un pensamiento en español. Pues bien, el que desde una
argumentación o desde la otra quepa distanciarse del signo
de interrogación, es lo que quizá lo justifique. Como
ambas posiciones, por opuestas que parezcan, llevan su parte de
razón, habrá que empezar a desbrozar el tema, ocupándonos
de las dos.
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