Abel A. Murcia Soriano y Josep Maria de Sagarra Àngel
Describir la situación del español en Europa Centro-Oriental y del Este implica la tarea ineludible de definir la presencia española en esta vasta región geográfica, así como las relaciones de España con los países que la integran y no sólo en función de la coyuntura actual: también desde una perspectiva histórica, analizar la trayectoria de dicha presencia desde el punto de vista de la acción exterior española, pero sin olvidar la aportación de los agentes locales, así como la evolución de la imagen de España en el conjunto de la zona.
Teniendo, pues, en cuenta que la región que nos disponemos a estudiar constituye un área geopolítica tradicionalmente poco conocida o alejada de la sociedad española y con escasa presencia en nuestro imaginario cultural, nos ha parecido oportuno, antes de proceder al análisis de la difusión en ella del español y de la cultura en español, llevar a cabo una breve exposición de su historia reciente, así como de la historia de las relaciones de España con los Estados y naciones que la componen. Para ello, parece, ante todo, fundamental definir y acotar la región, una región que, a lo largo de los dos últimos decenios, ha sido escenario de profundas trasformaciones, de cambios sin precedentes en la historia del continente europeo5.
Existen diversos criterios posibles (políticos, geográficos, históricos, lingüísticos u otros) a la hora de agrupar los Estados de la zona que nos ocupa, siendo todos por definición arbitrarios y, al mismo tiempo, cada uno de ellos igualmente válido, en función de los objetivos y necesidades de la clasificación. En el presente estudio hemos optado por un criterio mixto (político, geográfico e histórico), en la confianza de que esta opción nos facilitará la aproximación al área que nos disponemos a abordar. Proponemos, pues, una clasificación en los tres grupos siguientes6:
En nuestro estudio, pues, no tendremos en cuenta ningún Estado de la Unión Europea, Turquía, así como ningún Estado de Transcaucasia ni de Asia Central.
Asimismo, como hemos indicado más arriba, la consideración aquí de la Federación Rusa, ineludible tanto desde el punto de vista histórico, como político y geográfico, así como de la tradición de la presencia de la cultura española en la cultura y la sociedad rusas, plantea el problema de abarcar la totalidad de este vasto país9, el mayor del mundo, con una superficie territorial superior a los 17 millones de km2 (mientras que la suma de las superficies de los restantes países apenas supera los 2 millones de km2). Debido a ello, los datos tocantes a la Federación Rusa que aportamos en el presente trabajo son parciales y reflejan la situación del español en la zona de mayor incidencia de la acción exterior española, así como de mayor difusión de nuestra lengua y de la cultura en español: las ciudades de Moscú y San Petersburgo.
La reunificación de Alemania, con el episodio ya histórico de la caída del muro de Berlín (1989), es, probablemente, el exponente más llamativo del reencuentro de dos Europas las hasta entonces llamadas «Europa Occidental» y «Europa Oriental» o «del Este»10 y de un cambio radical de perspectiva en la mentalidad de las diversas sociedades europeas sobre la integridad y diversidad del continente. En realidad, el episodio de la caída del muro constituye el punto crítico de un proceso de desintegración del área de influencia soviética, que tuvo su origen en el movimiento liderado por el sindicato polaco Solidaridad (1980), seguido de profundas reformas en el seno de la propia Unión Soviética durante la llamada «era Gorbachov» (1987-91), que condujeron a la desmembración de la URSS (1991)11 y al surgimiento, en el lugar de las antiguas Repúblicas Socialistas Soviéticas, de diversos Estados independientes: la Federación Rusa, Bielorrusia, Ucrania, Estonia, Letonia, Lituania, Moldavia, así como nuevos Estados en las regiones de Transcaucasia y Asia Central, seguidamente agrupados, en parte, bajo la llamada Comunidad de Estados Independientes (CEI).
Asimismo, en Europa Centro-Oriental, el reflejo de las transformaciones acaecidas en el seno de la Unión Soviética se expresó no sólo en un impulso de la democratización de los sistemas de gobierno y el tránsito progresivo hacia unas economías de mercado: también en una reorganización de los Estados y de las alianzas12.
La construcción del nuevo espacio geopolítico en la región de Europa Centro-Oriental y del Este se ha desarrollado con desigual fortuna: desde la partición pacífica de Checoslovaquia hasta el conflicto múltiple de los Balcanes. En general, puede decirse que el proceso de democratización en los distintos antiguos y nuevos Estados ha transcurrido de forma pacífica en los países ya existentes con anterioridad a las transformaciones (con la excepción, quizá, de la revolución rumana). Sin embargo, en relación con los países de nueva creación, han abundado los conflictos (a menudo derivados en enfrentamientos bélicos) de origen étnico, cultural o religioso, fruto de la concurrencia en los nuevos territorios de minorías nacionales o confesionales que bien se han visto discriminadas por las mayorías dominantes, bien han reclamado una consideración especial o han optado por la secesión13.
No obstante, en la actualidad, transcurridos más de diez años desde el inicio de las transformaciones, se puede hablar de una situación generalizada de regímenes democráticos consolidados capaces de garantizar una alternancia de partidos o bien en proceso de consolidación14, una vez resueltos los respectivos contenciosos internos o de vecindad. Esta situación ha permitido, a fines de los años noventa, el inicio de negociaciones para la incorporación a la Unión Europea de varios países de Europa Central y Oriental (los PECO), proceso que, tras el reciente cierre de un primer proceso negociador, culminará con el ingreso en la UE, en mayo de 2004, de Polonia, la República Checa, Eslovaquia, Eslovenia, Hungría, Estonia, Letonia y Lituania, y con la perspectiva del ingreso en 2007 de Bulgaria y Rumanía15.
La actual coyuntura permite, pues, que nos mostremos optimistas respecto al desarrollo e intensificación de una cooperación cultural y científica con los nuevos y viejos Estados, que, con la perspectiva de una progresiva integración en la Unión Europea, al ritmo de los procesos de democratización y de desarrollo económico, favorezca la difusión, en este nuevo marco geopolítico, de las llamadas «lenguas vehiculares» entre las cuales, el español ocupa el segundo lugar a escala mundial y el cuarto a escala europea, así como de las culturas que tienen en ellas su medio de expresión.
Desde un punto de vista historiográfico, el período de un mayor interés español por Europa Centro-Oriental y del Este corresponde a los siglos xvi y xvi, esto es, a los reinados de la casa de Austria, y se circunscribe, ante todo, a las relaciones con el Reino de Polonia (asociado confederativamente al Gran Ducado de Lituania, cuyas fronteras se extendían por aquel entonces desde el mar Báltico hasta el mar Negro, abarcando Bielorrusia y buena parte de Ucrania) y el Gran Ducado de Moscovia (posteriormente Rusia)16, dos poderosos Estados eslavos en una Europa Centro-Oriental cuyo escenario completaban, en esa época, los territorios bajo la soberanía de la rama austriaca de los Habsburgo, con el emperador a su cabeza, y los territorios bajo el dominio de la Sublime Puerta, en la zona meridional de Europa Centro-Oriental.
En dicho escenario y período, la política española se esforzó por fomentar (no siempre con éxito) las buenas relaciones entre austriacos, polacos y moscovitas con el objetivo de contener la amenaza turca en ese confín de Europa, así como por procurar la incorporación de Polonia a los Estados centroeuropeos bajo control de los Habsburgo, favoreciendo la candidatura de un archiduque austriaco al trono polaco (objetivo jamás alcanzado) y, eventualmente, el concierto de alianzas y políticas comunes con Polonia en el contexto general de la política europea17.
Posteriormente, con el cambio de dinastía reinante en España y la consiguiente disminución de los intereses políticos españoles en Europa Central (que asumiría la rama austriaca de los Habsburgo), tanto España como Polonia se verían progresivamente desplazadas hacia sus respectivas periferias18, proceso que se intensifica a lo largo del siglo xviii y que culmina, entre los siglos xviii y xix, con la disminución drástica de su presencia en ultramar, en el caso de España, coincidiendo con el auge de Gran Bretaña y Francia en Europa Occidental, y con la pérdida definitiva de la soberanía (1795), en el caso de Polonia (Hungría la había perdido ya, en favor de Austria, en 1687), permaneciendo Rusia como Estado hegemónico en Europa del Este19, a la par que, en tanto que gran potencia emergente, iniciaría su expansión hacia Siberia y Asia Central, expansión que pronto la llevaría a colisionar con los intereses británicos en esta última zona.
A lo largo, pues, de la segunda mitad del siglo xviiien función de la pérdida de peso político de Polonia y, más aún, al hacerse efectivo su reparto, se advierte un interés creciente de España no sólo por entablar relaciones comerciales directas con Rusia: también por encauzar un diálogo político fluido con este Estado, con el objetivo claro de contrarrestar las influencias inglesa y francesa en Occidente20. En la instrucción, de 1761, de Carlos III a su embajador en San Petersburgo, el marqués de Almodóvar, podemos leer:
Aunque la remota situación de Moscovia respecto de nuestros dominios aleja también los recíprocos intereses de ambas monarquías, el poder de esta potencia y los influjos que va extendiendo sobre todas las negociaciones y los sucesos de Europa hacen más apetecible cada día su amistad21.
Asimismo, España buscaría la alianza con Rusia en relación con el proceso de emancipación de las colonias inglesas en América del Norte (apoyadas por el comercio español), así como para la formación de un frente común contra la amenaza de la Revolución Francesa.
En la coyuntura arriba descrita, la presencia española en la región de Europa Centro-Oriental y del Este se vería, pues, reducida a las relaciones con las Cortes de Viena, Berlín, San Petersburgo y Constantinopla, representativas de los intereses supranacionales de los territorios bajo sus respectivos dominios, mas no de las naciones particulares que los integraban.
Habría que esperar al resurgimiento de los sentimientos nacionales, en la segunda mitad del siglo xix, en diversas áreas de la región, y a la restauración de viejos Estados y la creación de otros nuevos, a efectos del Tratado de Versalles (1919), para el establecimiento de nuevas relaciones entre España y dichos Estados, relaciones cuyo ulterior desarrollo se vería, no obstante, pronto truncado por las consecuencias de la guerra civil española y de la segunda guerra mundial: esto es, por la instauración del régimen franquista en España y de «democracias populares» en los países bajo influencia de la órbita soviética, a efectos de la aplicación del Tratado de Yalta (1945).
A pesar de ello, bajo el franquismo se establecieron relaciones comerciales y consulares con algunos países de la región, como Hungría, Polonia o Bulgaria22. Sin embargo, el definitivo restablecimiento de relaciones diplomáticas con la mayoría de países del «bloque del Este» data de 1977, coincidiendo con el inicio de la transición española23; relaciones, éstas, que, a su vez, experimentarían un «relanzamiento», con el inicio de procesos democratizadores en los países de la región centroeuropea (fines de los años ochenta, principios de los noventa). Posteriormente, a la primera mitad de los años noventa corresponde el establecimiento de relaciones con los nuevos Estados, surgidos a raíz de las transformaciones acaecidas en Checoslovaquia, la Unión Soviética y Yugoslavia24.
No obstante, habría que esperar a la segunda mitad de los años noventa (coincidiendo con la Presidencia española de la Unión Europea de 1995) para que se produjera un aumento del interés político de España por Europa Centro-Oriental, que se traduciría en un mayor despliegue de recursos y de la presencia directa en la región25.
Así, pues, en la historia de las relaciones de España con los países de Europa Centro-Oriental y del Este a lo largo del siglo xx, cabría distinguir, a grandes rasgos, las siguientes etapas:
En suma, pues, en las relaciones más recientes de España con los actores del actual escenario de Europa Centro-Oriental y del Este cabe distinguir, básicamente, dos grupos de países: aquellos Estados ya existentes con anterioridad al proceso de transformaciones de últimos de los ochenta, primeros de los noventa (Polonia, Hungría, Rumanía y Bulgaria) las relaciones con los cuales se caracterizan por una mayor tradición y consolidación, y los Estados de nueva creación (resto de países)26.