Mahmud Ali Makki
Pero antes de tratar el tema del nacimiento y desarrollo del conocimiento del español en el Oriente árabe, hemos de aludir a un antecedente curioso digno de ser estudiado dentro de su marco histórico. Resulta que el castellano y quizás otras hablas de la Península, como el catalán, no eran desconocidas por tierras de Oriente en la Baja Edad Media. El hecho está atestiguado por las decenas de documentos diplomáticos que reflejan las relaciones políticas, pactos militares y tratados comerciales entre los reinos de Castilla y Aragón, por una parte y, por otra, los estados árabes del norte de África y el Egipto mameluco, desde finales del siglo xiii hasta mediados del xv. Dichos documentos, algunos de los cuales fueron editados, se conservan en el Archivo de la Corona de Aragón, en Barcelona y en otros archivos de Italia, de cuando algunas regiones de esta nación formaban parte del reino de Aragón.2 El primero de estos tratados, dejando aparte los concertados con Marruecos, Argelia y Túnez, fue el concertado entre Jaime II de Aragón y al-Asraf Salah al-Din Jalil ibn Sayf al-Din Qalawun en enero de 1292. El último conocido fue el convenido entre Alfonso V y el sultán al-Asraf Barsbay en el año 1429.3 También sabemos de varios intercambios de embajadas entre la España cristiana y Egipto durante la misma época. Entre estas embajadas, nos basta citar la de Pero Tafur, que visitó Egipto, Siria y Asia Menor entre los años 1435 y 1439, y la de Pedro Mártir d’Anglería, enviada en el año 1502 por los Reyes Católicos al «sultán de Babilonia», es decir, al monarca mameluco al-Guri.4 Estos intercambios de cartas diplomáticas y de embajadas entre España y los países árabes requerían, como es lógico, equipos de traductores conocedores de varias lenguas. Además sabemos que debido al intenso comercio entre los reinos de la cuenca occidental del Mediterráneo, España, Francia y las repúblicas italianas por una parte y, por otra, los países de Oriente, desde el siglo xii hasta finales del xv solía haber consulados permanentes de esos Estados europeos en los puertos de Egipto y Siria. El embajador D’Anglería, en el relato de su misión, habla del cónsul español que lo recibió en Alejandría, un tal Felipe de Paredes5, así como del intérprete del sultán, llamado Tangarbardino (Tagribardi), un hijo de valencianos originario del pueblo levantino Monblanch y converso al Islam, cuyo nombre original era Luis de Prat.
Es presumible que debido a estas intensas relaciones comerciales y diplomáticas, fueran bastante numerosos los intérpretes buenos conocedores del árabe, junto a varias lenguas europeas, entre ellas el castellano y el catalán.