Mahmud Ali Makki
Con la Ilustración, comienza en España el «redescubrimiento» del legado de la civilización hispanomusulmana, y con ello el interés por su estudio. El primer paso fue la catalogación de los manuscritos árabes de El Escorial, tarea que se confió a un clérigo traído del Líbano, el padre Miguel Casiri, quien publicó ese catálogo bajo el título de Bibliotheca Arabico-Hispana Escurialensis, (Madrid, 1760-1770). Gracias a Casiri, se formó un grupo de discípulos, directos e indirectos, que constituyó el primer núcleo de arabistas. Entre ellos, José Antonio Conde (m. 1820), el primero que escribió una Historia de la dominación de los árabes en España. A lo largo del siglo xix los estudios árabes registraron un notable avance gracias al impulso que les diera don Pascual de Gayangos (1809-1897), maestro de una legión de discípulos que enriquecieron la segunda mitad del siglo xix con sus valiosos estudios. Bajo la influencia del liberalismo y el romanticismo, la mayoría de dichos estudios están marcados por una creciente maurofilia que se extendió a la creación literaria. El más destacado de los discípulos de Gayangos fue Francisco Codera y Zaidín (1836-1917), el más brillante sucesor de su maestro en la cátedra de lengua árabe en la Universidad de Madrid. Codera puede considerarse el fundador del nuevo arabismo español. Con su edición en diez volúmenes de la Bibliotheca Arabico-Hispana y con sus Estudios de historia árabe-española mostró claramente que el estudio de la lengua árabe y de la presencia del Islam sobre el suelo ibérico es indispensable para llegar a comprender la historia de España. Con Codera y sus más insignes discípulos, Julián Ribera (1958-1934) y Miguel Asín Palacios (1870-1944), el arabismo español recupera gran parte del terreno ocupado antes por los arabistas europeos. Ribera, con sus asombrosas teorías sobre la lírica hispano-árabe y la épica árabe romanceada, y Asín, con su controvertida Escatología musulmana y su influencia en la Divina comedia y sus estudios sobre la filosofía y el misticismo musulmanes, que lo convirtieron en la máxima autoridad en este terreno. Sigue a estas dos grandes figuras el más destacado de sus discípulos, Emilio García Gómez (1905-1995) cuya personalidad llena el siglo xx. Fue el primer arabista español que recibió parte de su enseñanza en Oriente, pues fue enviado como becario a Egipto, donde tuvo por maestros a Taha Husayn, del que volveremos a hablar, y al gran mecenas y bibliófilo Ahmad Zaki Pasha.
De vuelta a España, don Emilio ocupó eminentes cargos: catedrático de Literatura Árabe en las Universidades de Granada y Madrid, miembro de las Academias de la Lengua y de la Historia y presidente de esta última, miembro de las Academias Árabes de El Cairo y de Damasco, primer director de la Escuela de Estudios Árabes de Madrid, y embajador en tres países del Oriente Medio. Su labor de investigación abarca todos los aspectos de la cultura andalusí desde la agricultura hasta el refranero. Sus traducciones de las obras maestras de la literatura árabe, gracias a su singular estilo, han tenido el mérito de llegar al gran público de lectores. Entre estas traducciones, he de destacar la de la autobiografía de su maestro egipcio Taha Husayn, titulada Los días, y la del dramaturgo egipcio, contemporáneo también, Tawfiq al-Hakim, Diario de un fiscal rural.
En suma, los méritos de don Emilio García Gómez, máximo representante de la madurez y plenitud del arabismo español del siglo xx, no consisten sólo en esa labor ingente y fecunda que ocupó su dilatada vida hasta su último aliento, sino también en el hecho de haber formado una constelación de discípulos, españoles y extranjeros, que llenan el campo de los estudios árabes dentro y fuera del mundo hispánico.1
Si he hablado con cierto detalle del arabismo español y de su último gran maestro es por dos razones: la primera es que el hispanismo árabe —y egipcio en particular— nació en el seno de ese arabismo; y la segunda, que discípulos árabes del maestro García Gómez constituyeron el primer núcleo de los futuros hispanistas.