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El español en el mundo

Las máquinas de la lengua

Juan Cueto

Un día del siglo pasado, a mediados, las nuevas máquinas con las que trabajaba el hombre empezaron a tener tratos íntimos con los mismos materiales e inmateriales que fabricaba y procesaba el cerebro. Hasta entonces, las máquinas industriales plagiaban otros músculos del cuerpo humano: eran sencillamente ortopedias más o menos felices de la fuerza de los brazos, de las técnicas de la mano, de la velocidad de los pies. Las invenciones en las que empezó a reconocerse y simbolizarse la producción industrial de finales de siglo ya no eran amplificadores artificiales de la fuerza del trabajo muscular -de la potencia, de la tracción, de la locomoción, de la producción manual-, sino de las pericias del cerebro. Los hombres empezaron a maquinar artificios que plagiaban descaradamente ese órgano superior que tenía la capacidad de inventar, es decir, de soñar, de memorizar, de representar, de comunicar, de razonar, de hablar, de crear. De repente y sin pretenderlo, por bifurcación, las nuevas máquinas empezaron a ser simulacros de la complejidad y agilidad del trabajo intelectual y con ellas, en primer lugar, cambió el paisaje industrial y luego, de paso, pero mucho después, la ecología del mundo cultural.

En contra de lo que suele repetirse, esas nuevas máquinas, que ya no tenían como modelo los tradicionales músculos del trabajo y que poco a poco se especializaban en la amplificación de los procesos mentales, no surgieron inicialmente como máquinas de cultura o instrumentos intelectuales, ni siquiera como técnicas estéticas o comunicacionales; nacieron como meras herramientas industriales, tantas veces como ingenios bélicos, a partir de investigaciones y desarrollos imprevisibles de las llamadas ciencias básicas, combinadas y recombinadas en los laboratorios. Así ha sido desde el microprocesador hasta el correo electrónico, desde el ordenador hasta internet, desde el tubo catódico hasta las pantallas de cristal líquido, desde la máquina de Turing hasta las máquinas de matar marcianos, desde los superconductores hasta las telecomunicaciones, desde los cohetes militares hasta la televisión por satélite, desde la lógica matemática hasta la lógica de Deep Junior, desde la binaria analógica hasta la digitalización tridimensional.

Ahora bien, aquellas máquinas que a partir de los años cincuenta empezaron a autotitularse máquinas inteligentes no tenían inicialmente relaciones directas con los clásicos productos de la inteligencia o la cultura. Eran máquinas muy prosaicas que encontraron sus primeros usos en los procesamientos de la información de los tradicionales sistemas burocráticos y laborales. Que, por un lado, se aplicaron a mejorar la productividad de la vieja oficina (banca, seguros, bolsa, administración, finanzas); por el otro, a la modernización de la vieja fábrica por medio de los robots, la automatización y la gestión. Sin olvidar ni por un momento que aquellas nuevas máquinas nacidas de los laboratorios científicos fueron inmediatamente usadas para el propio trabajo de los científicos en sus laboratorios. Desde su habilidad para descodificar y reprogramar la información contenida en los organismos vivos hasta para conocer el nacimiento del Universo: desde la elaboración del mapa genético hasta la simulación del Big Bang.

Así pues, en el origen de las nuevas máquinas que simulaban el cerebro y sus sensores fueron los batas blancas en combinación con los trajes grises y, como principales afectados, los monos azules. Ni los artistas ni los literatos, ni por supuesto los intelectuales o los periodistas, tuvieron arte o parte en la génesis de esas nuevas tecnologías que ahora tanto les ocupan e inquietan por su omnipresencia en los mundillos del gusto artístico-literario y de la información. Lo curioso e inédito al cabo de cierto tiempo, cuando esas máquinas ya eran moneda corriente en la oficina, el laboratorio o la fábrica y ya habían producido los primeros millonarios de la Nueva Economía, los primeros Nobel de la Nueva Ciencia y los primeros parados del trabajo nuevo, es que aquellas máquinas procesadoras, tan prosaicas, empezaron a transformarse en máquinas poéticas sin nunca dejar de ser lo que inicialmente fueron.

En el principio de las nuevas máquinas inteligentes no fue la palabra, no fue el Verbo, pero cuando luego se hicieron carne, habitaron con desparpajo entre nosotros y empezaron a formar parte irreversible del mundo cotidiano de la producción, se transformaron como por caso en una de las herramientas fundamentales del viejo Verbo. También empezaron a ser máquinas de la lengua en sus procesos de creación, reproducción, comunicación y difusión. Resulta que aquellas nuevas máquinas que habían cambiado los escenarios del trabajo, de la ciencia y de la economía también estaban íntimamente implicadas en el escenario del lenguaje en el sentido más clásico del término. Codificaban y descodificaban la palabra, traficaban incesantemente con toda clase de informaciones, tejían vastas redes de comunicación, archivaban y transmitían la memoria del hombre, dialogaban entre sí, inauguraban relaciones más o menos inteligentes, procesaban textos, traducían lenguas y eran sumamente dóciles con las leyes de la lógica y el discurso. Aquellas nuevas máquinas prosaicas, en fin, se transformaron un día, y también por bifurcación, en simulacros felices y amplificadores veloces de los cuatro grandes arcanos que están en el origen de nuestra cultura: el Nombre, el Número, la Voz y la Imagen.

Para decirlo como me conviene en la redacción de este artículo que trata de la difusión e implantación de nuestra lengua en los escenarios del tercer milenio, desde la vieja polémica de las dos culturas formulada en 1956, justamente en los cincuenta inaugurales del siglo pasado, por C. P. Snow: aquellas invenciones nacidas de y para la primera cultura, la tecnocientífica, acabaron siendo herramientas decisivas para los desarrollos de la segunda cultura, la artístico-literaria. En principio y en teoría, las nuevas máquinas eran una muy buena noticia para las dos culturas. Más aún, eran la respuesta práctica a la denuncia de Snow sobre la tradicional incomunicación entre los de Ciencias y los de Letras, para pronunciarlo como entonces se pronunciaba. Eran tan capaces de traficar con el segundo principio de la termodinámica como con la primera y segunda parte de El Quijote. No había manera de distinguir y menos aún de enfrentar las dos culturas como en los viejos tiempos intelectuales y muchos pensamos entonces, y así lo escribimos, que con la irrupción de aquellas tecnologías que transformaban vertiginosamente el número en palabra y la palabra en número se había liquidado, por fin y para siempre, la estúpida incomprensión caricatural entre las dos culturas. Incluso se llegó a hablar por entonces de tercera cultura, justamente para expresar la superación de la dialéctica sin salida en la que estábamos atrapados desde mucho antes de que Snow lo denunciara: una tercera cultura que era a la vez las dos culturas pero ninguna de ellas.

En cualquier caso y al margen de la polémica, una cosa estaba clara. Aquellas nuevas máquinas que, de acuerdo, no nacieron desde la cultura que defendían los luditas, acabaron transformándose en uno de los útiles más formidables para la investigación y el desarrollo de las llamadas Humanidades y muy especialmente de las formas y formatos del gusto artístico-literario. Hasta el punto de que revolucionaron de arriba abajo los tradicionales mecanismos de producción, reproducción, circulación, consumo, archivo y registro de la lengua en general y de los lenguajes artísticos de las Humanidades muy en particular.

Hubo un tiempo, hace un par de décadas, en que discutíamos con entusiasmo de neófitos sobre «el impacto de las tecnologías» en el campo del conocimiento y de las estéticas, y hubo teorías para todos los gustos, algunas muy descabelladas. Hoy, tanto tiempo después, sabemos algo que difícilmente puede negarse: la mayor parte de las experimentaciones, vanguardias, modernidades, modas, tendencias, estilismos y demás sarampiones de los últimos tiempos han tenido o tienen relación directa con la mera existencia de unos artilugios que fueron hijos legítimos de los conocimientos científicos, técnicos e industriales, pero que acabaron contaminando y modificando la mayor parte de las tradicionales tipologías del saber y la producción del conocimiento.

No es el momento de discutir de nuevo sobre un asunto que está en el centro de toda la estética contemporánea ni tengo yo edad para ello. Sólo quiero hoy, aquí, referirme a un «impacto» al que generalmente no le prestamos demasiada atención y que en este país, pero sólo en éste, ha tenido y todavía está teniendo consecuencias muy negativas para el desarrollo y difusión de nuestra lengua. Por razones que luego intentaré analizar, y que en todo caso están relacionadas con el viejo asunto de la incomunicación de las dos culturas, nuestra verdadera excepción cultural, resulta que nos quedamos al margen del proceso de implantación y desarrollo nacional de aquellas máquinas que en segunda instancia, insisto, también fueron y son máquinas de la lengua, y que en primera instancia tenían línea directa con la más importante mutación científica e industrial del siglo.

Para decirlo rápida, gráficamente y por comparación: nadie me quita de la cabeza que la actual hegemonía planetaria del inglés le debe mucho más a su implicación en todos y cada uno de los lenguajes y formatos de aquellas técnicas que luego cristalizaron en nuevos media, que a la fuerza literaria de la propia lengua, como generalmente se supone que debe ser. La lengua imperial ya no sólo es la lengua literaria del Imperio, para decirlo al estilo Nebrija; el inglés llegó a ser lo que actualmente es por su vinculación íntima y constante con aquellas máquinas de raza audiovisual que a partir de los años cincuenta transformaron los ocios y negocios del globo. El inglés es lo que es no por la novela y la lírica de Anglosajonia, ni mucho menos por la filosofía británica o el pensamiento estadounidense, sino, sencillamente, por su integración en el cine, la televisión, la informática, el videoarte, Internet, el ciberground, la telecomunicación, las imágenes virtuales, el net art, el arte electrónico, los videojuegos y demás artilugios con pantalla analógica o digital, catódica o de cristal líquido. No fueron los libros sino las pantallas las que levantaron el actual imperio de la lengua inglesa.

Es tan obvio que suena ridículo expresarlo de manera tan simple. Pero es así y no hay otra manera más compleja o intelectualmente sofisticada de explicar lo sucedido con la hegemonía del inglés en los viejos y nuevos media, es decir, en la banda sonora del planeta y en la factoría de imágenes del mundo. La inmediata y constante implicación del inglés en la génesis y desarrollo de aquellas máquinas que no sólo podían hablar, sino que escribían la nueva prosa global, gracias, todo hay que decirlo, a la potencia científica, técnica, económica y militar de Estados Unidos, generada en buena parte por esas mismas máquinas, acabó colonizando el nuevo espíritu del tiempo. Un Juan de Valdés del siglo xxi no tendría que variar mucho la argumentación de su Diálogo de la lengua: la potencia de la lengua está en el uso de la misma. Concretamente, en su uso popular, en el habla del vulgo, en la fuerza de lo popular. Y estas pantallas que casi siempre se pronuncian en inglés y que tenemos clavadas en nuestra existencia, querámoslo o no, son la nueva vulgata del globo. Populares medios de masa en los que las masas hablan y se reconocen al margen de los viejos valores literarios y artísticos procedentes, dicho sea de paso, de las gramáticas y estéticas del decimonónico superior.

Se puede sostener la hipótesis contraria, claro. Que para el desarrollo y difusión de la lengua sólo cuentan los discursos librescos de las élites y muy especialmente los referidos a un solo género literario, la novela, la suprema instancia cultural según el modelo estético del siglo xix. De acuerdo. Pero cargar sobre las queridas ficciones literarias el peso de toda una lengua no sólo es desproporcionado en estos tiempos tan culturalmente complejos, mezclados y contaminados; también puede ser una especialización contraproducente. Es más, habría que relacionar necesariamente la escasa y a veces nula presencia del español en esas máquinas de la lengua, en el intríngulis de la nueva vulgata, no sólo como consecuencia bastante directa de nuestra muy celebrada especialización en el discurso de la cultura del gusto artístico-literario, versión ficciones, sino también, al mismo tiempo, en el constante menosprecio nacional de «la otra» cultura, la científico-técnica. Aquellos luditas de los que hablaba Snow en la ya citada conferencia de 1956 han tenido su edad de oro en España cuando aquí tuvimos noticia de aquellas cacharrerías con pantalla que tenían como modelo el cerebro y que empezaban a poner la industria tradicional patas arriba. Ni siquiera en la era de la electricidad y el ferrocarril, por ejemplo, se dijeron barbaridades mayores por parte de nuestros intelectuales «de letras» contra las máquinas y mira que en la España de entonces se escribieron cosas terribles acerca de unos inventos meramente industriales con las consecuencias que padecimos durante décadas, y hasta fechas bastante recientes, en la implantación nacional de las redes... eléctricas y ferroviarias.

Para resumirlo como entonces lo expresó Umberto Eco: mientras la lengua inglesa se integraba gradualmente y sin problemas de conciencia cultural en aquellas inéditas máquinas en las que el mundo empezaba a hablarse y a reconocerse, en España adoptábamos una muy beligerante actitud apocalíptica que hizo renacer otra vez un espíritu ludiador que las acusaba de conspiración contra el gusto artístico-literario. La alianza de las viejas pantallas del cine y la televisión con las pantallas de los ordenadores e internet, lo que justamente ahora se llama convergencia tecnológica, según se contaba por estos alrededores hace apenas una década, anunciaba una catástrofe para las Humanidades en general y la cultura libresca o novelera muy en particular. La polémica de las llamadas nuevas tecnologías se vivió aquí como un duelo medieval entre la pantalla y el libro, «lo audiovisual contra la escritura», como «medios» no sólo concurrentes, sino incompatibles. Era, lo recuerdo muy bien porque todavía suena de vez en cuando, la versión española de La guerra de las galaxias, aunque dirigida por Luckas en lugar de Lucas. La galaxia Gutenberg estaba amenazada de muerte por la galaxia Marconi en santa alianza con las máquinas de Turing y Von Newmann, y el Libro, es decir, la novela, tenía los días contados. Una entretenida fantaciencia que mezclaba el apocalipsis según McLuhan, el miedo o desprecio a las masas de la Escuela de Frankfurt, las imágenes de aquella Gran Pantalla fantaseada por Huxley, Orwell y Bradbury, y el despiste del principal gurú de las Nuevas Tecnologías, el tal Nicholas Negroponte, que un día profetizó sin pestañear que el papel iba a desaparecer de la faz de la tierra porque el hombre ya no traficaba con átomos sino con bits; lo cual, lógicamente, alarmó mucho a la industria casera de la impresión.

Ahí están las bibliotecas, especialmente las hemerotecas, para ilustrar el caldo de cultivo en el que en España se vivió la nueva versión de la polémica de las dos culturas cuando llegaron aquellas máquinas que, encima, insisto en esto, también estaban en el origen de la mutación científica e industrial que vivía el siglo y que, en nuestro caso, por unanimidad intelectual, fueron liquidadas por dos métodos: por el silencio o por el catastrofismo. Una situación, por cierto, que recordaba bastante a lo sucedido aquí a finales del siglo xix con la llegada de las primeras divulgaciones de las teorías de Darwin; cuando también los literatos, es decir, los intelectuales dominantes, hicieron causa común contra la hipótesis del evolucionismo y se desató en el país un clima de histeria que Julio Caro Baroja bautizó como la época del miedo al mono. El miedo a la pantalla como medio que competía a muerte con la cultura escrita y encuadernada fue, en definitiva, la constante de las élites españolas ante la llegada de ese nuevo evolucionismo que esta vez protagonizaban las llamadas máquinas inteligentes, o sea, el mono mecánico.

Lo dicho, dicho está y no hay que echar más leña al fuego ahora que ya se ha demostrado que absolutamente todos aquellos terrores apocalípticos no sólo eran miedos imaginarios, producto de una curiosa pero muy arraigada incultura científica y técnica (incluso económica), sino que, muy al contrario, las nuevas máquinas, con sus pantallas y toda la pesca robótica, demostraron ser los mejores amplificadores del gusto artístico-literario, incluido el novelero, además de constituirse en los nuevos instrumentos de las modernidades y vanguardias del tercer milenio, así como uno de los factores más importantes del desarrollo de... la escritura. Sólo quiero recordar este apocalíptico ambiente nacional para intentar razonar los porqués de que nuestra lengua no se haya beneficiado como es debido, como inmediatamente ocurrió con el inglés, de las enormes posibilidades que naturalmente implicaban las nuevas artificialidades.

El mono mecánico, en cualesquiera de sus versiones, también hubiera podido hablar español, pero nuestros intelectuales literatos, entre otros, lo condenaron a que solamente hablara inglés y, claro, a colonizarnos un poco más. Hubo otras razones, evidentemente, pero aquí sólo quiero referirme a la actitud apocalíptica de ciertas élites españolas relacionadas con la literatura ante la invasión de las máquinas con pantallas, ante la nueva barbarie, como fue calificada por un montón de influyentes opinadores profesionales -la mayor parte de nuestros columnistas son novelistas o aspiran a serlo, no olvidemos este detalle de nuestra excepción cultural-, ahora que ya sabemos a ciencia cierta que esas nuevas pantallas, desde el ordenador hasta los videojuegos pasando por Internet y los móviles, todas, hablan o pueden hablar y escribir español; y las viejas pantallas de tela y de cristal, del cine y la tele, nunca dejaron de hacerlo delante y detrás de las imágenes.

Pero no se trata solamente de que Internet hable español, con la eñe bien visible, ni siquiera de digitalizar todo nuestro patrimonio escrito, colgarlo en la Red o editarlo en DVD, ni de colar en las televisiones programas de libros o documentales de la cadena Arte. Está muy bien que eso ocurra, como ocurrió en la tele pública francesa, no sólo con Pivot y desde hace más de un cuarto de siglo, o en la BBC desde siempre, aunque aquí todavía no haya ocurrido. Se trata de algo más que de traducción, amplificación y distribución de contenidos. Cuando nos referimos a estas máquinas de triple filo -científicas, industriales y culturales-, estamos hablando, además, de la producción y circulación de los nuevos discursos literarios y artísticos en los que ahora mismo habla, se identifica, se contamina y se mezcla transversalmente la cultura de las generaciones menores de treinta años; los screenagers, como justamente los llama el Imperio. Y si bien es cierto que el español no tiene la presencia que merece en los procesos que generan y difunden estas nuevas máquinas de la lengua y no existen como tales herramientas culturales para la mayoría de los intelectuales, artistas y literatos mayores de cincuenta años (los cuarentones son, desgraciadamente, nuestra particular generación perdida), los españoles de las jóvenes generaciones, a pesar de todo, pertenecen con todas las de la ley, ley del inglés, al mundo global de los screenagers. Con lo cual hemos creado aquí, por la mera presencia de esas nuevas máquinas de importación que llegaron y se multiplicaron tan a contracorriente, el más impresionante gap generacional y estético que se recuerda en la historia de nuestra cultura.

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