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El español en el mundo

El español como «lengua de pensamiento»

Gustavo Bueno

1. Planteamiento del problema

  1. El enunciado titular del presente ensayo («El español como "lengua de pensamiento"»), enunciado que amablemente me ha sido propuesto, para su desarrollo, por el Instituto Cervantes, presupone, puesto que no es redundante, que hay por lo menos dos clases de lenguas: aquellas que no son «de pensamiento» y otras que son «lenguas de pensamiento». Y aun cuando el sintagma «lengua de pensamiento» tenga un significado que no es muy claro y no es muy distinto (es decir, aunque su significado sea muy oscuro y confuso, cuanto a lo que a su connotación atañe), sin embargo daremos por descontado que, al menos denotativamente, «todo el mundo» sabe a qué nos referimos al hablar de un «lenguaje de pensamiento». La prosa de fray Luis de Granada, la prosa del Padre Feijoo o la prosa de Ortega y Gasset serán consideradas generalmente como ejemplos de obras escritas en «lenguaje de pensamiento»; mucho más difícil es que alguien considere la prosa del Código de la Circulación como un ejemplo de lenguaje de pensamiento, sin perjuicio de que podamos reconocer en él un pensamiento «implícito» (una «filosofía», suele decirse hoy), susceptible de ser analizada y explicitada.

    En general, y como criterio de distinción entre una lengua de pensamiento y una lengua que no es de pensamiento (en el sentido anterior) nos guiaremos por la distinción, que otras veces hemos utilizado1, entre conceptos e Ideas. Supondremos que los conceptos, que proceden de las operaciones tecnológicas, sociales, etc., se expresan en una lengua de primer orden, que aparece ya en un estadio muy primitivo de la civilización; en cambio las Ideas, que surgen de la confrontación de conceptos, se expresarán en un lenguaje de segundo orden (con muy diversos grados); un lenguaje que sólo podría conformarse históricamente, a partir del desarrollo de una lengua de primer orden.

    Nuestro punto de partida ha de basarse por tanto en la suposición que el español ha de clasificarse, por sus potencialidades al menos, entre las lenguas de segundo orden, es decir, las «lenguas de pensamiento». (Lo que no quiere decir que toda frase escrita en español haya de considerarse como un fragmento de lenguaje de pensamiento.)

    El objetivo de nuestro ensayo podría entonces orientarse hacia la determinación de las razones en virtud de las cuales clasificamos, desde luego, el español entre las lenguas de pensamiento.

  2. Tal objetivo parece traslucir, ante todo, un cierto sello reivindicativo. Pues ¿a quién se le ocurriría disponerse a dar razones para clasificar el español como lengua de pensamiento si no fuera porque alguien lo ha puesto en duda o incluso lo ha negado? Parece que quien no duda o no ha dudado jamás de que el español sea una lengua de pensamiento sólo puede ponerse a la tarea de «buscar razones», cuando alguien ha puesto en duda lo que él ni siquiera advierte, por evidente. Pero hay quienes, en los últimos años, han dudado de la capacidad del español como lengua de pensamiento.

    Ante todo, han dudado algunos autores alemanes. El más célebre en este contexto, M. Heidegger, quien, según testimonio de Víctor Farías habría dicho que sólo en alemán es posible«pensar»2. Farías nos informa además de la preocupación de Heidegger por «limpiar» el alemán de contaminaciones latinas. Por cierto, en esta preocupación le habría antecedido Krause, que tanta influencia tuvo en España, por obra de J. Sanz del Río y sus discípulos, que, por cierto, se limitaron a parafrasear a Krause, como Enrique M. Ureña ha demostrado3; incluso el «Ideal de la humanidad» de Sanz del Río, que en tiempo fue considerado como la obra cumbre del fundador del krausismo español, fue un plagio literal de un artículo, más o menos olvidado, del maestro.

    Pero no sólo algunos autores alemanes. Recientemente, algunos autores españoles, que incluso reciben el título de grandes filósofos, de cuyos nombres no quiero acordarme, han expresado con ocasión de unas ferias del libro en Frankfurt y otras ciudades alemanas, su opinión acerca de la escasa capacidad del español para la filosofía. El español, según ellos, sería una lengua muy adecuada para la poesía o para la literatura en general, pero no para el «pensamiento», en su sentido más filosófico. Otra cosa es que se reconozca la efectividad de un «pensamiento literario».

    Ahora bien: ni Heidegger ni los autores españoles de referencia se han molestado siquiera en dar alguna razón justificatoria de sus opiniones; por ello me apresuraré a expresar mi propia opinión sobre el particular, diciendo, por de pronto, que las afirmaciones sobre la incapacidad del español para «pensar» no sólo son gratuitas sino ridículas. Y si esto es así será preciso explicar tales opiniones gratuitas y ridículas a partir no ya de cualquier motivo objetivo, sino de motivos subjetivos, psicológicos o sociales, como puedan serlo en el caso de Heidegger, un chovinismo estrechamente ligado a lo que Rosenberg denominó «el mito del siglo xx». En el caso de los publicistas españoles, habría que acudir a algún mecanismo de autoexculpación característico de quienes, conscientes de su propia inanidad filosófica, hacen responsable de ella al español que utilizan y no a sus propias facultades personales.

    Nuestro objetivo no es, en resolución, reivindicativo, aunque la reivindicación, si alguien la necesita, resultará de nuestra exposición como un efecto indirecto u «oblicuo».

  3. Quien no ha dudado nunca de la capacidad del español para la filosofía o para el pensamiento puede sin embargo ocuparse del análisis de las razones por las cuales es posible hablar de una tal capacidad; no se trata directamente de reivindicar nada, ni se trata de «convencer» a Heidegger, ya fallecido, ni a sus discípulos, o a los publicistas españoles que hemos citado. Es muy dudoso que quien se ha formado un juicio tan torcido sobre las capacidades del español, disponiendo de los mismos materiales de los que nosotros disponemos, esté preparado para rectificar su juicio después de haber escuchado nuestros argumentos.
  4. ¿Por qué entonces seguir con este asunto? La respuesta es bien clara: porque el enunciado titular «el español como lengua de pensamiento» sólo comienza a alcanzar su verdadero interés, no ya cuando partimos de la duda (¿realmente es el español una lengua de pensamiento?), sino cuando partimos de la certeza de que el español es una lengua de pensamiento. Pues es entonces cuando podremos formular la cuestión fundamental: ¿acaso cabe reconocer algún idioma que no sea una lengua de pensamiento?

    Si la respuesta fuera negativa, es decir, si supusiéramos que todas las lenguas son lenguas de pensamiento (si la clase de lenguas que no son lenguas de pensamiento fuera la clase vacía), sería preciso analizar la conexión entre las lenguas, en general, y el pensamiento; por tanto, sería preciso determinar la posible diversidad de lenguas y sus correspondencias con los diversos tipos de pensamiento.

    Y si la respuesta fuera positiva, es decir, si reconocemos la clase de las lenguas que no son de pensamiento, será preciso determinar las razones por las cuales el español no pertenece a esa clase de lenguas.

  5. Pero la clase «lenguas de pensamiento» no tiene por qué ser unívoca o unitaria. Caben variedades, especies diferentes y, por tanto, el análisis del enunciado titular nos llevará internamente a plantear la cuestión de la variedad, especie o tipo al cual pertenece el español como lengua de pensamiento. Y, sobre todo, a plantear la cuestión de la relación entre el español como lengua de pensamiento y las demás lenguas de pensamiento reconocidas como tales.
  • (1) Cf. El papel de la filosofía en el conjunto del saber, Madrid, Ciencia Nueva (Los complementarios 20), 1970. volver
  • (2) Cf. Víctor Farías, Heidegger y el nazismo, Barcelona, El Aleph Editores 1989, págs. 366-403, etc. volver
  • (3) Véase, por ejemplo, «Más sobre el fraude de Sanz del Río: las dos versiones del "Ideal de la humanidad" (1851, 1860) y su original alemán», El Basilisco, núm. 12, verano 1992, págs. 75-97. volver
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