Emilio Lamo de Espinosa y Javier Noya
Resulta tentador (como quizás ambicioso) poner en relación las actitudes ante las lenguas extranjeras con las culturas nacionales y, en particular, con los procesos históricos de gestación de las identidades nacionales, en los cuales las lenguas son una clave de bóveda. En este sentido los países que vamos a comparar en este trabajo, Francia y Alemania, representan dos experiencias históricas contrapuestas de construcción del Estado-Nación y de su relación con la «lengua nacional» que conviene explicitar.17
Así encontramos, de una parte, el modelo francés de construcción del plexo Estado-Nación-Lengua, modelo que, partiendo de la preexistencia del Estado absoluto francés (trastocado por los revolucionarios de 1789 en voluntad del pueblo), construye la nación francesa imponiendo la lengua desde el mismo Estado, y utilizando como instrumentos privilegiados la escuela y el cuartel, de modo que ser francés más allá de razas, religiones u otros símbolos identificadores es pertenecer a la nación francesa, cuyo rasgo determinante es hablar una lengua específica (e incluso hacerlo de una cierta manera). Y, de otra parte, el modelo alemán de nacionalidad étnica, que parte de otra experiencia histórica: la nación precede al Estado no al revés, como Francia, de modo que se es alemán porque se habla alemán, y la pertenencia a esa nación (o «comunidad», para ser más precisos) hace a uno ciudadano. Francia es Estado ya en el siglo xvii, mucho antes de ser nación, cosa que sólo alcanza a lo largo del xix; Alemania es ya nación a comienzos del xix véanse los Discursos a la nación alemana de Fichte, mucho antes de la unificación de Bismarck de 1870.
Sería interesante analizar los dos conceptos tan diversos de Razón que se esconden debajo de esas dos fórmulas: la raison francesa ilustrada, natural e idéntica en todo tiempo y lugar y vanguardia de la civilización, o la razón alemana, histórica, propia de cada pueblo, y que se manifiesta en su lengua, vinculada al Volksgeist y a la diversidad de culturas. Bastaría, pues, comparar a Montesquieu o los philosophes con Herder y Humboldt. Tous les hommes ont un esprit également juste, escribe Helvetius; hay una sola razón, idéntica en todo tiempo y en todo lugar y, sólo por eso, todos los hombres, sea cual fuere su origen, religión, etnia o lengua original, pueden ser civilizados, lo que equivale a decir que pueden ser franceses. Justo lo contrario de lo que alegará Herder: cada pueblo tiene su razón y la pretendida razón universal de Montesquieu o Helvetius es una burda generalización del pseudocosmopolitismo parisino. Por el contrario, sólo se puede ser alemán si se nace alemán. Pues como señalará Humboldt cada lengua define un universo de experiencias propias, un mundo singular, una Weltanschauung o concepción específica del mundo, de modo que sólo los hablantes de una misma lengua viven en el mismo mundo. Y por ello, es francés quien asimila el esprit francés incorporado en la lengua, y deviene así citoyen de la République, un estatus que puede adquirirse viviendo en Francia (ius soli). Y por ello también es alemán quien sea hijo de alemán y hable alemán, al margen de donde haya nacido (ius sanguinis). Es la distancia que hay entre concebir el mundo como una única civilización (occidental, por supuesto) que se extiende como una mancha de aceite sobre la barbarie; o concebirlo como el espacio de coexistencia de diversas culturas, más o menos en pie de igualdad. Pero dejemos aquí el comentario pues lo que interesa es preguntarse en qué medida los procesos históricos de construcción de los Estados-Nación tienen su reflejo en las culturas políticas de los ciudadanos en la actualidad y, por esta vía, en su actitud hacia las lenguas.
Efectivamente, las comparaciones internacionales revelan que la dicotomía cívico/étnico que apuntábamos antes al comparar Alemania y Francia cristaliza en dos dimensiones opuestas en las actitudes nacionales de los ciudadanos. Es decir, si podemos hablar de «culturas políticas sobre la lengua», parece claro que la francesa caería del lado de considerar la lengua (propia, entiéndase) como un instrumento de civilización, claramente jerarquizada por encima de otras, mientras que para la alemana la lengua sería un producto orgánico y espontáneo, sin jerarquías entre ellas. Pues si todos los pueblos de la humanidad están igualmente cerca de Dios como dijo el historiador alemán Ranke, otro tanto debe ocurrir con sus lenguas, expresión de sus diversos modos de razonar y concepciones del mundo. Y si ésa pudiera ser la cultura política de la lengua de esos dos grandes países, la consecuencia debería ser una menor predisposición francesa hacia el aprendizaje de otras lenguas (¿para qué?: ¡si ya se dispone de la mejor!), al menos comparada con la mayor predisposición alemana. No sorprenderá saber que la realidad, al menos en este caso, es racional y se ajusta a la hipótesis (o mejor, conjetura): según los resultados del Eurobarómetro 52 (2000)18 , el porcentaje de personas con conocimiento de otras lenguas «capaces de tomar parte en una conversación en una lengua distinta de la materna», tal como se formulaba la pregunta en el cuestionario de la encuesta es significativamente mayor en Alemania (50%) que en Francia (40%). Al parecer los alemanes son pues más proclives a aprender otras lenguas que los franceses.