Emilio Lamo de Espinosa y Javier Noya
A la hora de proponer un modelo de la demanda de un idioma como lengua extranjera habrá que atender tanto a los atributos percibidos de la lengua como a las variables de segmentación de los demandantes. Comenzando por los primeros, las variables con las que los lingüistas miden la importancia de la lengua (número de hablantes, presencia en Internet, comercio o exportaciones, etcétera) van a incidir en la percepción y la valoración popular de la utilidad práctica de una lengua. Componen un conjunto de valores que podemos llamar instrumentales, entre los que habría que incluir aspectos contextuales como la vecindad o proximidad geográfica entre los países.
Sin lugar a dudas el número total de hablantes es la variable más determinante, ya que aumenta la utilidad de la lengua. Desde la perspectiva de la teoría de la elección racional, cuanto mayor sea el número de hablantes de la lengua nativa, menor será la propensión a aprender una segunda lengua pues los costes de aprendizaje no se ven compensados por beneficios significativos en la cantidad de personas con las que podemos comunicarnos. Esto desencadena un proceso de auto-reforzamiento: cuando un hablante de cualquier parte del mundo elige una segunda lengua, ésta ya gana en atractivo para otros hablantes. En este sentido dirá Lieberson que «el papel que juega una lengua, una vez que se establece, tenderá a perpetuarse mucho tiempo después de que desaparezcan las condiciones que fueron inicialmente necesarias para su generación»13 .
Esto es fácil de formalizar e incluso de cuantificar. Podemos entender la importancia del volumen de hablantes en términos de «economías de red»: el valor de la red lingüística para cada usuario es mayor cuantos más usuarios la formen. Según se enuncia en la ley de Metclafe, el valor de una red aumenta con el cuadrado del número de usuarios. «Si hay n personas en una red, y el valor de la red para cada una de ellas es proporcional al número de los demás usuarios, entonces el valor total de la red (para todos los usuarios) es proporcional a n * (n - 1) = n2 - n»14.
Independientemente de la perspectiva de análisis que queramos emplear, este hecho es la mejor explicación de que, a pesar de la enorme diversidad de las lenguas, la concentración de hablantes en unas pocas sea incontestable, de modo que las 10 lenguas más habladas cubren nada menos que la mitad de los hablantes del mundo. Un ranking en el que el español o castellano se encuentra bastante bien situado: detrás del chino mandarín y del inglés, la lingua franca del imperio angloamericano15. A diferencia del chino el español es lengua nativa en una rica comunidad transatlántica de naciones; nada menos que 23 Estados. En ello se asemeja al inglés, que es lengua oficial en 57 Estados, mientras todas las restantes grandes lenguas son lenguas de un solo país (bengalí, hindi, japonés) o de pocos países (es el caso del ruso, alemán o portugués). Pero, a diferencia del castellano, el inglés es la principal segunda lengua en todo el mundo, mientras que el castellano sólo lo es en América del Norte. Por decirlo llanamente: el inglés se habla en los cinco continentes; el español sólo en uno (América) y medio (Europa) (véase tabla 3).
En cualquier caso, y exceptuando el caso extremo de las linguas francas, la utilidad de una lengua no es nunca universal. La familiaridad lingüística, las identidades nacionales o los lazos culturales serán otras variables que sin duda influyen en la demanda de la lengua. También habrá que tener en cuenta la imagen y los estereotipos de los países «exportadores» de la lengua: efecto made in sobre la lengua. Es éste un conjunto de factores que definen, no la utilidad percibida de la lengua sino su deseabilidad, y que podemos denominar expresivos.
Esta distinción entre lenguas expresivas («me gusta hablarla y saberla») y lenguas instrumentales («necesito saberla») no es sino la manifestación de una dicotomía casi universal: la que va de conductas y actitudes instrumentales, utilitarias o económicas a conductas y actitudes artísticas, sentimentales o pasionales. También los países (que eventualmente representan a esas lenguas) se distribuyen en ese eje en términos de imagen.16
Distintas investigaciones han revelado que unos países son considerados ricos en aspectos expresivos (simpatía de la gente; calidad de vida, buena comida, ambiente agradable; son lugares «buenos para vivir») y otros, en aspectos instrumentales (economía, rigor, eficiencia de sus gentes; son lugares «buenos para trabajar»). Alemania, Inglaterra o Estados Unidos, por ejemplo, son fuertes en la dimensión instrumental, mientras que España, y en general los países mediterráneos (Italia, Grecia), son buenos en la expresiva. Es la diferencia entre «países buenos para trabajar» o «países buenos para vivir». No sorprenderá saber que la dicotomía tiene tal fuerza que hay pocos países que sean considerados al tiempo «buenos para vivir» y «buenos para trabajar», como es el caso de Francia, Suiza o Suecia. Pues bien, como veremos, esta dicotomía se pone también de manifiesto en las lenguas. El español, como lengua expresiva (de comunicación y cultura), se parece en esto al italiano (y progresivamente al francés), mientras difiere por completo del inglés, la lengua instrumental por antonomasia (y más allá de que el inglés es también, por supuesto, una lengua de alta cultura). Por poner otro ejemplo, el alemán ha sido durante mucho tiempo una lengua de alta cultura, expresiva; hoy sin embargo, y al menos en el marco de la UE, comienza a ser considerada también como una lengua útil, instrumental.