Emilio Lamo de Espinosa y Javier Noya
Se estima que hay unas 6700 lenguas vivas en el mundo, de las que sólo 78 tienen alguna literatura escrita en uno de los 106 alfabetos inventados a lo largo de la historia1. De esas casi siete mil lenguas, más de la mitad corresponden a Asia y África. No obstante, la mayor diversidad lingüística le corresponde al Pacífico que, con poco más del 1% de la población, tiene el 19% de las lenguas, seguido de África (que con el 15% de la población tiene el 30% de las lenguas). De estos datos podemos deducir otros no menos interesantes, como por ejemplo que la media de hablantes por lengua es de poco más de 700 000 personas y que la media de lenguas por Estado es nada menos que de 30. O hay demasiadas lenguas o pocas personas.(véase tabla 1).
Datos agregados que, como suele ocurrir, encubren una tremenda dispersión. Así, el continente con una media de lenguas por país menor y un mayor número de hablantes por lengua (es decir, el más «normalizado» u homogeneizado) es, con gran diferencia, Europa. La media europea de hablantes por lengua, 4,4 millones, es cuatro veces mayor que la media mundial de hablantes de cada lengua; a su vez, la media europea de lenguas por país, sólo 4,6, es casi la sexta parte de la media mundial (aproximadamente 30 lenguas por país, como se ha dicho anteriormente). Podemos pues decir que, por las razones que sean (y sin duda el papel de los Estados y la escuela pública en esta homogeneización ha sido tan importante como el de los mercados), la complejidad lingüística de Europa es incomparablemente menor que la del resto del mundo.
La fuerte homogeneización lingüística de Europa contrasta con la fuerte dispersión en otros continentes, singularmente Oceanía, donde la media de lenguas por país es casi 50 y la media de hablantes por lengua ¡no llega a 25 000! (véase tabla 2).
El resultado final siempre según estimaciones de Jacques Leclerc, del Centre International de Recherche en Aménagement Linguistique (CIRAL) de la Universidad Laval de Canadá2, es que sólo habría 25 Estados lingüísticamente homogéneos,3 casi todos ellos (salvo Bangla Desh, Japón, Corea y Polonia), de escaso número de hablantes (10 millones o menos).
Este riquísimo panorama lingüístico carecería de especial interés si no fuera porque la actual globalización ha venido a poner a todas estas lenguas en contacto, algo único en la historia de la humanidad. Durante miles de años los diversos grupos humanos que poblaban el planeta tenían escasos contactos entre ellos; la inmensa mayoría se desconocían e ignoraban. Con la expansión europea sobre el mundo que comienza en el siglo xvi, culturas y lenguas comenzaron a entrar en contacto, al tiempo que algunas (singularmente el inglés, el portugués y el español) comenzaron a expandirse a lomos del desarrollo de sus imperios. Hoy la globalización está casi consumada, todos los ciudadanos están al tanto de casi todos, y en muchos lugares la babel de lenguas es una realidad cotidiana. En los colegios de Madrid o Barcelona se hablan más de 30 lenguas distintas pero son más de 200 en las escuelas de Nueva York o Londres. Y así, aun cuando seguimos pensando que Dios organizó el mundo distribuyendo la totalidad del territorio entre sociedades diversas, cada una con su lengua, cultura, economía y política4, la realidad es que hay un solapamiento total entre Estados, culturas y lenguas y el multiculturalismo es un dato y un hecho difícilmente discutible.
De modo que cuál pueda ser el futuro de cada una de estas 6700 lenguas hoy vivas es algo que debe preocuparnos, no sólo como ciudadanos ilustrados de comienzos del siglo xxi sino también, y sobre todo, como hablantes de una de las principales lenguas del mundo: el español o castellano. Pues si el 95% de las lenguas son habladas por menos del 5% de los habitantes, y no menos de 500 son vehículo de comunicación de menos de 100 personas, no debe sorprender que estemos asistiendo a su acelerada desaparición a un ritmo de unas 25 lenguas al año (el umbral mínimo de supervivencia se estima en un millón de hablantes)5. El proceso de normalización lingüística, que comenzó dentro de los Estados occidentales a lo largo del siglo xix y en paralelo con otras normalizaciones (codificación jurídica, establecimiento de pesos y medidas uniformes, etcétera), se extiende ahora al mundo entero.
Los sociolingüistas estiman que la gran mayoría de esas lenguas (hasta el 90% según algunos) carecen del soporte demográfico que asegure su reproducción, y están por ello condenadas a desaparecer. Las restantes son lenguas en contacto en los más variados melting pots y, por lo tanto, en competencia (si no en conflicto), tanto dentro de los Estados constituidos, como en la emergente sociedad internacional (por ejemplo Internet). Países que han sido un cementerio de lenguas (como es el caso de los Estados Unidos)6 podrían dejar de serlo, aun cuando su capacidad para asimilar los nuevos emigrantes hispanos está siendo muy minusvalorada.7Otros países, tradicionalmente mono-lingüísticos (como es el caso de Francia), están también dejando de serlo. Y en muchos (incluido España) las nuevas lenguas venidas de fuera se suman a las viejas, arrinconadas por la expansión interna del Estado, pero que encuentran una nueva oportunidad al hilo del principio de subsidiaridad y los procesos de devolution o descentralización. Nos encontramos, pues, no sólo con una babel mundial en la que el negocio de la traducción (normalmente asimétrica) florece en los más diversos ámbitos (desde el clásico de la literatura a la política, la comunicación o la economía), sino también con un mercado mundial de lenguas compitiendo entre sí, bien como lenguas maternas bien, sobre todo, como segundas lenguas.
Este trabajo pretende abordar sólo un pequeño caso de ese inmenso mercado: el del español como segunda lengua en Europa. Un caso importante porque, como es bien sabido, es en Europa donde el futuro del español como segunda lengua es más débil. Podemos avanzar una afirmación atrevida: la globalización es buena para la lengua castellana del mismo modo que es mala para otras (por ejemplo, el francés, sustituido por el inglés como principal segunda lengua). La existencia de una extensa comunidad de hablantes a ambos lados del Atlántico asegura la reproducción demográfica del castellano; los nuevos medios de comunicación reducen notablemente el riesgo de fragmentación; las emigraciones de latinoamericanos extienden la capacidad de reproducción del castellano; finalmente el comercio y, eventualmente, el peso de la cultura en castellano, generan incentivos que impulsan un excelente mercado de estudio del español como segunda lengua extranjera. Dos grandes países como son Estados Unidos y Brasil aseguran el predominio del castellano en América como primera segunda lengua. Y el creciente intercambio entre Asia y América Latina potencia el castellano, aunque ahora como segunda lengua, tras el inglés. En Europa, por el contrario, y como veremos, el castellano alcanza con dificultad el rango de tercera (o incluso cuarta) segunda lengua. ¿De qué depende el futuro del castellano en Europa? No creo que podamos contestar esta pregunta pero sí avanzar algunas ideas. Modestamente es lo que nos proponemos estudiando la demanda de español como lengua extranjera en Francia y Alemania. Para ello nos serviremos de los resultados de varias encuestas internacionales y, sobre todo, de la dirigida por nosotros en 1998 en el marco del Instituto Universitario Ortega y Gasset para el Instituto Cervantes.