Mario Daniel Martín
Para completar nuestra caracterización de la comunidad hispanohablante, exploraremos brevemente la situación del uso del castellano en Australia, que no sólo da el nombre y la unidad, al menos conceptual6, a la comunidad que estudiamos, sino que también nos permite acceder a otras características de la comunidad que no son obvias cuando se considera solamente la historia demográfica de los principales países de origen de los hispanohablantes. La tabla 4 muestra los países de nacimiento de las personas que declararon hablar castellano en su hogar en el censo australiano de 1991. Lo primero que llama la atención en esta tabla es que el grupo de las personas nacidas en Australia es el segundo grupo en orden de importancia numérica, representando el 15 % de los hispanohablantes en 1991. Esto, por supuesto, es una consecuencia del tamaño de la segunda generación, mencionada anteriormente, pero debe tomarse en cuenta que este grupo también incluye a los cónyuges de hispanohablantes nacidos en Australia que han decidido hablar el castellano en el hogar.
Aparte del caso de los nacidos en Australia, el orden relativo de los distintos grupos nacionales en la tabla 4 se corresponde casi exactamente con el orden que les correspondería ordenando los grupos por tamaño en las tablas 1 y 2, con la excepción del orden relativo de Argentina y Uruguay: hay más personas nacidas en Uruguay que declararon hablar castellano en el hogar a pesar de que hay aproximadamente mil argentinos más que uruguayos en Australia. Después del octavo grupo, representado por Colombia, aparecen como significativos nuevos grupos no mencionados anteriormente, especialmente los nacidos en Filipinas, en otros países europeos (entre los cuales casi la mitad, 764, nacieron en Italia) y en otros países de habla inglesa (entre los cuales más de un tercio, 522, nacieron en Inglaterra). La explicación para la presencia de algunos de estos grupos puede encontrarse en la historia de la inmigración proveniente de Sur y Centroamérica, resumida previamente.
El gráfico 7 muestra la edad que tenían las personas nacidas en Australia, Inglaterra, Filipinas e Italia que declararon hablar castellano en su hogar en 1991. Este gráfico nos permite observar que gran parte de los nacidos en Australia que hablan castellano en su hogar son miembros de la segunda generación, ya que más del 60 % tenían menos de 15 años de edad en 1991, y casi el 90 % de los mismos tenían menos de 30 años en ese año. También nos permite sospechar, si tomamos en cuenta que aproximadamente el 10 % de los inmigrantes reclutados en Argentina a principios de los años setenta tenían nacionalidad italiana y comparamos la distribución de edad de los italianos que hablan castellano con la distribución por edad para los principales países hispanos en el gráfico 4, que los inmigrantes provenientes de Italia son inmigrantes que primero emigraron a Sudamérica y luego reemigraron a Australia, ya que los italianos forman el primer grupo inmigrante en Argentina y Uruguay (Wolf y Patriarca, 1991: 75-94), y, como mencionamos anteriormente, se dio preferencia a los inmigrantes con ascendencia europea que provenían de esos países. Esta sospecha también se confirma si consideramos el año de llegada a Australia de los italianos que declararon hablar castellano en su hogar, ya que la gran mayoría de los mismos, el 82 %, llegaron a Australia antes de 1981.
Sin embargo, los inmigrantes provenientes de Italia son el principal grupo inmigratorio no anglosajón en Australia, y es posible que un número significativo de los que declaran hablar castellano en su hogar sean inmigrantes italianos que inmigraron directamente a Australia sin pasar por Latinoamérica, pero que formaron parejas con hispanohablantes y decidieron transmitir el castellano a los hijos. Podemos encontrar una situación muy semejante a la de los italianos cuando consideramos a los inmigrantes provenientes de los principales países que proporcionaron refugiados que se establecieron en el Cono Sur después de la Segunda Guerra Mundial (Polonia, Checoslovaquia, Hungría, los países bálticos, Ucrania, etc.) que declararon hablar castellano en el hogar. La mayor parte llegaron antes de 1981 y tienen más de 45 años de edad. Pero estos grupos también inmigraron a Australia después de la segunda guerra mundial. Por lo tanto, parte de los mismos hablan castellano porque lo aprendieron en Latinoamérica antes de reemigrar a Australia, y parte de los mismos son personas que inmigraron directamente a Australia, formaron parejas con hispanohablantes y decidieron hablar castellano en el hogar. Desgraciadamente los datos disponibles no nos permiten determinar la proporción de personas que pertenecen a cada uno de estos dos grupos7.
El caso de las personas nacidas en Inglaterra y otros países de habla inglesa que declaran hablar castellano en el hogar es igualmente difícil de decidir. Sabemos que antes de los años sesenta la mayoría de los residentes australianos nacidos en América Latina eran ciudadanos británicos (Anderson, 1979: 60), y hay también evidencias de que, después de esos años, los descendientes de las comunidades británicas asentadas en Latinoamérica, especialmente en Argentina, que cambiaron de idioma al castellano en la casa estando en Sudamérica, también emigraron a Australia, y que algunos de ellos hablan castellano con sus hijos (Cortés-Conde, 1993; Martín, 1996: 116-122; Martínez, 1993: 53-63). Al igual que en el caso de los italianos, es posible que un número importante de los inmigrantes provenientes del Reino Unido y otros países angloparlantes que declaran hablar castellano en su hogar sean inmigrantes que no residieron previamente en Latinoamérica, pero que formaron parejas con hispanohablantes y decidieron transmitir el castellano a los hijos, ya que son el principal grupo inmigratorio en Australia. También puede haber casos de hispanohablantes que inmigraron a otros países angloparlantes, formaron parejas con nacionales de esos países y tuvieron hijos allí antes de inmigrar a Australia, y que estas parejas e hijos sean parte de las personas que aparecen como nacidas en un país angloparlante. Desgraciadamente, los datos disponibles tampoco nos permiten decidir qué proporción pertenece a cada uno de estos casos.
Al igual que algunos países sudamericanos y centroamericanos donde predominaban los mestizos, los filipinos estuvieron excluidos de inmigrar a Australia hasta los años sesenta por la política de la Australia blanca. Sin embargo, aquellos con facciones europeas empezaron a ser aceptados después de 1966 (Gatbonton, 1988: 61). La mayoría pertenecían a las clases altas y medias altas (Pertierra y Wall, 1988: 469), y no es difícil suponer que muchos de éstos eran descendientes de las elites españolas y criollas que permanecieron en las Filipinas después del traspaso de las islas a Estados Unidos en 1898, ya que el 8 % de los filipinos en Australia declaraban tener ascendencia española en el censo de 1986, cuando la estimación de las personas que tenían ascendencia española en las Filipinas en esa época era sólo del 1,2 % de la población (BIRM, 1994: 1-4). Como la inmigración proveniente de los países latinoamericanos que estuvieron excluidos por la política de la Australia blanca, la comunidad filipina en Australia ha crecido mucho en los años ochenta, alcanzando casi 93.000 personas en 1996.
Tanto la proporción de filipinos que declaran hablar castellano en su hogar como la proporción de filipinos que declaran tener ascendencia española se ha reducido substancialmente entre 1986 y 1991, cuando la comunidad filipina en Australia prácticamente se ha triplicado, lo que indica que la composición étnica de la inmigración proveniente de las Filipinas ha sido afectada por las leyes inmigratorias antidiscriminatorias, en el sentido de que esta inmigración, como la latinoamericana, se ha diversificado y no está restringida a personas con ascendencia europea. Éste es un fenómeno que no es exclusivo de las comunidades latinoamericanas y filipinas. Muchas otras comunidades, especialmente aquellas provenientes de Asia, han crecido substancialmente en los años ochenta (Pookong et al., 1994). Podemos entonces concluir que las leyes inmigratorias australianas determinaron que los filipinos hispanohablantes formaran un contingente importante de los primeros filipinos que fueron admitidos a Australia. Esto se evidencia también cuando se considera el período de llegada a Australia. Aquellos que declararon hablar castellano en el censo de 1991 difieren substancialmente de los que declararon hablar inglés u otras lenguas en 1991 en términos del período en que arribaron a Australia como grupo, ya que el 70 % de los mismos llegaron antes de 1981, mientras que menos del 25 % de los que declaran hablar inglés u otras lenguas en el hogar lo hicieron en esa época. Sin embargo, al igual que con los dos casos anteriores, no nos es posible determinar qué porcentaje exacto de estas personas nacidas en las Filipinas son inmigrantes que no hablaban castellano allí, pero que luego de inmigrar formaron pareja con un hispanohablante y decidieron hablar castellano en su hogar.
Podemos ahora considerar otro aspecto que no ha sido hecho explícito hasta ahora. Se ha identificado a la comunidad de habla hispana tanto como la comunidad compuesta por personas que provienen de los principales países de habla hispana como con las personas que hablan castellano en su hogar (o que declaran hacerlo en los censos australianos). Al considerar a aquellos que declaran hablar castellano como grupo, y mirar sus países de nacimiento, hemos identificado nuevos grupos de hispanohablantes. Podemos ahora revertir el proceso y mirar a la lengua hablada en el hogar por aquellos que nacieron en los principales países de habla hispana, como se muestra en el gráfico 8, para ver en qué medida son efectivamente hispanohablantes en Australia. En general, podemos decir que la gran mayoría de las personas nacidas en los principales países de habla hispana hablan castellano en su hogar, ya que casi el 90 % de las mismas declararon hablar castellano en su hogar en el censo australiano de 1996. Esta proporción supera el 80 % en el caso de los nacidos en países como El Salvador, Chile, Uruguay y Perú, el 70 % en el caso de los nacidos en Argentina y Colombia, y es sólo ligeramente inferior al 70 % para los nacidos en España. El gráfico 8 también nos permite observar que entre aquellos que no hablan castellano, la principal lengua que hablan en el hogar es el inglés, con la excepción de aquellos nacidos en Argentina (y en menor medida España), donde aproximadamente un 10 % hablan otras lenguas distintas del castellano y el inglés (un 6 % para España). Hay tres fenómenos que se reflejan en las lenguas usadas en el hogar. El primero es la pérdida del castellano por un cambio de lengua, sea el mismo realizado por parejas hispanohablantes que deciden hablar inglés en el hogar (principalmente con la creencia de que esto disminuirá las desventajas estructurales de hablar una lengua diferente del inglés en Australia para sus hijos); es decir, el cambio de lengua debido a la composición de la pareja que formaron los hispanohablantes.
Muchos cambiaron la lengua que habitualmente usan en su hogar porque formaron pareja con anglosajones o con personas con las que no tienen más lengua en común que el inglés, o con las que tienen una lengua en común distinta del castellano (por ejemplo el italiano). El segundo fenómeno es más común entre aquellos que estuvieron en tránsito en países de habla hispana, el de la recuperación del inglés como lengua exclusiva en el hogar por aquellos con ascendencia británica nacidos en Latinoamérica, o la recuperación de otras lenguas por aquellos nacidos en un país europeo o cuyos padres nacieron en un país europeo y que recuperaron la identidad étnica de aquel país después de inmigrar a Australia. El tercer fenómeno, relativamente poco frecuente en el contexto australiano, es el del mantenimiento de una lengua autóctona distinta del castellano, como el catalán, el vasco o el gallego entre los españoles y el quechua u otras lenguas aborígenes americanas entre los otros grupos. Desgraciadamente es muy difícil determinar con los datos del censo (por las razones expuestas en la nota 7) a qué grupo pertenecen aquellos que no hablan castellano en cada comunidad nacional. Sin embargo, dada la alta proporción de europeos o descendientes de europeos que residieron poco tiempo en ese país entre los primeros contingentes de argentinos, es razonable sospechar que una proporción importante de aquellos nacidos en Argentina que declararon hablar una lengua distinta del castellano y el inglés son inmigrantes en tránsito o sus hijos; y que una proporción importante de aquellos nacidos en España con las mismas características son hablantes del vasco, catalán o gallego.
En el caso de la segunda generación, las lenguas habladas en el hogar son más difíciles de estimar. El gráfico 9 muestra una estimación de los porcentajes de personas con al menos un padre nacido en los principales países de habla hispana que hablan castellano en su hogar8. En total, puede estimarse que aproximadamente el 50 % de los miembros de la segunda generación hablan castellano en su hogar. Se puede ver también que un poco más del 40 % de aquellos con un padre nacido en España o Argentina hablan castellano, mientras que un poco más del 60 % de aquellos con al menos un padre nacido en Uruguay o Chile y un 90 % con un padre nacido en El Salvador lo hacen. Aparentemente tanto la composición demográfica y el tiempo de permanencia en Australia de la comunidad nacional, como la composición étnica de las mismas tienen una influencia en la proporción de miembros de la segunda generación que hablan castellano. La primera consideración es clara en la diferencia entre los que tienen padres salvadoreños y los que tienen padres nacidos en las otras comunidades nacionales. Los españoles y los sudamericanos pasaron más tiempo en Australia y, en general, los hijos de los mismos son mayores y tienen muchas más posibilidades de haber formado parejas con personas que no hablan castellano, o de vivir solos y haber cambiado de lengua. Los salvadoreños llevaban muy poco tiempo en Australia y, en general, la mayor parte de los miembros de la segunda generación vive todavía con sus padres.
La segunda diferencia, debido a la composición étnica, es más clara en la diferencia entre los porcentajes de retención del lenguaje para aquellos que tienen padres argentinos y uruguayos. Vimos anteriormente en la discusión de la tabla 4 que, aunque hay casi la misma cantidad de argentinos y uruguayos, hay más uruguayos que argentinos que declaran hablar castellano en el hogar. Discutiendo el gráfico 8 también dedujimos que el hecho de que casi el 10 % de los nacidos en Argentina declaren hablar lenguas distintas del castellano y el inglés en casa estaba relacionado con la preponderancia de inmigrantes en tránsito reclutados en Argentina, que era menor a los reclutados en Uruguay, porque Argentina recibió muchos más refugiados de la segunda guerra mundial que Uruguay. Aparentemente esta diferencia se tradujo en que una menor cantidad de personas nacidas en Argentina transmitieran el castellano a sus hijos, ya sea porque cambiaron al inglés (o lo recuperaron si son de ascendencia anglosajona), o porque eligieron hablar otra lengua (quizá la de sus padres o ancestros) con sus hijos. Estas tendencias, sin embargo, no agotan las razones por las que se encuentran estas proporciones de mantenimiento del castellano por país de nacimiento de los padres en la segunda generación. De hecho, un estudio reciente realizado por el autor de este trabajo (Martín, 1999) ha encontrado más de treinta variables sociológicas, demográficas y psicológicas que tienen una correlación estadísticamente significativa con el mantenimiento de la lengua castellana en Australia. Sin embargo, la discusión de las mismas está fuera de los límites de este artículo.