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El español en el mundo > Anuario 2002 > M. Daniel. La inmigración latinoamericana
El español en el mundo

El español en Australia

Mario Daniel Martín

3. La inmigración latinoamericana

Antes de los años sesenta, la inmigración proveniente de Sudamérica estuvo restringida por la política de la Australia blanca, a la que nos referimos anteriormente. Con excepción de las comunidades de europeos «blancos» que se habían asentado como inmigrantes en Brasil y el Cono Sur (Argentina, Chile y Uruguay), la mayoría de los habitantes de América del Sur y América Central eran clasificados por los oficiales de inmigración australianos como «de raza mixta» y, por lo tanto, estaban excluidos. La mayoría de las personas que llegaron a Australia provenientes de Latinoamérica antes de 1960 eran ciudadanos británicos que habían residido allí anteriormente. La apertura de la Embajada de Australia en Buenos Aires en 1962 dio lugar a una serie de informes que facilitaron la inmigración desde América del Sur, ya que los oficiales «descubrieron» que había insatisfacción entre los refugiados europeos asentados allí después de la segunda guerra mundial y que había un gran potencial de recursos humanos que podrían ser útiles a Australia.

Sin embargo, debido a que Australia había competido con los países sudamericanos durante la distribución de refugiados por la Organización Internacional de los Refugiados de las Naciones Unidas después de la guerra (Kunz, 1988: 35-38) y no quería ser acusada de intervenir en el asentamiento de inmigrantes en Latinoamérica, se impuso la condición de que se pagaría pasaje subvencionado a inmigrantes europeos que quisieran reemigrar a Australia sólo si habían residido al menos cinco años en Latinoamérica (Anderson, 1979: 68-75). En 1967 se empezó un programa de inmigración con pasaje subvencionado para traer obreros especializados, técnicos y profesionales de Sudamérica. La mayoría de los inmigrantes sudamericanos hasta mediados de los años setenta provenían de Brasil, Chile, Argentina y Uruguay, pero también inmigrantes de otros países de Sudamérica empezaron a llegar en esa época (Lukas, 1988; Schneider, 1988; Moraes-Goreki, 1988). En contraste con la inmigración española, la inmigración proveniente de Sudamérica siguió creciendo numéricamente durante los años setenta y ochenta, con fluctuaciones debidas a la política inmigratoria australiana, pero como se evidencia en el gráfico 3, ha empezado a estabilizarse en los años noventa, tal como sucedió con la inmigración española en los setenta.

Hacia el fin de los años sesenta la economía australiana necesitaba mano de obra más especializada, se había creado un comité gubernamental para el reconocimiento de títulos extranjeros, y la ideología de la asimilación fue cambiada por una de «integración». Todos éstos fueron cambios cosméticos, motivados por presiones internas y externas. En el frente interno, había un reconocimiento tácito de que el programa asimilatorio claramente no funcionaba, y una creciente organización y demanda de servicios adecuados por las organizaciones de inmigrantes3. En el frente externo, había la necesidad de desarrollar la industria australiana, que requería en este momento trabajadores más cualificados, y la percepción de que Australia no era tan atractiva para la emigración debido a la reconstrucción de Europa y el fin del maccartismo en los Estados Unidos (Fagan, McKay y Linge, 1981: 38). Sin embargo, en lo que respecta a la selección de los inmigrantes, la política de la Australia blanca siguió determinando oficialmente quién podía emigrar, a pesar de que en la práctica se fue debilitando y haciendo más flexible. De hecho, a partir de 1966, se empezó a permitir oficialmente la entrada de personas que no fueran cien por cien europeas, pero que estuvieran cualificadas y que, en opinión de los oficiales de inmigración, fueran «fácilmente adaptables» (Lowestein y Loh, 1978: 8), y se firmaron acuerdos de inmigración con países que anteriormente estaban excluidos, como Turquía (1967).

El legado de la Australia blanca está evidenciado, no obstante, en el hecho de que el 10 % de los inmigrantes provenientes de Sudamérica hasta 1974 tenían ciudadanía de países europeos. Este porcentaje era de un 20 % para Argentina, y ninguno de los dos porcentajes incluye a los hijos de estos inmigrantes europeos nacidos en Sudamérica4. Estos inmigrantes europeos que reemigraron a Australia luego de haber emigrado a Latinoamérica son denominados inmigrantes «en tránsito» por Anderson (Anderson, 1979: 427-444), y los llamaremos así también en este trabajo. La evolución demográfica de las comunidades del Cono Sur (comparadas con la evolución de la comunidad española y la de otras comunidades latinoamericanas) puede verse con más detalle en la tabla 1 y el gráfico 3. Al igual que en el caso de los españoles, había un predominio de varones entre los inmigrantes y se dio facilidades a mujeres solteras para que inmigraran, esperando que eso restableciera el balance demográfico entre los sexos y ayudara a que los inmigrantes se establecieran permanentemente en Australia. En algunos casos, las limitaciones de la política de la Australia blanca se levantaban en el caso de las mujeres, pero no en el de los hombres o las familias. Esto, por ejemplo, produjo una predominancia de mujeres entre los primeros inmigrantes de Perú, Ecuador y Colombia, ya que tanto la información no oficial como la práctica probaron que las mujeres solteras tenían muchas más posibilidades de conseguir entrar a Australia con pasaje subvencionado, aun cuando estuvieran menos cualificadas, que los hombres solteros que solicitaban visas de residencia en Australia (Anderson, 1979: 74; The Bulletin, 11/9/76: 179-180; Adler, 1998c).

El gobierno laborista de Gough Whitlam eliminó la política de la Australia blanca en 1973 y fue el primer gobierno australiano que explícitamente incluyó a aborígenes australianos e inmigrantes en sus políticas sociales. En esta época se produjo un cambio dramático en sentido simbólico en la política australiana. Por primera vez se estableció un servicio de traducción e interpretación, se eliminó el límite del 2,5 % que tenían las emisoras de radio de tiempo en el aire para lenguas extranjeras, iniciándose la transmisión en estas lenguas, y se aprobó en 1975 una ley que prohibía la discriminación basada en raza, color, origen o sexo. También, como veremos con más detalle en el punto 6, se reconoció que había una necesidad de implementar clases de inglés como segunda lengua para niños y adolescentes de origen inmigrante, y se favoreció el estudio de las lenguas de los principales grupos inmigratorios en Australia en el sistema público de enseñanza. El gobierno de Whitlam, demasiado revolucionario para la conservadora sociedad australiana, fue obligado a dimitir, pero a partir de allí, la retórica de la política australiana con respecto a los inmigrantes cambió radicalmente. Atacar a los inmigrantes dejó de ser rentable políticamente y hasta los políticos más conservadores engalanaron sus discursos con un nuevo término mágico: el multiculturalismo. Bajo este término se incluyeron diferentes ideologías, desde la aspiración social-demócrata de Whitlam de que todos los residentes australianos tuvieran acceso a una igual cantidad de recursos y poder en la sociedad australiana, hasta la mera tolerancia conservadora de la diversidad cultural de los inmigrantes.

Para los políticos australianos (especialmente para los más conservadores, quienes reticentemente debieron implantar las políticas de apertura después de la dimisión de Whitlam), el multiculturalismo consistió principalmente en una ideología de cohesión social que incluía a los residentes no anglosajones porque no había otro remedio. Por primera vez se reconoció oficialmente que los inmigrantes, especialmente aquellos que no sabían inglés, no tenían acceso a recursos y servicios del gobierno, y se implementaron varios programas que les permitieran tener acceso a dichos servicios. Los «buenos vecinos» que ayudaban a los inmigrantes a australianizarse se quedaron sin trabajo y su lugar (desde el punto de vista de los políticos australianos) fue tomado por los Consejos de Comunidades Étnicas (Ethnic Community Councils), los Centros de Recursos para Inmigrantes (Migrant Resource Centres) y otras asociaciones de asistencia a los inmigrantes.

Esto no significa que estas asociaciones fueran (o sean) instituciones de asimilación, sino que, desde el punto de vista del gobierno, era más barato que los mismos inmigrantes recibieran subsidios para crear asociaciones de asistencia social que ayudaran a otros inmigrantes recién llegados que implementar programas de asistencia a estos grupos dependientes del gobierno5. Estos cambios políticos permitieron la expansión de las asociaciones comunitarias de ayuda social, las radios étnicas (así llamadas porque transmiten en lenguas distintas del inglés), las escuelas comunitarias (que incluyen escuelas que dictan clases en lenguas distintas del inglés) y la enseñanza de lenguas extranjeras, ya que todas recibieron ayuda del gobierno.

Los cambios en las leyes de inmigración, ahora basadas en un sistema de puntajes que daba distintos puntos a las habilidades del inmigrante de acuerdo a su educación u oficio, su nivel de inglés y los requerimientos del mercado laboral australiano, permitieron también la inmigración de países que hasta entonces estaban excluidos. La tabla 2 muestra el crecimiento de las principales comunidades nacionales que estaban anteriormente excluidas por la política de la Australia blanca. El cuadro incluye solamente aquellos países con más de 1000 personas en el censo de 1996. La categoría «otros no considerados anteriormente» incluye tanto países con más de 400 personas en 1996 para los que existen datos en las tablas disponibles —por ejemplo México (883), Nicaragua (846), Bolivia (602), Cuba (511), Venezuela (474) o Paraguay (445)— como países englobados en otras categorías comunes, por ejemplo la categoría censual «otros Sudamérica» (1428). Paradójicamente, los cambios en las leyes de inmigración, si bien eran ahora no discriminatorias, favorecieron más el crecimiento de las comunidades que ya estaban establecidas, ya que, especialmente en los años ochenta, se favoreció también la inmigración de familiares de residentes australianos incluyendo un puntaje extra en las solicitudes de visas de residencias para aquellos que tuvieran familiares en Australia. De hecho, sólo el 20 % de los hispanohablantes que ingresaron en Australia bajo la categoría de reunión familiar entre 1977 y 1982 provenían de países anteriormente excluidos por la política de la Australia blanca. El porcentaje de aquellos que ingresaron bajo esta misma categoría entre 1982 y 1990 es igualmente bajo, un 23 %. (Valverde, 1994: 92; Adler, 1988a; The Bulletin, 11/9/76: 180-181).

A finales de los años setenta también se produjo otro cambio significativo en las leyes inmigratorias, ya que se introdujeron cuotas para refugiados en las cuotas anuales de inmigración, principalmente como consecuencia de la crisis de refugiados de Indochina a partir de 1975 (Ongley y Pearson, 1995). En 1975, una gran cantidad de «gente de los botes» (boat people), vietnamitas que escapaban de la caída de Saigón en botes precarios, empezaron a llegar a la costa norte de Australia. Cuando Australia se empezó a negar a recibir a estos refugiados, los otros países que también los estaban recibiendo en gran número, especialmente Malasia e Indonesia, amenazaron con suplir los botes con comida y combustible, y reenviarlos a Australia. Se estableció entonces un comité para evaluar solicitudes de asilo político y se permitió la entrada de refugiados de otros continentes. Esto permitió la llegada de refugiados de las crisis políticas centroamericanas, especialmente salvadoreños y nicaragüenses (Adler, 1988d; Jupp, McRobbie y York, 1991: 21). A partir de la mitad de los años ochenta la comunidad salvadoreña creció muy rápidamente. Los salvadoreños forman el 60 % de la población de habla hispana que llegó bajo el programa de Refugiados y Ayuda Humanitaria entre 1982 y 1990. Los otros países de donde llegaron un número importante de refugiados son Chile (28 % de refugiados de habla hispana entre 1982 y 1990) y Nicaragua (6 %) (Valverde, 1994: 90-91). El fin de la guerra civil en El Salvador en 1992, sin embargo, ha hecho disminuir significativamente la llegada de salvadoreños (Kipp, Clyne y Pawels, 1995: 23). El gráfico 3 provee una síntesis de las tendencias demográficas esbozadas anteriormente.

Antes de dejar el tema de los refugiados políticos, es importante tener en cuenta que, en contra de la percepción de la sociedad australiana y ciertos grupos de la comunidad, la mayor parte de los sudamericanos que vinieron en los años setenta eran obreros cualificados y técnicos que migraron por razones económicas. También hubo inmigrantes que vinieron a Australia por razones políticas, pero muy pocos llegaron oficialmente como refugiados políticos a Australia. La única excepción fueron los chilenos, algunos de los cuales llegaron como refugiados después del golpe de estado de Pinochet en 1973 durante el gobierno de Whitlam —la estimación del Departamento de Inmigración es de alrededor de 1300 personas (Schneider, 1988: 296)—. Sin embargo, la mayoría de los chilenos que llegaron a Australia bajo el programa de Refugiados y Ayuda Humanitaria (en total 3.081 personas) lo hicieron entre 1982 y 1990 (Valverde, 1994: 91). La principal consecuencia de la llegada de refugiados desde el punto de vista demográfico fue que el gobierno podía determinar en qué lugar de Australia se asentarían. Hacia mediados de los ochenta, el gobierno australiano determinó que sería mejor que los nuevos inmigrantes se asentaran en otras ciudades aparte de Sidney (capital del estado de Nueva Gales del Sur) y Melbourne (capital del estado de Victoria). Es por eso por lo que en la tabla 3 puede encontrarse una menor concentración en Nueva Gales del Sur y Victoria de grupos nacionales como los salvadoreños y los nuevos grupos nacionales no reclutados originalmente en los setenta, en contraste con la concentración en esos mismos estados de argentinos y uruguayos. En el caso de los españoles, su distribución geográfica más balanceada obedece también a la intervención del gobierno, ya que la mayoría fueron canalizados hacia las distintas industrias que se querían desarrollar en los años setenta y, debido a ello, se dispersaron por el país.

Podemos ahora caracterizar los principales países de habla hispana de acuerdo al tiempo que los mismos llevaban en Australia como comunidad nacional en 1991. El gráfico 4 muestra que más del 90 % de los salvadoreños y más de la mitad de los peruanos y colombianos habían llegado a Australia en los años ochenta, es decir, llevaban menos de diez años en el país en ese año; mientras que para los españoles, uruguayos y argentinos, una mayoría de sus miembros habían llegado a Australia antes de los años ochenta, es decir, llevaban más de diez años en el país. En el caso de la comunidad nacional chilena, cuyo incremento en los años ochenta se debió tanto a las políticas de inmigración familiar como al Programa de Refugiados y Ayuda Humanitaria, había un balance entre los grupos ya asentados en Australia por más de diez años y los llegados en la década de los ochenta.

La relativa antigüedad en Australia de estas comunidades nacionales se evidencia también cuando consideramos las edades que tenían los integrantes de las mismas en 1991. El gráfico 5 muestra que el número de personas con más de 44 años crece a medida que la proporción de personas llegadas después de 1981 (evidenciada en el gráfico 4) decrece. Esto es una consecuencia directa del envejecimiento de los inmigrantes en términos de edad estricta, ya que la mayor parte de los inmigrantes llegaron cuando tenían menos de 35 años y, cuanto más tiempo han pasado en Australia como comunidad, más alta será la proporción de aquellos que tienen más de 35 años. También contribuye a elevar la proporción de personas mayores de 35 años la llegada de familiares de edad madura. Como se mencionó anteriormente en la discusión de la inmigración hispanohablante bajo la categoría de reunión familiar, el envejecimiento «social» de las comunidades en sí está conectado con el crecimiento de las comunidades en los años ochenta bajo el programa de inmigración familiar. Este crecimiento es acompañado no sólo por el arribo de nuevos inmigrantes jóvenes, sino también por la llegada de familiares en edad madura, ya que los inmigrantes establecidos por más tiempo pudieron ayudar más fácilmente a sus padres u otros familiares de edad madura a establecerse en Australia.

Por último, podemos considerar un tercer índice de la relativa antigüedad de las distintas comunidades nacionales, el tamaño de la segunda generación, es decir, de aquellas personas nacidas en Australia con al menos un padre nacido en un país de habla hispana. Es claro que el crecimiento de la segunda generación depende del tiempo en Australia de cada comunidad nacional. El tamaño de la segunda generación en el censo de 1996 puede compararse con el tamaño de la primera en el gráfico 6. En el caso de la comunidad española, con más tiempo en Australia como grupo (dado que, no sólo llegaron primero, sino que también la inmigración se ha interrumpido), la segunda generación es casi tan numerosa como la primera generación. En las comunidades del Cono Sur encontramos una posición intermedia, donde el tamaño de la segunda generación es aproximadamente del 53 % del tamaño de la primera para Argentina, el 50 % para Uruguay y el 42 % para Chile. Cuando consideramos el caso de El Salvador, donde el tamaño de la segunda generación es de menos del 20 % de la primera, podemos encontrar un reflejo más de la reciente llegada de los salvadoreños como grupo a Australia.

  • (5) En el punto 6 se explorarán con más detalle estas reivindicaciones, ya que tienen una gran importancia para entender la evolución del estudio de lenguas extranjeras en Australia. volver
  • (6) La llegada de un número significativo de europeos no se limita al período de 1970 a 1974. Lukas (1988: 270) ha encontrado que el 17 % de los inmigrantes provenientes de Argentina que llegaron a Australia entre 1974 y mediados de 1985 no habían nacido en ese país. volver
  • (7) Esto formó parte de un largo y progresivo proceso de achicamiento del rol del estado en la provisión de servicios sociales. A partir de 1975, el estado australiano invirtió en fondos para proveer a instituciones pastorales y de servicio social con los medios para que se hicieran cargo de los inválidos, los enfermos, los discapacitados, los desposeídos, los pacientes psiquiátricos, los ancianos, las madres solteras, etc. Esto era más barato para el estado que proveer directamente dichos servicios (Conley, 1982: 293-299; Graycar y Jamrozik, 1989: 159). No sorprende entonces que se considerara conveniente que los inmigrantes mismos formaran asociaciones para ayudar a sus compatriotas inmigrantes recién llegados. volver
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