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El español en el mundo > Anuario 2002 > M. Daniel. La inmigración española
El español en el mundo

El español en Australia

Mario Daniel Martín

2. La inmigración española

Una de las principales razones en 1901 para la federación1 de las distintas colonias inglesas que hoy forman los estados australianos, fue la necesidad (percibida por los colonos anglosajones) de impedir la inmigración de personas de ascendencia no europea a la isla-continente (Encel, 1974: 32-34). Esta necesidad fue traducida en ley con el Decreto de Restricción de la Inmigración (Immigration Restriction Act) de 1901, más conocida como la «Política de la Australia blanca» (White Australia Policy), uno de los primeros actos del gobierno autónomo australiano (Clark, 1987: 196-198). Esta política tenía como objetivo detener la modesta inmigración asiática a la nueva nación y promover la inmigración de personas provenientes de Inglaterra y otros países europeos considerados blancos (como los países escandinavos), a quienes se les proveía con un pasaje a Australia. Otros europeos de países no priorizados por los programas de inmigración que quisieran venir (y tuvieran el color de piel apropiado) podían establecerse en el país, pero no se les pagaba el pasaje. Toda otra persona que no cumpliera con estos requisitos quedaba excluida de entrar a Australia.

Además, en las primeras décadas del siglo se expulsó a una gran proporción de personas de ascendencia china o polinesia que ya residían en las distintas colonias, y que entraron principalmente durante la fiebre del oro en la segunda mitad del siglo pasado (Jupp, 1988: 976-977; Markey, 1982: 118; Price, 1994: 7; Clark, 1987: 119-139). Esta política inmigratoria exclusionista, que fue mantenida hasta los años sesenta, permitió el establecimiento de los primeros inmigrantes provenientes de la Península Ibérica en Australia. La expulsión de los no europeos incluyó a habitantes de las islas del Pacífico (a los que se conocía como kanakas) que habían sido traídos a Australia en el siglo xix para trabajar como esclavos en la industria azucarera de Queensland, que fueron reemplazados por «europeos del sur», en su mayoría obreros italianos. Algunos españoles, principalmente vascos y catalanes, también se establecieron a principios de siglo en los distritos cañeros (Grassby, 1983: 50-54; Ruiz, 1988: 211; Menghetti, 1987). Estos primeros vascos y catalanes, al progresar económicamente a pesar de las actitudes coloniales de los residentes británicos y la animosidad de los trabajadores australianos, pudieron comprar tierras y asistir a parientes y amigos con el pasaje necesario para viajar a Australia (Brändle, 1991: 4; Saunders, 1978; Wilton y Bosworth, 1984: 3; García, 1998: 23; Martín, 2001). Esto produjo una inmigración en cadena que creció hasta 1928, cuando se restringió la inmigración de europeos del sur, principalmente debido a la creciente xenofobia después de la primera guerra mundial, cuando, como veremos, se fundaron las bases del monolingüismo en inglés que aún hoy predomina en el país (Clyne, 1991: 6-13; Douglass, 1988; Cortes, 1988).

Australia participó en las dos guerras mundiales, enviando tropas que pelearon bajo el comando de las fuerzas imperiales inglesas. En este período la inmigración fue restringida aún más. Sin embargo, después de la segunda guerra mundial, cuando tropas japonesas bombardearon el suelo australiano y Australia se vio obligada a solicitar la ayuda de los Estados Unidos para defenderse, se implementó una política de inmigración masiva para incrementar la población tan rápidamente como fuera posible. Ideológicamente, las razones para fomentar la inmigración estaban basadas en aumentar las posibilidades de defensa del país contra la potencial invasión de las «hordas amarillas» asiáticas bajo el lema «poblar o perecer» (populate or perish) (Jupp, 1991: 69-72).

Había también, además, poderosos motivos económicos para establecer un programa de inmigración masiva, entre ellos la necesidad de abastecer la demanda de productos primarios y desarrollar la industria pesada y el sector manufacturero (Clark, 1987: 250-251). Como antes, se dio prioridad a inmigrantes anglosajones y «blancos». Pero como el Reino Unido estaba embarcado en su propia reconstrucción después de la guerra, Australia se vio obligada a aceptar refugiados y a establecer acuerdos de inmigración con pasaje subvencionado con otros países europeos, que generalmente requerían a los inmigrantes trabajar durante dos años en lo que el gobierno australiano dispusiera. Los principales acuerdos de este tipo fueron firmados con Malta en 1948, con Holanda e Italia en 1951, con Alemania, Austria y Grecia en 1952, con Suiza y los países escandinavos en 1954 y, como veremos, con España en 1958. Esto coincidió con la expansión de la industria pesada y la construcción de grandes represas, ambas basadas principalmente en mano de obra inmigrante. Sin importar la cualificación de los inmigrantes no anglosajones, éstos eran en su gran mayoría canalizados al llegar para trabajar en dos categorías: obreros, si eran hombres, y servicio doméstico, si eran mujeres. Los inmigrantes provenientes del Reino Unido o sus colonias no eran canalizados hacia este tipo de ocupaciones. Esto por supuesto generó que los trabajadores anglosajones pudieran «avanzar socialmente» a puestos de capataces, supervisores, encargados, etc., gracias a la inmigración masiva de no anglosajones (O’Malley, 1978).

Entre los años 1945 y 1955 llegaron un millón de inmigrantes europeos a Australia, siendo más o menos el 60 % de los mismos no anglosajones (Wilton y Bosworth, 1984: 174-180). La reacción oficial a la presencia de estos inmigrantes fue un intensivo programa de asimilación, llevado a cabo principalmente por una organización llamada «el movimiento de los buenos vecinos» (Good Neighbour Movement), financiada por el Departamento de Inmigración, que asistía a los inmigrantes recién llegados para que se «australianizaran» lo más rápidamente posible. A pesar del arribo masivo de inmigrantes, no existían servicios de intérpretes, y la transmisión radial en lenguas distintas al inglés estaba limitada por ley al 2,5 % del tiempo de las radios en el aire, otro residuo de la xenofobia de la posguerra. Esto obligaba a que los niños, que aprendían la lengua más rápidamente, sirvieran de intérpretes para sus padres cuando no había otra persona de la misma lengua que pudiera hacerlo.

En este contexto de expansión de la economía en la posguerra, los cultivadores de caña de Queensland necesitaban también mano de obra y obtuvieron permiso del gobierno para reclutar trabajadores directamente en Europa. Los cultivadores vascos ya establecidos en Australia reclutaron en el País Vasco, y luego se amplió el reclutamiento para otras ocupaciones y en otras regiones de España, culminando en un acuerdo de inmigración con pasaje subvencionado, firmado entre el gobierno australiano y el gobierno español, en 1958.

Además de los intereses de los cañeros vascos, y en general del gobierno australiano que necesitaba mano de obra inmigrante, había una coincidencia de intereses de otros sectores políticos, tanto en España como en Australia, que permitieron la expansión de este tratado. En Australia, las agrupaciones de cañeros y los ingenios estaban sufriendo una serie de huelgas de los obreros para mejorar sus condiciones laborales, y se consideraba a la mano de obra de la España franquista lo suficientemente «dócil» como para importarla. La iglesia católica australiana también deseaba incrementar el número de católicos en el país, ya que se encontraba bajo mucha presión por la hostilidad de la mayoría protestante. En España, el gobierno de Franco también necesitaba el acuerdo, pero para poder mejorar el aislamiento internacional en que se encontraba. De hecho, la principal motivación para firmar el acuerdo era la expectativa de que el gobierno australiano enviara un embajador a Madrid (García, 1992).

A partir de la firma del acuerdo de pasaje subvencionado, la inmigración de españoles aumentó rápidamente hasta 1962, cuando aproximadamente 4 500 españoles llegaron a Australia. En 1963, el gobierno de Franco interrumpió el acuerdo de inmigración, aduciendo que los inmigrantes tenían problemas para encontrar trabajo en Australia, lo que era una realidad, especialmente para aquellos más cualificados, pero la razón principal fue que el gobierno australiano no estableció la representación diplomática en Madrid que el gobierno franquista esperaba. El acuerdo fue restablecido en 1968, pero el número anual de inmigrantes no fue tan dramático a partir de entonces, debido al crecimiento de la economía. Si esta interrupción no hubiera se hubiera producido, hoy la comunidad española en Australia sería tan grande como la italiana o la griega, dado que en el período de 1963 a 1968 hubo una inmigración masiva de españoles al extranjero (García y Palomo, 1986: 50-52; García, 1992; Carr, 1980: 155-178). La evolución de la inmigración española (y latinoamericana), comparada con la de otros países con un gran número de inmigrantes en este período (Italia, Grecia y Alemania) y la de Malta, un país que tradicionalmente se ha considerado como un grupo inmigrante pequeño en Australia, puede verse en el gráfico 1.

En 1966 había casi 11 000 españoles en Australia y 14 500 en 1971. La gran mayoría tenían un oficio, como carpinteros, albañiles, torneros, etc.2 o eran obreros no cualificados. La mayoría escapaba de las duras condiciones económicas de la posguerra. Algunos, los que habían logrado pasar los filtros del gobierno franquista antes de emigrar, eran republicanos o hijos de republicanos que habían padecido la discriminación estructural de la España franquista. La percepción de la mayoría de los inmigrantes era que la inmigración no era definitiva, que pasarían un tiempo en Australia y que volverían a España con un capital, o que volverían a una España democrática sin Franco. Había, además, un gran predominio de varones solteros entre los inmigrantes. Para ayudar a que estos inmigrantes se establecieran, un acuerdo entre el gobierno australiano y el Comité Católico Español de Emigración en España trajo mujeres solteras a partir de 1960 (Morales, 1994; García, 1998: 22-23).

Después de la muerte de Franco, en 1975, la inmigración española decreció aún más, siendo muy baja en los años ochenta cuando España ingresó en la Comunidad Económica Europea (aproximadamente 2200 españoles inmigraron a Australia entre 1982 y 1990 (Valverde, 1994: 93), pero también muchos inmigrantes ya establecidos retornaron a España). En los noventa, el número de españoles residentes de primera generación ha empezado a decrecer, más que nada como consecuencia del regreso de los españoles a su país natal, la muerte de los primeros inmigrantes y la escasa inmigración desde España. Estas tendencias pueden verse claramente en los gráficos 2 y 3 y en la tabla 1.

  • (1) En contraste con la independencia de las naciones hispanoamericanas, que fue ganada en el campo de batalla, la federación de las colonias inglesas en Australia fue aprobada en la Casa de los Comunes en Londres, y la influencia inglesa se hizo más fuerte después de la federación, ya que todas las instituciones se ajustan al estilo inglés de gobierno, educación, etc. Aún hoy, la Reina de Inglaterra es la cabeza oficial del gobierno australiano, y el sentimiento de pertenecer al Imperio Británico es una fuerza política y social de considerable importancia. volver
  • (2) Los profesionales españoles que vinieron en esta época debieron también desempeñar trabajos manuales por las razones expuestas anteriormente, o pasar por un largo proceso de estudio para que sus títulos fueran reconocidos. Los obreros cualificados tuvieron grandes dificultades para conseguir que sus oficios o sus calificaciones fueran reconocidas en Australia. volver
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