Tom Burns Marañón
Ernest Hemingway construyó mucha literatura y dos grandes novelas —Fiesta y For Whom the Bell Tolls— sobre españoles dinámicos y bellos, capaces de grandes crueldades y de actos de extremo altruismo. «Son fantásticos [los españoles] cuando son buenos» —dice Robert Jordan, un joven dinamitero americano de las Brigadas Internacionales, el narrador de For Whom the Bell Tolls—. «No hay gente como ellos cuando son buenos pero cuando son malos, no hay gente peor».
El gran héroe de la novela de Hemingway sobre la guerra civil es el pueblo español, encarnado por Pilar, la mujer de un jefe guerrillero llamado Pablo, y por el Sordo, el líder de otra partida que también luchaba en la Sierra de Guadarrama. Es un pueblo de espíritu libre e indomable, de gesto generoso y desinteresado. El protagonista de uno de estos gestos es el Sordo, que convida a Robert Jordan a una copa de whisky cuando le visita en su cueva y que, más tarde, se acerca a la cueva de la banda de Pilar y de Pablo, donde se refugia Jordan, y deja ahí la botella de whisky para que el dinamitero americano, que en aquel momento está ausente, la pueda degustar cuando regrese. Esta sorpresiva acción del Sordo provoca una de las varias reflexiones de Jordan que a lo largo de la novela dan a conocer la visión que tuvo Hemingway de España y de los españoles.
«Imagínate al Sordo consiguiendo una botella para un dinamitero que estaba de visita y luego acordándose de traerla y dejarla aquí» —se dice Jordan—. «No era buena educación la que tenían. Buena educación habría sido sacar la botella y tomarse, con formalidad una copa. Eso es lo que habrían hecho los franceses y se hubieran guardado lo que quedara para otra ocasión. No. En esto consistía España: en pensar tanto en lo que le gustaría al visitante que le trajeras la botella a pesar de que tú estabas ocupado en otra cosa y que todo te decía que tenías que ocuparte de lo tuyo y en lo que tenías que hacer... El acordarse de traer el whisky era una de las razones por las cuales amabas a este pueblo».
La comparación entre los españoles y los franceses que Jordan establece cuando reflexiona sobre el gesto del Sordo tiene un antecedente interesante en la novela Fiesta, que Hemingway escribió quince años antes de For Whom the Bell Tolls. En esta ocasión el narrador es Jake Barnes —al igual que Jordan, Barnes es un álter ego de Hemingway— y su diálogo interior tiene lugar en un restaurante de Bayona, donde Barnes pasa unos días de descanso para recuperarse de las traumáticas jornadas que habían vivido él y su pandilla durante los sanfermines de Pamplona.
Al igual que más tarde lo haría el dinamitero Jordan, Barnes, que es también un forofo de España y, en su caso, un entusiasta de las corridas de toros, sitúa al español en un plano especial, más allá del materialismo y de los convencionalismos interesados y al uso de la modernidad. Habiendo comido y bebido bien en el restaurante de Bayona, Barnes deja una buena propina al camarero cuando paga su cuenta y el camarero francés se queda encantado. Y Barnes / Hemingway se dice a sí mismo:
«Era muy reconfortante estar en un país donde era tan sencillo hacer feliz a la gente. Nunca sabes si un camarero español te va a dar las gracias. En Francia todo está establecido sobre una clara base financiera. No se puede vivir en un país más sencillo. Nadie complica las cosas al hacerse amigo tuyo por una razón inexplicable. Si quieres que la gente te quiera sólo hay que gastar un poco de dinero. Yo había gastado un poco de dinero y el camarero me quería. Apreciaba el valor de mis cualidades. Le gustaría volver a verme. Cenaría otra vez aquí y estaría contento de verme y me pediría que me sentase en una de sus mesas. Sería una admiración sincera porque tendría una base sólida. Estaba de vuelta en Francia».
Escribiendo así, Hemingway estaba anticipándose a lo que el perspicaz Franz Borkenau apuntaría de España y los españoles comenzada ya la guerra civil: «la belleza es todavía más importante para el español que la acción; (...) el honor es muchas veces más importante que el éxito; (...) el amor y la amistad son más importantes que el trabajo». El canon que formaron los «curiosos impertinentes» y que encuadra Hispanomanía insistía una y otra vez en que el pueblo español era especial y diferente a cualquier otro. Se distinguía por no estar mecanizado y esto era motivo de gozo.
Fiesta fue el primer gran éxito de Hemingway y lo escribió después de asistir a los sanfermines de Pamplona en 1925 con un grupo de amigos que, al igual que él, se habían instalado en París, donde ensayaban sus primeros pinitos literarios o simplemente bebían para matar el ennui de la posguerra. España, esa «África» que comenzaba nada más cruzar los Pirineos, era el lugar donde toda aventura era posible. Gertrude Stein, la gran dama americana en París que presidía un salón donde reunía a jóvenes creadores, alentó al precoz Hemingway a viajar a España y, en particular, a ver corridas de toros, pues ella misma se había quedado prendada de ese país y de sus costumbres cuando conoció por tierras hispanas a los matadores Rafael Gómez, el Gallo, y a su hermano Joselito. Stein decretó, en una frase que se hizo célebre, que Fiesta era la biografía de una «generación perdida». Para entonces, el autor de esta exitosa novela estaba ya perdidamente enloquecido por determinados aspectos de España —sus grandes espacios, sus vinos y su cocina regional (le privaba el rosado navarro y el bacalao al ajoarriero), su espontaneidad, sus fiestas— y muy especialmente por los toros.
El gran testamento estético de Hemingway es su tratado sobre la tauromaquia Death in the Afternoon(1934) y ahí explicó el comienzo de su afición: «El único lugar en donde se puede ver la vida y la muerte, esto es la muerte violenta, una vez que las guerras habían terminado, era en el ruedo, y yo deseaba ardientemente ir a España, en donde podría estudiar el espectáculo. Estaba ensayando mi oficio comenzando por las cosas más sencillas y una de las cosas más sencillas y más elementales sobre las que se puede escribir es la muerte violenta». Tal afirmación sólo puede ser expresada por un «curioso impertinente» que se adentra en España en busca del todo o nada, del blanco o el negro, de la vida o de la muerte. Jamás la haría un aficionado taurino de andar por casa, de toda la vida, y, por supuesto, español. Pero la peculiar y extravagante visión de Hemingway sobre los toros formaría la opinión de muchos «aficionados» ingleses y americanos y la fiesta nacional sería, como no podía ser de otra manera, la prueba definitiva de que España es un lugar especialmente «diferente».
Hemingway volvió a España en 1953, habiendo abandonado la zona republicana quince años antes en plena guerra civil, y el reclamo para retornar al país que «quería más que ninguno después del mío» fue poder asistir de nuevo a las corridas y las fiestas de San Fermín. Su profesión de amor por España aparece al comienzo de The Dangerous Summer, una obra póstuma —fue publicada en 1985, veinticuatro años después de su muerte— que trata fundamentalmente de la rivalidad entre los matadores Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez durante la temporada taurina de 1959. La parte central de este libro apareció en tres largos reportajes que publicó la revista Life en 1960 y tanto los reportajes como el posterior libro muestran una España que en poco o nada había cambiado desde los años veinte cuando medio mundo culto supo de un sorprendente y romántico país, donde todo era posible, gracias al éxito de la novela Fiesta.
Según su biógrafo y amigo A. E. Hotchner, que le acompañó durante parte de aquella temporada de 1959, Hemingway gozaba de «los sonidos, las vistas, los sabores y los olores» de España. Utilizando la casa malagueña de un matrimonio millonario americano como cuartel general, Hemingway salía durante aquellos meses, en un convoy de turismos y acompañado por un grupo de ingleses y americanos, a cualquier punto de la geografía española donde se anunciaban Dominguín y Ordóñez en los carteles y, entre corrida y corrida, se empleaba a fondo en juergas que recordaban a las que describió en Fiesta.
España aparece así como un lugar lúdico que estaba petrificado en el tiempo y que, por lo tanto, estaba hecho a la medida de aventureros que no aguantaban la aburrida civilización de sus propios países. Dicho de otro modo, España era el exótico país de la charanga y la pandereta con un trasfondo excitantemente violento.
Entre los toros (el equivalente, no se olvide, de la muerte violenta según el credo hemingwayano) de sus felices años veinte y las corridas del final de su vida (cuando se suicidó pegándose un tiro el 2 de julio de 1961, Hemingway tenía en el cajón de su mesilla de noche su abono para las corridas de los sanfermines que estaban a punto de comenzar), el gran novelista americano estuvo muy cerca, como periodista, de la violencia de la guerra civil y trasladó hábilmente la experiencia a su importante relato, netamente español, For Whom the Bell Tolls.
La novela de Hemingway pasó a ser, y continúa siendo para el lector anglosajón, la gran fuente literaria sobre la tragedia hispana y su impacto en la imaginación del mundo de habla inglesa es solamente comparable a la que forjó, si bien en bastante menor medida, el testimonio Homage to Catalonia de George Orwell. Ambos textos fueron transformados en películas, aumentando así su audiencia. Las historias de pasión, entrega y heroísmo, patetismo y traición que Hemingway elaboró entre los guerrilleros de la Sierra de Guadarrama, aparecieron en un largometraje bastante acartonado que protagonizaron Ingrid Bergman y Gary Cooper, mientras que la narración de Orwell tuvo mejor suerte porque inspiró Tierra y Libertad del comprometido director británico Ken Loach.
Al igual que hizo Orwell cuando, recién licenciado de las milicias poumistas, se empleó con estereotipos porque escuchaba «una especie de rumor venido de lejos de esa España que existe en la imaginación de todos», Hemingway construyó su retrato de España en guerra según el canon que informa aquello que he dado en llamar «hispanomanía». Reiterando lo ya apuntado, el principio y fin de For Whom the Bell Tolls es el noble y primitivo pueblo español visto por un extranjero culto.
Se recordará que el narrador y álter ego de Hemingway de For Whom the Bell Tollses el joven dinamitero americano llamado Robert Jordan y este personaje es heredero directo de los «curiosos impertinentes» que se recorrieron la España del siglo xix. El Jordan que crea Hemingway había sido profesor universitario de literatura española antes de alistarse en las Brigadas Internacionales, y había escrito un libro sobre España después de haber viajado por Navarra, Aragón, Galicia, las dos Castillas y Extremadura «a pie, en vagones de tercera clase, en autobús, a caballo y en mula, y en camionetas». En una de sus varias meditaciones sobre España a lo largo de la novela, Jordan reconoce que su pequeño volumen había añadido poco a la literatura existente sobre España porque «ya se habían escrito libros tan buenos por Ford, Borrow y los demás».
A la gran mayoría de los lectores de For Whom the Bell Tolls se les escapará por completo esta alusión a los dos popes de la «hispanomanía», Richard Ford y George Borrow, pero parece obvio que, con este guiño para enterados, Hemingway quiso incluirse, a través de su personaje Jordan, en tan ilustre compañía de hispanófilos.
Brenan, por otro lado, era un buen conocedor tanto de Borrow como de Ford. Entre los cientos de libros que se trajo a Yegen en 1920 estaba The Bible in Spain, del primero, y Gatherings from Spain, el resumen que publicó Ford de su inmensa obra Handbook for Travellers in Spain and Readers at Home. Ya casi octogenario, Brenan escribió un inteligente prólogo a una nueva edición española de Gatherings,que apareció bajo el título de Cosas de España.
Yo, por mi parte, no tengo la menor duda de que la obra sobre España de Hemingway y de Brenan, es decir los textos básicos de la «hispanomanía» del siglo xx, los textos que tanto influyen en quienes acuden al Instituto Cervantes más próximo con ansias de cultura hispana, reflejan una visión heredada del siglo anterior. Es hora, pues, de incidir brevemente en quienes legaron esa «mirada del otro».