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El español en el mundo > Anuario 2002 > T. Burns. Gerald Brenan
El español en el mundo

Los curiosos impertinentes y de mirada de otro

Tom Burns Marañón

3. Gerald Brenan

Cuando Gerald Brenan, el gran maestro de la «hispanomanía» del siglo xx, volvió a Londres en 1949 después de un periplo por España que describió en The Face of Spain, vio desde la ventanilla del avión una Inglaterra «tan ordenada como una huerta bien cuidada». Al entrar en Londres se fijó en «caras redondeadas que carecen de la distinción de ser realmente feas». Eran caras «lisas como una legumbre... plácidas como una vaca... ondeadas por pequeñas preocupaciones».

Brenan fue un intelectual que se conocía muy bien a sí mismo y fue muy honesto cuando se explicaba al mundo exterior. Reconoció que volvía a Inglaterra en 1949 con sus «facultades condicionadas por España» y el hecho es que había descubierto su «patria chica» hispana de nuevo, después de haberla abandonado apresuradamente en 1936. Admitió que este pueblo inglés que contemplaba tenía algunos dones admirables: era sensato y tenía sentido de la justicia, del  fair play y del humor. Pero sentenció que no era un pueblo «dinámico o bello». Para Brenan estos atributos pertenecían al pueblo español. Tal afirmación fue el resultado de muchos años de su vida en Andalucía y de su convicción de que España era un país diferente que le permitía vivir a sus anchas como inconformista, excéntrico y bohemio.

Brenan se marchó de Inglaterra en 1919 después de haber combatido durante cuatro años en las trincheras de la Primera Guerra Mundial y de haber sobrevivido milagrosamente a aquella carnicería. Quería estudiar y escribir en un país cálido que fuese barato y se fue a España, desembarcando en La Coruña, porque era el país que más se ajustaba a sus posibilidades económicas. En enero de 1920 alquiló una casa en el pueblo de Yegen, en La Alpujarra granadina, donde vivió parte de la década de los años veinte. En 1934 se compró una casa en Churriana, a las afueras de Málaga, donde se volvió a instalar en 1954, y en 1970 se mudó al pueblo de Alhaurín el Grande, en el cercano valle de Coín, donde murió, con noventa y dos años cumplidos, en 1987.

Hijo de militar, producto de la clase media alta británica y de un duro internado, la fina sensibilidad de Brenan era cercana a la que predicaba el grupo de Bloomsbury con cuyos próceres mantenía estrechas relaciones. Inglaterra, «tan ordenada como una huerta bien cuidada», y las «caras redondeadas» de los ingleses, que carecían de «la distinción de ser realmente feas», le asfixiaban. Algo parecido le ocurrió al poeta Robert Graves, coetáneo suyo y compañero de armas en las trincheras de Flandes durante la guerra de 1914, que se instaló en el pueblo mallorquín de Deià. Ambos abandonaron Inglaterra y se instalaron en España diciendo Goodbye to all That, según reza el título de la autobiografía que escribió el joven Graves.

Brenan fue quien teorizó más y mejor entre los extranjeros sobre el «todo o nada» de España que tanto atraía a los «curiosos impertinentes». Lo hizo para contrastar la cultura anglosajona con la española y para explicarse a sí mismo y a los demás la fascinación que España, su sociedad y su cultura ejercían sobre él. Repitió el estereotipo del país del blanco o negro en muchas de sus obras y volvió sobre el tema con ternura en unas notas sobre la literatura española que descubrió su biógrafo, Jonathan Gathorne-Hardy, cuando investigaba unos papeles inéditos de Brenan que se encuentran depositados en la Universidad de Texas: «Nosotros en Inglaterra medimos nuestro egoísmo y nuestro altruismo según lo requiere la ocasión. Tenemos la medida apropiada para cada situación y si carecemos de ella fingimos que la tenemos. La manera de ser natural del español es la de moverse, en un solo paso, de un extremo a otro. Cuando nos invade el horror ante la insensibilidad española, ante la actitud negativa del español y su egoísmo, nos cruzamos con algún acto de generosidad y de auténtica bondad de corazón que difícilmente existe en ninguna otra nación».

El mejor testimonio de Brenan sobre España es South from Granada, publicado en 1957 y repetidamente reeditado, que trata de sus vivencias tres décadas antes en el pueblo de Yegen, en plena serranía de La Alpujarra. El libro es un canto a la España ancestral, exótica y eterna, alejada de la modernidad, que describe ritos rebuscados de raíces paganas y supersticiones varias con hechiceras por medio. Le fascinaban los arados, que eran en La Alpujarra, al igual que en toda la España rural de la época, similares a los que usaban los romanos, y los trillos, que no habían cambiado desde los tiempos de Isaías. Observaba maravillado las faenas del campo y la utilización de los arados y de los trillos, al tiempo que estudiaba a Virgilio y el Antiguo Testamento y, al ver y tocar las imágenes que estaba leyendo, se sintió transportado por una cápsula del tiempo: «Estas supervivencias arcaicas me daban un placer especial».

¿Cómo era este pueblo «dinámico» y «bello» que tanto atrajo a Brenan? Entre otras cosas era analfabeto —lo era toda la población de Yegen salvo el cura, el médico y un comerciante— y esto le parecía perfecto a un Brenan que estaba entregado al ideal de esa inocente nobleza que supuestamente caracterizaba al hombre de la sociedad primitiva. «¿Qué importaba esta ignorancia?» —escribió en South from Granada—. «Los habitantes de Yegen sabían todo lo necesario para su prosperidad y felicidad y sólo habrían adquirido unas frases pedantescas de haber sabido más. Dentro de los límites prescritos por su manera de vivir, eran sensatos y civilizados y organizaban sus asuntos mejor que muchas comunidades más importantes. Al ser campesinos españoles y católicos tenían detrás de ellos una vieja tradición y solía ocurrir que la viveza de su conversación aumentaba en proporción inversa a la educación formal que habían recibido porque entonces hablaban de lo que realmente sabían».

Cuando Brenan volvió a Yegen a comienzos de los cincuenta para refrescar su memoria y terminar de escribir South from Granada, se alegró profundamente al comprobar que, si bien sus conocidos del pueblo ya estaban calvos o canosos, nada había cambiado. Cuando se reunió con algunos vecinos, la conversación, según Brenan, tomó los derroteros de la filosofía popular tan querida por los románticos. «La vida es un soplo» —dijo uno—, «la muerte no para» —terció otro—, «vivimos emprestados» —remató un tercero. Brenan se volvió a Málaga encantado de haber verificado que, en determinados y recónditos parajes, su admirado país del «todo o nada» seguía con su pesimismo y su sentido trágico de la vida a hombros, impermeable al avance de la civilización. Esto, por encima de todo, era un dogma para los «curiosos impertinentes» y constituía la justificación central de «hispanomanía». A España se la amaba en función de sus manifestaciones ancestrales, por su «orientalismo» —según la literatura de los viajeros del siglo xix—, y se desconfiaba de cualquier paso que pudiese dar hacia la modernidad.

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