Tom Burns Marañón
El Reino Unido, y no digamos el British Council, ha sacado mucho partido del poderoso atractivo del english way of life a través de los tiempos. Algo parecido puede y debe ocurrir con la enorme fascinación que ejerce España. Y es aquí donde quisiera entrar en materia.
El no-español que se acerca a su Instituto Cervantes más próximo, cruza el umbral del edificio porque tiene una «idea», un «ideal» de España. La clientela del Instituto Cervantes demanda, al igual que la del British Council y demás instituciones análogas, una docencia del idioma en cuestión impartida por nativos, pero también exige una oferta cultural. Lo que me parece muy interesante es que en el caso del español, como en el caso del inglés, esta oferta cultural que busca el cliente está especialmente enmarcada por un canon, por unas «ideas» heredadas y por unos «ideales» preconcebidos. Resulta intrigante cómo en los dos casos que conozco bastante bien, en el inglés y en el español, existe una muy definida «mirada del otro» que se formó hace muchas generaciones, que fue traspasada de una generación a otra y que sigue presente, con todos sus estereotipos y tópicos, en la generación de uno mismo. Como medio inglés, nacido, criado y educado en Inglaterra, y como medio español que se hizo adulto en España, he estudiado algo sobre ambas «miradas» y me ha fascinado, en particular, la visión del anglosajón sobre España.
Los anglófilos, los que padecen «anglomanía», tienen muy claro que lo que valoran es ese temple británico que deja todo regulado en su justa medida; admiran esa sociedad que jamás levanta la voz. Los hispanófilos, y en el caso que me ocupa los anglosajones que se entusiasman por lo español, son los que padecen lo que yo he dado en llamar «hispanomanía». Éstos están igualmente seguros de que la esencia de España es justamente lo contrario de la que representa esa Inglaterra tan admirada por los anglófilos: España es el gran espacio abierto, ruidoso, ahí donde se concentran los nativos, donde todo es posible. La gran atracción para los anglosajones de las «cosas de España» va en el sentido inverso de la fascinación que el Reino Unido ejercía y ejerce para los no-británicos.
La pasión del de fuera por un lugar que no es el suyo frecuentemente es consecuencia de un rechazo hacia su propio país; su «mirada del otro» expresa lo que echa en falta en su lugar de origen. Claramente, Voltaire y los demás componentes de la tropa de anglófilos que investigó Buruma huían del oscurantismo, de las persecuciones y de los fanatismos. Anglomanía reúne a quienes encontraron en Inglaterra un luminoso lugar de reposo intelectual para sus fatigados espíritus. El estudio de Hispanomanía es la otra cara de la moneda. Versa sobre aquellos que huían de Inglaterra a la Europa continental y se refugiaban en España. Ambos estudios se centran en quienes rechazaban el entorno que les vio nacer y tenían una necesidad vital de realizarse en un lugar distinto. El contraste entre las venidas de los unos y las idas de los otros es llamativo. Para el inglés del siglo xviii y sobre todo del xix —que fue el siglo de la Pax Britannica—, lo más normal del mundo era que una serie de extranjeros ilustrados y cualificados viniesen a beber de las fuentes empíricas del constitucionalismo británico, de su poderío económico, de su capacidad inventiva y de sus altos niveles cívicos y científicos. El atractivo del racional ordenamiento social del Reino Unido era tan obvio como indiscutible. Sin embargo, el viaje en sentido inverso, entonces y ahora, era y es más difícil de explicar. ¿Cómo se ha de entender el hecho de que una serie de inquietos y refinados anglosajones de los siglos xix y xx se sintiesen atraídos por una España convulsa en acciones guerrilleras, pronunciamientos e insurrecciones, en disputas dinásticas, en experimentos políticos y, a la postre, en el aislacionismo internacional?
Se me ocurren dos explicaciones. La primera es que esta serie de hispanófilos se aburrían hasta límites insospechados en el entorno donde les tocó nacer. Estaban (y están) hastiados de esa misma rutinaria y medida moderación que tanto alababan (y alaban) determinados extranjeros de su propio país y paisanaje. El grand tour, viaje obligado para los gentlemen de los siglos xviii y xix, era un camino conocido cuyos amables rincones estaban bien documentados. Eligieron por ello lo que más contrastaba con lo que de sobra conocían. Hispanomanía es así el estudio de quienes vieron (y ven) en España un lugar diferente, caracterizado por lo sorpresivo y envuelto en emociones fuertes, en el cual intrépidos viajeros podrían desenvolverse a gusto.
La otra explicación tiene que ver con la melancolía. Los que padecieron (y padecen) «hispanomanía» fueron (y son) por lo general, unos individuos que creyeron ver en las «cosas de España» lo que ya no encontraban en una sociedad desarrollada como la suya propia. Es la melancolía que infunde el saber que se ha perdido la inocencia y esta tristeza sólo se cura «descubriendo» un pueblo como el español que se cree que aún la conserva. Esta sensación la describió perfectamente un sociólogo judío-austríaco, agente en una época del Komintern, llamado Franz Borkenau, que en 1937 publicó The Spanish Cockpit,un excelente testimonio sobre los comienzos de la guerra civil española. Para Borkenhau, más allá de la lucha ideológica, lo que atraía a los extranjeros que combatieron por salvar la República era una percepción de que España era un lugar «especial», un entorno «distinto», un país, en suma, «diferente».
La importancia de España, según Borkenau, era que «la vida todavía no es eficiente; eso quiere decir que no está mecanizada; que la belleza es todavía más importante para el español que la acción; que el honor es muchas veces más importante que el éxito; que el amor y la amistad son más importantes que el trabajo. En una palabra, es el aliciente de una civilización cercana a la nuestra que está muy conectada con el pasado histórico de Europa, pero que no ha participado en nuestro último desarrollo hacia la mecanización, la adoración de la cantidad y el sentido utilitario de las cosas».
Si se lee atentamente esta lírica evocación de España y de lo español que brinda Borkenau al lector para concluir su testimonio de la guerra civil, se llega a la conclusión de que no está contando lo que descubrió acerca de las «cosas de España», sino que está describiendo lo que ha dejado de encontrar, muy a su pesar, en la modernidad.
Esta misma melancolía y este mismo entusiasmo por una «idea» de España fue lo que invadió a la generación de poetas románticos ingleses como Shelley, Wordsworth y Tennyson, que se volcaron con los doceañistas de Cádiz y con Espoz y Mina, Torrijos y demás refugiados liberales españoles que se exilaron en Londres en 1823. Y mucha de esta melancolía la sentían los jóvenes intelectuales ingleses, Julian Bell, John Cornford y George Orwell, por ejemplo, que poco más de un siglo después estuvieron con Borkenau en la España de 1936. Bell, sobrino de Virginia Woolf y el potencial continuador de la estética de Bloomsbury, murió en la batalla de Brunete, Cornford un prometedor poeta y posible relevo generacional de W. H. Auden, murió en el frente de Córdoba, y Orwell, herido en Aragón, escribió Homage to Catalonia nada más volver a Londres.
Cuando Orwell se licenció de las milicias del POUM con las cuales había combatido, se paseó por las callejuelas de Lérida y de Barbastro, y cuenta en Homage to Catalonia que «con el documento de mi licencia absoluta en el bolsillo me sentía como una persona humana otra vez y también un poco como un turista. Casi por primera vez sentí que estaba realmente en España, un país que había ansiado visitar toda mi vida». Y es entonces, en aquellos paseos, cuando le llegó «una especie de rumor venido de lejos de esa España que existe en la imaginación de todos». ¿Qué imagen sugerían esos rumores? Pues la que cabe esperar, porque la imaginación de Orwell era parecida a la de Borkenau, con quien compartía amistades y complicidades: «Sierras blancas, las mazmorras de la Inquisición, palacios moros, filas de mulas formando serpentinas a su paso por los cerros, olivares grisáceos y limonares, mujeres jóvenes con mantillas negras, los vinos de Málaga y de Alicante, catedrales, cardenales, corridas de toros, serenatas —en resumen— España».
Se compara, por lo tanto, la «anglomanía» con la «hispanomanía», uno tropieza con diferencias radicales en cada «mirada del otro». La primera es una mirada racional hacia un futuro. La segunda, es rebelde por definición, y mira hacia un pasado.
En el siglo xix, los que padecían «hispanomanía» se ganaron a pulso y merecidamente el calificativo de «curiosos impertinentes». Fueron cultos y muy literatos viajeros cuyas andanzas y visiones sobre España crearon una singular imagen romántica acerca de lo hispano que a grandes rasgos sigue en pie. Los grandes popes de los «curiosos impertinentes» fueron los ingleses George Borrow, que alcanzó gran celebridad con su Bible in Spain (1843), y Richard Ford, que consiguió un similar éxito de ventas y reediciones con su Handbook for Travellers in Spain and Readers at Home(1845). En el siglo xx, los fieles seguidores del canon hispánico creado por Borrow y por Ford fueron Ernest Hemingway y Gerald Brenan.
Los anglosajones de hoy en día que traspasan el umbral del Instituto Cervantes atraídos por España y lo español se entusiasmaron en gran medida por lo hispano leyendo al novelista americano —Fiesta, Death in the Afternoon, For Whom the Bell Tolls, The Dangerous Summer— y al memorialista inglés —South from Granada, The Spanish Labyrinth, The Face of Spain, A Life of one’s Own, Personal Record. El mero hecho de abrazar tales lecturas indica una predisposición por las emociones fuertes que, según el canon de «hispanomanía», florecen y dan sus frutos en España como si de un bosque de higueras silvestres se tratase.
El claustro del Instituto Cervantes de turno que opera en el ambiente anglosajón haría bien, a mi juicio, en conocer, digerir y actuar sobre esto que acabo de apuntar. La cuestión es que su clientela, aquella creciente muchedumbre que llama a la puerta del Cervantes más próximo ávida de cultura hispana, cruza el umbral de la Institución con una «idea» de España, con un «ideal», en la mente y en el macuto. «Su» España es un país ancestral, no mecanizado y arcaico donde la belleza prima sobre la acción, el honor sobre el éxito, y el amor y la amistad sobre el trabajo. Es un país «diferente» según el canon que rebeldes ideológicos como Borkenau y Orwell heredaron de los «curiosos impertinentes».
Me propongo, por lo tanto, ofrecer algunas pinceladas sobre Brenan y Hemingway, los dos principales «curiosos impertinentes» del siglo xx, para acabar con algunas ideas sobre sus antecesores Borrow y Ford, que fueron los primeros propagandistas profesionales de aquello que he dado en llamar «hispanomanía». Hago esta propuesta con el modesto motivo de contribuir a un debate sobre la «mirada del otro» que, a la vista de los ciclos de conferencias y de los seminarios que se prodigan, organizados por el propio Instituto Cervantes, por la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) y por otras instituciones, está ya bastante en la calle. Por mi parte, estoy convencido de que algún conocimiento de lo que informa esa «mirada» debería contribuir a explicar España y lo español. Al menos servirá para que sepan la labor que tienen por delante quienes pretendan explicar que España no es un país especialmente «distinto» ni particularmente «problemático».