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El español en el mundo

Los curiosos impertinentes y de mirada de otro

Tom Burns Marañón

1. La idealización de lo foráneo

Hace ya más de treinta años, cuando llegué de Londres para acudir de oyente a determinadas clases en la Universidad Complutense en espera de ir al college que me había ofrecido una plaza en Oxford, pasaba algunos ratos en la biblioteca del British Council, en la madrileña calle de Almagro. El British Council ocupa ahora otro edificio en Madrid y aquella bien dotada biblioteca dejó de existir con el fin de crear más espacio para la enseñanza del inglés. Cuando la conocí y la utilicé, me recordaba a la lending library municipal del distrito de Westminster, cerca de la casa de mis padres en Londres. Pero al parecer de los amigos que me iba haciendo en Madrid, la biblioteca del British, además de ser un civilizado oasis de silenciosa lectura y de estudio, representaba un lugar emblemático de tolerancia y libertad.

No tardé en darme cuenta de que estos amigos tenían una «idea» de Inglaterra. El reverencial respeto que ellos albergaban por las estanterías de aquella casa solariega de la calle Almagro incluso sugería que tenían un «ideal», más que una mera idea, de lo que es lo inglés. La imagen, poblada de estereotipos, que tenían mis amigos sobre Inglaterra me impresionó. Fue mi primer encuentro con la «mirada del otro», con la percepción forastera de algo que a uno no le resulta especialmente destacable por ser del todo familiar.

Por aquella época, un conocido catalán de Mario Vargas Llosa, un hombre normal y corriente, anónimo entonces y anónimo ahora, viajaba a Londres todos los años para presenciar, a pesar de su deficiente inglés, debates parlamentarios. Nada más llegar a Londres, se iba directamente a Parliament Square y ahí, a la sombra de la torre del Big Ben, se ponía en la cola que forman quienes quieren acudir a las tribunas públicas de la Cámara de los Comunes. No iba al teatro, no visitaba museos, no compraba libros. Se pasaba su semana anual en Londres escuchando rifirrafes entre diputados británicos que escasamente entendía y se volvía a Barcelona más feliz que unas pascuas.

Le escuché a Vargas Llosa contar este curioso ejemplo de turismo político cuando ambos compartíamos, no hace mucho, una mesa redonda con ocasión de la inauguración del Instituto Cervantes en Manchester. Decía que su conocido le explicaba que las sesiones que presenciaba en la Cámara de los Comunes le permitían respirar democracia; cada interpelación, cada cruce de palabras entre el gobierno y la «leal» oposición, era una nueva bocanada de aire fresco. Este entusiasta del parlamentarismo inglés volvía a su Barcelona natal con un balón de oxígeno bajo el brazo y sobrevivía con sus recuerdos del Parlamento británico hasta su siguiente viaje a Londres. Me imagino que, de vivir en Madrid, este buen hombre hubiera sido un asiduo de la biblioteca del British Council.

Los entusiasmos por Inglaterra, por su sociedad y por sus instituciones, que profesaban mis amigos madrileños y el conocido catalán de Vargas Llosa, han sido estudiados por el inteligente escritor anglo-holandés Ian Buruma. En aquellas fechas, cuando nos juntamos varios en Manchester para festejar la apertura de un nuevo Instituto Cervantes, Buruma estaba rematando una preciosa obra que se titulaba Anglomanía en su edición americana, y Voltaire’s Coconuts, en el Reino Unido. En este libro, Buruma examinó, en sendos ensayos, la fascinación que ejerció Inglaterra sobre determinados intelectuales europeos, empezando con Voltaire y acabando con Isaiah Berlin.

Todos ellos admiraron el buen ordenamiento de las «cosas de Inglaterra», la tolerancia y el sentido de fair play de la sociedad británica, y su visión empírica de las instituciones y de las relaciones humanas. El muy anglófilo Voltaire quería trasladar todo aquello que admiró durante su estancia londinense a la Europa continental, lo cual provocó el comentario —y de paso el título del volumen de Buruma en su edición inglesa— de que aquel traslado tendría el mismo éxito que la plantación de cocoteros en el Reino Unido.

El hilo común de mis amigos madrileños en la desaparecida biblioteca del Británico, del conocido catalán de Vargas Llosa y de los intelectuales europeos que desfilan por los ensayos de Buruma, es aquello que apunté al comienzo como la «mirada del otro»; lo que les une es la idea, el ideal en algunos casos, repleto, siempre, de tópicos, que el de fuera se forma sobre un país que no es el suyo. De hecho, los madrileños de la biblioteca del Británico y el barcelonés de la Cámara de los Comunes caminaban, con su descomunal admiración por las «cosas de Inglaterra» a cuestas, por el canon de «anglomanía» que Voltaire y compañía habían creado un par de siglos antes.

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