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El español en el mundo > Anuario 2001 > C. Hernández. Aspectos lingüísticos
El español en el mundo

Un viaje por Sefarad: la fortuna del judeoespañol

Carmen Hernández González

4. Aspectos lingüísticos

Además de intentar pergeñar aquí una caracterización coherente del sistema lingüístico del sefardí, aunque por fuerza tejida de ausencias, quisiera referirme a una serie de tópicos que han estado presentes con demasiada frecuencia en lo que se decía o escribía sobre el tema6.

Lo que conocemos hoy de la lengua sefardí nos ha llegado, fundamentalmente, a través de una bibliografía ya clásica —los estudios de Wagner, Crews, Révah, Sala, Lapesa, Alvar y Zamora Vicente, entre otros— que se ha visto incrementada más modernamente con los estudios de Bunis, Hassán, Penny, Várvaro o Lleal7, por citar algunos de los más relevantes. Pero, a pesar de la abundante bibliografía existente, nos faltan todavía estudios relacionados con las fuentes textuales de todo tipo para poder componer un corpus a partir del cual realizar trabajos diacrónicos y sincrónicos en los que se examinen las diferentes variaciones geográficas, sociales y de estilo. Ésta es solo una parte del problema.

La otra, la fundamental, es el error tan repetido de considerar al judeoespañol la lengua que se hablaba en la Península a finales de la Edad Media y examinarla con ojos de «filólogo-forense», intentando averiguar las causas de su estado terminal.

Los rasgos generales de la fonología sefardí y, especialmente, aspectos relacionados con el léxico, han sido analizados con más detenimiento; pero faltan estudios para el conocimiento cabal de la morfosintaxis judeoespañola. Un hispanista interesado en la historia de nuestra lengua no puede prescindir de los datos que el riquísimo caudal de las diferentes manifestaciones de la lengua y cultura sefardíes nos proporciona.

Soy absolutamente consciente de la imposibilidad de llevar a término de una forma rigurosa la compleja tarea de pretender, en poco espacio, caracterizar una realidad tan rica y multiforme como es la lengua de los judíos españoles. El primer riesgo (que no el único) de este intento es caer en la simplificación, aplicando sobre todo el conjunto de las hablas judeoespañolas un uniforme lingüístico que oculte, precisamente, su principal característica: el polimorfismo.

Asimismo, deseo puntualizar que mis referencias a los elementos no hispánicos del español sefardí serán exclusivamente coyunturales, dado que me centraré, sobre todo, en lo que de hispánico tiene esta lengua.

El primer tópico que conviene eliminar a la hora de plantear el tema que nos ocupa tiene que ver con la idea de que el judeoespañol sea una lengua fosilizada y arcaica. Junto a fenómenos claramente arcaizantes, en relación con el español general, observaremos importantes novedades en su sistema, porque estamos ante una forma activa de comunicación y, como tal, porque se usa (o usaba), evoluciona. El sistema de la lengua sefardí permaneció vivo a lo largo de toda su evolución histórica y por eso fue cambiando y asimilando elementos nuevos, o abandonando usos de acuerdo con las necesidades de sus hablantes y las condiciones que las circunstancias externas fueron imponiendo.

Además, la insistencia en el carácter arcaico del judeoespañol obedece a una visión excesivamente simplista que solo se fija en algunos de sus aspectos, sin tener en cuenta otros rasgos. Es equivocado a todas luces tomar como punto de referencia otra lengua y señalar lo que se aparta de ella, en lugar de describir estructuralmente el sistema en que se está analizando. Por otro lado, es inadmisible hablar —como ocurre con frecuencia— de un judeoespañol en general sin hacer alusión a las diferencias diacrónicas, diatópicas, diastráticas y diafásicas que en él se registran y que se tienen en cuenta habitualmente en cualquier estudio serio sobre la estructura de una lengua, su funcionamiento y su evolución.

Como he apuntado ya en un trabajo anterior (Hernández, 1990), la situación lingüística peninsular en el momento de la expulsión de los judíos no presentaba ninguna homogeneidad, sino que ofrecía una multiplicidad de sistemas distribuidos a lo largo y ancho del territorio peninsular que, aunque de manera simplificada, podrían quedar reflejados de la siguiente manera:

  • Aragón: el dialecto aragonés todavía estaba fuertemente arraigado en su núcleo geográfico, pero la presencia cada vez mayor de Castilla en Aragón y las semejanzas estructurales entre castellano y aragonés favorecieron su progresiva castellanización, incluso antes de su unión con Castilla. Así, el mismo rey Fernando, en palabras de Ramón Menéndez Pidal, «se castellanizó al uso de Castilla la Vieja» (Menéndez Pidal, 1968: 50).
    La cancillería aragonesa deja muy pronto de lado sus modos dialectales específicos y los escritores aragoneses se arrimaron a las formas castellanas, sustentadas por la literatura más rica y prestigiosa de las peninsulares.
  • El leonés: al igual que el resto de las modalidades lingüísticas del centro de la Península, retrocede ante la pujanza del castellano. Este dialecto se mantiene casi exclusivamente en el habla rústica y, desde el siglo xiii, lo encontramos en la lengua escrita con rasgos sueltos, dentro de una estructura fundamentalmente castellana. A finales del siglo xv sobrevive como lengua literaria en el teatro de Juan del Encina y Lucas Fernández, y, posteriormente, en el teatro de los Siglos de Oro transformado en el sayagués (lenguaje pastoril o villanesco), habla convencional que sirve de vehículo lingüístico a los personajes rústicos del teatro.
  • Navarra se incorpora en 1515 a la Corona de Castilla y se castellaniza.
  • El catalán (Colón, 1986: 133-134) se mantuvo como lengua viva —tanto en Cataluña como en Valencia—, pero retrocedió en su manifestación literaria, ya que, sobre todo las clases más cultas, utilizaron el castellano porque era una lengua de mayor prestigio literario, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo xvi.
  • En Galicia (García, 1986: 153-155) el uso de la lengua castellana se impondrá de modo definitivo en las capas más altas de la sociedad. En la documentación, tanto política como privada —e incluso en la de la Iglesia—, desaparece el gallego, y lo mismo ocurre en la literatura, quedando así arrinconado al servicio de la comunicación oral.
  • Dentro del Reino de Castilla tampoco existía unidad lingüística, sino que había dos tipos de norma que se van a disputar el honor de ser consideradas el ideal de la lengua española: la de Castilla la Vieja y la de Toledo. La primera constituye el estilo literario, frente a la segunda, que va a encarnar el modelo cortesano. Como ha demostrado González Ollé (1987: 859-872), hay testimonios ya desde 1492 en torno a la ciudad de Toledo en los que se aduce que de ella «todas las provincias aprendían la lengua»; este tipo de afirmaciones se multiplica y habrá feroces detractores y apasionados defensores de la norma toledana que, como señalábamos antes, da vida al ideal cortesano en el que se funden los modos sociales más refinados y el mejor y más adecuado empleo del idioma.
  • El Reino de Sevilla es en este momento el recipiente de un proceso lingüístico imparable que conducirá a la creación, al nacimiento de una nueva modalidad lingüística que constituirá la conocida «norma andaluza» (frente a la «norma del Norte») y al dialecto andaluz actual.
  • En el Reino de Granada, después de la conquista, se impone el castellano sobre la lengua musulmana pero con una doble diferenciación:
    1. El Centro y Sur del antiguo reino reciben desde Sevilla un castellano dialectalizado (Málaga, oeste y sur de Granada y suroeste de Almería)
    2. El Norte y Este se conquistaron desde Castilla

Por lo tanto, la península Ibérica ofrecía cinco grandes divisiones lingüísticas:

  1. La zona galaico-portuguesa
  2. La zona catalano-valenciana
  3. Las hablas de Castilla la Vieja, muy influenciadas fonéticamente por el bilingüismo vasco-castellano que imperó en la formación de estas hablas
  4. Castilla la Nueva (Toledo) y Andalucía (lengua oficial y literaria)
  5. Las hablas navarro-aragonesas, que contienen una intensa castellanización

Esta breve y simplificada exposición del heterogéneo panorama lingüístico peninsular en el momento de la diáspora primaria sefardí es importante para poder entender distintos aspectos de la distribución y selección de los diferentes rasgos que configurarán el judeoespañol.

Tras la expulsión de los judíos en 1492, éstos —según las zonas peninsulares de origen— se dispersan por Europa, el oriente mediterráneo y el norte de África, como hemos visto. Algunos autores, como Max L. Wagner (1930) han pretendido explicar las diferencias lingüísticas de las diversas hablas judeoespañolas a partir, precisamente, de la diferente procedencia geográfica peninsular de sus hablantes. Sin embargo, a partir de los estudios de I. S. Révah (1961), se pudo saber que, al margen de los diferentes orígenes de los exiliados, a las pocas décadas se consolidó una koiné en todo el ámbito sefardí del oriente mediterráneo. Las diferencias dialectales son de aparición más tardía, a partir de la ruptura de la uniformidad cultural y lingüística del Imperio Otomano que conduce a desarrollos divergentes de las hablas sefardíes y al contacto con otras lenguas cuyo influjo acusarán.

Marius Sala (1965 y 1970), en sus trabajos sobre el judeoespañol, en especial el de Bucarest, hizo hincapié en el hecho de que se atiene a una norma hispánica.

David M. Bunis (1983 y 1992) muestra, a partir de la conocida división en dos grandes zonas del dominio lingüístico sefardí, el Imperio Otomano y el norte de África, la existencia de una serie de diferencias entre ellas y las redistribuye en subregiones con subdialectos diferentes: para el Imperio Otomano se refiere al subdialecto suroriental (turco, búlgaro y grecoriental), y el noroccidental (yugoslavo, austríaco, rumano y búlgaro occidental); en el norte de África hallamos dos subdialectos: el tangerino y el tetuaní.

Más recientemente, Ralph Penny (1992a, 1992b y 1996), apoyándose en los modernos avances de la sociolingüística en general y de la teoría de contacto de dialectos y la de redes sociales en particular, ha mostrado cómo las innovaciones que separan al castellano u otra variedad hispánica y al judeoespañol pueden explicarse a partir del cambio de las redes sociales, como consecuencia de la expulsión; por efecto de esa ruptura de redes sociales se da una situación que propicia los cambios lingüísticos, las innovaciones: abundantes variantes lingüísticas que experimentan una selección en función de factores demográficos, de factores de prominencia, de simplicidad o de nivelación. Todo ello fue un elemento determinante para que en la koiné lingüística que se dio originariamente en las comunidades sefardíes se generalizasen rasgos no castellanos.

Además parece mucho más exacto suponer que en 1492 los judíos no castellanos debían de hablar ya la lengua que política y literariamente se perfilaba como superior en la Península: el castellano. La explicación reside en la especial movilidad que la población judía tenía por causas diferentes: las persecuciones religiosas de que eran objeto; los desplazamientos que los intelectuales efectuaban para frecuentar las Academias más célebres; sus actividades comerciales, artesanales y médicas, o las relaciones que mantenían en algunos casos con las administraciones reales.

A pesar, pues, de la distribución inicial de los judíos expulsados, se impuso el habla de Castilla la Nueva y Andalucía que gozaba en aquel momento de un extraordinario prestigio cultural y que ofrecía un carácter más innovador que la de Castilla la Vieja. Esto no significa que no aparezcan en el sistema lingüístico sefardí elementos de otras formas lingüísticas peninsulares no castellanas, como veremos más adelante.

Como es bien conocido y aceptado por la mayor parte de los estudiosos del tema, parece que en el siglo xvi el español que hablaban los expulsos no ofrecía apenas diferencias con el que se hablaba en territorio peninsular; pero, poco a poco, la relación con la Península se hizo menos intensa y, además, las diferentes comunidades sefardíes se fueron aislando progresivamente entre ellas, por lo que aparecen en escena los dos grandes grupos: el oriental y el del norte de África. Existen, evidentemente, diferencias entre ambos grupos, dado que la lengua evolucionó de distinta forma al ser también diversas las condiciones en las que ha vivido en cada una de las zonas. Me referiré, aunque no exclusivamente, al judeoespañol de Oriente, ya que en el caso de la jaquetía o judeoespañol de Marruecos la gran dificultad para su conocimiento la constituye el hecho de que los testimonios de cómo era fueron escasos hasta el siglo xix, y en el xx su desaparición ha sido prácticamente completa, como hizo ver Hassán (1968) «a causa de la extensión de la influencia española a Marruecos a partir de la segunda mitad del siglo xix, y la consiguiente afluencia de funcionarios y pobladores españoles hacia ese país»; este contacto con el mundo español ha hecho que los hablantes de jaquetía hayan ido adaptando su judeoespañol al castellano moderno, sufriendo el consiguiente proceso de rehispanización y, por lo tanto, el abandono de su sistema primitivo, como tendré ocasión de comentar más adelante.

Caracterización lingüística

La coherencia con todo lo expuesto hace imposible reducir este apartado a una enumeración de rasgos asociados a los distintos niveles de descripción lingüística: son muchos los datos que aún desconocemos de la historia de la lengua sefardí, porque faltan por estudiar sistemáticamente los textos de cada una de las épocas de su evolución y la información que los dialectólogos aportan solo es válida para caracterizar la lengua vigente en el momento de su recopilación. Por otro lado, las especiales circunstancias en las que se fraguó la koiné lingüística a partir del contacto entre las diferentes variedades lingüísticas de los judíos expulsados de España hizo que triunfaran variantes de diferente signo como consecuencia de factores demográficos, de simplificación o de nivelación, por ejemplo: algunas continúan usos del español medieval que éste abandonó o relegó a registros dialectales o no cultos; otras se corresponden con otras modalidades lingüísticas no castellanas, y, como no, también se encuentran soluciones propias y novedosas en el gran marco de la variación lingüística que ofrece el conjunto de las hablas judeoespañolas. Pero lo importante es señalar que el resultado final de este proceso es un nuevo sistema lingüístico que se diferencia de todos los que han participado en su formación (Trudgill, 1986).

De acuerdo con el modélico estudio que ha publicado Ralph Penny (2000), señalaré a continuación, sin pretensión de exhaustividad, algunos aspectos de la lengua judeoespañola, teniendo muy presente lo comentado en el párrafo anterior. Hablaré de formas conservadoras o innovadoras respecto a los resultados del español; formas que no sean de origen castellano, bien del mundo hispánico o de sistemas ajenos a él y, por último, elementos que no se adscriben al español estándar (normativo), sino a registros no cultos o áreas rurales. En algunos casos, la condición de rasgo de origen no castellano, por ejemplo, puede ser compatible con su identificación como elemento conservador o no: cada dato tiene su propia historia y hora es ya de huir de caracterizaciones simplistas que oculten la realidad de los hechos.

1. Elementos innovadores

  1. Pronunciación como vibrante simple [r] de la vibrante múltiple en muchas de las zonas: rosa, rico, guera, pero«perro».
  2. Es general en todas las hablas judeoespañolas el cambio de n- en m- (no solo en los casos corrientes del registro vulgar o dialectal hispánico, sino también en otras voces): muez «nuez», mwevi «nueve», mwevo «nuevo». El sistema de los pronombres no es ajeno a este rasgo: mos «nos», mosotros «nosotros», muestro«nuestro».
  3. Palatalización de la s ante consonante velar: sc > s_c (bus_car, mos_ca). Fenómeno del castellano del siglo xvi, que en el judeoespañol moderno tiene una gran extensión.
  4. A comienzos del siglo xviii empezamos a encontrar la metátesis rd > dr: cuerda > cuedra, tarde > tadre, guardar > guadrar.
  5. Las articulaciones velares y labiales desarrollan una [w] en voces como guato «gato», lechugua «lechuga». En Marruecos: luguare «lugar», cuasa «casa».
  6. Ensordecimiento parcial del wau que sigue a una /s/ inicial en algunas variedades del judeoespañol: sfueño «sueño».
  7. Desde el siglo xviii se documenta uno de los rasgos más característicos de la conjugación sefardí: la forma terminada en para la primera persona singular del pretérito indefinido de la primera conjugación: comprí «compré», amí «amé».
  8. Una innovación del sefardí del siglo xixes el paso de las antiguas terminaciones de segunda persona singular y plural del indefinido -stes a -tes: amates por amastes«amaste», tomates por tomastes «tomaste».
  9. Como resultado de la evolución de las formas del español medieval en -ades, -edes, el judeoespañol ha preferido la solución con reducción de vocales a partir de la pérdida de la -d- intervocálica: cantás, querés. El español peninsular, que también conoció este resultado, seleccionó las formas con diptongo (amáis, queréis); no ocurre lo mismo en el español de América, donde también tuvieron éxito las formas monoptongadas.
  1. Tratamiento de la f- latina

    En 1492 las palabras populares que comenzaban por f- en latín ofrecen el siguiente reparto territorial:

    1. f- conservada en las hablas rústicas y Aragón
    2. h- /h./ en Castilla la Nueva y Andalucía
    3. f- >/h./ > Ø en Castilla la Vieja

    La última variante aparece en ladinamientos de la Biblia, aunque textos orientales del siglo xvi ofrecen en general dos soluciones: la aspiración [h] (mayoritariamente) y el mantenimiento de [f] (minoritario) que abunda en Salónica y es raro en Constantinopla. En los textos de los siglos xvii y xviii el resultado más frecuente es la pérdida total —como en Castilla la Vieja—, solución que ha triunfado en Constantinopla; sin embargo el hecho de que incluso aquí haya otras opciones prueba que originariamente todas las hablas judeoespañolas de esta zona han tenido una vacilación inicial entre el mantenimiento y la pérdida de esta consonante. En algunas zonas como Salónica, parte de Bosnia y Macedonia se conserva la f-.

  2. En el judeoespañol de Oriente se mantiene la distinción entre la /b/ oclusiva bilabial y la /v/ fricativa labiodental o bilabial. A este propósito conviene recordar (Alonso, 1962) que en la época de la expulsión de los judíos en el Norte peninsular se confundían la /b/ y /v/, mientras que en las zonas meridionales la distinción todavía se mantenía. Según los testimonios escritos parece ser que desde la segunda mitad del xvi los sefardíes balcánicos pronunciaban ya, como hoy, con una /v/ labiodental ciertas palabras que Nebrija pronunciaba todavía con una /b/ bilabial: cabo, labor; es decir, que incluso de -p- latina tenemos articulación labiodental. En relación con este asunto, Bonifacio Rodríguez (1993) incide en el hecho de que en el judeoespañol de Oriente la oposición entre /b/ y /v/ es operativa solo en posición inicial de palabra, ya que en las palabras patrimoniales la [b] intervocálica medieval ha confluido con /v/. Por ello, podemos hablar de arcaísmo en tanto que se conservan en el sistema judeoespañol estos fonemas, pero la distribución actual de los mismos es novedosa respecto al uso medieval.
  3. También existe la pronunciación labiodental de los grupos secundarios b’d, b’t, v’d, v’t, que en español moderno evolucionaron a u: devda, sivdat, kavdal.
  4. Mantenimiento de la /s_/prepalatal fricativa sorda, que en castellano evolucionó hasta /x/: sa_bon, cas_ca «cáscara».
  5. Mantenimiento de la /z_/ prepalatal fricativa sonora, que también resultó /x/ en castellano: muz_er, hiz_o.
  6. Mantenimiento de /y_/ prepalatal africada sonora, también /x/ en castellano: y_untos, j_oya, y_ente. Para el judeoespañol de Marruecos, como consecuencia del contacto con los españoles, el resultado cambió a /x/, como en castellano.
  7. Las antiguas sibilantes predorsodentoalveolares africadas /s^/ ç y /z^/ -z-, sorda y sonora respectivamente, y las apicoalveolares fricativas /s/ s- , -ss- y /z/-s- han evolucionado de la siguiente manera:
    1. Se identifican por el seseo /s/ y /s^/> /s/, y el resultado es una consonante predorsodental sorda, como la del andaluz: sinco, senar.
    2. Se identifican por el «çeçeo»/z/y /z^/ > /z/ originando una consonante predorsodental sonora, como la portuguesa: casa.

    En Marruecos se mantiene con más fuerza la /z/ dentoalveolar sonora: casa. De manera que el sistema fonológico del judeoespañol de Oriente ha eliminado como el andaluz, el canario y el español de América los fonemas apicoalveolares /s/ y /z/, extendiendo en su lugar los dentales procedentes de /s^/ y /z^/. A diferencia del andaluz conserva la oposición sorda / sonora mediante los fonemas /s/ y /z/.También distingue aún el judeoespañol la oposición entre las antiguas consonantes medievales /s^/ y /z^/.Es necesario llamar la atención sobre el comportamiento en sefardí de los antiguos fonemas medievales españoles para romper con el manido tópico de su tendencia al arcaísmo al haberlos conservado: el resultado de su evolución se diferencia de la solución que han tenido en el español moderno y, al mismo tiempo, su distribución es diferente a la que tuvieron en nuestra lengua medieval. Nada más lejos del presunto «arcaísmo fonológico».

  8. Se mantienen las formas arcaicas do, vo, so, estó, sin la integración del adverbio y. Éste no es solo un rasgo conservador, sino que se trata también de un elemento de enlace con variedades del español no estándar.
  9. Persiste la forma tú sos como segunda persona del presente de ser, junto a es y eres.
  10. Todavía en algunos casos pervive el sentido de composición del futuro: alegrar nos hemos «nos alegraremos» (como ocurre aún en el español clásico peninsular).
  11. El pronombre enclítico sufre metátesis con las formas de imperativo: quitalde «quitadle», traelde «traedle». Hasta el siglo xvii se encuentran en español este tipo de aglutinaciones.
  12. Como en antiguo español y, sobre todo, como hace todavía el portugués, el judeoespañol utiliza con frecuencia el verbo tener para la formación de los tiempos compuestos: tengo hecho «he hecho», tengo ido «he ido».
  13. La forma os es desconocida; se usa vos tanto como pronombre sujeto como complemento: venivos«veníos».
  14. Para el tratamiento de respeto o cortesía conviven el usted (a partir de la moderna rehispanización) y el antiguo vuestra merced, y sigue utilizándose el vos, que solo resta con este valor en la Península en algunas aldeas del norte de León.
  15. Se mantiene el uso de las formas verbales en -ra con valor condicional, que se puede observar también en español actual, aunque no sea un rasgo generalizado.
  16. El uso del artículo ante posesivo adjunto a sustantivo, tan característico de todo el español medieval y circunscrito hoy en la Península a núcleos dialectales, continúa vigente en el registro poético del judeoespañol: la mi casa.

3. Elementos no castellanos

  1. Aunque la diptongación de las vocales latinas e y o breves tónicas es un rasgo característico del judeoespañol —como también lo es del castellano— hay muchos ejemplos que presentan ausencia de diptongo, coincidente con el comportamiento del dominio lingüístico gallego-portugués: ponte, preto.
  2. El sufijo diminutivo -illo/-illa tiende a perder la palatal intervocálica y el fenómeno se extiende a otras formas con la misma palatal, aunque no sean diminutivos, de diferentes orígenes latinos: como estrea, maravía. Fenómeno este que se documenta en el dominio astur-leonés y en Cantabria.
  3. Mantenimiento del grupo -mb- (como ocurre en las hablas leonesas y en gallego-portugués), frente a la asimilación y posterior reducción del castellano: lamber, lombo.
  4. Como el aragonés, mantenimiento del grupo -ns- sin asimilar, sea o no etimológico, en palabras como lonso «oso».
  5. Cierre del timbre en las vocales finales: -o > -u y -e> -i (igual que en dominios dialectales peninsulares, como en el caso del leonés). El fenómeno se da con mayor o menor intensidad en diferentes lugares: Bucarest y Bosnia lo tienen como rasgo típico; sin embargo en Constantinopla y Brusa la -a, -e y -o finales mantienen su timbre sin alteración alguna.
  6. Yeísmo: desde la primera mitad del siglo xvii los textos judeoespañoles muestran confusiones ortográficas que indican la pérdida de la distinción entre /l_/ y /y/: sullo, yamar. En la actualidad todas las hablas judeoespañolas son yeístas.
  7. Uno de los fenómenos más característicos de la morfología del género en sefardí es la tendencia de los adjetivos invariables a generar una forma para el femenino y, a menudo, otra para el masculino: fiesta anuala, niñas jóvenas, público entusiasto, jóvenos elevos, son solo algunos ejemplos del fenómeno que comentamos. Como ya hemos comentado en otro artículo (Hernández, 2000b), esta tendencia del judeoespañol viene a continuar un proceso que se documenta ya en el latín vulgar y que se impuso en la zona galorrománica: el catalán medieval o el aragonés, por ejemplo, manifiestan su afición a generar desde los adjetivos invariables latinos una forma para el femenino y, a menudo, otra para el masculino. Sin embargo, el español —como ocurre en otras lenguas románicas— continuó con las formas latinas originarias.

    El sefardí, abundando en esta hipercategorización del género, hace que otras categorías gramaticales se vean arrastradas a un comportamiento similar al de los adjetivos; así, por ejemplo, en la anáfora, la cuala, los cualos, lo cualo son formas habituales.

    Abundando en cuestiones relativas al género en sefardí, se constata el intento deliberado —y antietimológico con frecuencia— de señalar a través de los morfos -o / -a la indicación del género masculino y femenino respectivamente (el importo, muestra capitala), dado que los hablantes tienden a establecer este tipo de asociación.

  8. En judeoespañol se utiliza la forma plural del posesivo sus acompañando a un sustantivo en singular, en concordancia con los poseedores y no con lo poseído: sus comportación, sus directriza, sus laboro. Este tipo de construcción se explica fundamentalmente por influencia del francés y el italiano donde se establece igualmente la diferencia según el número de poseedores (lur, loro), aunque el procedimiento sea diferente.

4. Elementos no pertenecientes al registro general (estándar) del español

  1. Cambios en el timbre de las vocales protónicas: a > e después de /r¯/: arrescuñar < arrascuñar< rascuñar < rascar; e > a en contacto con /r/: tarnero (recuérdese el español vervactu > barbecho); e > i: siñor. Transformaciones estas que existen o han existido en el español peninsular.
  2. Ante el diptongo [wé] se desarrolla un elemento velar: güeso; es rasgo abundante en el habla rural española, pero en sefardí el reforzamiento de la articulación consonántica del diptongo labiovelar se extiende también a inicial de sílaba interior: tugüerto «tuerto», cirgüela «ciruela», jugüeves «jueves». Hecho este que manifiesta, de nuevo, una solución más avanzada del sefardí frente al español. En posición inicial de palabra es abundante y más rara en otras posiciones; parece que en Bosnia no se presenta más que en posición inicial.
  3. La -d final tiende a ensordecerse con frecuencia: idat «edad», set «sed». Puede desaparecer completamente en las formas de imperativo: tomá «tomad», vení «venid», fenómeno habitual en la lengua medieval y clásica peninsular y que se percibe también en dominios del español de América, por ejemplo.
  4. Por analogía con las otras segundas personas de otros tiempos verbales, las terminaciones del indefinido pasan de -ste a -stes (amastes «amaste»).
  5. Se encuentran las desinencias -ís por -éis en el presente de indicativo: serís, tenís.
  6. Uso de la forma femenina la para el artículo singular delante de la a- tónica: la ambre, la agua.
  7. Los sustantivos abstractos terminados en -or, que son masculinos en latín, con una fuerte atracción románica por el femenino, en español dialectal o en registros no cultos se utilizan en femenino. En sefardí —según hemos podido constatar (Hernández, 2000b)— son femeninos: la valor, la amor, la dolor. Lo que hemos visto para aspectos relacionados con la fonología y la morfosintaxis del sefardí es también aplicable al léxico: existen palabras del español medieval que se han conservado (agora, mercar, adobar «arreglar»). Elementos hispánicos no castellanos: diada, como en catalán; alfinete«alfiler», como en portugués; lonso como el aragonés; lombo, como el leonés. Voces árabes que ya existían en el español medieval: algarroba; hebraísmos abundantes, especialmente en campos semánticos relacionados con la liturgia, la moral, las fiestas y ceremonias: menorá «el candelabro de los siete brazos», kabod «honor»; préstamos del turco, griego, búlgaro, rumano y serbocroata; galicismos e italianismos, a partir del siglo xix: rolo «papel de un actor» (gal.), aferes«asuntos» (gal.), comedía (it.).

En el caso del judeoespañol de Marruecos, como el contacto del norte de África con Italia fue prácticamente inexistente a partir del siglo xvii, apenas hay italianismos, aunque sí son abundantes los galicismos; se nota el influjo del hebreo sobre todo en todo lo que se refiere al mundo de la religión y, como es lógico, la influencia del árabe es muy importante en esta zona.

La diversidad de resultados que podemos observar en todos los niveles de descripción lingüística del judeoespañol son consecuencia del período de nivelación en el que los sefardíes adoptaron rasgos de diferente procedencia, también con independencia de sus zonas de origen. Frente a los elementos conservadores hay otros en los que la lengua judeoespañola se nos presenta como una modalidad lingüística individualizada del español peninsular. Es el momento de reproducir aquí unas palabras de F. Marcos Marín que pueden arrojar luz sobre lo que acabamos de afirmar:

«Las dificultades, la dispersión y las diferencias, o las afirmaciones extremas que quieren ver la lengua como cambio, no nos impiden buscar una definición aplicable a cada una de las lenguas dadas, que es, simplemente, la que permite a los usuarios adjetivarla como portuguesa, española, catalana, árabe o guaraní [o sefardí, diríamos aquí]. No es solo que sintamos o percibamos, sino también que analicemos, en las distintas partes de la gramática de una lengua, una serie de rasgos constitutivos y diferenciales que nos permitan darle una unidad por encima de la movilidad de la lucha de sus sistemas, de su actividad constituyente e incesante» (Marcos Marín, 1979: 78).

  • (6) A propósito de eliminar tópicos sobre el judeoespañol y clarificar algunas cuestiones básicas respecto al tema, es muy aconsejable la excelente reseña de Dora Mantcheva al libro de T. Harris (2000). volver
  • (7) En la bibliografía final, y a lo largo de estas páginas, iremos desgranando otros nombres de reconocido prestigio en el mundo de los estudios sefardíes. volver
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