Carmen Hernández González
Además de intentar pergeñar aquí una caracterización coherente del sistema lingüístico del sefardí, aunque por fuerza tejida de ausencias, quisiera referirme a una serie de tópicos que han estado presentes con demasiada frecuencia en lo que se decía o escribía sobre el tema6.
Lo que conocemos hoy de la lengua sefardí nos ha llegado, fundamentalmente, a través de una bibliografía ya clásica los estudios de Wagner, Crews, Révah, Sala, Lapesa, Alvar y Zamora Vicente, entre otros que se ha visto incrementada más modernamente con los estudios de Bunis, Hassán, Penny, Várvaro o Lleal7, por citar algunos de los más relevantes. Pero, a pesar de la abundante bibliografía existente, nos faltan todavía estudios relacionados con las fuentes textuales de todo tipo para poder componer un corpus a partir del cual realizar trabajos diacrónicos y sincrónicos en los que se examinen las diferentes variaciones geográficas, sociales y de estilo. Ésta es solo una parte del problema.
La otra, la fundamental, es el error tan repetido de considerar al judeoespañol la lengua que se hablaba en la Península a finales de la Edad Media y examinarla con ojos de «filólogo-forense», intentando averiguar las causas de su estado terminal.
Los rasgos generales de la fonología sefardí y, especialmente, aspectos relacionados con el léxico, han sido analizados con más detenimiento; pero faltan estudios para el conocimiento cabal de la morfosintaxis judeoespañola. Un hispanista interesado en la historia de nuestra lengua no puede prescindir de los datos que el riquísimo caudal de las diferentes manifestaciones de la lengua y cultura sefardíes nos proporciona.
Soy absolutamente consciente de la imposibilidad de llevar a término de una forma rigurosa la compleja tarea de pretender, en poco espacio, caracterizar una realidad tan rica y multiforme como es la lengua de los judíos españoles. El primer riesgo (que no el único) de este intento es caer en la simplificación, aplicando sobre todo el conjunto de las hablas judeoespañolas un uniforme lingüístico que oculte, precisamente, su principal característica: el polimorfismo.
Asimismo, deseo puntualizar que mis referencias a los elementos no hispánicos del español sefardí serán exclusivamente coyunturales, dado que me centraré, sobre todo, en lo que de hispánico tiene esta lengua.
El primer tópico que conviene eliminar a la hora de plantear el tema que nos ocupa tiene que ver con la idea de que el judeoespañol sea una lengua fosilizada y arcaica. Junto a fenómenos claramente arcaizantes, en relación con el español general, observaremos importantes novedades en su sistema, porque estamos ante una forma activa de comunicación y, como tal, porque se usa (o usaba), evoluciona. El sistema de la lengua sefardí permaneció vivo a lo largo de toda su evolución histórica y por eso fue cambiando y asimilando elementos nuevos, o abandonando usos de acuerdo con las necesidades de sus hablantes y las condiciones que las circunstancias externas fueron imponiendo.
Además, la insistencia en el carácter arcaico del judeoespañol obedece a una visión excesivamente simplista que solo se fija en algunos de sus aspectos, sin tener en cuenta otros rasgos. Es equivocado a todas luces tomar como punto de referencia otra lengua y señalar lo que se aparta de ella, en lugar de describir estructuralmente el sistema en que se está analizando. Por otro lado, es inadmisible hablar como ocurre con frecuencia de un judeoespañol en general sin hacer alusión a las diferencias diacrónicas, diatópicas, diastráticas y diafásicas que en él se registran y que se tienen en cuenta habitualmente en cualquier estudio serio sobre la estructura de una lengua, su funcionamiento y su evolución.
Como he apuntado ya en un trabajo anterior (Hernández, 1990), la situación lingüística peninsular en el momento de la expulsión de los judíos no presentaba ninguna homogeneidad, sino que ofrecía una multiplicidad de sistemas distribuidos a lo largo y ancho del territorio peninsular que, aunque de manera simplificada, podrían quedar reflejados de la siguiente manera:
Por lo tanto, la península Ibérica ofrecía cinco grandes divisiones lingüísticas:
Esta breve y simplificada exposición del heterogéneo panorama lingüístico peninsular en el momento de la diáspora primaria sefardí es importante para poder entender distintos aspectos de la distribución y selección de los diferentes rasgos que configurarán el judeoespañol.
Tras la expulsión de los judíos en 1492, éstos según las zonas peninsulares de origen se dispersan por Europa, el oriente mediterráneo y el norte de África, como hemos visto. Algunos autores, como Max L. Wagner (1930) han pretendido explicar las diferencias lingüísticas de las diversas hablas judeoespañolas a partir, precisamente, de la diferente procedencia geográfica peninsular de sus hablantes. Sin embargo, a partir de los estudios de I. S. Révah (1961), se pudo saber que, al margen de los diferentes orígenes de los exiliados, a las pocas décadas se consolidó una koiné en todo el ámbito sefardí del oriente mediterráneo. Las diferencias dialectales son de aparición más tardía, a partir de la ruptura de la uniformidad cultural y lingüística del Imperio Otomano que conduce a desarrollos divergentes de las hablas sefardíes y al contacto con otras lenguas cuyo influjo acusarán.
Marius Sala (1965 y 1970), en sus trabajos sobre el judeoespañol, en especial el de Bucarest, hizo hincapié en el hecho de que se atiene a una norma hispánica.
David M. Bunis (1983 y 1992) muestra, a partir de la conocida división en dos grandes zonas del dominio lingüístico sefardí, el Imperio Otomano y el norte de África, la existencia de una serie de diferencias entre ellas y las redistribuye en subregiones con subdialectos diferentes: para el Imperio Otomano se refiere al subdialecto suroriental (turco, búlgaro y grecoriental), y el noroccidental (yugoslavo, austríaco, rumano y búlgaro occidental); en el norte de África hallamos dos subdialectos: el tangerino y el tetuaní.
Más recientemente, Ralph Penny (1992a, 1992b y 1996), apoyándose en los modernos avances de la sociolingüística en general y de la teoría de contacto de dialectos y la de redes sociales en particular, ha mostrado cómo las innovaciones que separan al castellano u otra variedad hispánica y al judeoespañol pueden explicarse a partir del cambio de las redes sociales, como consecuencia de la expulsión; por efecto de esa ruptura de redes sociales se da una situación que propicia los cambios lingüísticos, las innovaciones: abundantes variantes lingüísticas que experimentan una selección en función de factores demográficos, de factores de prominencia, de simplicidad o de nivelación. Todo ello fue un elemento determinante para que en la koiné lingüística que se dio originariamente en las comunidades sefardíes se generalizasen rasgos no castellanos.
Además parece mucho más exacto suponer que en 1492 los judíos no castellanos debían de hablar ya la lengua que política y literariamente se perfilaba como superior en la Península: el castellano. La explicación reside en la especial movilidad que la población judía tenía por causas diferentes: las persecuciones religiosas de que eran objeto; los desplazamientos que los intelectuales efectuaban para frecuentar las Academias más célebres; sus actividades comerciales, artesanales y médicas, o las relaciones que mantenían en algunos casos con las administraciones reales.
A pesar, pues, de la distribución inicial de los judíos expulsados, se impuso el habla de Castilla la Nueva y Andalucía que gozaba en aquel momento de un extraordinario prestigio cultural y que ofrecía un carácter más innovador que la de Castilla la Vieja. Esto no significa que no aparezcan en el sistema lingüístico sefardí elementos de otras formas lingüísticas peninsulares no castellanas, como veremos más adelante.
Como es bien conocido y aceptado por la mayor parte de los estudiosos del tema, parece que en el siglo xvi el español que hablaban los expulsos no ofrecía apenas diferencias con el que se hablaba en territorio peninsular; pero, poco a poco, la relación con la Península se hizo menos intensa y, además, las diferentes comunidades sefardíes se fueron aislando progresivamente entre ellas, por lo que aparecen en escena los dos grandes grupos: el oriental y el del norte de África. Existen, evidentemente, diferencias entre ambos grupos, dado que la lengua evolucionó de distinta forma al ser también diversas las condiciones en las que ha vivido en cada una de las zonas. Me referiré, aunque no exclusivamente, al judeoespañol de Oriente, ya que en el caso de la jaquetía o judeoespañol de Marruecos la gran dificultad para su conocimiento la constituye el hecho de que los testimonios de cómo era fueron escasos hasta el siglo xix, y en el xx su desaparición ha sido prácticamente completa, como hizo ver Hassán (1968) «a causa de la extensión de la influencia española a Marruecos a partir de la segunda mitad del siglo xix, y la consiguiente afluencia de funcionarios y pobladores españoles hacia ese país»; este contacto con el mundo español ha hecho que los hablantes de jaquetía hayan ido adaptando su judeoespañol al castellano moderno, sufriendo el consiguiente proceso de rehispanización y, por lo tanto, el abandono de su sistema primitivo, como tendré ocasión de comentar más adelante.
La coherencia con todo lo expuesto hace imposible reducir este apartado a una enumeración de rasgos asociados a los distintos niveles de descripción lingüística: son muchos los datos que aún desconocemos de la historia de la lengua sefardí, porque faltan por estudiar sistemáticamente los textos de cada una de las épocas de su evolución y la información que los dialectólogos aportan solo es válida para caracterizar la lengua vigente en el momento de su recopilación. Por otro lado, las especiales circunstancias en las que se fraguó la koiné lingüística a partir del contacto entre las diferentes variedades lingüísticas de los judíos expulsados de España hizo que triunfaran variantes de diferente signo como consecuencia de factores demográficos, de simplificación o de nivelación, por ejemplo: algunas continúan usos del español medieval que éste abandonó o relegó a registros dialectales o no cultos; otras se corresponden con otras modalidades lingüísticas no castellanas, y, como no, también se encuentran soluciones propias y novedosas en el gran marco de la variación lingüística que ofrece el conjunto de las hablas judeoespañolas. Pero lo importante es señalar que el resultado final de este proceso es un nuevo sistema lingüístico que se diferencia de todos los que han participado en su formación (Trudgill, 1986).
De acuerdo con el modélico estudio que ha publicado Ralph Penny (2000), señalaré a continuación, sin pretensión de exhaustividad, algunos aspectos de la lengua judeoespañola, teniendo muy presente lo comentado en el párrafo anterior. Hablaré de formas conservadoras o innovadoras respecto a los resultados del español; formas que no sean de origen castellano, bien del mundo hispánico o de sistemas ajenos a él y, por último, elementos que no se adscriben al español estándar (normativo), sino a registros no cultos o áreas rurales. En algunos casos, la condición de rasgo de origen no castellano, por ejemplo, puede ser compatible con su identificación como elemento conservador o no: cada dato tiene su propia historia y hora es ya de huir de caracterizaciones simplistas que oculten la realidad de los hechos.
En 1492 las palabras populares que comenzaban por f- en latín ofrecen el siguiente reparto territorial:
La última variante aparece en ladinamientos de la Biblia, aunque textos orientales del siglo xvi ofrecen en general dos soluciones: la aspiración [h] (mayoritariamente) y el mantenimiento de [f] (minoritario) que abunda en Salónica y es raro en Constantinopla. En los textos de los siglos xvii y xviii el resultado más frecuente es la pérdida total como en Castilla la Vieja, solución que ha triunfado en Constantinopla; sin embargo el hecho de que incluso aquí haya otras opciones prueba que originariamente todas las hablas judeoespañolas de esta zona han tenido una vacilación inicial entre el mantenimiento y la pérdida de esta consonante. En algunas zonas como Salónica, parte de Bosnia y Macedonia se conserva la f-.
En Marruecos se mantiene con más fuerza la /z/ dentoalveolar sonora: casa. De manera que el sistema fonológico del judeoespañol de Oriente ha eliminado como el andaluz, el canario y el español de América los fonemas apicoalveolares /s/ y /z/, extendiendo en su lugar los dentales procedentes de /s^/ y /z^/. A diferencia del andaluz conserva la oposición sorda / sonora mediante los fonemas /s/ y /z/.También distingue aún el judeoespañol la oposición entre las antiguas consonantes medievales /s^/ y /z^/.Es necesario llamar la atención sobre el comportamiento en sefardí de los antiguos fonemas medievales españoles para romper con el manido tópico de su tendencia al arcaísmo al haberlos conservado: el resultado de su evolución se diferencia de la solución que han tenido en el español moderno y, al mismo tiempo, su distribución es diferente a la que tuvieron en nuestra lengua medieval. Nada más lejos del presunto «arcaísmo fonológico».
El sefardí, abundando en esta hipercategorización del género, hace que otras categorías gramaticales se vean arrastradas a un comportamiento similar al de los adjetivos; así, por ejemplo, en la anáfora, la cuala, los cualos, lo cualo son formas habituales.
Abundando en cuestiones relativas al género en sefardí, se constata el intento deliberado y antietimológico con frecuencia de señalar a través de los morfos -o / -a la indicación del género masculino y femenino respectivamente (el importo, muestra capitala), dado que los hablantes tienden a establecer este tipo de asociación.
En el caso del judeoespañol de Marruecos, como el contacto del norte de África con Italia fue prácticamente inexistente a partir del siglo xvii, apenas hay italianismos, aunque sí son abundantes los galicismos; se nota el influjo del hebreo sobre todo en todo lo que se refiere al mundo de la religión y, como es lógico, la influencia del árabe es muy importante en esta zona.
La diversidad de resultados que podemos observar en todos los niveles de descripción lingüística del judeoespañol son consecuencia del período de nivelación en el que los sefardíes adoptaron rasgos de diferente procedencia, también con independencia de sus zonas de origen. Frente a los elementos conservadores hay otros en los que la lengua judeoespañola se nos presenta como una modalidad lingüística individualizada del español peninsular. Es el momento de reproducir aquí unas palabras de F. Marcos Marín que pueden arrojar luz sobre lo que acabamos de afirmar:
«Las dificultades, la dispersión y las diferencias, o las afirmaciones extremas que quieren ver la lengua como cambio, no nos impiden buscar una definición aplicable a cada una de las lenguas dadas, que es, simplemente, la que permite a los usuarios adjetivarla como portuguesa, española, catalana, árabe o guaraní [o sefardí, diríamos aquí]. No es solo que sintamos o percibamos, sino también que analicemos, en las distintas partes de la gramática de una lengua, una serie de rasgos constitutivos y diferenciales que nos permitan darle una unidad por encima de la movilidad de la lucha de sus sistemas, de su actividad constituyente e incesante» (Marcos Marín, 1979: 78).