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1. IntroducciónComo ya tuvimos ocasión de apuntar en un trabajo anterior
(Hernández, 1992: 406-414), cuando en el siglo XIX la gramática histórica
hace su aparición en el campo de los estudios lingüísticos, esta ciencia aislaba
metodológicamente los fenómenos gramaticales que estudiaba de la historia en general; de
este modo, los hablantes, en el seno de cuyas comunidades se fraguaban los cambios
lingüísticos, no eran tenidos en cuenta por los estudiosos, denotando así una
concepción naturalista del idioma y una visión paupérrima de la lengua. En Ferdinand de
Saussure (1972: 37-40) encontramos ya la fundamental distinción entre lingüística
interna y lingüística externa: si la primera se encarga del funcionamiento y estructura
de la lengua (del sistema), la segunda se ocupará de todo aquello que no pertenece al
sistema de la lengua, de todos los factores extralingüísticos que influyen en la
configuración del organismo interno de dicha lengua. Serán objeto de estudio de la
lingüística externa:
a) Cuestiones etnológicas:
relación entre la lengua de una comunidad y la raza y la civilización de sus hablantes,
sus costumbres, su forma de vida.
b) Relación entre la historia política y
social de la nación o naciones en que se asienta dicha lengua: hechos históricos,
regímenes políticos, relaciones internacionales, actividad comercial, industria...
c) Relación entre la lengua y las
instituciones de una nación: Iglesia, Estado, Universidad..., e influencia que éstas
tienen en su desarrollo literario.
d) Actividad cultural y científica de una
nación y su influjo sobre la lengua.
e) Extensión geográfica y
fraccionamiento dialectal: problemas de contacto con otras variedades lingüísticas
dentro del mismo ámbito nacional o fuera de él.
Si lo mencionado arriba lo examinamos desde una
perspectiva histórica, estamos ante la historia
lingüística externa, que tiene como finalidad el estudio de los factores
extralingüísticos que configuran la trayectoria de una lengua, su historia; es decir, se
ocupará del conocimiento de los hechos históricos, sociales, económicos, políticos y
culturales que determina el porvenir de un idioma: su expansión o retroceso, su
repercusión e influencia en otras lenguas, su destino dentro del propio marco geográfico
en que se desenvuelve, la relación que mantiene con lenguas y dialectos que comparten su
propio espacio y las variaciones o cambios en dicha relación. |

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Con R. Menéndez Pidal se abren en España nuevas vías para la lingüística diacrónica,
mostrando las ventajas del estudio de la historia y la cultura para el mejor entendimiento
y explicación de los hechos lingüísticos. En el Centro de Estudios Históricos de
Madrid se forma una auténtica escuela española de filología, cuyos modelos de
investigación se dejarán sentir en el ámbito nacional y en América; y es precisamente
la unidad de los enfoques interno y externo para el estudio de la historia lingüística
una de las claves de la actuación de los investigadores españoles. Las palabras de
Rafael Lapesa1, uno de los grandes maestros de
la filología hispánica, pueden ilustrar lo que venimos comentando y subrayar la
importancia que tiene el estudio de la historia lingüística externa para el conocimiento
de la historia de la lengua y la gramática histórica:
«El carácter histórico de los estudios
lingüísticos fue casi exclusivo durante la segunda mitad del siglo pasado y primeros
decenios del actual; hoy, sin esa exclusividad la lingüística histórica comparte la
atención de los estudiosos con la proyección sincrónica iniciada por Saussure. Ahora
bien, hay dos maneras radicalmente distintas de entender la historia de los estudios
lingüísticos [...]. El abstraccionismo lingüístico tiene como principio básico la
separación entre la llamada lingüística externa y la interna. A la
primera se dice competen las relaciones entre la lengua y la cultura e
instituciones, así como lo referente a extensión geográfica y fraccionamiento
dialectal; en cambio la lingüística interna se ocupa del funcionamiento y estructura del
sistema de signos que es la lengua [...]. Si queremos superar la insuficiencia de la
gramática histórica para hacer auténtica historia lingüística, hay que aunar los
enfoques llamados externo e interno» (Lapesa, 1959: 173-179).
Junto a estas circunstancias hay otros factores
de carácter interno que inciden también en los hechos lingüísticos.
Observemos, pues, el
devenir de la lengua sefardí en su contexto histórico2. |

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2. Los orígenesA pesar de las noticias poco fiables que dan cuenta ya en el siglo VI a. C. de
la presencia de judíos en la Península Ibérica, lo cierto es que los testimonios de
carácter documental son de época romana (siglo III) y las prohibiciones que se
derivan del Concilio de Elvira en el siglo IV a propósito de las relaciones entre judíos y cristianos
son una prueba de la importante e intensa relación que había entre ambas culturas. A
partir del siglo VII, con la conversión de los visigodos al cristianismo, comienza un
período de dificultades y prohibiciones para la población judía con un endurecimiento
progresivo de sus condiciones de vida, promulgándose incluso la primera ley de expulsión
para aquellos que rehusaban convertirse a la religión de los dominadores.
La invasión islámica supuso inicialmente un punto de
respiro para los maltratados hebreos ya que los musulmanes respetaron su religión y sus
costumbres, y les hicieron partícipes de la vida política, social, cultural y económica
de Al-Andalus. Esta convivencia entre los tres grandes grupos religiosos judíos,
musulmanes y cristianos tuvo también consecuencias en el terreno de lo
lingüístico: el mozárabe y el árabe hispánico eran sistemas de comunicación comunes
a todos ellos.
A partir del siglo X la
aparición en escena de almohades y almorávides y su fanatismo religioso provoca la
masiva huida de judíos meridionales hacia territorios cristianos del norte, donde fueron
bien acogidos y, debido a su intenso «romanceamiento», sirvieron lingüísticamente como
un elemento nivelador más en el iniciado proceso de formación de los romances
medievales.
Desde el siglo XIV asistimos a un incremento del
antisemitismo en Castilla, Aragón y Cataluña, que alcanza su cota más alta en 1391 con
las matanzas de judíos que se extienden a toda la Península desde Sevilla, viéndose
obligados los supervivientes a huir o a convertirse en apóstatas. Aunque, incluso desde
el poder real, hubo un intento de reconstrucción de las juderías destruidas, los daños
causados fueron irreparables; desde el punto de vista económico, las pérdidas fueron muy
elevadas, prósperas comunidades desaparecieron por completo y empieza a gestarse el
problema que activará más adelante a la Inquisición: los conversos que judaizaban en
secreto. |
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El siglo XV marca una época de extremos para
la población judía en España: protección y persecución. Al mismo tiempo que los reyes
y algunos nobles cristianos favorecen a los judíos, continúan los procesos
inquisitoriales y las calumnias contra ellos, hasta que el 31 de marzo de 1492 los Reyes
Católicos decretan su expulsión. Las razones que condujeron a este hecho parecen ser de
diferente índole: constantes presiones desde la Inquisición, que temía que su presencia
llevara a judaizar a los judeoconversos, o la mengua en las arcas del Tesoro, que podía
ser paliada con los bienes expoliados a los expulsos, pudieron ser algunos de los motivos
para llevar a efecto un hecho tan decisivo para la historia de España.Desde el punto de vista lingüístico, a partir
de la segunda mitad del siglo XIII y hasta el momento de la expulsión, la población
judía continúa su proceso de integración en el romance y de abandono en el uso del
hebreo, cuyo conocimiento activo estaba en manos de la minoría erudita que había tenido
acceso a estudios rabínicos; el resto utilizaba el hebreo para meldar («rezar»,
«leer») las oraciones y para aquellos términos relacionados con la liturgia,
costumbres, festividades y conceptos del mundo de la ética judía. Esto significa que los
judíos españoles de la España medieval no practicaban un sistema lingüístico
diferente del de la población no judía, como algunos especialistas mantienen (Gold,
1988; Wexler, 1977; Weinreich, 1980), sino que, a pesar de algunos elementos específicos,
su lengua era la misma que la de los cristianos, tal como demuestran estudios recientes
sobre el tema (Lleal, 1992; Minervini, 1992; Várvaro, 1987).
A esta etapa medieval de la historia de
los judíos anterior a su expulsión se la denomina Sefarad 13,
y es importante señalar que los judíos de esta época escribían habitualmente el
romance en aljamía, es decir, con letras del alfabeto hebreo; hecho este
absolutamente normal si tenemos en cuenta que la educación judía tradicional implicaba
una relación directa con la letra escrita. Nos interesa destacar aquí este hecho por las
consecuencias que tendrá para otros aspectos relacionados con el tema que estamos
tratando. |

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3. La lengua sefardí antigua (castiza)Se suelen señalar dos períodos dentro de este
apartado:
- Período preclásico: siglos
XVI y XVII. Época en la que son frecuentes las traducciones del
hebreo y en la que se va conformando una entidad lingüística diferenciada de la general
y, especialmente, se va afianzando la conciencia de que, aljamiada, esa lengua se puede
usar perfectamente para la expresión literaria.
- Período clásico: siglo
XVIII y mitad del XIX. Momento en que la lengua alcanza su madurez y asistimos
al gran auge de la producción literaria en lengua sefardí.
3.1. Cuestiones históricas
Los judíos españoles, tras su expulsión
a finales del siglo XV, tomaron diferentes rumbos. Algunos pasaron al sur
de Francia y a Portugal, de donde fueron expulsados en 1497 a raíz del matrimonio de
Isabel de Castilla, hija de Isabel la Católica, con el rey don Manuel; de allí se
trasladaron a los Países Bajos de donde muchos emigrarían posteriormente a América con
nuevas identidades. Otros emigraron al norte de África cruzando el estrecho de Gibraltar
y el mar de Alborán. Sin embargo, la mayoría de los expulsos prefirió dirigirse hacia
Oriente.
Aquellos que eligieron Italia como destino
de viaje, o bien se establecieron allí formando colonias de gran auge cultural y
económico, o bien siguieron camino hacia Oriente por donde se extendía el floreciente
Imperio Otomano que reunía bajo su soberanía diferentes pueblos, lenguas, religiones y
culturas, brindó a los expulsos una excelente acogida: respetó sus costumbres y su
religión, su lengua española y su alefato. |
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La Sublime Puerta nombre que se daba a la
Corte Imperial del Imperio Otomano se extendía entonces por toda la costa sur y
oriental del Mediterráneo y gran parte de los Balcanes; a él pertenecían las actuales
Turquía, Grecia, Albania, las repúblicas meridionales que hasta hace poco tiempo
constituían Yugoslavia, Bulgaria y la parte sur de Rumanía. Además eran estados
vasallos Argelia, Túnez y Trípoli. De
este modo se constituye la llamada Sefarad 2 (recordemos que se refiere a los lugares de
asentamiento de los judíos expulsados a partir de 1492): una amplísima zona que engloba
toda el área oriental turcobalcánica donde se estima la presencia todavía a
finales del siglo XIX de entre doscientos y trescientos mil hablantes
sefardíes y la zona del Estrecho, en la que la población hablante de jaquetía
siempre fue escasa dada la diferente suerte que corrieron los desterrados que emigraron
allí: naufragios, epidemias, mala acogida de las comunidades judías ya asentadas en este
territorio que veían con recelo la llegada de una población de mayor preparación
cultural, y, muy especialmente, el hecho de haber sido mayoritariamente integrados al poco
tiempo en la población local, por lo que solo en la zona norte de Marruecos continuaron
siendo sefardíes practicantes.
Las circunstancias políticas y sociales del Imperio
Otomano favorecieron notablemente el asentamiento de los sefardíes y el mantenimiento de
su lengua: la inmensidad de los dominios del sultán y su descentralizada autoridad hizo
posible que se preservasen las singularidades de cada una de las diferentes naciones
aglutinadas. De este modo, los sefardíes conservaron su religión judía y su lengua
hispana como señas de identidad propias. |
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Durante los siglos XVI y XVII los
sefardíes desempeñaron un importante papel en la vida económica, cultural y política
del Imperio Otomano: dieron un extraordinario impulso a las industrias textiles y del
vidrio; el comercio nacional e internacional estaba en gran parte bajo su monopolio; se
dice que eran expertos en la fabricación y difusión de armas de fuego;
introdujeron la imprenta en el Imperio, con el consiguiente desarrollo de la industria
editorial en Constantinopla, Esmirna, Salónica y, más tarde, en Sarajevo y Viena; los
propios sefardíes vieron cómo se elevaba su nivel cultural gracias a las aportaciones de
los conversos, que en general constituían un colectivo culto y adinerado.Pero durante el siglo XVII,
los sefardíes comienzan a perder su situación de privilegio frente a otras etnias no
musulmanas y serán los armenios y los griegos los que paulatinamente vayan
sustituyéndolos en las relaciones comerciales y políticas que desde el Imperio
establecían con Europa. Junto con el declive económico y, consecuentemente, con un
descenso del nivel cultural, el mundo sefardí sufre una gran conmoción espiritual como
resultado del movimiento del falso mesías Sabetay Ceví, que conduce a los sefardíes a
un proceso de aislamiento del mundo occidental para encerrarse en su cultura oriental,
acentuándose el rigorismo de los rabinos y la decadencia del conocimiento del hebreo y de
los estudios rabínicos.
Gracias a este empobrecimiento de la producción
literaria hebraica asistimos durante el siglo XVIII a un desarrollo
intelectual en judeoespañol: para paliar la falta de instrucción de la población
sefardí en materias judaicas, algunos rabinos, como Abraham Asá y Jacob Julí, enseñan
el saber judaico en la única lengua que conocen, el sefardí.
La abundancia de textos del siglo XVIII, frente
a la escasez del anterior, nos ha permitido confirmar que el sefardí era, en efecto, una
modalidad lingüística bien diferenciada. El gran comentario bíblico sefardí, el Meam
Loez, iniciado por Julí y continuado por Magriso y Argüeti, gozó de una
extraordinaria difusión y fue de especial importancia para la configuración de la norma
del judeoespañol literario. En la misma época, gracias a autores de coplas como Abraham
Toledo, Jacob Usiel, Jacob Berab o Hayim Yom-Tob Magula, llegó la consolidación del
judeoespañol como lengua poética y, consiguientemente, asistimos al momento de apogeo de
la lengua y las letras en lengua sefardí. |

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4. La lengua sefardí moderna (franqueada)Veamos lo que sucede en el período comprendido
entre mediados del siglo XIX y nuestros días.
Lo fundamental es el hecho de que el sefardí se
occidentaliza. Una serie de vicisitudes transforma completamente la vida y la
situación lingüística de las comunidades sefardíes de Oriente. El desmembramiento del
Imperio regido por la Sublime Puerta que había sido tan tolerante en el
mantenimiento de las peculiaridades culturales de sus minorías, el nacimiento de
los nuevos estados balcánicos (Grecia, Bulgaria, Rumania, Yugoslavia) en los que se exige
la integración a la vida nacional en todos los aspectos, incluido el lingüístico
en Grecia, en 1936, se prohibió a los judíos publicar en su lengua, no tanto como
signo de nacionalismo, sino de antisemitismo prenazi y la continua corriente
migratoria hacia diferentes países de Europa y América que desde finales del siglo
XIX había ido reduciendo la población sefardí de sus originarios
lugares de asentamiento, constituyen algunas de las causas externas que
condicionaron la evolución del sefardí moderno y conducen a su situación actual.
Precisamente, a partir de las migraciones que nombrábamos, se establece la llamada
Sefarad 3, constituida por núcleos de hablantes entre los que destacan los de Nueva York
en Estados Unidos y los de Israel: en los primeros tiempos era la lengua sefardí la que
servía como elemento aglutinante y seña de identidad entre estos inmigrantes, pero con
el paso del tiempo se convierte exclusivamente en lengua de uso dentro de la familia o en
un pequeño círculo de amistades, lo que indefectiblemente conduce a su paulatino
abandono. |
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Además, desde el punto de vista cultural, hay
también un hecho determinante en la evolución de la lengua judeoespañola: los centros
editoriales no son ya solamente las grandes ciudades que citábamos anteriormente y que
poseían el monopolio de la prensa sefardí; ahora los libros se imprimirán en ciudades
como Viena, Belgrado, Sarajevo, Sofía, Bucarest, Jerusalén y otras más pequeñas. Por otro lado, el establecimiento por toda el
área de Sefarad 2 de la red de escuelas europeas fundadas en el Imperio Otomano, como la
institución judeofrancesa Alliance Israélite Universelle y las escuelas italianas Dante
Alighieri, desbaratan el sistema tradicional de enseñanza en lengua sefardí en el que se
vertían los elementos culturales y religiosos del mundo judío. Este contacto con la
lengua y la cultura occidentales tuvo consecuencias importantes: por un lado, una enorme
evolución en el sistema lingüístico judeoespañol, muy influenciado por el francés y
el italiano; por otro, la pérdida del gusto por la lectura de las obras clásicas en
lengua sefardí, prefiriendo las escritas en lengua francesa o italiana, con la
consiguiente relegación del judeoespañol a la esfera de la comunicación familiar, y el
nacimiento de nuevos géneros literarios los llamados «adoptados», como el
periodismo, el teatro, la novela o la poesía de autor.
La segunda guerra mundial vino a agravar la ya precaria
situación del judeoespañol: a través del exterminio de cientos de miles de sefardíes
de diferentes áreas balcánicas y la integración de los que quedaron en diferentes
naciones, como Israel, Estados Unidos, Francia, España, Hispanoamérica o en territorios
del antiguo Imperio Otomano, como Turquía o Bulgaria, asistimos al proceso de
desaparición de la «nación» sefardí, como una más entre las integradas en el
Imperio, en palabras de Hassán (1995: 124). |

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Esta época de descomposición de la lengua se
caracteriza por un proceso de pérdida lenta y paulatina de rasgos diferenciales y su
conversión en una variedad periférica del español perfectamente identificable. El
sefardí sufre profundas transformaciones como consecuencia de las causas externas antes
mencionadas: sustituciones de términos hispánicos tradicionales por otros de orígenes
distintos (franceses, italianos o del nuevo turco kemalista); novedades en la
fonología y la morfosintaxis, que vienen dadas por la ausencia de normalización
lingüística dentro del sefardí y la dispersión de sus hablantes, con el consiguiente
contacto con otras variedades idiomáticas. Bunis
(1992) observa diferencias lingüísticas dentro del sefardí oriental moderno que no
están relacionadas con la variación diatópica. Según su opinión, es esencial
distinguir para el mundo sefardí oriental dos períodos diferentes a partir del siglo XIX: el
más temprano, más aislado y tradicional desde 1839 hasta la primera guerra
mundial, y el siguiente período más extrovertido y cosmopolita en el que las
influencias del francés, italiano y otras lenguas del Oeste europeo empiezan a inundar
segmentos muy significativos del pueblo sefardí oriental. Los estudios que se han hecho a
partir de los datos de hablantes contemporáneos tienden a ocultar el hecho de que hace
solo una o dos generaciones el sefardí constituía una rica, intrincada e interconectada
red de diferencias sociales y dialectales, comprensibles mutuamente, basadas en
distinciones de índole económica y social, y de edad y sexo.
El éxodo sefardí comprendido entre finales del siglo XIX y la
segunda guerra mundial (también llamado «diáspora» o «dispersión secundaria»)
provocó dos efectos. Por un lado, la aparición de un judeoespañol estandarizado a
partir de la mixtura de sefardófonos procedentes de distintos orígenes
geográficos y de diversos estratos sociales que eliminó los rasgos distintivos de cada
sector. Por otro, y como consecuencia del anterior, la desaparición del sefardí también
en estas zonas de inmigración: en España y en los países hispanohablantes los
sefardíes se acomodaron a la lengua del país de acogida; en Estados Unidos o Israel, la
primera generación siguió hablando judesmo, pero la necesidad de integrarse plenamente
en la nueva patria, la fuerza de la cultura oficial y los matrimonios mixtos contribuyeron
decisivamente al abandono de su lengua materna. |
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Como es bien sabido, hay tres formas
fundamentales de desaparición de una lengua: puede morir con la sociedad que la emplea
(catástrofes naturales o exterminio); puede desaparecer al transformarse en otra (el
latín y las lenguas románicas, por ejemplo); o por abandono de sus usuarios en favor de
otro idioma.La extinción de una lengua es un
proceso de larga duración en el curso del cual se producen toda clase de cambios debidos
a causas externas e internas. Las primeras (de tipo económico, cultural o social) son las
que engendran el proceso de desaparición: debilitamiento de las relaciones de España y
los sefardíes, nacionalismo balcánico del siglo XX,
persecuciones que diezmaron la población sefardí de Salónica y de otras comunidades
balcánicas, uso del alfabeto ras_í que aisló al ladino del español literario,
influjo del francés o del italiano como lenguas cultas. Las internas, por su parte, se
manifiestan en la fase final del proceso; son las causas lingüísticas que en el caso del
español sefardí se manifiestan del siguiente modo: convertido en lengua familiar dejó
de utilizarse como vehículo de transmisión cultural, para lo que se recurre a la lengua
de prestigio (el francés) o a la del país de asentamiento (lenguas balcánicas); la
similitud estructural con otros sistemas lingüísticos con los que convive contribuye
también, como veíamos antes, a su desaparición; la polisemia, que gran parte del
vocabulario judeoespañol va adquiriendo, hace que esta falta de precisión semántica
implique un empobrecimiento del lenguaje que acentúa el abandono de la lengua.
La desaparición del judeoespañol se debe
fundamentalmente a una reducción progresiva de su esfera de uso, es decir, de su valor
social como medio de comunicación, como consecuencia de la pérdida de consideración
para sus propios hablantes. |

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5. El judeoespañol de hoy: los epígonosHemos ido observando, al hilo del devenir de los
cambios históricos y sociales, la transformación de la propia lengua, la disminución de
su número de hablantes y el descenso de su producción literaria. A partir de la
desaparición de los hablantes monolingües, que en la época de plenitud de la lengua
judeoespañola (hace dos siglos) eran cientos de miles, comienza su descomposición. Desde
la homogeneidad polimórfica de la época clásica, pasando por la heterogeneidad de la
etapa moderna de plenitud, asistimos por un lado en las zonas de emigración no
hispanohablantes a la aparición de un judeoespañol estandarizado a partir de la
mixtura de judeohispanófonos de diferente procedencia geográfica, social y
cultural que va desdibujando los contornos y los rasgos específicos de cada sector; y,
por otro, en las zonas de emigración en las que se habla español, a un proceso de
rehispanización, de neodialectalización, que conducirá indefectiblemente a la
desaparición del judeoespañol, como ya sucedió con la jaquetía hace más de un siglo.
Veamos cuál puede ser la situación
actual de los sefardíes en las diferentes y dispersas zonas a las que han llegado como
consecuencia, esencialmente, del holocausto y de la correspondiente diáspora a la que se
ven abocados4. |

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5.1. Países que sufrieron el holocaustoEn Grecia, al comienzo de la segunda guerra
mundial la población judía ascendía a 80 000 personas; al final de la contienda,
aproximadamente 10 000 y, como consecuencia de la emigración subsiguiente hacia Estados
Unidos, Israel o Francia, parece que a finales de los años cincuenta solo quedaron unos 5
000 sefardíes. En los años siguientes continúa la disminución de sefardíes y, según
estimaciones de Jacob Barnaï (1992: 408), en 1992 había en Salónica 1 300 sefardíes.
Después de las guerras de la antigua Yugoslavia, donde en
la primera mitad del siglo XX había más de 30.000 sefardíes, no queda
prácticamente ninguno, dado que los judíos supervivientes del holocausto emigraron a
diferentes países, especialmente a Israel y a territorio español.
En Bulgaria, a comienzos de la segunda guerra mundial
había cerca de 45 000 sefardíes. Como consecuencia de la resistencia de esta nación
para impedir que la población hebrea fuera deportada a campos de exterminio, muchos
judíos (que no todos) consiguieron sobrevivir y tras la creación del estado de Israel en
1948 emigraron mayoritariamente allí.
En Rumanía más de un 50 por ciento de la población
judía (sefardí solo en parte) murió durante el holocausto. Actualmente, hay un pequeño
número de judíos en este país porque casi todos los que sobrevivieron se marcharon a
Israel y prácticamente ninguno habla sefardí. |

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5.2. Zonas ajenas al holocaustoTurquía es el país de la diáspora primaria que
conserva mayor número de población sefardí. En Estambul son aproximadamente 20.000 los
miembros de la comunidad sefardí, existiendo también otras comunidades más pequeñas en
diferentes poblaciones, como Esmirna. Parece que el conocimiento del judeoespañol es
bastante amplio entre los jóvenes, aunque, como es lógico, el turco tiende a
desplazarlo.
Marruecos tenía en 1941 más de 11.500
sefardíes que en 1992, como consecuencia de la emigración a distintas zonas (España
entre ellas), se habían reducido a un centenar en Tánger y algo menos de doscientos en
la comunidad de Tetuán, ya que las emigraciones masivas fueron en los años cincuenta,
tras la creación de Israel en 1948, y en los sesenta, tras la independencia de Marruecos.
Como ya hemos comentado, la lengua que practican los sefardíes de esta zona es un
español teñido de ciertos rasgos de jaquetía. Esto no debe extrañarnos si pensamos que
la política marroquí se caracterizó siempre por la presencia y actuación constantes de
potencias extranjeras en el Magreb5: durante los
siglos XVI y XVII España, Portugal e Inglaterra, entre otras, tuvieron
actividad militar y comercial asentada en la zona; a lo largo de los siglos XIX y XX la
intervención extranjera desencadena para la población judía una serie de consecuencias
importantes de naturaleza social, política y cultural: influencia de la cultura francesa
en la comunidad sefardí a través de sus escuelas de la Alliance Israélite Universelle;
la entrada de los españoles en Tetuán durante la guerra de África que reforzó el
proceso de rehispanización de los sefardíes, entre otros efectos; el establecimiento del
protectorado de España, que contribuye también a la desaparición de la jaquetía a
través del contacto con los hablantes de español. |
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5.3. Zonas de emigraciónComo efecto de los movimientos migratorios
iniciados ya en el siglo XIX, se configura la denominada convencionalmente
Sefarad 3. De entre los lugares que constituyen este nuevo ámbito de asentamiento
sefardí cabe destacar los siguientes: Estados Unidos alberga núcleos sefardíes en
ciudades como Atlanta, Seattle o Nueva York, con una comunidad de 40 000 miembros
aproximadamente. En Hispanoamérica, países como Venezuela, México, Argentina o Uruguay
acogen a una población global de algo menos de 50 000 sefardíes. También Bélgica,
España y Francia registran bajos números de población sefardí. Por último, Israel,
que cuenta con alrededor de 100 000, el mayor número de judíos sefardíes.
Las cifras apuntadas tienen una importancia relativa. No
es solo la demografía lo que indica el estado de salud de una lengua. A los datos
cuantitativos hay que añadir aquellos que señalan las condiciones en que esos (pocos o
muchos) hablantes la utilizan: su naturaleza de primera o única lengua; su presencia en
la producción científica; su difusión a través de los medios de comunicación; su
producción literaria; las actividades culturales, proyectos e industrias en torno a ella;
el prestigio de que goce no solo entre los que no la conocen, sino, muy especialmente,
entre sus hablantes; su enseñanza en todos los niveles académicos; la capacidad de
adaptación de formas lingüísticas de otras lenguas como consecuencia de los adelantos
técnicos, etc. Y, sobre todo, la facultad de poder ser utilizada en todos los ámbitos
que constituyen la realidad cotidiana en cualquier comunidad de hablantes y,
consecuentemente, con todas las variaciones que las diferentes situaciones comunicativas
imponen. |

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NOTAS |
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1. En plena redacción de estas páginas, don Rafael Lapesa
nos dejó. Desde aquí el testimonio de mi admiración, agradecimiento y afecto.  2. Para todo lo relacionado con los aspectos generales de la
historia de la lengua sefardí son de consulta obligada los trabajos de I. M. Hassán
(1995), Paloma Díaz-Mas (1986), Coloma Lleal (1992), I. S. Révah (1961), Laura Minervini
(1992), Ana Riaño (1993), Alberto Várvaro (1987) y Max Weinreich (1980). Con todos
ellos, mi texto tiene evidentes deudas; por ello, no citaré continuamente con el fin de
no hacer incómoda la lectura. 
3. De acuerdo con esta terminología característica de
Weinreich y su escuela tendríamos los siguientes términos: Sefarad 1 es el nombre
de la España judía de la Edad Media, siempre anterior a la expulsión; Sefarad 2 se
aplica a todo aquello propiamente sefardí, las zonas de asentamiento de los judíos
expulsados de la Península a partir de 1492; Sefarad 3 es la denominación convencional
para las zonas de dispersión secundaria, que no eran de Sefarad, a las que accedieron los
sefardíes a raíz de la fragmentación política de la comunidad lingüística sefardí
como consecuencia de la desmembración del Imperio Otomano y de las corrientes migratorias
de la población sefardí desde finales del siglo XIX. 
4. Los datos que presentaré están tomados, en esencia, de
un trabajo todavía en prensa de Ángel Berenguer Amador, titulado «El judeoespañol
después del holocausto» y realizado cuando todavía el autor era profesor en Israel, en
la Universidad de Haifa. He podido consultar el artículo gracias a la generosidad del
profesor Berenguer, que puso a mi disposición el original. 
5. Sobre este aspecto y otros relativos a la suerte de los
judíos españoles en el norte de África conviene revisar el trabajo de P. Díaz-Mas
(1986: 72-84).  |
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