Gonzalo Gómez Dacal
Aunque la explotación de los datos del censo de Estados Unidos correspondientes al año 2000 habrá de realizarse en los próximos años, cuando se dé a conocer la información acerca de las características actuales de la población en materias tan relevantes como educación, situación laboral o ingresos, no cabe duda de que las cifras relativas a los cambios demográficos que se han producido desde el año 1990 tienen ya, sin otros aditivos, una extraordinaria importancia.
Esta percepción de la significación que hay que atribuirle a los resultados de los cambios demográficos, tanto los que se refieren al volumen de población como los que guardan relación con la estructura racial y cultural de la propia sociedad, ha sido manifiesta en Estados Unidos, y prueba de ello es el seguimiento que han hecho los grandes medios de comunicación norteamericanos (cadenas de televisión o diarios como Los Angeles Times, New York Times o Washington Post25, por ejemplo), transmitiendo a la ciudadanía a tiempo real el goteo de datos que día a día ha ido proporcionando la Oficina del Censo, y los estamentos políticos y económicos de la nación, analizando con intención prospectiva los efectos del crecimiento, más allá de las predicciones, de la minoría hispana, así como la reacción de autocomplacencia de las organizaciones que agrupan a ciudadanos entre los que la lengua española es un identificador.
Este hecho, la importancia de la demografía, es algo consustancial con los planteamientos de la «nueva economía» (son la oferta y la demanda las que regulan el «libre mercado», y por consiguiente es crucial el volumen y el tipo de requerimientos que generan en la oferta de bienes y servicios, y los sesgos que pudieran estar asociados a las peculiaridades culturales, de grupos numéricamente significativos) y con los de los sistemas de gobierno democráticos (la voluntad pública no la forman las minorías, sino los individuos —el número de individuos—, que optan por una determinada opción ideológica).
Desde el punto de vista político, la existencia de una población, la hispana, de índole multirracial (son hispanos personas que pueden pertenecer a etnias muy diferentes), que tiene un vínculo cultural tan poderoso como un idioma en situación emergente, el español, es un hecho que puede tener un impacto suficientemente intenso como para introducir cambios significativos en la dinámica social, si los que mantienen este vínculo, en cuestiones que les afectan como tales (la educación, la pervivencia del español como medio de comunicación, el respeto a su herencia cultural o la resistencia a cualquier proceso de aculturación, por ejemplo), optan mayoritariamente por una opción política que entienden que representa mejor sus intereses y objetivos.
El interrogante que se plantea es, pues, siguiendo el pensamiento de quienes defienden las teorías sociales de las organizaciones26, el de si y en qué medida los hispanos se constituirán y son percibidos en la sociedad norteamericana como un «grupo de interés», cuyos objetivos y necesidades tengan que ser tenidos en cuenta a la hora de formular las grandes líneas de la política interior de Estados Unidos.
Para que la población hispana cristalice en un grupo de interés es imprescindible que preserve y proteja el vínculo que en último término la constituye en una entidad social diferenciada, que no es la raza, como en el caso de las poblaciones asiática, india americana o negra, sino la lengua: el mantener vivo el uso del español por quienes consideran que este idioma es constitutivo de su patrimonio cultural es un objetivo estratégico, no solo desde el punto de vista cultural sino económico y, sobre todo, político.
Este interés por preservar y extender el uso de la lengua española no solo ha de ser considerado una meta para los hispanos, sino que cabe pensar que debe serlo asimismo para el conjunto del pueblo norteamericano, primero, porque es un bien cultural para todo el país, y, después, por su condición de instrumento de penetración económica y política en el conjunto de naciones que en el continente americano hablan español.
Conviene, así mismo, dejar constancia de otra obviedad: el español en Estados Unidos debe constituirse en segunda lengua en la vida pública, aunque siga siendo la primera en las relaciones familiares de los hispanos, y el interés por que ello sea así habría de constituirse en un estado de opinión entre la población hispana, que promoviese entre sus integrantes el aprendizaje y la utilización del inglés, de hecho la lengua oficial del país, con la misma fluidez que es característica de la población general del país.
Cuál vaya a ser la situación del español en Estados Unidos en el medio y largo plazo es algo que no está sometido a la decisión de persona o institución alguna, ya que depende, en primer lugar, del propio idioma y, en segundo lugar, de un amplísimo entramado de variables cuyo comportamiento no es susceptible de control o regulación.
Si bien hay que admitir que existe, pues, un alto grado de incertidumbre acerca del futuro del español en la nación americana, ello no significa que su consolidación como segunda lengua no pueda recibir influjos positivos o negativos de las más diversas instancias del sistema social. En todo caso, el procurar que se preserve este idioma como un bien cultural para la nación en que se habla y un derecho de los ciudadanos que lo hablan a utilizarlo es asunto que concierne a los poderes públicos y a los ciudadanos de Estados Unidos.
El que las situaciones actual y futura del español tengan en Estados Unidos la condición de asunto interno de ese país, no excluye el que las naciones en las que se habla español, y muy en particular España, sean «grupos de interés» respecto de tales situaciones, y está justificado el que diseñen y lleven a la práctica políticas activas de colaboración con las instituciones norteamericanas y con las organizaciones hispanas para realizar programas que coadyuven a mantener vivo el uso del español, tanto entre aquellas personas para las que es su lengua materna como entre quienes desean adquirirlo como segundo idioma.
Al igual que lo es para Estados Unidos, y dentro de este país para la población hispana, el contribuir a que el español siga siendo, y lo sea cada vez más, un instrumento de comunicación en la vida cotidiana, en los medios de comunicación, en las transacciones comerciales, en la vida política y en la actividad cultural debiera ser, por consiguiente, un objetivo estratégico para la política exterior de España, y debiera serlo no ya por razones económicas o políticas sino por un compromiso, basado en un imperativo ético y cultural, con los hispanos que residen en Estados Unidos.
En todo caso, y ello está muy ligado al futuro del español en Estados Unidos, es preciso dejar constancia de que la población hispana, los ciudadanos que hablan español, son, en conjunto, una de las minorías más desfavorecidas de las que integran el mosaico cultural y racial de la nación norteamericana: un elevado número de sus miembros están al margen del mainstream de bienestar que se respira en la sociedad en la que viven, sin que sirva de justificación a esta condición de grupo marginal el hecho de que aun en esa situación vivan mucho mejor en su nuevo solar de lo que vivirían si hubiesen permanecido en su país de procedencia.
La prioridad en las próximas décadas para los hispanos de Estados Unidos habría de ser, pues, la de incrementar el nivel formativo de sus miembros, especialmente de los más jóvenes, aprovechando todas las grandes y amplias posibilidades que ofrece el espléndido sistema escolar norteamericano, y la propia sociedad de este país de acogida, para lo cual han de utilizar el enorme peso demográfico que se deriva del hecho de constituirse desde el inicio de este prometedor siglo en un «grupo de interés» dotado de una enorme capacidad para influir en los procesos sociales como consecuencia del nexo que constituye el hablar un mismo idioma.