Ramón Casilda Béjar
Un siglo después del repliegue definitivo de España tras la pérdida de las últimas colonias de ultramar, se vuelve la mirada hacia un continente tan cercano como próximo, pues de ninguna manera a nadie nos es ajeno: Iberoamérica. Volvemos ahora, con otras ideas, perspectivas e ilusiones, y también con otros medios: las empresas, que se han expandido notablemente impulsadas por los nuevos vientos de la globalización. Sin duda, la globalización es la principal corriente del presente económico en todo el mundo, una corriente a la que España se ha incorporado, sin perder el tren de la historia y sintonizando con las coordenadas fijadas por la economía global: el tamaño y la dimensión.
Nuestras empresas, seriamente decididas a ser protagonistas de primer nivel en esta economía que definitivamente se dirige hacia la configuración de un único espacio global para competir, han elegido el mundo que les resulta más próximo en lo cultural, en lo psicológico, en lo afectivo: Iberoamérica. Los referentes mencionados son vectores determinantes de la expansión iberoamericana, y adviértase que la extraordinaria posición alcanzada en este continente ha sido posible gracias a nuestro extraordinario aliado: el idioma, causa y efecto de nuestra afinidad cultural, psicológica y afectiva. En ello precisamente reside nuestra permanente ventaja competitiva, que nos otorga un valor diferencial respecto a nuestros competidores, y es que esta perenne proximidad cultural producto de más de cinco siglos de historia compartida no se improvisa en absoluto, sino que se adquiere como la tecnología punta en los mercados internacionales.
Reconocido lo favorable del terreno, listos los medios humanos y financieros, la estrategia se pone en marcha. Destaca algo tan fundamental como es el hecho de que esta acción se haya planeado a largo plazo, no para recoger los dividendos de coyunturas sociales y económicas trazadas a corto plazo, que es lo que caracteriza a los deseos de hacer negocios rápidos con el máximo de beneficio y cuyos capitales emigran con las primeras dificultades. La apuesta es tan seria como importante, dadas las cuantiosas cantidades comprometidas en los diferentes países y sectores, lo cual significa expresar la confianza en todo el continente. Piénsese, además, que estas altas cantidades invertidas se realizan desde unas empresas que operan en un país de economía media-alta, y de reciente internacionalización, lo cual asocia un doble significado: riesgo y valor. Esta duplicidad conlleva, tal como expresaba The Washington Post (febrero de 2000), un gran arrojo y seguridad en la partida que están protagonizando las empresas españolas.
La lanzadera empresarial está en marcha; su rigor en el planteamiento, su acierto en las inversiones y su destreza en competir internacionalmente elevan a nuestras empresas a la cúspide de la economía iberoamericana y, por extensión, en el amplio contexto internacional. Otras geografías reclamarán su atención; el mundo es cada vez más un único mercado, e Iberoamérica es una gran región en la economía mundial, no solo por su extensión y por su población, sino principalmente por el papel que juega, particularmente relevante en los últimos tiempos. Nadie en España puede sentirse indiferente ante este continente, y nuestra aproximación a los asuntos de los países que conforman esta vasta área no puede ser neutra.
Ilustres iberoamericanos han hablado de su continente diciendo que es un «crisol de razas». Trasladando la imagen, podría decirse que Iberoamérica es el «crisol de la economía mundial». Fue la pieza esencial y necesaria del origen de las formas modernas de la economía en Europa y ha seguido siendo un elemento básico para el desarrollo de la economía internacional. España puede desempeñar un papel tan relevante como dinámico a la hora de aproximar Iberoamérica al contexto económico y financiero mundial. Sin embargo, indudablemente, no podemos ni debemos sobrestimar la capacidad de la economía española, ni de España como país.
Sí es indiscutible que existen intereses comunes, unos derivados de la común civilización, y otros derivados de la común experiencia, pues se da la paradoja de que España que antaño fue metrópoli y «centro» de ese continente, en su particular historia reciente, ha pasado por problemas en gran parte cercanos a los que sufre hoy Iberoamérica y estas experiencias las aproximan. También España como todos los países, incluso los desarrollados tiene una interdependencia económica que, aunque no es comparable con la de Iberoamérica por condiciones históricas, económicas y geográficas diferentes, facilita la mutua comprensión. Todo ello permite que se establezcan las bases de una cooperación, así como relaciones económicas y comerciales que fortalezcan nuestros históricos lazos, cuya semilla está aún por dar sus mejores frutos.
Durante el año 2001, por primera vez en la historia económica de España, el Producto Interior Bruto (PIB) esto es, la riqueza que se crea en un territorio durante un ejercicio superará los cien billones de pesetas (véase gráfico 1). Esta cifra sitúa a España como la octava potencia mundial dentro de los países desarrollados, mientras que la renta per cápita de sus ciudadanos se sitúa en el puesto vigesimosexto (véase gráfico 3) en términos de poder de compra, que es el mejor instrumento para medir la capacidad real de gasto.
España aporta un 1,75 por ciento de lo que se produce cada año en el mundo, muy lejos del líder indiscutible, Estados Unidos, cuyo peso en la capacidad de generar riqueza es enorme: nada menos que un 21,66 por ciento del PIB mundial en términos de poder de compra, según datos del FMI correspondientes a 1998. Comparando las magnitudes españolas con Estados Unidos, podemos comprobar el enorme esfuerzo inversor y lo mucho que está en juego, tanto local como globalmente, para nuestro país, al situarnos como se verá más adelante como primer inversor mundial en Iberoamérica, durante los años 1999 y 2000, y europeo, durante la década pasada. El avance de la economía y las empresas españolas en la reciente historia económica ha sido espectacular.
Para apreciar la gran importancia que tiene para la economía española haber traspasado la barrera de los cien billones de pesetas (el año 2001 se cerrará con un PIB próximo a los 106 billones), hay que tener en cuenta que hace tan solo cuarenta años, la riqueza generada por España era de 719 000 millones de pesetas, lo que supone que en un período de tiempo muy corto el PIB nominal, con inflación, se ha multiplicado por catorce. En pesetas constantes, descontando el efecto imaginario que produce la inflación sobre el valor de los bienes y servicios, el PIB en pesetas del año 1995 rondará este año 2001 los 92 billones de pesetas.
Esta acentuada progresión de la riqueza nacional es consecuencia de factores como el crecimiento de la población activa, pero, sobre todo, del aumento de la productividad del denominado «factor trabajo». La población total en 1960 era de treinta millones de personas, y ha sobrepasado, según las últimas cifras dadas por el INE (Instituto Nacional de Estadística), por primera vez, la barrera de los cuarenta millones de españoles. De esta cifra, 16,94 millones componen la población activa (ocupados y parados), lo que supone cuatro millones más que en 1970.
La productividad, del mismo modo, se ha expandido notablemente debido a las nuevas técnicas de producción, a la incorporación sistemática de las nuevas tecnologías y a la organización más eficiente en términos económicos del denominado factor trabajo. Respecto a la productividad por persona ocupada, ésta ha pasado de 1,4 millones de pesetas durante 1970 a 4,15 millones en 1999, lo que supone multiplicar por tres el valor de lo producido por un mismo trabajador en menos de treinta años. Este aumento productivo ha sido especialmente relevante en sectores como el agrícola, que pese a tener actualmente casi la cuarta parte de los ocupados que tenía en 1970 (un millón frente a 3,7 millones), ha aumentado su capacidad de crear riqueza debido a la mecanización que han sufrido las tareas agrícolas. La productividad por ocupado en el campo español se ha multiplicado por 5,3 veces en los últimos treinta años, pasando de 383 800 pesetas a los 2,06 millones de 1999.
El aumento del PIB también tiene mucho que ver con el enorme esfuerzo inversor que se ha hecho en los últimos cuarenta años, a lo que ha ayudado, sin duda, el aumento de la inversión pública en infraestructuras, lo que, en parte, explica el fuerte aumento de la deuda del Estado. Se da la circunstancia de que, en el año 2000 y también por primera vez, el endeudamiento público superará la barrera de los cincuenta billones de pesetas. Su crecimiento ha sido espectacular en los últimos diez años, ya que si en 1990 la deuda del Estado en circulación equivalía a 19,24 billones de pesetas, una década más tarde en el año 2000 la cifra asciende a 50,58 billones.
Ciertamente, el aumento del PIB en estos años se ha producido en un contexto de cambios radicales en su composición. El sector servicios, por ejemplo, representaba en 1970 un 46 por ciento del PIB, veinte puntos menos de lo que pondera actualmente. Precisamente ha sido este sector en el que se han realizado los grandes desembolsos en Iberoamérica. Situada la economía española en sus grandes rasgos, con el PIB como vector más destacado, se podrá comprobar a lo largo de este trabajo la importante y trascendente posición que, en términos económicos y empresariales, España ha tomado en Iberoamérica.
Como hemos puesto de manifiesto en la primera parte de este trabajo, los profundos cambios por los que han atravesado las economías regionales (apertura, liberalización y desregulación) han renovado el ámbito de los negocios en Iberoamérica, facilitando el acceso a los inversionistas extranjeros. En la pasada década, los flujos de inversión extranjera directa (IED) (véase recuadro I) hacia América Latina y el Caribe han registrado un crecimiento sin precedentes, pasando de 9 200 millones a una cantidad cercana a 90 000 millones de dólares entre 1990 y 1999. Esto ha significado que más del 65 por ciento del actual acervo de IED se haya acumulado durante esa década.
En efecto, durante la década de los noventa, la inversión extranjera directa (IED) ha manifestado un impresionante dinamismo, tanto internacionalmente como en Iberoamérica. Tan solo en México el primer receptor de IED en importancia durante 1990-1995 y que fue desplazado desde entonces por Brasil la IED aumentó desde niveles inferiores a un 1 por ciento del PIB durante la década de los ochenta, hasta situarse en un 3 por ciento del PIB durante la década de los noventa. Su impacto no solo ha sido considerable desde una perspectiva macroeconómica, sino que también ha permitido la generación de una nueva estructura productiva y de organización industrial, de manera paralela a un significativo proceso de modernización de un segmento de la economía. El caso de México, además, es particularmente interesante y relevante debido a que el destino de la inversión extranjera hasta 1993 se había concentrado en la compra de activos estatales durante su proceso de privatización. Posteriormente, y con elevados montos, la IED ha cobrado una nueva modalidad y se ha orientado crecientemente hacia la adquisición y fusión de empresas, así como hacia la creación de nuevos activos y participación en las privatizaciones recientes de bancos (2000), como ha sido la adjudicación de Bancomer y Serfin a los bancos españoles BBVA (Banco Bilbao Vizcaya Argentaria) y BSCH (Banco Santander Central Hispano), segundo y tercer banco mexicano respectivamente, y Banespa, tercer banco brasileño, al BSCH.
En la práctica, las inversiones extranjeras directas presentes en la región se han renovado casi totalmente. Este fenómeno ha estado dominado por cambios trascendentales en el origen, destino y estrategias de los inversionistas extranjeros, destacando los siguientes puntos:
En este nuevo panorama, las empresas españolas se han convertido en actores principales. De tener una presencia casi inexistente a principios de la pasada década, España ha pasado a ser el segundo inversionista en la región (solo superado por Estados Unidos) y el primero de origen europeo, constituyendo más de un 60 por ciento del total de nuestra inversión extranjera. Durante 1999 España, alcanzando la cifra de 25 000 millones de dólares con la que superó, por primera vez, a Estados Unidos, se convirtió en el primer inversor mundial en Iberoamérica (véase gráfico 4).
La inversión directa española en el exterior ha pasado de representar un 0,7 por ciento del PIB en 1995 a un 6,3 por ciento del Producto Interior Bruto en 1999. Desde 1997, la inversión directa española supera a las que realizan otras naciones en España, de manera que nuestro país se ha convertido en exportador neto de capitales por este concepto frente al resto del mundo.
Este cambio resulta un claro exponente de la renovación en su conjunto de la economía española. Instituciones, empresas, tecnología, infraestructuras, educación, financiación y una liberalización sectorial, posibilitan iniciar este impulso ascendente para buscar nuevas oportunidades ante el influjo de la globalización económica, la cual, como hemos indicado, requiere tamaño y dimensión internacional para competir con éxito.
Durante al menos las dos últimas décadas, la economía española viene registrando un proceso de crecimiento, transformación productiva y tecnológica, basado en la incorporación deliberada y sistemática del progreso técnico. Esta transformación se ha visto apoyada por una gestión y organización empresarial que se ha modernizado año tras año, incorporando, entre sus nuevos paradigmas, la internacionalización como señal inequívoca de nuestras empresas que, al acrecentar su competitividad, logran una verdadera inserción en la economía internacional.
Esta inserción dinámica en el mercado mundial actúa como catalizador de su expansión; estos aspectos adquieren, como he indicado, una especial relevancia en Iberoamérica, donde se han conseguido cotas de inversión verdaderamente significativas, con presencia en prácticamente todos los sectores: desde la industria, la energía, las finanzas, las telecomunicaciones, las infraestructuras, los servicios… Lo más importante es que la capacidad competitiva está resultando ser de primer nivel, por lo que se prevé que estas inversiones no solo permanecerán, sino que además se incrementarán.
Las grandes inversiones españolas en Iberoamérica se iniciaron a principio de los noventa con la presencia de Telefónica e Iberia en los procesos regionales de privatización; posteriormente se potenciaron con el ingreso de Endesa España y Repsol a mediados de la década de los años noventa, y adoptaron dimensiones realmente significativas con la estrategia de adquisiciones iniciada por las entidades bancarias a partir de 1996. En términos agregados, el sector bancario ha sido el principal inversionista directo español en el exterior, solo superado por las grandes inversiones de las empresas de telecomunicaciones y energía. En efecto, la participación de Telefónica de España en la privatización del Sistema Telebras a mediados de 1998 (Brasil) y la toma de control y gestión de Repsol y Endesa España en las mayores empresas energéticas privadas de Argentina y Chile Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) y Enersis a principios de 1999, han sido las más importantes operaciones no financieras realizadas hasta el momento (véase gráfico 2).
Iberoamérica es, en la actualidad, el principal destino de la inversión directa española. En 1999, dicha inversión representó casi un 5 por ciento del PIB, frente a un 1 por ciento del PIB que supuso la inversión directa hacia Europa (véase tabla 2). Ello pone de manifiesto la madurez y el desarrollo del mercado español, así como el impulso de la iniciativa empresarial en nuestro país que se ha lanzado a la búsqueda de nuevas oportunidades de negocio y a la diversificación del riesgo.
España, de tener una presencia casi inexistente a principios de la pasada década, se convirtió en el segundo inversionista en Iberoamérica, y el primero de origen europeo, liderando por primera vez durante 1999 las IED, por delante de Estados Unidos, con un volumen de 25 000 millones de dólares (véase gráfico 5). En el período reciente, las mayores empresas españolas concentraron su estrategia de expansión en el área de los servicios a través de la adquisición de activos existentes, como estrategia de enfrentar y revisar los desafíos y oportunidades que representaron, respectivamente, la creación del mercado único y una moneda común en Europa (el euro).
En cuanto a los bancos, éstos han invertido más de 10 000 millones de dólares en su proceso de expansión iberoamericano durante el período 1991-1999 (véase tabla 1). Así, el Banco Santander y el Banco Central Hispano (actualmente BSCH) y BBVA, han visto en la región una oportunidad única para alcanzar una dimensión que les permita competir más eficientemente en los exigentes mercados financieros internacionales, y de este modo mantener su identidad, diversificar riesgos y defenderse de una posible adquisición hostil por parte de un competidor.
Según el Informe de la Unctad 20001 España se convirtió durante 1999 en el sexto país del mundo en cuanto a inversiones en el extranjero, con 5,4 billones de pesetas. De estas inversiones, más de un 60 por ciento se dirigieron a Iberoamérica debido al fuerte desembolso realizado por las empresas españolas que se han volcado aprovechando la continuidad privatizadora en el continente. La cuarta parte de las inversiones que recibió Iberoamérica durante el año 1999 fue realizada por empresas españolas en su totalidad. La principal inversión en este período fue la compra por Repsol de la petrolera argentina YPF, que se elevó a 3,2 billones de pesetas. La segunda inversión más importante se realizó en el sector financiero y la protagonizaron BSCH México y BBVA, ascendiendo a cerca de 800 000 millones de pesetas. En tercer lugar, se encuentra el sector de las telecomunicaciones, donde se encuadra Telefónica, que supera el medio billón de pesetas, mientras que en el sector de agua, luz y electricidad, donde se agrupan Endesa, Iberdrola y Aguas de Barcelona, se invirtieron 400 000 millones.
Durante el primer semestre de 2000, las inversiones españolas en el exterior alcanzaron los 22 655 millones de dólares (4,007 billones de pesetas), un 4 por ciento más que en el mismo período de 1999. Estados Unidos, con un 62 por ciento del total, desplazó a Iberoamérica como primer destino del capital español. La compra de la compañía de servicios de Internet Lycos por la filial de Telefónica, Terra Networks, por importe de 12 500 millones de dólares, permite situar a Estados Unidos como el primer destino del capital español entre enero y junio de 2000, algo singular y a tener en cuenta en cuanto a posibles operaciones en el mercado americano. En un período en el que los datos del año 2000 reflejan un nuevo máximo histórico en el valor total de las operaciones internacionales de fusión y adquisición de empresas que alcanzaron los 643 000 millones de dólares (unos 115,7 billones de pesetas).
Por el contrario, durante 1999, España recibió inversiones directas de empresas extranjeras por un total de 1,46 billones de pesetas (380 000 millones de pesetas menos que el año anterior), por lo que se sitúa en el undécimo puesto del mundo como país receptor. El principal inversor en España es el Reino Unido, que aportó un 8 por ciento, seguido de Luxemburgo con un 6,5 por ciento, Francia con un 5,3 y Alemania con un 4,7 por ciento. Estas inversiones se han dirigido, fundamentalmente, al sector manufacturero que representa un 40 por ciento del total recibido, seguido de la banca con un 8 por ciento, telecomunicaciones con un 8 por ciento y el comercio con un 7 por ciento. La atracción de esta inversión extranjera obedece al fuerte crecimiento de la demanda interna y a las ventajas de la localización.
Las inversiones extranjeras realizadas por las empresas a escala mundial se elevaron a 190 billones de pesetas. General Electric encabeza la lista de las cien primeras empresas del mundo clasificadas por sus activos en el extranjero, seguida de General Motors y de Shell. El país más activo de Europa en la inversión directa durante 1999 fue el Reino Unido, cuyas empresas realizaron un 39 por ciento de las inversiones llevadas a cabo por la Unión Europea.
Durante el año 2000, al igual que en 1999, nuestro país ocupa el primer lugar inversor, por delante de Estados Unidos. España es actualmente el origen de más de una cuarta parte de la inversión directa recibida por países como Argentina, Brasil (véase recuadro II), Chile, Perú y México, destacando las inversiones realizadas en el sector financiero, donde los bancos españoles son líderes regionales (véase punto II.La banca española en Iberoamérica).
Sin embargo, entre Estados Unidos y España existen diferencias asimétricas y estratégicas clave. La inversión estadounidense se centra en el sector de los bienes comercializables como automóviles o industria electrónica, mientras que la inversión española se orienta mucho más hacia los servicios: banca, telecomunicaciones y energía. En general, las empresas estadounidenses que se establecen en la zona optan por la marca global y no cuentan con socios locales. Todo lo contrario del caso español, donde se combinan la marca global y la local, entrando en estos mercados de la mano de las empresas nacionales. Este enfoque diferencial responde a la disparidad de objetivos que persiguen ambos países. En Estados Unidos, se pretende mejorar la productividad nacional; para ello se trata de localizar la producción en aquellos países donde los recursos productivos son más baratos con el objetivo final de exportarlos. Por su parte, las empresas españolas que se establecen en Iberoamérica pretenden hacer del continente una extensión del mercado nacional, vendiendo en estos países los mismos productos que se comercializan en España. Ser global y local a un tiempo es el reto de las empresas españolas que se establecen en la región.
En cuanto a la firme decisión de inversión por parte de la empresa española, podemos argumentar, como dato importante para explicar este fenómeno, el elevado potencial de estos mercados. El aumento estimado de la población en la región durante las próximas cinco décadas se sitúa en torno al 0,8 por ciento anual, mientras que en Europa la población está disminuyendo, lo que limita el desarrollo de los mercados del viejo continente.
El crecimiento económico potencial en Iberoamérica se sitúa en torno a un 4,5 por ciento, mientras que las economías más maduras de la Unión Europea crecen en torno a un 2,5 por ciento cuando emplean la totalidad de sus recursos. Algunos ejemplos pueden ilustrar con más claridad el potencial de desarrollo de la región: mientras que en Alemania o Francia existen en torno a 57 líneas telefónicas por cada 100 habitantes, en países como México o Brasil no llegan a quince; en tanto que en Francia el consumo de energía eléctrica per cápita se eleva a 6 000 kilovatios/hora, en México y Brasil dicha cifra no superó los 2 000. En tanto que en España, el grado de «bancarización» está en un 98 por ciento, la media en Iberoamérica se sitúa en un 30 por ciento.
Entre los factores determinantes que animan y hacen posible a las empresas españolas invertir en la zona está la posibilidad de diversificación cíclica que ofrece. Los ciclos económicos en Iberoamérica y España han estado negativamente correlacionados en los últimos quince años, mientras que la correlación cíclica de la economía española con la de los países de la Unión Europea ha sido positiva y creciente en el tiempo.
Además, las valoraciones bursátiles suelen ser inferiores en las compañías iberoamericanas con respecto a las europeas, lo que permite conseguir una cuota de mercado relevante a un menor coste y en un período de tiempo inferior.
Otro factor es que los gestores de las empresas españolas están, en gran medida, acostumbrados a operar y hacer negocios en entornos volátiles. Hace diez años, los fundamentos de la economía española no eran tan diferentes de los actualmente existentes en Iberoamérica. La inflación media en España en el período 1980-1995 fue de casi un 8 por ciento, con una depreciación promedio de la peseta de un 5 por ciento y un crecimiento económico medio de un 2,5 por ciento. En los últimos tres años, la inflación media en Iberoamérica ha sido de un 10 por ciento, con una depreciación cambiaria promedio de un 8 por ciento y un crecimiento económico de un 2,5 por ciento. La actual situación macroeconómica en España es un ejemplo de que, con las políticas económicas adecuadas, es posible reducir de manera drástica el riesgo país, lo que, posiblemente, sucederá en los próximos años en aquella región, beneficiando a las empresas que hayan sabido anticiparse tomando posiciones en el momento adecuado. Por último, pero no menos importante en esta larga lista de razones que llevan a las empresas españolas hacia estos mercados, no puedo dejar de insistir en los lazos culturales y de idioma que confieren una «proximidad socio-cultural»2determinante para el buen entendimiento humano y empresarial.
Para las grandes empresas establecidas en la región, compartir la misma lengua permite grandes ganancias de eficiencia al poder utilizar las mismas estrategias de marketing, las transferencias del conocimiento de una manera más sencilla dentro de la organización, o la instalación de plataformas tecnológicas comunes, aspecto este último muy destacado en el sector bancario.
Estos argumentos hacen que Iberoamérica sea un buen destino para el establecimiento de cualquier empresa del mundo desarrollado. Sin embargo, las empresas españolas tienen importantes ventajas comparativas que las hacen estar particularmente bien colocadas a la hora de establecerse con éxito en estos países.
Si el año 1999 (véase gráfico 7) consolidó a España como el primer inversor mundial en este continente y el 2000 lo reafirma superando a Estados Unidos, las estrategias diseñadas por las cuatro grandes empresas multinacionales españoles (Telefónica, Repsol, Endesa e Iberdrola) garantizan que nuestro país mantendrá su hegemonía como principal origen de las inversiones extranjeras en la región, al menos durante los próximos tres años (hasta el año 2003). Empresas como Telefónica, que planea invertir cerca de 6 000 millones de dólares (más de 1,1 billones de pesetas) en Brasil durante el período 1999-2001, unidas a las sucesivas compras en otros países (México) y nuevos proyectos, suponen rebasar esta cifra (véase gráfico 6).
El lanzamiento simultáneo de su operador de Internet, Terra Networks, en la mayoría de los países de la región durante 1999, y completada en el año 2000, demuestra la competitividad lograda con sus operaciones regionales combinadas. Terra se convirtió rápidamente en el líder de los proveedores de Internet en Iberoamérica y los planes de expansión de Telefónica en los dos próximos años incluyen inversiones sustanciales en telefonía fija y móvil, así como en televisión por cable e Internet.
Por su parte, la eléctrica Endesa, entre sus proyectos en la zona, destinará 2 000 millones de dólares en Argentina durante los próximos diez años, que servirán para la construcción de parques eólicos, los cuales permitirán el suministro de energía eléctrica. Asimismo, Iberdrola, que tiene un plan de inversiones directas en la zona que alcanza los 1.800 millones de dólares (unos 320 000 millones de pesetas) durante los próximos cuatro años, va a dedicar 560 millones de dólares a México, convirtiéndose en el destino más destacado; y Unión Fenosa ha adquirido una creciente participación en países como Colombia, República Dominicana, México y Uruguay, con desembolsos próximos a los 1 000 millones de dólares (180 000 millones de pesetas).
También Repsol ha anunciado su intención de ampliar sus inversiones en la región en otros sectores como el de la electricidad, con el fin de constituir uno de los grupos energéticos más importantes en la región, para lo que prevé destinar cerca de 7 000 millones de dólares (1,2 billones de pesetas) antes del año 2002.
Igualmente se deben tener muy presentes las interesantes perspectivas que abre el Tratado de Libre Comercio entre la Unión Europea y México (véase recuadro III), que ha comenzado a potenciar, aún más, el interés de las compañías españolas por este país y constata cómo la banca española «participa cada vez más activamente en el proceso de fortalecimiento y capitalización del sector bancario mexicano». Este punto recuerda las operaciones respectivas del BBVA que aprobó un paquete de inversiones por 3 100 millones de dólares para expandir su presencia en México, al adquirir un 40 por ciento de Bancomer (segundo banco mexicano); y del BSCH, que adquirió el cien por cien del tercer banco de este país, Banco Serfin, por 1 560 millones de dólares.
En el año 2000, las compras realizadas por BSCH en México (Banco Serfin, por 1 560 millones de dólares) y en Brasil (Banco Banespa, por 3 990 millones) han totalizado 5 550 millones de dólares. BBVA, por su parte, invirtió en México por la compra de Bancomer 2 470 millones de dólares. Con estas tres operaciones, cuyo importe se eleva a 8 020 millones de dólares, se superarán las inversiones bancarias del año 1999, y en el ámbito no bancario, si consideramos la operación más importante realizada por Telefónica, al adquirir sus filiales en Argentina, Brasil, Chile y Perú por 20 000 millones de dólares, más el desembolso de Terra al comprar la compañía de Internet Lycos por 12 500 millones de dólares, se conseguirá que las inversiones totales del año 2000 puedan marcar un hito histórico.
En cuanto a la operación de alto valor estratégico y económico realizada por BSCH en Brasil, al comprar el tercer banco público, Banespa, le permite pasar a ser el tercer mayor banco privado y el quinto de Brasil. Se trata del último movimiento (por el momento) de los bancos españoles para reforzar su presencia en Iberoamérica, donde BSCH se convierte en el primer banco, en el líder regional con casi un 11 por ciento del mercado, por delante del BBVA, que cuenta con un 10,2 por ciento (véase para más detalle el punto II. La banca española en Iberoamérica).
Según el Informe Unctad 2000, en una serie de países receptores de inversión extranjera directa (IED), en los ambientes económicos, políticos y en los medios de comunicación, existe la preocupación de que la entrada de esta inversión extranjera directa para absorber una empresa nacional resulte menos beneficiosa, sino claramente perjudicial, para el desarrollo económico del país receptor que la entrada de una inversión extranjera para establecer nuevas instalaciones (véase recuadro IV) . En el centro de esta preocupación, subyace la idea de que la adquisición de empresas nacionales por empresas extranjeras no aumenta la capacidad productiva del país, sino que supone simplemente una transferencia de propiedad y control de manos nacionales a manos extranjeras. Esta transferencia suele ir acompañada del despido de trabajadores o del cierre de alguna actividad de producción o funcional (por ejemplo, actividades de I+D), además de significar que habrá que pagar al nuevo propietario en divisas. 3
Si las empresas compradoras son grandes multinacionales, pueden perfectamente llegar a dominar el mercado interior. Además, las fusiones y adquisiciones (FAS) transfronterizas pueden utilizarse deliberadamente para reducir la competencia en el mercado interior. Pueden hacer caer bajo el control del capital extranjero empresas estratégicas o incluso sectores enteros (incluidos sectores clave como el de la banca), lo que es una amenaza para el desarrollo de la capacidad empresarial y la capacidad tecnológica del país receptor.
La preocupación por los efectos de las FAS transfronterizas en el desarrollo de la economía del país receptor surge incluso cuando la fusión o adquisición da buenos resultados desde el punto de vista empresarial. Pero también suscita preocupación la posibilidad de que la fusión o adquisición no llegue a dar buenos resultados. La mitad de todas las FAS no llegaron a dar los resultados que esperaban de ellas las empresas matrices, resultados que por lo general se miden en términos de creación de valor para los accionistas. Por otra parte, incluso cuando la fusión o adquisición da buenos resultados, no significa forzosamente que vaya a tener un efecto favorable en el desarrollo del país receptor. Esto se aplica tanto a las IED en fusiones y adquisiciones, como las IED en nuevas instalaciones. La razón principal es que los objetivos comerciales de las empresas multinacionales y los objetivos de desarrollo de las economías receptoras no coinciden necesariamente.
Los motivos de preocupación trascienden el ámbito de lo puramente económico y tocan también los ámbitos social, político y cultural. En sectores como los medios de comunicación o las actividades de esparcimiento, por ejemplo, se ha llegado a considerar que las fusiones y adquisiciones son una amenaza para la cultura o la identidad nacional. Desde una perspectiva más general, la transferencia de la propiedad de empresas importantes de manos nacionales a manos extranjeras puede verse como un hecho que socava la soberanía nacional y que es equiparable a una «recolonización». Cuando las adquisiciones se convierten en «ventas a precios de saldo» esto es, las ventas de empresas en dificultades, por lo general a precios bajos considerados anormalmente bajos, aumentan las preocupaciones.