Eduardo Bautista García
El profesor Manuel Castells, en su monumental trilogía La era de la información: Economía, Sociedad y Cultura8, aborda en el primer volumen, La sociedad red, los contornos precisos de la economía informacional y el proceso de globalización, analiza los parámetros de productividad y competitividad en la economía informacional y sostiene que las empresas y naciones ;o entidades económicas de distinto tipo, como las regiones de la Unión Europea; son los agentes reales del crecimiento económico y de la globalización. Ambos han potenciado un acelerado proceso de convergencia e inmersión tecnológica que ha hecho posible que, a finales del segundo milenio de la era cristiana, estemos ya saboreando el gusto agridulce de la era de la información o el milenio digital, como lo define la última ley que Estados Unidos ha incorporado a su ordenamiento legal para regular el tráfico digital en sus redes de las distintas clases de contenidos.
Para conceptualizar las características de esta situación baste saber que (ver tabla 1, tabla 2 y tabla 3):
En este panorama, donde la convergencia de voz, datos, vídeo e interactividad conforma lo que llamamos contenidos (información, educación, entretenimiento), es donde hay que situar la importancia estratégica de los derechos de propiedad intelectual que protegen a los creadores y confieren sustancia al valor de sus intangibles: sus derechos de autor, su capital intelectual. Se añadirán más detalles sobre este particular a la hora de hablar de la SGAE y de la gestión colectiva de bienes intelectuales.
En resumen, es en la era de la información cuando el capital intelectual desplazará en importancia, así como en valor financiero y estratégico, a cualquier otro activo, sea material o inmaterial. Éste es un hecho que define a las organizaciones de la era de la información: el conocimiento y la información adquieren una realidad propia que se puede separar del movimiento físico de bienes y servicios.
De esta divergencia se derivan dos conclusiones principales. La primera es que, así como se administran los bienes físicos y financieros, se puede hacer lo mismo con el conocimiento y los bienes que lo crean y distribuyen. La segunda conclusión es que si el conocimiento es la mayor fuente de riqueza, los individuos, las empresas y las naciones deben invertir en los bienes que lo producen y procesan. Dicho de otra forma: si la inversión en I+D supera a la inversión en bienes de equipo, la empresa pasa de ser un lugar para la producción a ser un lugar para el pensamiento.
Ésta es la auténtica revolución que trae la era de la información y sienta las bases de un nuevo orden económico.