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El español en el mundo

El capital intelectual. La ventaja comparativa de España

Eduardo Bautista García

1. Introducción

El concepto de capital intelectual se ha incorporado, en los últimos tres o cuatro años, a la jerga de los consultores y de los expertos corporativos con el objeto de definir el conjunto de aportaciones no materiales que en la denominada era de la información se consideran, según Annie Brooking1, como el «principal activo de las empresas del tercer milenio».

En palabras de Thomas Stewart2, el «capital intelectual es material intelectual —conocimiento, información, propiedad intelectual, experiencia— que se puede aprovechar para crear riqueza. Es fuerza cerebral colectiva. Es difícil de identificar y aún más de distribuir eficazmente. Pero quien lo encuentra y lo explota, triunfa». Por último, y para cerrar este rápido recuento de opiniones, según Hal Varian3, los bienes informacionales son definidos, dentro de este contexto de valoración, como bienes de experiencia.

Continúa Stewart, en su obra citada4, añadiendo razones que localizan los nuevos yacimientos del tiempo actual y de los venideros. En consecuencia, concluye que «[e]n la nueva era, la riqueza es producto del conocimiento. Este y la información —la ciencia sumada a las noticias, la asesoría, el espectáculo, las comunicaciones, los servicios— se han convertido en las materias primas fundamentales de la economía y sus productos más importantes».

En resumen, mientras que el capital intelectual es para Brooking5 «[e]l principal activo de las empresas del tercer milenio», para Stewart6 es «la nueva riqueza de las organizaciones».

Sin embargo, además de estas definiciones más o menos académicas, capital intelectual, como concepto cotidiano e inmediato, es la forma más acertada para describir un universo de contenidos inmateriales que, habiendo sido elaborados por los creadores en la fuente, constituye la oferta sin la cual todo el formidable entramado de redes informáticas, telemáticas, hertzianas y terrestres, satelitales y suborbitales no existirían en el milenio digital, o serían simplemente redes fantasmas, exponentes de una tecnología de vanguardia, pero inútil y vacua. Es decir, sin el capital intelectual estaríamos rodeados de continentes de lujo sin contenidos esenciales.

Una vez fijado incluso el sentido intuitivo del término, conviene, por el momento, ahondar aún más en el análisis del concepto «capital intelectual» desde el punto de vista ortodoxo y empresarial, antes de entrar en el impacto y los retos del milenio digital para las que hoy llamamos industrias del ocio y el entretenimiento o industrias culturales.

Es evidente que la utilización inteligente del pensamiento crea valor añadido. En la medida en que podamos comprender las grandes fuerzas que configuran nuestro tiempo, seremos más capaces de solucionar los problemas que constantemente afloran. Imaginar estas grandes fuerzas como enormes placas tectónicas que se mueven imperceptiblemente, generando choques de gran intensidad sin que nada ni nadie pueda evitarlo, da idea gráfica de cómo se producen los grandes cambios, las transformaciones paradigmáticas que solo pueden aprovechar las personas y organizaciones cuya economía está basada en la información, en la utilización intensiva del conocimiento.

Las organizaciones que son conscientes de sus posibilidades para aprovechar las oportunidades en el denominado milenio digital, que acaba de empezar, están presididas por activos inmateriales y sumidas en procesos de formación de equipos caracterizados por el capital intelectual. El futuro que se avecina es, por tanto, inmaterial.

La fuerza intelectual está sustituyendo lenta pero inexorablemente a las otras fuerzas que han actuado como motor económico en los últimos doscientos años; nos referimos a la fuerza muscular, a la fuerza mecánica e, incluso, a la energía eléctrica.

«El talismán de la era industrial se ha convertido en el icono de la era del conocimiento, la economía de lo intangible, la economía basada en la información». Esta frase de Thomas Stewart7 resume el hecho, por otra parte incontrovertible, de que la «tecnología de la información», que en sí misma es una revolución, es solo una pequeña parte de la revolución definitiva que es la era de la información.

  • (1) Brooking, Annie, Intellectual Capital, core asset for the Third Millenium, Thomson Learning Europe, 1996. volver
  • (2) Stewart, Thomas, Intellectual Capital: the new wealth of the organizations, Bantam Books, 1998. volver
  • (3) Varian, Hal & Carl Shapiro, Informations Rules, Harvard Business School Press, 1999. volver
  • (4) Stewart, Thomas, op. cit. volver
  • (5) Brooking, Annie, op. cit. volver
  • (6) Stewart, Thomas, op. cit. volver
  • (7) Íbidem volver
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